Geografía Toponimia

Duero

No es extraño que mi amigo Antoni reclamara que este nombre es celta, porque así se “heraldea” en todos los documentos accesibles en la red y se hace, porque previamente los supuestos expertos lo han sugerido (y hasta asegurado) en sesudos documentos llenos de citas.

La forma escrita más antigua de citación del Duero está en documentos de la Roma imperial, donde el río figura como “Durius flúmen” y ya en pleno romanticismo, a Robert Ferguson, autor de The River’s Names in Europe, el inicio “dur” de ese “durius”, comparado con las forma “dubr, dwfr” del agua en Celta, le parecía cercano y ese libro dio pie para docenas de elucubraciones por tipos que nunca habían manejado otros topónimos ni habían oído hablar del “Vasquence”, para proponer con contundencia orígenes celtas a cuanto tuviera la mínima coincidencia con sus “raíces celtas” imaginarias.

Ya en esa época británicos y germánicos tenían unas ansias tan terribles de descubrir sus orígenes y rescatar un pasado brillante, que se llevaban al nido celta todo cuanto brillara, igual que hacen las urracas.

Bastaba haberse dado una vuelta por el País Vasco, donde hasta los niños saben que “ur” es agua, para que surgiera la primera duda, duda que ha de plantearse con la raíz más corta disponible; en este caso la vasca (que en esa época ya se había dotado del remate en forma de “r”, pues la forma original era aún más breve, “ü, u”) y habría de pensarse inicialmente que el supuesto “dur” celta, partía del “u” vasco, más corto, intuitivo y contundente.

Pero el Duero se resiste; no es fácil de diseccionar, como no lo suelen ser los topónimos breves, cortos, que ofrecen menos puntos de apoyo que los complejos.

Es, por tanto, necesaria una abstracción potente y extensa que huya de los atajos que nos ofrece la historia escrita, siempre ligada a la obligada propaganda del poder de cada momento.

El imprescindible e higiénico repaso de la toponimia española, recomienda un paso previo por la “internacional” cercana, donde las formas “due/dou”, muestran una coincidencia y coexistencia relativamente equilibrada de ambas.

El diptongo “ue” no es fácil de pronunciar, por lo que no es extraño que portugueses y gallegos lo muten a otros como “ou” o a simplificaciones extremas, como “o” o le añadan prótesis que mejoren su dicción.

En Francia coexisten las formas “due/dou” en lugares como Beduer, Duellou, Duerne, Duesne… Adour, Douai… e incluso híbridas como Douernenez.

En Túnez ganan las morfologías “dou” con más de quinientos casos, contra un solo Duerna. En Marruecos, la ventaja de las “dou” es aún mayor, como en Italia o en Portugal, donde hay casi doscientos “dou” contra unos pocos “due”.

En España –en cambio- parece gustar más los modelos “due, tue, sue”, que acaparan miles de sitios, aunque el “dou” tampoco es escaso.

Las cifras altas no aclaran gran cosa, pero la revisión detallada de los lugares con alguna de estas tres últimas composiciones, muestra su vocación de denominar al territorio mediante detalles hídricos; por ejemplo, en la primera imagen que corresponde al Pico de Urbión (variante de “ur bi oi”, confluencia, coincidencia de aguas), cada una de las caras de su pirámide muestra fuentes o lagunas y el nacimiento de tres ríos, el Urbión que aporta al Ebro; el Duero y el Vinuesa, ambos de la misma cuenca, donde una mínima diferencia de cota de este último, da al Duero el nombre que llevará hasta Lisboa.

Esto quiere decir –no solo- que los antiguos conocían al detalle la geografía y sus procesos y sistemas, sino que dominaban la topografía y disponían de criterios y medios para asignar cotas y localizaciones con gran precisión.

La bella imagen del altísimo nacedero de “Fuente Suero” en Cuenca, muestra otro hidrónimo clarísimo que favorece la creación de un vallecito verde en una zona pedregosa, que habrá sido frecuentemente visitada por pastores desde hace milenios y cuyo nombre –es evidente- ha sido muy fácil de recordar por la contundencia de su significado coincidente con “Duero”, que se explica más adelante.

Otro ejemplo es el de la Peñas de Tuero en Burgos, que cobijan dos arroyos muy cerca del lugar en que el Río Arlanza iba a ser represado en Retuerta, pero esta forma se repite hasta diez veces con topónimos como Riotuerto, Los Tueros, etc., todos ellos hidrónimos con significados formales o funcionales.

Pero el topónimo concreto “Duero” no se prodiga aislado, ya que las docenas de lugares que lo llevan, son subsidiarios del río principal, siendo evidente que han surgido por actividades o apreciaciones relacionadas con el nombre principal; es como si hubiera existido un conjuro para que solo sea “Duero” el río con la mayor y más regular cuenca de recepción de España, un área de recogida de aguas casi circular que se acerca a los 100.000 km2 y que históricamente ha producido avenidas gigantescas como la de 1961, que con puntas de 9.000 m3 por segundo y duración de varios días, desbarató las obras de la presa de Aldeadávila de la Ribera, arrastrando equipos, vehículos y materiales hasta Oporto. Ver foto principal.

Es decir, el Duero es un gran sistema hidráulico aparentemente pacífico, inocente, pero que ocasionalmente muestra su carácter irreducible.

Aquí se postula que el nombre ha cambiado muy poco desde que fue bautizado por pastores que cruzaban habitualmente sus valles y subían a todas las cumbres que lo circundan desde hace diez o más milenios; tal nombre fue inicialmente “u ero” (solo en España hay cerca de dos mil topónimos que contienen esta forma) y recibió tempranamente la prótesis “d”, que en otros casos fue “s” ó “t”, para mejorar su prosodia.

“U” era en ese momento la descripción elemental del agua y la desinencia “ero” indica la frecuencia, la repetición, la característica de lo previamente citado, de forma que “u ero” equivalía a la presencia muy densa de manifestaciones acuosas (ríos, arroyos, galachos, fuentes, lagunas, balsas, lavajos…) como corresponde a una cubeta sedimentaria en la que la red hidrográfica es muy densa y los acuíferos muy someros.

La Castilla de hoy, desarbolada y cultivada en llanos, cuestas y páramos, no ayuda a imaginarse otro panorama con protagonismo del agua, cuando las inmensas “olmas” de varios metros de circunferencia (hoy testigos raros y aislados del agua que había en el subsuelo) hablaban de una piel distinta de Castilla, la de los pastores que no poseían la tierra, sino que la corrían y describían.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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