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Almagro

Almagro

Hay dos almagros en la cita de hoy, uno el manchego que se lleva la representación del otro ciento de “Magros y Almagros” que hay en la toponimia de España y el académico conocido como M. Almagro G.

Otro día se tratarán los otros “Magro” y “Almagro” de la piel de toro, pero hoy se analiza el Almagro de Ciudad Real, la hermosa ciudad manchega, redonda como una tortilla con sus manzanas regulares que remedan patatas en la sartén y sus calles que son como el huevo que las cuaja.

Redonda como corresponde ser a las poblaciones que se edifican en zonas “isótropas” como lo es la llanura de Lamantxa, aunque luego veremos que los Almagros, todos ellos tienen un “toque” de rebeldía con el que se destacan en la aparente monotonía de lo llano.

Lo primero, la mentira inocente que se transmite durante los siglos y nos mantiene atontados en el carrusel de la “Ciencia Oficial”, que da vueltas y vueltas y no avanza. Mentira, porque quien quiera saber la posible etimología de Almagro y se vaya a las fuentes “espasianas” o a las “wikipedianas”, se encontrará lo mismo: Almagro significa “Arcilla Roja”, del Árabe “Al-magre”.

Como mucho, otros arabófilos porfiarán con que –en realidad- el nombre deriva del también Árabe “Al-Magrib”, “El Oeste”, ya que hacia el Oeste había un castillo o fortaleza árabe.

No importa que en 5.000 kilómetros cuadrados a la redonda todo sea de arcilla rojiza y el calificativo no aporte nada (contradiciendo uno de los principios de la Toponimia); no importa que en Árabe, “Arcilla Roja” se diga “Al tiyn al’ahmar” ni se haya mirado mínimamente, qué tienen en común los otros Magro y Almagro de la geografía española… Lo que no tiene explicación latina, griega o goda, se pasa al Árabe y punto.

Pero los alrededores del Almagro manchego exhiben con orgullo los restos decapitados de dos cerros notables y otros varios menores, que con su roca negra quieren contar que el subsuelo es plutónico, que en esa zona reventaron algunas calderas y el magma salió manando basalto y otras rocas ígneas, que a lo largo de millones de años se han ido cubriendo de los productos de desintegración de las mismas, de la Montmorillonita y otras arcillas rojas, grises y pálidas que –casi- han llegado a enterrar los cerros (y canteras) de Yesosa y Moreno que se aportan en las figuras.

Cerros de piedra negra y dura en un mar de arcillas. Cerros que han dado el nombre a la ciudad –después- y primero a su entorno.

Hay que denunciar que en el Norte, a veces nos reímos de los meridionales manchegos, andaluces y extremeños cuando su rotacismo desde la “ele”, hace que nos digan “orvidá” en vez de “olvidar”, pero, yo que me he reído mucho de niños emigrantes de los cincuenta por esta y otras ortografías que nos enseñaban los maestros del Régimen, hace años que me he corregido y cuando veo un Almagro, pienso seriamente que puede ser un “Ar ma gor o” pasado por la horma de una academia mema.

Recordemos que “ar” es la piedra genérica, “gor” es la raíz de la dureza, “ma” es la generación, la oferta o producción y “o” es una de las expresiones de tamaño destacable, de forma que el topónimo viene a decirnos que estamos en una zona que –aunque no lo esperásemos- da piedras duras.

Cuarcitas, basaltos, dioritas…

Ahora vamos al otro Almagro al M. Almagro G., un prototipo de los individuos que manejan esa horma que deforma unas abarcas hasta hacerlas parecer babuchas.

Documentándome sobre la población manchega, me salía con la insistencia con que salen en Internet los grupos colombianos bailando salsa, este académico estrellar; salía él y un escrito de ciento diez páginas sobre los Orígenes (en plural) de los Vascos, que tardé tres días en leer por lo poco atractivo de su exposición, por la carencia de ideas, por la ausencia de aportación propia alguna y –sobre todo- porque en un escrito sin argumentos, sin novedades y sin gracia, había cuatrocientas diez citas.

Quitando del escrito la retórica metódica de tanta cita, las fórmulas de propaganda de los afines, las páginas bajaban a ochenta, pero finalmente tras tanta interrupción fui capaz de leer completamente y me pregunte: ¿Pero, que es lo que dice en limpio este académico?.

Solo pude concluir que atacaba a un tal Manuel Larramendi muerto hace dos siglos y medio; un Jesuíta que escribió un Diccionario (el primero) Castellano, Basquence, Latín. Un hombre mucho más valioso que él y que no puede defenderse.

Este académico-estrella es uno de los encargados de que nada cambie; un verdadero “Stasi” y un paleto que confunde etnias con lenguaje, más preocupado de no dejar de citar a nadie del estatus en sus escritos de batiburrillo y de pronunciarse cuando cree que algo va a ganar (como lo hizo hace ya diez años con el asunto de Iruña Veleia con una irresponsable precipitación, cuando aún siguen los jueces sin atreverse a decidir).

El que quiera perder un par de horas o precise un somnífero, tiene en ese refrito de cosas ajenas el ejemplo de cómo son los tipos que llevan este barco de la cultura con minúscula. Ignorantes, pretenciosos fatuos y vacíos.

Nada de lo que escriben es suyo.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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