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Aia, aya, alla, aña, aja, axa, acha, ac…

Navegar por la inmensidad de la Toponimia es muy parecido a la navegación oceánica de verdad pero en un barco de vela desconocido, un barco del que no sabes sus querencias, sus vicios ni tampoco la ubicación exacta de todo lo que necesitas para una buena navegación… y además la tripulación habla otra lengua y llama a los fenómenos y a los objetos de otra manera.

 

La ventaja de un buen marino es que por el tono de voz de los que llevan la maniobra, adivina enseguida que es lo que falla y puede echar la mano a una escota sin equivocarse.

 

La  mayor parte de la “Toponimia grande” se definió hace milenios, cuando el escribir era una actividad pesada, solo apta para comerciantes y sacerdotes y las gentes rurales, las que corrían el mundo rural, guardaban los nombres en su memoria sin relacionarlos con signos ni esquemas. Las cosas comenzaron a cambiar cuando el mundo empezó a dotarse de fronteras y la gente se hizo dueña del suelo y del cielo y los nombres de predios y ciudades se escribieron con signos.

 

Para quienes tenemos en la Toponimia una afición, esto no hace falta leerlo en pesados tomos de historia; solo con ver las diferentes grafías con que se escriben nombres que suenan “casi igual” aunque estén a cientos o miles de kilómetros, basta para que tal idea quede fija entre varias docenas de preceptos convenientes para entender esa disciplina que las fuerzas vivas de la cultura quieren simplificar hasta conseguir que su mensaje se difumine.

 

Hay sonidos, fonemas y lexemas que apenas cambian, pero la mayoría son como los palos flojos de una barandilla, que no cambian de sitio, pero giran y unas veces te ofrecen una cara y otras, la opuesta.

 

Caso especial es el relacionado con la expresión para llamar a las rocas o peñas en Euskera.

 

Hoy en día, con una economía volátil basada en modas, caprichos comerciales y elementos muy muy pequeños o muy muy grandes, los elementos intermedios han perdido su valor referencial y las rocas, por ejemplo, apenas significan nada para nadie (excepto para los escaladores) y han perdido la riqueza denominativa que tenían hace milenios, cuando peñas y rocas eran algo así como los mojones de los “mapas físicos” y sus nombres con infinidad de matices jalonaban los territorios, incluso aquéllos en los que apenas afloraban.

 

En el Euskera de hoy a la roca se le llama “haitz, atx”, pero hay miles de indicios de que nombres que llevan en alguna parte de su cuerpo, “aia, aya, alla, aña, aja, axa, acha, ac…”, se referían y refieren a rocas con distintas morfologías, tamaños, composiciones o estados.

 

Estudiando el semisilabario ibérico, ya surgía la idea de la cercanía de los signos entre la “i” y una “ñ” actual que los expertos se niegan a reconocer en el Ibero o incluso a la también inexistente “ll”, un sonido que abunda en el terreno, porque los que jugamos con nombres sabemos que “i” y “l” se intercambian con gran facilidad, la misma con que “ll” y “ñ” se sustituyen mutuamente, por lo que forman parte de nuestras formulaciones cuando se buscan similitudes. Compárense sus grafías entre sí y con la “Ñ”:

 

 

Analizando la evolución y progresión lógica de los trazos, cualquiera diría que los que se toman como “i”, serían en pura lógica los de la ausente “ñ”, por cierto, una de las consonantes más abundantes en la toponimia española “con personalidad” (presente en 68.000 lugares como Aceña, Cañada, Ñarices de Malhoma ó Zúñiga).

 

La forma “aia” que da título a este ensayo, apenas figura en 2.000 lugares, pero esta persistencia es heroica porque ha sobrevivido a siglos de academicismo que porfiaba por imponer la “y”, que en forma de “aya”, está en casi 6.000 casos.

 

Muy conocidas en Euskalherria y en ámbitos mas amplios por los montañeros, la Peñas de Aia son el único bastión granítico de este país que destaca sobre los terrenos terciarios de su entorno. El significado, elemental, peñas de las peñas, ya que “aia”, con una “i” palatal es una forma arcaica de llamar a las peñas.

