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Áridos, granos, «bulk»…

Áridos, granos, “bulk”…

Para quienes tenemos profesiones relacionadas con la construcción y la edificación, estos tres conceptos son casi sinónimos; representan materiales en masa, sin una forma determinada y que cuando se depositan en el suelo forman montones redondeados, lo que los matemáticos definirían como “campanas de Gauss”.

Pero quienes dirigen la evolución de los lenguajes, tienen –casi siempre- unas ideas muy diferentes; así para explicar la etimología de los áridos se echan en brazos del Latín y prefieren que sea un estado físico “circunstancial” el que determine el origen de esa voz, por lo que en un viaje arbitrario eligen el verbo “ardeo” (arder, quemar) y la forma “arere”, estar seco, quemado, para decir que de ahí salió “aridus” y nuestros áridos.

Es decir, parten del efecto del fuego y de la ausencia de humedad para llegar a una explicación que no admite comentarios.

Pero que un material forme parte de la clase de los áridos, no implica que esté seco; las gravas de las playas y ríos, nacen saturadas y pasan así gran parte de su vida, siendo “áridos”, porque lo que define su estado no es el calor o la humedad, sino las características de sus partículas que son a la vez sueltas y agregadas y se rigen por leyes cercanas a las hidráulicas, que los físicos llaman “de sistemas de partículas”.

Las lenguas germánicas los llaman preferentemente “droe, torra, torre, trockene…”, pero también “arid”, como la mayor parte de las latinas: “arid, aride, arides, áridos…”, mientras el Latín al que recurrían los lingüistas prefiere usar el término “mole” y todos los anteriores usan –a veces- formas del tipo “agregado, agregatte”, en tanto que los griegos siguen el modelo hídrico y usan las formas “xero, xira”, que indican sequedad.

Una de las raíces más requeridas del Euskera es la que denomina a la piedra, “arr” (hoy en día “harr”), raíz que cuando se hace seguir de “oká”, enteriza, firme, monolítica, da la “arroka” que tras la aféresis, esa erosión imparable del tiempo, queda en “roca”, pero que cuando se hace seguir del sufijo pluralizador “i”, se refiere a la grava, a piedras sueltas.

“R” vibrante que se suaviza por el uso y acaba dando “ar i du”, apócope de “ar i dun”, o lo que es lo mismo, “de la clase de piedra menuda”.
Algo parecido sucede con los granos, variante de los áridos, pero con aristas redondeadas.

Nos dicen que su origen es el “granum” latino, pero se extrañan de que el Griego (kokouss) lo ignore, cuando todas las latinas (excepto el Rumano, con su “cereale”) lo usan, al igual que las germánicas, que –prefiriendo variantes de “Korn”-, también la usan como “grain”.

¿Hay otra explicación para el grano universal?, sí; para ello hay que fijarse en el proceso biológico que lleva a la creación de los granos y de los frutos en general; hay que saber que “gara” es el nombre vasco de la flor femenina que ha sido fecundada y “un, une” es el interior, el meollo, la esencia y el producto, de manera que “gara un” ha dado en “graun” y su metátesis “granu” es lo que los latinos han puesto en acusativo y los sabios nos han hecho creer que era la fuente, el origen.

“Granu” es la evolución de una palabra sabia como muchas otras de cuya génesis nos roban lo mejor, la prueba de que nuestros antepasados adoraban el conocimiento y lo plasmaron en las lenguas.

Finalmente, el “bulk” germánico con el que se denomina a los graneles y que los sabios nórdicos –tan despistados como los nuestros cuando no tienen referencias escritas que copiar- no aciertan a describir si no es del Noruego “bulki”, mercancía…

La raíz “bulk, buls, puls” del Euskera, está relacionada con el empuje y la presión, así que bien pudiera ser esa condición de granos y graneles que hace que sus componentes se desparramen la que ha dado nombre a esa forma germánica de los graneles, esa condición de empujar con persistencia hasta dar con su curva de equilibrio que saben bien quienes estiban los gigantescos “bulkcarriers” que llegan directos del “Cornbelt” americano al Puerto de Bilbao.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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