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El Pico Almanzor

Si no eres montañero, si no tienes afición a las alturas principales o difíciles o si no te motiva la toponimia “rara”, casi seguro que no te suena el “Pico Almanzor”, la altura máxima de los sufridos granitos del Sistema Central que divide la meseta española en Norte y Sur.

Yo me tropecé ya de adulto con este nombre que no solo los libros de texto sino los especializados de montaña encuentran tan normal y lo achacan al jeque árabe de origen yemení, Al Mansur y a que “…una vez que pasó cerca de allí, se quedó prendado de su belleza…” . Esta explicación la consume todo el mundo, así que si el lector visita la Wikipedia, verá algo así como: “…During his many campaigns, Al-Mansur passed near this mountain and he was captivated by its beauty…”.

Pero, repasemos los datos reales y las cuestiones probables y veamos si esta frase de la enciclopedia de la red tiene pies y cabeza.

Como los historiadores y cronistas que aportan y rellenan los libros no son tontos, se curan en salud diciendo que entre campañas guerreras escaramuzas y refriegas, el moro se pasó por allí cerca… Saben los historiadores de las querencias refinadas de aquéllas castas dominantes, de su gusto por la corte y sus halagos, que no se les ocurre decir que el moro cogió una cuerda y decidió subir a lo más alto de Gredos, sino que pasó por allí de casualidad…

Pero, ¿sabe el lector que el punto de paso de la cordillera más cercano al pico en cuestión está a 25 kilómetros en línea recta y que desde él no se ve la cima?.

Es improbable que eso de que pasó cerca y se quedó prendado sea cierto. La contemplación de la belleza de este pico y de otros muchos está reservada para los que llegan verdaderamente cerca de esas cumbres, porque desde la lejanía de los valles esta se difumina y disuelve en la masa de la montaña.

Nombres de lugar parecidos a Almanzor no hay muchos, pero si algunos. Los hay en Almería, en Murcia, en Soria, en León, en Burgos, Ávila e incluso en La Coruña; sí, en La Coruña cerca de Betanzos hay un lugar, un mogote que se llama “Castro Almanzor”. Me dirán algunos que Almanzor llegó a Santiago y –como estuvo por allí un par de semanas-, el cerro se quedó con su nombre.

Pero dos de esa veintena de nombres son reveladores; uno es la Peña Manzorra en el propio Ávila y otro un morro agreste llamado Manzorro en el Arroyo de la Hoz en Burgos. Reveladores porque tienen cierta similitud con “El Cuerno de Almanzor”, el roque más destacado de la cumbre, del techo de Gredos.

“Mantzur” es un adjetivo euskérico que viene a querer decir algo así como “destartalado”, “averiado”, algo que ha sufrido un meneo.

El comienzo del nombre; el “al” inicial que todos los enterados se apresuran a asegurar que es el artículo determinado en Árabe, no siempre lo es; de hecho, muchas veces es la lambadización de una erre sencilla, es decir el nombre inicial posiblemente fue “ar mantzur”, lo que significa más o menos “la peña destartalada” y la forma popular suavizó a “al mantzur”. De ahí a la fantasía arabizante solo hay un paso, el de los eruditos que quieren mostrar sus profundos conocimientos.

Quienquiera que busque lo más llamativo de ese entorno de cumbre, verá que no lo es la propia cima sino el cuerno en el que se ve al montañero satisfecho de haberlo vencido. Un cuerno de granito recorrido por mil fisuras y diaclasas y castigado –seguramente- por cientos de rayos cada año, por el hielo y el sol, que muestra orgulloso sus heridas mientras desafía a la gravedad, a los agentes atmosféricos y a las piquetas de los escaladores. Un cuerno que es una piedra potente, pero con su piel destartalada.

Debemos un reconocimiento a nuestros antepasados que tan bien señalaron los nombres y una censura a los pedantes académicos que en cuanto pueden “se van al moro”.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

2 Comments

  • Hola Javier!
    Muy bueno.
    Es curioso la evolución de las lenguas.
    No sé si alguien sabe desde cuando los andaluces (o una parte importante de nosotros) el artículo “al” lo pronunciamos “ar”. Es decir el caso contrario a la lambadización que comenta.
    Decimos:
    “armanaque”, “arbañí”, “voy ar colegio”, “arcoba”, “arferezia”, etc.
    Si bien es cierto que este fenómeno se produce también con las “eles” intervocálicas (“barcón”, “zordao”, “zarziyo”, etc.), no deja de ser curioso y llamativo.
    Si esto se produce desde el mismo origen del “romance andalusí” tiene tela. Y si no es tan antiguo también tiene tela, porqué sería una vuelta a ese origen euskeriko (o eukeliko).
    A pesar de siglos de educación machaconamente latinista.
    Zalú!.
    H.H.

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