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Alcázar de San Juan

Alcázar de San Juan

Tan acostumbrados estamos desde la niñez a relacionar esta voz con soberbias construcciones defensivas del medievo, que no nos extraña lo más mínimo que tras cada alcázar haya un inmenso castillo con sus torreones, almenas y barbacanas, que si nos ofrecieran otra cosa, nos extrañaríamos.

La “industria de la cultura” no se diferencia de cualquier otra de las actividades comerciales que ahora, en las últimas décadas nos damos cuenta de que nos asfixian con su repetición incansable de lo que es bueno para cada uno y para la sociedad.

Con lo referente a la historia y su interpretación ha sucedido lo mismo desde hace milenios aunque su intervención haya sido menos perceptible que las estrategias comerciales de los últimos setenta años. La historia con sus personajes, sus mitos y sus moralejas, trata de mostrarnos un paradigma que es a la vez un objetivo homogeneizador que los estados y sus agentes se han inventado como respuesta a preguntas que los ciudadanos raramente se hacen.

Así en el tema de España, la invasión musulmana ha servido para ensayar un modelo de “espíritu nacional” para el cual se disponía de un guion con tierras de nadie, reconquistas, repoblaciones y otras dinámicas que no fueron como nos las cuentan, pero que se la saben desde los niños a los ancianos. En esa dinámica se encajan los alcázares, según nos explican, la voz árabe “al qaçr” para referirse a una plaza fuerte.

Pero al lector crítico le surgen preguntas, porque en la lengua de los omeyas, a los castillos y a las fortalezas se les llama “qalea” (suena “kulah”) y a las torres y torreones “aihtafaz”, si bien en el árabe marroquí (el que acabó hablando la chusma bereber que venía con los jefes de oriente) se le dice “qsar” y en el propio idioma Bereber o Thamazig, se dice “zaqsebz”.

En realidad –explican los eruditos-, “qaçr” la tomaron los beduinos árabes de los “castrum” romanos que antes de la caída del imperio jalonaban la línea del límite administrativo romano de Palestina y se lo pasaron a los rifeños como “qsar”.

Su nombre en Italiano, “cassero” e incluso el latino, “arx, arcis”, no son tan lejanos del castellano y su cercanía a la “casa” y a “arca” obliga a sospechar.

Pero hay otros alcázares que no son edificios y que están en la toponimia; los hay sin acento: Alcazaba, Alcazarejos, Alcazabén… con acento, casi una decena, con “s” como Alcaserón y Alcassar y numerosos compuestos, Hoya, Torre, Peña, Barrio, Pozo, Casa, Cubo, Morra, Río, Val, Valle, Villa… del Alcázar. Hay hasta un O Alcázar.

También los hay con “c” como Alcacer, Alcaceres o el propio Cáceres y Alcáceres.

Quizás el más famoso sea Alcázar de San Juan en plena Mancha llana (mejor, Lamancha) que visité hace unos días.

La guía turística se esforzaba para explicar que “…increíblemente no quedaban restos de castillo ni otra fortaleza que la Torre del Prior, pero que se habían hecho una cata entre calles y parecía que podía ser un trozo de la desaparecida muralla…” .

El caso de esta población no es distinto de otras en las que la historia comienza con los romanos y se hace sólida con los moros. Nadie menciona la prehistoria por muchos vestigios que haya. Es como si gustara más lo que nos han contado que lo que pudiera descubrirse; aquí, que nunca hubo alcázar guerrero, que nadie se ha llevado sillares ni mampuestos; que no han desaparecido cimientos ni fosos, sino que “alcázar” es un nombre antiquísimo que significa otra cosa.

Nadie nos mostró el todavía conspicuo complejo lagunar de Alcázar de San Juan y nadie elucubró con lo amplio que ese humedal habría sido en la antigüedad, antes de que la agricultura drenara y labrara poco a poco los márgenes de lagunas y lavajos hasta diezmarlos, dejándolos solo en una pequeña muestra de lo que fueron.

La guía turística si que contó –como si fuera algo sin apenas importancia- que Alcázar fue centro minero, de molienda y purificación de salitre; una sal nitrogenada muy oxidante, imprescindible para fabricar la pólvora y antes, usada como un potente abono.

Ahí está la explicación de este y de otros alcázares escritos como se quiera y en los que lo único árabe es –a veces- el artículo “al”. Muestras sin este artículo hay infinitas en los infinitos “Casares” y “Casillas” que los eruditos nos venden como lo que parecen, lugares a los que se puso tal nombre porque había algunas casas o chozas… pero que son zonas endorreicas propensas a la sal.

¿Qué significa en realidad “kaz ar”?… Muy sencillo, “piedra de sal”, donde “kaz, katz” es el concepto de salinidad, de mineral activo, agrio y “ar”, piedra.

Así que “kaz ar” era el lugar en que esta formación salina producto de la precipitación de las aguas estancadas en cada estación húmeda, crecía y se consolidaba formando costras que nuestros antepasados aprendieron a explotar.

Esta roca multiplicó mucho su valor con su utilidad para la pólvora, pero el avance de la química la devolvió al olvido al conseguir productos similares para este uso o para el agrario, de forma sintética. Así se nos ha olvidado su importancia de antaño y así, la cultura imperante que quiere vendernos un horrible pasado guerrero como contraposición a nuestra valiosa paz actual, nos llena la geografía de castillos y de guerreros en lugar de enseñarnos minas, laboreo y otras formas de vida que aprovechaban muy bien los recursos del territorio.

En la foto, el torreón del prior en Alcázar de San Juan, cuya ubicación ni factura nada tienen que ver con murallas ni construcciones marciales aunque el morbo historiográfico haya aconsejado a sus restauradores el almenarlo y que probablemente fue un simple almacén de salitre, ¡eso sí!, fortificado para desanimar a cualquiera de atreverse a desvalijarlo.

La vocación del entorno de Alcázar de San Juan de ser reiteradamente inundado y de conservar numerosas lagunas permanentes, no ha disminuido con las inmensas obras realizadas para drenar sus tierras; así se ve en la foto reciente que cierra este ensayo.

Lagunas que –pacientes- recrean ambientes que el hombre actual parece querer olvidar.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

1 Comment

  • Salud Javier!
    Muy buen artículo.
    Totalmente de acuerdo.
    Sólo una salvedad.
    En esa inmensa bola de mentiras que
    los sabios de barbería (como su hermano dice) nos han largado está la famosa invasión árabe del 711.
    Tal hecho no existió por mucho que insistan. Ignacio Olagüe lo explica divinamente. Claro, en su defecto, argumentan que era un falangista.
    A mi me lo vendieron como exiliado profesor republicano en la Sorbona de Paris. Toma ya.
    Cuando la realidad es más impactante. Es decir, que un falangista se cargue con un estudio profundo ni más ni menos que el hecho histórico que posibilita armar todo el corpus idiológico-político de la España imperialista , apostólica y romana me parece mucho más fuerte que todo lo demás.
    Zalú y Libertá.
    H.H.

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