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El Roque de los Muchachos

En los últimos cincuenta años, básicamente desde que la aviación “a reacción” hizo posible que ese fenómeno del turismo fuera cada vez más popular, lugares como las Islas Canarias, (primero solo Tenerife y poco a poco casi todas las islas) pasaran de ser destino de campaña de algunos científicos, etapa de recalada de marinos mercantes y pescadores o campamento de militares para ser un lugar donde los nórdicos primero y luego toda Europa buscara en ellas una o dos semanas de cálido sol durante los días menos largos del año o ese mismo espacio de días templados cuando el verano era tórrido en el viejo continente.

Anteriormente, solo algunos románticos “con posibilidades” o amantes de la geología, vulcanología o del senderismo visitaban las islas afortunadas, cuyos lugares remotos interiores solo eran recorridos por cabreros o madereros que solían ser quienes guiaban a geógrafos y cartógrafos, especialmente cuando a partir dela mitad del siglo XIX, comenzara a trazarse la Red Geodésica de Primer Orden que instaló un vértice en El Roque de los Muchachos. Ver foto de portada.

Es evidente que los roques (ni este ni ninguno) eran lugares para muchachos, sino para algunos excéntricos aparte de los profesionales que hemos mencionado, pero eso no obsta para que los eruditos de turno den por bueno el nombre y aseguren que se debe a que las rocas cercanas a la cumbre, parecen un grupo de muchachos de pie.

Una licencia atrevida como cientos de ellas, emitidas siempre “por boca de ganso”, confiados ellos en que el tema es de poca relevancia y de que a nadie se le ocurrirá buscar otra explicación para algo que parece evidente.

Pero el apellido “Muchaho y Muchacha”, bien sea en singular o plural, no es algo aislado ni un capricho metonímico, porque en la geografía española aparece hasta en 93 ocasiones. Lugares –generalmente abruptos- ostentan ese calificativo que acompaña a altos, arroyos, berrocales, cabezos, calares, cerros y cerrillos, tajos, penas, peñas, piedras y pedreras, haciendo que aquéllos de nosotros que somos suspicaces, desconfiemos de las alegres decisiones de los sabios para pensar que quienes bautizaron los lugares eran más bien cabreros que hombres de letras.

La increíble lámpara que es Internet y los incansables genios del Sig-Pac, de Google Earth y los cada vez más numerosos portales como el Geoportail francés, dejan en evidencia al sabio más pedante al mostrarnos en media hora rincones del mundo, letreros y situaciones que antes, solo hace veinte años, consumirían una campaña completa de cualquier seminario de una universidad…

Es una actividad que recomiendo a cuantos lectores se sientan atraídos por la investigación multidisciplinar, la que equivale a lo que son los anteproyectos; los buenos anteproyectos, que hacen que el proyecto definitivo, el constructivo, sea apenas un documento administrativo. Eso es lo que he estado haciendo estos últimos días, desde que oí de refilón en la televisión que ese roque palmero se llamaba así por la semejanza de sus piedras con un alegre grupo de muchachos.

Ahora, tras volar sobre casi un ciento de muchachos y muchachas, creo que no. Creo que el lexema común “ach” es el “atz, aitz, haitz” del Euskera arcaico con el que aún se llama a las rocas aunque la poda sistemática de maniáticos correctores ampute de vez en cuando las “…ach” terminales para hacerlas “…ac” o las travista con haches cuando no las había o mil otras barrabasadas que no son mas que conatos por dejar sus firmas para el futuro, algo parecido a lo que hacen los gamberros en los monumentos.

“Motz atz” es una expresión precisa para definir rocas aisladas, literalmente “rocas recortadas”, lugares que nuestros antepasados nombraron con gran acierto y que en general se conservan bastante bien porque siendo agrestes, no han sido demolidas por el urbanismo feroz ni reducidas a suelo por la agricultura; solo olvidadas por aquéllos cabreros y madereros que la ñoña cultura actual de los “black friday” pinta como rústicos ignorantes.

Foto de las rocas aisladas en el Arroyo de los Muchachos, cerca de Ledesma en Salamanca, obtenida del Sig-Pac.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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