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Açores

Azores era para mí –de niño- algo como América, un lugar a donde iban los pescadores bermeanos en Octubre para volver en Navidades cargados de atunes en una época en la que aún no había frigorífico en las casas y en la que anteriormente no se veían esos grandes peces en invierno: Comíamos marmitako en las vacaciones de Navidad.

El mes que viene espero visitar ese paraíso en un encuentro que hacemos los “gestores de patrimonio mundial ibéricos”. Llevaré catalejos y aprovecharé para dar paseos por los acantilados de la Isla Terceira y ver si es cierto lo que dicen diccionarios y sabios, que el nombre se lo dieron los portugueses porque había infinidad de azores volando…

Aunque nuestros primos portugueses ponen incluso nombre al (neo) descubridor de las islas y citan su admiración por la cantidad de azores volando, tanto las aves grandes de presa en este caso, como los perros silvestres en las Canarias, son imposibles en islas tan pequeñas y lejanas de tierra desde el punto de vista bio-ecológico, así que yo creo que no y así lo he escrito hace años.

Postulo que el nombre es muy antiguo como lo son Madeira o Canarias y nada tiene que ver con accipítridos nemorales continentales como el “Accipiter gentillis”, ave que gusta de grandes territorios y de los bosques donde disponen de presas volanderas o terrestres vivas, pero no hacen asco a las carroñas y son muy diferentes de parientes suyos como los halcones, que gustan de los acantilados y predan sobre aves menores.

La toponimia española está llena de azores, azorejos y otras aparentes variantes, que de forma sola o acompañados de Arroyo, Barranco, Val, Cortijo, Portilla, Río, etc., del azor, suman casi medio millar de lugares, algunos curiosos, como Niño do Azor, Calatañazor ó Cantalazó, este último que parece haber sufrido la amputación de la “r” final, porque nadie ha oído cantar a los azores estando posados…

Para el lector conformista, los azores del nombre de los lugares se refieren al ave cetrera y con esa conformidad han contado durante siglos los catedráticos y asesores de la lengua para hacer ley sus disparates, pero algunos de los que hurgamos en la Toponimia pensamos que no, que tales nombres indican otras características del territorio y hacemos grandes esfuerzos por interpretar.

Aunque hay lugares que pudieran merecer que su nombre citara al azor ave, como Portilla del Azor entre Cáceres y Salamanca, hay otros, como Azor a secas, El Azor, O Azor… y los de aire vasco o gallego como Azordiaga, Azoreiras o Azorejo, que desbaratan esa idea si el lector posee alguna idea de la etología del azor.

Revisados una treintena de lugares, hay un elemento fisiográfico común en todos ellos, hay unos grandes escarpes de roca o laderas pedregosas muy pendientes en el mismo lugar del topónimo o en la cercanía inmediata. Por ejemplo, Calatañazor en Soria, tiene un relieve majestuoso en el que la silueta del castillo parece tener celos del Cerro de la Horca (en la derecha en la foto).

O el minúsculo Rio Azor de apenas un kilómetro de desarrollo que desemboca entre peñas frente a la isla de Arousa.

O la playa de Azohía en Murcia, protegida del fuerte levante por el collado rocoso imponente de los Siete Cucones…

O el río Azores en Asturias, rozando la provincia de Lugo, que está a la sombra del Monte Azures, monte pedregoso y muy pendiente, limitado por las crestas rocosas de la Sierra de Busto y en el que la intensa reforestación no impide que siga habiendo deslizamientos y que nos trae el recado de que “u” y “o” se alternan con facilidad entre las gentes del lugar.

Es en este punto cuando la acumulación de datos invita a pensar que el comienzo de estos nombres, “az”, bien podría ser la suavización del nombre genérico de las peñas en Euskera, “atx, haitz”, que con frecuencia vira a “ax”, “az”, “aj”, “ai” (Axpe, Azaitz, Azkoitia, Ajo, Aia…).

Como muestra, el acantilado del Cabo de Ajo en Cantabria y las Peñas de Aia, en Gipúzkoa.

La parte final de los nombres, “or”, es un adjetivo que define la altura, la cota destacada y que bajo la forma “ur”, añade la condición de agudo, de afilado y cuando parece plural, “ores”, es ciertamente un plural que parte de la forma “or ek”, en que la “k” oclusiva suele suavizarse a “z” ó “s”.

Así, la mayor parte de los lugares con “Azor, Azores ó Azures”, se refieren a entornos con farallones o crestas pétreas, algo tan corriente en la España continental como en las Islas Azores y en las Faroe (que tampoco convence la explicación oficial de que son ideales para las ovejas, de cuyo nombre dicen que derivan) y que bautizaron visitantes prehistóricos por lo primero que vieron al acercarse a ellas: Unos impresionantes acantilados.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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