 

“Aya” es en muchos casos la consecuencia de una corrección forzada y aparece triplicando la frecuencia de su originaria “aia”, pudiéndose encontrar tan al Sur como en el Alto de Ayala en las rocas del Parque de los Montes de Málaga, en numerosos Altos de la Atalaya, la Raya, del Haya o de Icaya y tan al Norte como las peñas de Taraboraya en la asturiana Sierra del Sueve (en la foto de satélite adjunta) o el rocoso Pico de Vizmaya, cerca de Solares.

 

 

 

 

La Peña Amaya, que domina las llanuras burgalesas y palentinas desde el Norte de Burgos, es un caso paradigmático (“ama aia” equivale a la madre de las peñas en referencia a su tamaño y presencia en portada) y como ella, numerosos cerros, collados, hoyas, lomas, montañas, morros, pedrizas y peñas donde la terminación en “aya” sugiere la existencia de rocas vistosas, como otra Peña Maya, también en Burgos (páramos de La Lora).

 

 

 

Aunque parezca mentira, la versión con “ll” es tan abundante como la anterior, encontrándose el mismo tipo de nombres de lugar: Los Altos de Allaurre, Allariz, Batalla, Talla, Tresmiallas, Malladas…, barrancos de La Batalla, la Palla, la Tenalla, Castalla, Novalla…, cabezas y cabezos de Malla, Muralla, Tallante…, castros de Santalla, Peñatallada, Doñapalla…, cerros de Morralla, Moratalla, Petralla…, collados de Armalla, Mallatón, Supialla…, penas y peñas de Gallada, Nugalla, Palla…, además de una cincuentena de Santalla y dos docenas de sierras : De Malla, Mostalla, Torralla, Agalla, Caballa.. y hasta dos Serra de la Batalla en lugares tan remotos y de piedra desnuda, que ningún ejército iría a ellos a batirse.

 

 

Cuando la forma es “aña”, los casos se disparan a casi 20.000, tornando en absurda la afirmación de la erudición de que los iberos no tenían “eñe” y de que esta letra, como signo, llegó casi en la edad moderna.

 

Es cierto que este morfema no es muy frecuente al comienzo ( Añaz, Añales, Añavieja…), pero es abundantísimo al final, donde brañas, rañas, arañas, guadañas, cañas, españas, grañas y marañas, casi siempre referidas a relieves bruscos, compiten con las terminaciones en “gaña”, que, directamente significan alto o elevación.

 

Localidades como Boltaña (en la imagen, “bolta aña”, peña en toda la vuelta) Carabaña, el castro de Coaña, Sierra y pueblo de Degaña en Asturias, Izaña en Tenerife, la montaña de La Engaña, famosa por el túnel inacabado entre Burgos y Cantabria, las mesas de Oña, Ocaña (esta en tres localizaciones distintas) y La Raña, Magaña y sus cinco cerros, Maraña, bajo la peña Hoguera, Moaña y su “Pedra Grande”…, la Saldaña palentina que se encaja en un roto de la costera izquierda del Carrión o el microscópico Cerro Ñaña, “ni aña”, “ñaña”, roca pequeña, un cerrito de unos pocos metros que destaca en la llanura litoral de Chiclana, antes marisma y ahora totalmente urbanizada.

 

 

Un ejemplo de cómo la toponimia puede perder su significado con la acción humana se puede ver en la comparación de las dos imágenes cartográficas separadas cincuenta años que se adjuntan: La parte meridional del Cerro Juan (“iu an”, gran salto) entre Málaga y Rincón de la Victoria, casi ha desaparecido para extraer sus calizas para áridos y para fabricar cemento. El lugar que ahora está en blanco se llamaba La Araña (“Ar aña”, muela o cortado de piedra); dentro de poco será una gran explanada urbana.

 

 

Se puede terminar con docenas de peñas, como Peña Argaña, Caña, Cuaña, Braña, Cabaña, Ulaña (esta famosa en Castilla), Relaña, Vicaña…

 

También hay casos que no encajan, como Espadaña en Salamanca, en el centro de una llanura.

 

La forma “aja”, también se relaciona en muchos casos con peñascos, quizás por evolución tardía de “axa”, que se verá a continuación y que –paradogicamente- tiene una representación casi cuarenta veces menor, quizás porque el sonido jota llegó con mucho ímpetu y en un momento en que las gramáticas hacían estragos.

 

La escasez de “axa” (en teoría más cercana a la forma “atxa”, la peña), se explica según esa moda, así que lugares como Arraxa y Axan, se conservan en zonas euskaldunas como la navarra Sierra de Ustárroz o Azpeitia en Gipúzkoa, quizás en esta última referencia al monte Arauntza.

