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Getafe

Getafe es un nombre raro que la primera vez que oí cuando tenía trece años me sonó a marca de camión.

Ahora, después de manejar cientos de miles de nombres de lugar, me sigue pareciendo raro y me cuesta encontrarle parientes.

El que (musicalmente) más se le parece, es un municipio rural de Bizkaia que se llama Jatabe y que en Euskera significa “al pie de Jata”. Jata es uno de los “Montes Bocineros” del antiguo Señorío desde los cuales se hacían señales de humo y llamada de cuerno para convocatoria a Juntas Generales. En la imagen infografía del moderno frontón de Jatabe con el Jata al fondo.

¿Será casualidad que los pocos que hay estén en Euskadi?…, otro igual de raro que se le parece está entre Álava y Bizkaia y se llama Zestafe, pero ya, entre millón y medio de nombres no hay más, a no ser que se admitan algunos “parecidos parciales” como Yetas, en lo más remoto de las serranías del apéndice de Ciudad Real que se busca sitio entre Jaén y Murcia o el Barranco de Xeta en el valle de Albaida en un esfuerzo por suplir el sonido “G, J” de nuestro Getafe, que es relativamente reciente con los que le precedieron, “DJ, X…”.

Lo que hay en gran cantidad, son terminaciones en la forma “geta, gete, yeta, ieta, xeta, xeda, zeta…” variantes del abundancial “eta”, pero en Toponimia y Onomástica, no es lo mismo ir delante que detrás; no es como en la poesía, donde un hipérbaton de vez en cuando resulta enriquecedor.

Por lo tanto, la muestra es mínima y no es extraño que los eruditos del Renacimiento desconocieran siquiera los que menciono arriba (hijos de Internet) y estando de peregrinación o de paso por el Cerro de los Ángeles, al mirar hacia el Oeste y ver un Getafe próspero, buscaran parecidos donde y como fuera, sin hacer ascos al árabe andalusí (tan recurrido cuando hay apuros, como olvidado los días de cada día) y a la voz “jata ó hata” que –según ellos- significaba “algo largo” y, como a la sazón Getafe estaba creciendo a lo largo del Camino Real, les pareció “de cajón” que los “mudayyan” le pusieran “Hatafi” (algo Largo con una “fi” añadida).

Pero, señores… No solo Getafe, sino todas las poblaciones tendían a crecer a lo largo de las carreteras…!. Además, Getafe, antes de ser largo, habrá sido corto, las construcciones habrán ido adosándose como los nidos de las golondrinas, uno cada año… como mucho. Y el lugar habrá tenido nombre también cuando el caserío era corto… Otrosí, la idea de alargado en el Árabe marroquí, se dice “memdüd” y en el clásico, “astatala”, ¿de donde han sacado la forma andalusí?.

¿Cómo es posible que los agentes de la cultura actual lean estas cosas en enciclopedias, periódicos y en publicaciones de los ayuntamientos y no intervengan para imponer un toque de sentido común en cuestiones que crean opinión y que bloquean el avance de la verdadera investigación?.

Aunque sin grandes esperanzas de dar con nombre y significado verdadero, solo como ejercicio, se sugiere seguir el que se cita a continuación, comenzando con una cartografía de Getafe del tercer cuarto del siglo XIX, donde se ve el núcleo de ese momento en el que no es difícil para cualquier aficionado al urbanismo sentenciar que el primer núcleo, el arcaico y circular estaba al oriente del Camino Real o “Camino Viejo a Toledo” y la mayor parte del tejido que se ve adosado a él, incluso el salto al otro lado del camino, es fruto de un crecimiento “ortogonal” y reciente.

Si lo analizado es la red radial de caminos rurales, no hay duda de que el centro es ese pequeño núcleo germinal citado y uno de esos caminos lleva al punto más notable del territorio de Getafe, el Cerro de los Ángeles, otero que debió de ser antaño mucho más espectacular que hoy cuando sus sesenta metros sobre el llano tienen que competir con viviendas altísimas, edificios industriales, torres eléctricas y de comunicaciones y árboles exóticos.

Ya antes de 1876, cuando se tomaban los datos para el mapa, la que luego sería carretera Nacional IV y el Ferrocarril de Aranjuez, ambos de trazado nuevo, señalaban otro canal de comunicaciones y auguraban que el Camino Real sería poco a poco olvidado. Hoy, la autovía, otro ferrocarril, polígonos industriales y el crecimiento urbano, han separado bruscamente al cerro del núcleo urbano, desapareciendo la Vereda del Cerro (en amarillo en el mapa adjunto) y colaborando a que nadie mencione al cerro como un protagonista –que fue- de este pueblo.

El cerro antiguamente pálido porque sus materiales con gran contenido en tierras selenitosas, apenas eran cubiertos en primavera por una hierba que era devorada antes de Mayo, hoy luce verde de pinos de repoblación y es difícil detectar en él señales o heridas de las antiguas canteras de yeso, que sí son perceptibles al otro lado de esa especie de “cuerno de África” que traza el Manzanares antes de entregarse al Jarama.

Las tierras de Getafe, antaño comprendidas entre los arroyos de Butarque y Culebro, han sido tan urbanizadas que apenas queda un pasillo de labrantíos en la margen derecha de este último arroyo y de no ser por algunos topónimos como El Bercial, El Juncal, La Laguna, El Salobral, etc., que se conservan entre edificios, polígonos y carreteras, sería imposible saber nada del pasado físico de ellas, debiéndose limitar a conjeturas cualquier cosa que se plantee.

Y dada la escasez de información física disponible lo que se plantea, no puede pasar de ser una propuesta basada solo en indicios.

Uno de ellos es que el Cerro de los Ángeles no se llama así por o para gloria de algún ángel o arcángel que los paisanos creyeran haber visto, sino porque entre algunos pares de sus capas sedimentarias aparecían grandes paquetes de yeso, “an igueltz” que si bien eran frecuentes en la margen izquierda del último tramo del Manzanares entre el Cerro del Moro y la estación de tratamiento de residuos de Valdemingómez, en la derecha, solo quedaban en ese personalísimo “cerro testigo” cuyo nombre mutó de “an igueltz” a “angueles” tras absorberse la “i” y ser sometido a una “corrección” de lo que se creía un plural, introduciendo una “e” entre las consonantes finales.

Aceptada esta posibilidad, es probable que también se le diera otros nombres como “igueta”, la yesera, donde, de nuevo la absorción de la “i” llevó a conocer al célebre teso como “gueta” y al entorno habitable que había a su pie, “gueta be” y “getafe”, literalmente, “al pie de la yesera”.

La interpretación del nombre como hagiónimo (lógicamente preferible a la opción de una vulgar cantera), ha llevado a la creación del Santuario y de toda una tradición que posiblemente es continuadora de otra previa pagana, ya que el observatorio ha debido de ser de gran interés social y cinegético antes de tener valor militar y religioso.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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