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Deba, Deva.

Primero la toponimia, luego la fantasía.

Con uve, be, o incluso con u, en nuestro entorno, este topónimo suena a río y a población. Casi todo el mundo sabe que existe un río con ese nombre en Gipúzkoa, otro en Asturias y nada menos que dos en Galicia y casi todo el mundo ha leído en alguna ocasión que su nombre es de origen celta, aunque casi nadie sabe que hay un Riodeva en Teruel donde no anduvieron tales celtas (según lo que hoy se enseña).

Pero en Europa, la “Deva” más conocida es la preciosa ciudad Transilvana a orillas del río Mures, aparte de varios ríos Deva, alguno en Francia (escrito “Dive” y pronunciado “dev” entre Orne y el canal de La Mancha), en Mesopotamia, en Sudán (Debba)…

Y no conviene olvidar que el río Dee que desemboca en Aberdeen, Escocia, antes se llamaba “Deva”.

Pero –sin ir tan lejos-, en la toponimia española hay –aparte del río y pueblo gipuzkoanos, numerosas “debas” variantes, como “Debarana”, altozano en Tierra Estella, “Debaster”, un promontorio en Lizarraga, Navarra, “Debata”, un picacho de más de 1100 metros cerca de Aralar, “La Debasa”, un collado a casi 1500 metros de altura cerca de Barruelo en Palencia, “Rideba”, un arroyo en El Campezo, Álaba; “Valdebas”, un vallecito en San Esteban de Gormaz, Soria; “Adeba”, un barranco cerca de Córdoba; “Debaix”, una masía en Sant Antoni, Ibiza…

Aunque son mucho más numerosos los de grafía con “uve”: “Deva”, un pico irrelevante en la margen izquierda del Río de la Vega en Asturias; “Fuente Deva”, cerca de Peñafrancia, también en Asturias; una aldea a casi 1200 metros de altura en Los Ancares, Lugo; Río Deva en A Cañiza, Pontevedra; otro Río Deva y varios derivados en Gomesende, Orense; arroyo Valdedeva cerca de Cadasnos, en Huesca; Collado de Deva en Burgariña, Pontevedra; Sierra o cordal de Deva en Fonfría, Asturias; Isla La Deva en el cabo Punta Vidrias, Asturias; Riodeva (río y pueblo) en Rincón de Ademuz, enclave Valenciano en Teruel…

Muy conocida por los andarines es la Fuente Deva cerca de Gijón que llaman “el güeyu” en Bable, algo así como “el ojo” en referencia a un manantial que salía de la roca y sobre el que se construyó el precioso lavadero de la foto.

Aún hay algunos topónimos en que la “semiconsonante” uve, dio en “u” (¿o ha sido al revés?), como: Deu (transformado a Dego), un poblado en Cangas de Onís, Asturias; Deu de L’airid un arroyo de ladera en Figueres, Girona; Deula, pico, arroyo y fuente en Serra, Valencia; La Devera, una ladera en Xerta, Tarragona; Deustu, una ladera cerca de Durango, Valdeusto en Burgos o el propio Deusto en Bilbao…

Llama la atención, que no siendo los topónimos de esta sonoridad tan abundantes en los países cercanos de Europa, si lo sean en Túnez y Marruecos, donde ya en un primer repaso sobre toponimia mayor, aparecen decenas de ellos (Oued Deba, Rbar. Deba, Bir ed Deba, Henchir Deba, Ed Deba, Jbel Deba…).

Como resumen de la toponimia hay que decir que la voz “deva” con “be” o con “uve”, con uno u otro acento, con vocales más o menos largas y expresada en continuo o con pausa, es “multifrecuente” en esta disciplina.

En España, único país en el que se ha trabajado la “micro toponimia”, hay más de treinta casos pero todo indica que en cualquier país donde hay roca caliza e incluso sobre otros tipos de rocas friables, la voz va a estar presente. Este hecho de la replicación de nombres en la toponimia Eurasiática, Norafricana y Macaronésica invita a olvidar teorías etnicistas (como la céltica) que quieren recrear situaciones de hace menos de tres milenios, para investigar algo muy, muy anterior.