 

También en zona euskalduna, como en las cercanías de Oroz-Betelu, en lo más bajo de la vega del Irati, se encuentra una de la decena de Baxa que aparecen a primera vista (posiblemente, en origen “bae atxa”), coincidiendo con largos crestones calizos de la ribera, que llevan a sugerir que los otros Baxa e infinitos Baja y Basa, pudieran tener la misma genética: Peñas en lo bajo.

 

 

Lo que ha sucedido con infinidad de “acha y ach”, es parecido; una “corrección cultural” que fija en la “ch” el modelo para unificar las consonantes que se correspondían con “ts, tx y tz”.

 

Entre los 1.600 lugares con esta forma, hay numerosos que comienzan así (por ejemplo, Acharte, entre peñas, que nadie duda), pero se podrían añadir muchos más terminados en “ache”, como A Pena Gache, Arache, Larache, Cerro Bonache, El Picache, Roque Ajache, etc. en “achi”, como El Peñón de Bombalachi y La Peña Usachi, en “acho”, como El Picacho, Cabezo Camacho, Cerro Capacho, Picón del Muchacho y en plural, El Roque de los Muchachos…

 

Incluso en “chu”, como la Pena del Gachu, el Picu Castiechu o en forma tónica como la Cima de Candanchú.

 

La terminación en “ach”, sigue siendo notoria aún después de que en todas las regiones en que se habla Catalán y Valenciano se hayan transformado en “ac” en un proceso político de depuración equivocada y la mayor parte de los lugares hayan perdido el punto del verso que marcaba la rima:

 

Alfinach, Guarrach, Ifach, Surrach, Solach, son algunos de los que quedan, mientras los capados en “ac”, son diez veces más: Altos del Frac (ya en Murcia), Carlac, Antillac. Benicarrac, Espinac, Pollac, Xerrac, Reixac, etc.

 

Como ejemplos, Achalde, cerca de las rocas o frente a las rocas, terreno labrantío de primera en La Bastida ante el farallón que se aprecia en el mapa.

 

 

Casos simpáticos como Beracha cerca de Tafalla, “peña blanda”, a partir de “ber”, blando, en Los Barrios, Cádiz, la zona de Santa Coracha (santa desconocida) que bien pudo ser en origen “sanda gor acha”, es decir, peña arenisca dura, como la que se extrae en la inmensa cantera adjunta a la ermita, o Artiquiacha en Panticosa (arteko acha o peña en medio), nombre del estrecho espigón que hace de bisectriz entre El Cajigar y el Cerro Puyalones. Ver mapa.

 

Como resumen, lo visto aquí es solo un aperitivo del juego que pueden dar los lugares que indican alguna cualidad distintiva de las rocas, un elemento que ha perdurado más que otros basados en peculiaridades del suelo, de la red hidrográfica o de las comunicaciones, que también pueden seguirse, pero con un trabajo mucho mayor y con un rendimiento “diferido”, cosa que desanima a los principiantes, que quieren ¡traducciones ya!.

 

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

3 Comments

  • Hola Javier ,
    En el Alto Tajo tenemos Chequilla, el pueblo de las piedras rojas, atxas en estado puro; y Checa, cuyo topónimo podemos relacionar con una gran roca tobácea de origen calcáreo que rezuma agua en forma de cortinas.
    Saludos

  • Hola Javier!

    Cuánto tiempo!

    Y entiendo que podríamos encontrar de forma similar algunas ‘aza’ significando también ‘peñas’?

    Un abrazo, maestro!

    • El tiempo es un meteoro, don Paco. Tienes razón; hago equilibrios para no alargar demasiado los ensayos, pero es así; «aza» significa a veces peña (como en el Alto de Maza en Treviño, Peñas de Maza en el Asón, Cabeza Beaza en un barrio de Cartagena o el Cerro de la Beaza en Torremolinos, muchos de los Calabaza y varios Ormaza), pero no hay que olvidar que «aza» es tanto un aumentativo en Castellano (La Cuevaza), como un generalizador en Euskera (Artaza), por eso, antes de pronunciarse y de hacerlo con aire de seguridad, hay que mirar muchos casos. A mi no me disgusta.
      Feliz fin de Agosto.

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