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Bastida, Bastilla.

Bastida, bastilla.

Aunque todas las niñas de hace cincuenta años tenían un bastidor de madera en el que tensaban sus pañuelos para bordar, me apuesto algo que desaparecidos los “chasis” o bastidores de coches y autobuses, ya ni los mecánicos saben que antaño los bastidores eran la esencia de construcciones y máquinas.

Así, la voz que debiera ser origen del bastidor, y que aparece como un eco en nombres de lugar como la bastida o bastilla, ni siquiera existe como voz con entidad en nuestras referencias actuales siendo necesario ir a la famosa Bastilla de París –que todos hemos mirado boquiabiertos- o a las bastidas del urbanismo o la edificación “recuperadas” de los gabachos tras haberse apropiado de ellas sin tener la más remota idea de su procedencia “gascona o vascona” de “estructura, aparejo”, que lo mismo da…o de otras acepciones de igual cuna que vamos a proponer.

Así, casi nadie sabe que la raíz vasca “basti” es el germen de cualquier estructura, es el esqueleto de los atalajes de un mulo o del andamio que se está montando para arreglar un tejado, pero antes de que las sociedades humanas necesitaran murallas, puentes, arcas (como la de Noé) y montajes diversos, esta raíz pudo denominar a algunas formas del terreno que son especialmente abundantes donde hay formaciones creadas por el desmantelamiento de formaciones sedimentarias, generalmente inestables, “vivas”, ya que la abundancia de topónimos que contienen ese morfema es proverbial y casi siempre relacionada con una determinada morfología.

Los sabios nos explican que los nombres de sitios que llevan esta raíz, denuncian la existencia allí de un bastión, de una construcción militar defensiva porque en sus mentes solo funciona el esquema de Imperio como creador de territorio y concesionario de nombres; les es imposible pensar en otras formas de economía social, como la ganadería extensiva y nómada, por ejemplo, que se desarrolló y mantuvo próspera durante largos periodos de clima estable desde el comienzo del Holoceno hasta que la agricultura ofreció una forma de vida distinta… y la humanidad “se sedó”, es decir, se asentó y dejó de admirarse del mundo y sus procesos.

Empezando por España, hay más de 100 lugares que contienen la forma neta “bastida” con o sin el aparente artículo. Son desde altos a barrancos, pasando por bordes, cabezos, cal, can, casa, cerro, cilleros, collado, corral, coto, el salto, font, fuente, margets, penyal, porche, pui, puig, rasa, roques, serra, tombu, torrent, turonet…, además de media docena de Bastida a secas y varias La Bastida, Lo Bastida y Sa Bastida.

Cien lugares, algunos de los cuales son ahora zonas urbanizadas, pero la mayor parte de ellos son sitios muy agrestes, promontorios o cantiles cortados donde ni ha habido jamás ni hay motivo para que haya alguna vez bastiones ni fortalezas; como mucho algunos puntos singulares de vigilancia de los valles colindantes (ver Uncastillo en Eukele.com).

También hay algunas “Bastillas” y numerosos nombres que conservan el morfema “basti”; casi ochocientos que pareciéndose mucho a nombres de uso cotidiano, nada tienen que ver con ellos; así, aún asumiendo que la gran cantidad de “San Sebastián” que pueden encontrarse, se refirieran al santo romano martirizado por Diocleciano, no es lo mismo la disculpa del santo, que haya lugares que se llamen “Sebastiá”, “Sebastián”, “Sebastiana”, “La Sebastiana”, “Bastián”, “Bastiana”, “Bastianillo”, “Bastianes”, “Bastians”, “Sebastianet”…, cuestión que nos impele a investigar.

A lo largo de los siglos, los nombres de lugar cuyos significados se habían olvidado, han ido “maquillándose” para parecerse a otros de uso mas corriente. Esta ha sido la tónica, pero siempre se escapan algunos difíciles de travestir, por ejemplo, “La Osa Bastiana” sigue tal cual, una tierra de labor cerca de Mérida al pie del Cerro de La Bastiana, donde quedan algunos indicios tanto físicos como toponímicos de las antiguas lagunas desecadas para el cultivo (la Laguna muy reducida de la Bastiana, la Dehesa de la Osa, La Osa Bastiana, Arroyo del Oso de los Llanos, el Cerro del Oso, el Arroyo Gallegos… todos ellos hidrónimos muy antiguos), un proceso repetido en cientos de lugares, como en el pueblo abulense del Oso, muy conocido por su laguna (“oso” equivale a “ojo”, pozo o laguna de alumbramiento estacional de aguas freáticas).

O “Maja Sebastiana”, una cuesta áspera de un cerro entre Soria y Guadalajara, pero hay tantos casos que cualquiera de ellos daría para todo un capítulo de investigación.

