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Ardales de Málaga.

La localidad de Ardales en la sierra malagueña, tiene una gran personalidad, no solo por la gran peña en torno a la cual se organiza el pueblo, sino por la belleza del río Turón, de los cortados por los que discurre el Caminito del Rey por los contrastes de formas y relieves y por su luz.

 

 

Nuestro amigo Bernat dice que si bien el nombre parece prehistórico, tras la invasión árabe del siglo VIII, lo rebautizaron como “Ard Allah” o “jardín de Dios”.

 

Es posible, porque esto mismo hacían nuestros ministros poniendo santos allá donde apareciera  un “san, sand ó sant”. El caso es que el nombre vernáculo ha perdurado y no está solo en el mundo, porque tanto en el registro de actividades como en la toponimia, hay voces casi iguales.

 

Pero siendo este Ardales andaluz el más conocido, la geografía española está cuajada de otros “Ardales menores”. He encontrado hasta 27 lugares que se llaman “Ardales” a secas. La mayor parte de ellos son terrenos cercanos a peñascos, donde la tierra no es muy fértil. También hay una docena larga de nombres que –además de Ardales- llevan un complemento como Arroyo, Banda, Baños, Barranco, Camino, Casa, Casas, Cortijo, Cueva (esta es la del municipio malagueño), Graja, Huelmos, Llano, Los…, Parque, Porche…

 

Y también hay Hardales con hache e incluso Jardeles con jota. Este medio centenar de nombres se reparte por Asturias, Badajoz, Cuenca, Ciudad Real, Granada, Jaén, Málaga, Toledo…, lo que demuestra que quienes recurrían a tales nombres exigían una homogeneidad, es decir, los nombres tenían algún mensaje lógico que ayudara a conservar su integridad.

 

Aparte hay otros tantos “Ardal” y variantes como Ardalejo, Ardalejos, Ardaliz, Ardalosa… y numerosos Albardales y Pardales, nombres que apoyan la certeza de ser vernáculos de los mismos; la alta improbabilidad de que en origen fueran nombres puestos por gentes que hablaran una lengua camítica.

 

Aparte de la cuestión toponímica, existe el verbo “ardalear”, actividad que consistía en dar un último repaso a las cepas después de la vendimia para llevarse los racimos tardíos, lo que es un ejemplo claro, de mantener enlaces con la raíz vasca “ard”[1] cepa y “alé”, grano, elemento aislado, mostrando la importancia de la forma en que se cortan los lexemas y cómo un conjunto puede dar lugar a más de una interpretación según la disección, raíz y significado, que aún siendo claros, no son consultados por los gestores de la lengua, que con gran cara dura aseguran que es una voz “derivada del árabe hispano hardal, que equivale a  ”esquilmar los racimos””.

 

Lo más parecido a “hardal” que he encontrado en el “Árabe Marroquí” que es el que se supone hablaban los rifeños que venían tras los Omeyas, es “hattal” que equivale a copioso; no existe la voz ardalear, que –seguramente- es antiquísima como lo son los viñedos en este solar y en cuanto al “Árabe Hispano”, los investigadores equilibrados dicen que no es tal, sino un Castellano Regional escrito en Aljamía.

 

Contando con lo habitual de que se alternen “eles y enes”, es fácil encontrar lugares  como Ardanué y Ardanuy en Huesca,  Ardanaz y Artajona en Navarra, amén de infinidad de topónimos menores, que casi siempre tienen una particularidad; la de tener una peñas muy cuarteadas, con cortes muy marcados.

 

Como resumen, se puede aventurar que Ardales tiene una explicación coherente a través de “ar – ta (l) –eis”, donde “ar” lleva el mensaje de ser pétreo, “ta-da” implica un modelado por corte y “eis” es la definición de un promontorio, viniendo a decir –en conjunto-, “El cerro de piedra cortada”.

 

La introducción de una líquida entre vocales es un mecanismo muy corriente en la cosmética de las palabras, pero también es posible que el nombre hubiera tenido esa “ele” desde el comienzo, de manera que el último lexema fuera “lez ó leiz”, cueva, sima; en cuyo caso su significado hubiera sido “Cueva de la roca cortada”.

 

Es difícil saber si la famosa cueva con pinturas paleolíticas de Ardales pudo tener antaño el valor que hoy le damos y si el “les” final se refiere a esa cavidad.

 

[1] Recordemos que el vino, “arda ua”, significa literalmente, agua de la cepa.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

1 Comment

  • Hola Javier.
    Muy bueno como siempre.
    No obstante me gustaria comentar algo sobre este párrafo:

    Lo más parecido a “hardal” que he encontrado en el “Árabe Marroquí” que es el que se supone hablaban los rifeños que venían tras los Omeyas, es “hattal” que equivale a copioso; no existe la voz ardalear, que –seguramente- es antiquísima como lo son los viñedos en este solar y en cuanto al “Árabe Hispano”, los investigadores equilibrados dicen que no es tal, sino un Castellano Regional escrito en Aljamía.
    —–
    Bien, los rifeños nunca han hablado árabe hasta que modernamente se les ha impuesto por el Estado marroquí postindependencia .
    Su lengua nativa es el bereber rifeño contaminado, eso sí, hoy en dia por el árabe. También es cierto que el dariya marroquí (dialecto) está contaminado o lleno de palabras bereberes. Hasta el punto que un árabe oriental no lo entiende.
    Por lo tanto, suponiendo estar de acuerdo con el mito de la invasión árabe, dificilmente aquellos rifeños hablaban arabe dialectal.
    Parece ser que Hisham II arabizó la toponimia andalusí y esto sin duda ha dejado rastro.

    Y en cuanto al árabe hispano pienso que es otro de los mitos sobados y manipulados por las generaciones de enteraillos de Universidad. Por mis investigaciones creo que los andaluces teníamos un árabe dialectal, gracias a la islamización cultural y religiosa que se produjo durante siglos, que se compaginaba con la lengua mal llamada romance andalusí.
    Las lecturas que llevo de usted y su hermano me confirman mi opinión sobre todo esto.
    Resumiría así:
    Hablábamos el Eukele, éste se va transformando en diferentes dialectos que ven la influencia de los diferentes ocupantes del territorio (romanos, cartegineses y visigodos) hasta la llegada del Islam como idea-fuerza que trae una lengua poderosísima como es el árabe del Qur’an. Lo dilatado en el tiempo más la profundidad e intensidad de esta idea-fuerza ha marcado hasta hoy en día la lengua que hablamos.
    La prueba que el árabe coránico y su dialecto convivía en armonía con el descendiente o descendientes del Eukele es la cantidad de palabras que todavía decimos de este último. Si la invasión hubiera sido tal como nos han dicho esto no ocurriría, pienso.
    La trama conquista-reconquista traducida a la lengua es un cuento macabeo como mínimo.
    Muchas gracias.
    Huan.

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