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Cárcel

Recinto donde se confina a sospechosos o a reos, impidiéndoles salir y manteniéndoles a disposición de la autoridad.

Aunque esta voz es muy familiar en los lugares en que se habla Castellano, solo es compartida por el Euskera “kartzela”, el Italiano “carcere” y con una forma “cercana” en el Galés, “carchar”.

La forma general en las lenguas latinas, es la relacionada con “prisión, prigió, presó…”, en las germánicas hay varias opciones, algunas muy distantes, como sucede en las eslavas.

El caso es que nuestros sabios, cuya “deriva” a relacionar todo con el Latín, es obsesiva, se saltan las preferencias de esta lengua con respecto a sus formas canónicas “víncula vinculorum y custodia-ae”, para echar mano de un tecnicismo de los sistemas de carreras de cuadrigas que en la época del imperio equivalía a lo que hoy en día se llaman “boxes”, es decir, los lugares del circo en los que se ajustaban los correajes de los caballos, se engrasaban los ejes; los recintos llamados “carcer” y con esa disculpa tienen patente para decir que ahí nació la cárcel.

El estilo es el de siempre, una prepotencia infinita que margina el sentido común y los procesos semánticos para llevar el agua al molino del imperio y de su patológico modelo de enseñanza.

Al margen de que ese “carcer” provenga probablemente del Etrusco (filoibérico) “karr axe”, es decir, de la acción de aprestar los carros, los patios en que se desarrollaban estos trabajos, se parecían mas a los corrales de las plazas de toros donde estos esperan la hora de la lidia, que a una cárcel oscura con barrotes.

Es necesario para la higiene de la lingüística el analizar todo lo disponible; no agarrarse a la moneda caliente a un a riesgo de achicharrarse las yemas…

Y es que argumentos no faltan.

Uno de ellos está en casi todas las lenguas védicas en las que la cárcel (jela, jéla, jel, jél’ha), muy breve, nativa, nos recuerda a la “cel” de nuestra cárcel, que luego pudo evolucionar en alguna rama hacia la “jail”, pero hay otros yacimientos más que la brevedad de estos relatos no hace oportuna y los dejamos para otro ensayo.

Por eso se pasa ya a la parte especulativa.

Tendría yo unos ocho años cuando en una catequesis el cura nos enseñó una colección de cromos, uno de los cuales mostraba al –entonces- Beato Valentín de Berriochoa acurrucado en una jaula de bambú de la que le sacaban dos malayos para cortarle la cabeza de un tajo.

No he conseguido aquélla imagen, pero en otra que ahora anda por las redes, se ve la jaula que yo recordaba.

En Vietnam y otras zonas selváticas del extremo oriente, nuestros amigos ingleses llaman “tiger jail” a esas jaulas en las que se confinan y trasladan los reos en una postura horrible, que anula sus voluntades: Todo el tiempo en cuclillas.

La persona que ha estado en esa postura uno o dos días, tarda casi una hora en poder andar cuando la sacan del martirio. Así no es fácil que los reos se escapen.

Es seguro que esa modalidad de prisión ha sido conocida y aplicada muchos milenios antes de que hubiera cuadrigas, circos e imperios.
No me cabe duda alguna de que las jaulas no eran para llevarse un tigre a cinco leguas, sino para confinar y –en su caso- llevar ante un juicio público a elementos antisociales, que siempre los ha habido.

Así, en “karr zel”, conviven dos lexemas claves para entender la funcionalidad de las cárceles antes de que la sedentarización llenara el mundo de edificios de piedra. “garr, karr” es la raíz relacionada con el transporte genérico, es decir, sin especificar si es por arrastre (lo normal antes de existir caminos) o rodado. Ver sello del departamento foral “Garraio”.

“Zel” es la raíz que ya está presente en el “sel”, el embrión del caserío vasco cuando hace –probablemente- seis milenios, se fijaba un mojón, se instauraba un fogón, se trazaba un círculo de “derecho exclusivo de uso del suelo” y se edificaba una choza mínima, en realidad una “celda” que se llamó “sel”.

De esa celda inicial, un concepto nuevo de limitación de espacio pudo arrancar la “karr zel”, es decir, la jaula transportable que luego se haría fija y llamaríamos “cárcel”.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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