Hay compañeros que con buen criterio, ven en la morfología de “bas ti” una referencia al grado elevado y abundancia de boscosidad de las zonas que poseen ese sonido; yo también lo aplicaba en un momento de este proceso de aprendizaje, pero a partir de la comprobación de que las explicaciones excesivamente genéricas no eran susceptibles de dar precisión y por tanto, no eran “prácticas” para nuestros antepasados, he seguido investigando para dar con claves adicionales.

Para este análisis (necesariamente corto por su destino en un blog) se va a partir de elementos (posibles lexemas) presentes en esos casi mil topónimos citados, que bien podrían dividirse en tres o cuatro categorías: Unos, sin el aparente artículo definido, del tipo “Bastián, Bastiana, Bastida, Bastilla…”, otros comenzando con el “artículo”, como “A Bastida, La Bastida, La Bastilla, La Bastideta…”; un tercer grupo que aparenta origen onomástico, como “Sebastián, Don Sebastián, Valdesebastián, Vegasebastián…” y los de aspecto de hagiónimos, como la nada despreciable cifra de 138 sebastianes que llevan delante el descriptor de santidad, San ó Sant, amén de docenas de sierras, ermitas, solanas, etc. de San Sebastián.

Se tomará solo un ejemplo por grupo.

Para el primero se elige el topónimo “Bastiabe” en Álava, topónimo que hasta un principiante relacionaría con la pequeña pero conspicua cresta de Gastelube que lo protege del viento Norte. “basti a be”, o bajo el mamparo, pudiendo asegurar que no ha sufrido alteraciones. “Basti” aquí tiene el significado de estructura, pared, cortavientos…

Para el segundo, el Salto de La Bastida, cerca de Haro, en una meseta cortada sobre el Ebro y La Cueva de La Bastida en el tramo medio del río Júcar en Ciudad Real. En estos y otros casos semejantes, la clave es “lab asti”, donde “lab” es un indicador de lo resbaladizo del material, del grado de deleznabilidad de la roca, una especie de índice que nos dice que la erosión la afecta.

“Asti” es el grado de celeridad, en este caso, bajo.

En resumen el topónimo nos diría que la zona está siendo devorada por amos ríos, pero que la evolución es lenta.

Donde el topónimo nos recuerda los nombres de Sebastián ó Sebastiana, lo más habitual es que la huella física sea (o fuera en el momento de la denominación), leve aunque perceptible. En ellos, la parte precursora “se”, indica lo limitado de la dimensión o visibilidad; es decir, son lugares en que hay un proceso incipiente, como en la imagen siguiente que corresponde a Varella de Sebastián en Zaragoza, una red dendrítica de drenaje en un entorno subdesértico en su inicio de formación, con distancias entre cauces del orden de solo 250 metros.

Llegando a los santos, es imposible negar que haya alguna relación con el santo asaeteado, pero casi con seguridad y en la mayor parte de los casos, los lugares tenían ya una denominación que se parecía a la forma actual y en la época de la cristianización y en los siglos posteriores, los ministros de la Iglesia y otros “emocionados” cristianos se han dedicado-sin duda- a acercar aquéllos nombres al del santo.

Así, lugares llamados “san se bast an”, donde “san” hace referencia a la integridad, totalidad o a gran parte del espacio, “se” a lo limitado del espacio u otro parámetro, “bast” a la fragilidad o inseguridad de la superficie y “an-en” a la correspondencia o relación, han sido forzados a “San Sebastián”. Un buen ejemplo es el Plá de Sant Sebastiá cerca de Vic, donde el plano (menor que otros del entorno) está totalmente rodeado de barrancos.

El Cabezo de La Bastida de Totana, a una milla del yacimiento argárico de Las Cuestas que nos ha animado a analizar su nombre, no tiene nada que ver con bastiones defensivos ni con otros delirios que obnubilan a los afectados de academicismo y que les hacen ver sociedades militarizadas donde solo se encuentran molinos de mano- como el de la portada- y hachas para tronzar leña. Los bastiones que creemos a ojos ciegos que son un invento italiano para superar las antiguas murallas, arrastran la semántica del “basti”, montaje, construcción. Este “Cabezo de La Bastida” es una zona más en proceso de desmantelación por la erosión.

No lo tienen esa relación con fortines ni ella ni los cientos de nombres parecidos que orlan los rincones de Iberia, pero que también están presentes en Francia (Bastia, Bastides Blanches, Bastier, Bastián, Bastillac, Labastide, La Bastide, Les Bastides…), en Italia (Bastia, Bastianello, Bastiani, Bastida, Bastiglia, Bastione, Cima Bastión…) y solo en algún caso aislado tienen que ver con un fuerte, cuando la vocación del terreno ha coincidido con las conveniencias militares.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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