Dejando de momento la toponimia para entrar en la fantasía, los más leídos, saben también que Hinduístas y Zoroastrinos, tienen entre sus deidades una “Deva” buena (los primeros) y otra mala, así que los propensos al mito, tienen fácil la búsqueda de parentescos. En realidad esa propensión casi automática para considerar celtas estos topónimos, arranca de que en la lengua Sánscrita y para el sexo masculino, se denominaba así a los fenómenos positivos, luminosos… de donde se acabó tomando como divinidad y se consideraba a los celtas como la cadena de transmisión de las “cosas védicas” hacia occidente, cosa que placía a los germanos.

Es de sobra conocida la presión que la cultura germánica aplicó durante el siglo XIX a su obsesiva búsqueda del supuesto origen ario (o iranio), siempre guerrero de su raza y lengua y de la celticidad como muestra de uno de los trayectos históricos, con lo que numerosos indicios no suficientemente escrutados e ignorando los substratos muy anteriores a la edad del hierro, han sido metidos en el saco de lo celta.

Así, dentro de nuestras fronteras, hay incluso entre los nativos devotos de la teoría Indo Germánica, una insana propensión a la deificación de elementos físicos como puede ser el agua, que se repite aquí y allá, como por ejemplo en una cueva segoviana donde aparece la inscripción “DEVAE CORNE…” y el intérprete concluye de forma temeraria, que la referencia lo es a “una diosa relacionada con las aguas y en concreto con el río Cega”.

Los expertos en “letras” tienen una debilidad crónica por ver procesos divinos, mágicos, místicos, donde otros solo vemos descripciones físicas y sensoriales. Esta es una herencia difícil de erradicar, porque el “edificio” del que viven, se soporta en estas cadenas de fantasías que se repiten desde las primeras epigrafías disponibles y que tratan de colocar al hombre tras la estela de Dios.

La cueva de La Griega (que así se llama el yacimiento del ejemplo), nunca ha sido propiedad de una muchacha helénica, sino que es una alteración de la voz prerromana “Largiega” (al igual que los apellidos Largacha, Largo o Largoitia) y ha sido frecuentada durante decenas de milenios en el Paleolítico, por cazadores y pastores que han dejado innumerables grafos en sus paredes mientras descansaban- seguramente detenidos por una tormenta-, entre los cuales, el atribuido a Cornelius, es de los últimos, señalando que la época nómada ya languidecía.

Volviendo a la base “deva” y a la opinión mayoritaria en los círculos cultos sobre su celticidad, hay que ponerla en cuarentena, porque de las voces consideradas célticas para denominar a las deidades masculinas, hay tres más o menos aceptadas, que son “Deiwo”, “Kamulo” y “Lugu” y otras varias dudosas, como “Arjoman”, “Desos” o “Noudant”.

Entre las femeninas, “Briganti” y “Fanon”.

Aparte de que sería una casualidad imposible que casi una treintena de “deiwos” se transformaran simultáneamente en “deva” desde Rumanía hasta Galicia, suponiendo que sea a este teónimo al que se refieren los profesionales del celtismo, la presencia en toponimia de voces parecidas a “deiwos” no llega siquiera a una parte del potencial que el Euskera dispone para denominar topónimos y no digamos en lo que a los temas “supra humanos” se refiere; concretamente su lexema “de, dee”, multipresente en toponimia y léxicos y que tiene un significado doble, como adjetivo y como verbo.

“De” adjetivo, indica superioridad moral, divinidad y con esta raíz hay tal cantidad de derivados y tan elaborados, que las formas sánscritas, griegas o latinas quedan como claros derivados del lexema vasco.

“Dee” (Ver el ADN del Euskera en 1500 partículas) como verbo, tiene un claro significado físico entre el vertido concentrado (no extensivo) y la acción de exprimir, extraer, verter, manar de forma concentrada, en chorro o cascada.

Por otra parte, “eba” es la raíz sustantiva para el tipo de corte longitudinal aplicado a un material o elemento, por ejemplo, una diaclasa, una grieta o un “ojo” en una roca, de manera que el compuesto “dee eba” no sería otra cosa que “la grieta que vierte”.

Pongamos que la cola de la voz “deva”, no proceda de “eba”, sino que lo haga de “ua”. Se tendría “dee ua”, esto es , “vertedero, manadero de agua”.

Como decía un maño amigo mío, “pál caso…de Tauste”.

Vayamos ahora al “quid” físico de la cuestión, río por río.

El Deva de Pontevedra, que nace en La Cañiza, saca sus primeras aguas en una grieta imponente, cuajada de “fervenzas” o cascadas. Ver imagen.

Lo mismo se puede decir del Deva de Ourense, que naciendo en una grieta de la Serra do Faro, sus primeros dos kilómetros discurren por una garganta muy estrecha. Ver imagen.

Y, ¿Riodeva en Teruel?, pues lo mismo pero multiplicado, porque en vez de nacer en montañas de granito como los Devas gallegos, lo hace entre calizas mucho más “mecanizables” por el agua que aquélla roca plutónica, de manera que este Riodeva (es decir, Deva) es conocido por sus sucesivos manantiales que brotan de la roca y que allí llaman “amanaderos”. Ver foto.

Si seguimos con el Deva Cántabro-Asturiano, su nacedero es una verdadera grieta en las calizas de montaña, que llaman “De” (Fuentedé), posiblemente en origen, “dee”.

Y del mismo tipo de fractura, aprovechando un raro entorno de calizas en ese país, es lo que encontramos en el Nordeste de Escocia, en un río que los romanos denominaron “Deva” y que hoy se llama “Dee”. Ver imagen y plano.

Siguiendo en Escocia, un poco más al sur, está el río Devon, afluente del Trent, que los latinistas deforman para llamarle “Divine”, cuando su nombre es correcto, ya que “Dee bon”, equivale a “poza del manantial”, donde ese “bon”, es el mismo de los “ibones” pirenáicos. En la imagen, “Caldero del Devon” (Devon cauldron).

En el Deva alavo-gipuzkoano, ahora modificado a “Deba”, porque el Euskera actual no usa la “uve”, el nacimiento en Hiruerreketa, no es “geológicamente” tan espectacular, pero varios de sus afluentes que se originan en zonas calizas, tienen no pocos nacederos singulares: Angiozar, Aramaio, Oñate, Kilimoi… que le hacen merecer ese nombre. En la imagen, nacedero principal del Deba.

¿Resumen?, que no hay nada divino en los devas del mundo; tan solo una expresión exacta de lo que nuestros antepasados veían sobre el terreno y que se repite en cientos de casos sobre el agua y sus formas, las rocas, sus materiales y su fisiografía, los suelos y la vegetación, los itinerarios y sus problemas, etc. etc., que la pretensión de dioses, lamias y gentiles denominando los lugares solo tiene un soporte fantástico creado en épocas “urbanas” por quienes desde el poder político o religioso, querían condicionar las creencias de los pueblos de los que vivían.

Nuestras universidades y academias llevan siglos perdiendo el tiempo devotas sobre un paradigma (el de la supremacía greco latina) que no explica el verdadero fondo de nuestro origen. Lo vimos en Noviembre del 2015 en el Campus de Vitoria, cuando los cachorros de los actuales catedráticos se liaron la manta al cuello y lejos de abrirse a investigar nuevos campos, se limitan a recitar los mantras que les dan de comer y les garantizan una futura poltrona… si son buenos.

¡Que pena de Universidad!.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

1 Comment

  • Hilando muy fino, como siempre, Javier! Pues Fuentedé, que también lo he recorrido a pata, me ha recordado que en Granada, junto a la A44, he estado también en Deifontes, donde hay un manantial. Ese ‘Dei’ me suena que no viene del latín; tiene muchas papeletas para que sea ‘Dee’.

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