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Guarromán, uno de los muchos pueblos con nombre extraño.

Si el lector es curioso y navega por páginas con contenidos relacionados con la toponimia, no le extrañarán este u otros casos, que emocionados buscadores de tesoros, sacan de vez en cuando de ese baúl (aparentemente) desordenado que son los nombres de lugar.

En la lista de nombres raros, Guarromán, el pueblo jienense que trazara con tiralíneas el intendente de Carlos III, Pablo de Olavide, suele ser el primero. Sus representantes explican que la población diseñada en aquel ensayo dieciochesco, tomó el nombre de un arroyo local y de una venta solitaria de la antesala de Sierra Morena, que se llamaban “Guadarromán”, voz que no dudan en asignar a un origen árabe como “Wadi r rumman”, algo así como “El río del Ganado”.

Mal empezamos, porque coloquialmente hablando, en el Árabe marroquí, “rumman” se llama a la colorada granada, en tanto que al ganado se le llama “gnem” si es ovino o caprino y “ksiba” ó “masya” en otros casos y en el Árabe clásico, para decir “Arroyo del ganado”, se diría “tayar al masya”.

Si quien ha oído por primera vez el nombre de Guarromán rebusca un poco por la toponimia, tendrá ocasión de sorprenderse aún más de la enorme variedad de combinaciones sonoras parecidas al protagonista de hoy que guardan los nombres de lugar y cómo su riqueza desborda la creatividad de cualquier imaginación.

Se puede empezar diciendo que existe otro Arroyo Guadarromán, afluente del –antes- río Guadalmellato en Córdoba, pero que también hay un Barromán; un pueblito circular adosado al único resalto que hay en kilómetros en la vega del río Zapardiel entre Ávila y Valladolid, y que abundan (casi 200) los nombres que comienzan con “Guarr…” como Guarra en Huesca, cerca de Aínsa, Guarrajo al pie de un cortado en Tenerife, junto a Candelaria, Guarral en Soria, Guarrama junto a Puertollano, Guarrat en Valencia, Guarrate y Guarratino al pie de la meseta de La Guareña en Zamora, Guarro en Cáceres y Toledo, Guarros en Almería, etc. etc.

Igual sucede con los lugares que llevan en su nombre algo de “…román”, como los arroyos Carromán y Román, Matarromán, Farromán, Manromán, etc. y así hasta casi 500 nombres distribuidos por toda España, pero que se repiten en Francia –eso sí-, en la forma “Romaín”.

Tanta abundancia de romanes que uno se pregunta si ese santo que veneran los monegascos, pero cuya vida y méritos son totalmente desconocidos por laicos y cristianos ha podido dar tantos nombres a lugares o si la semejanza será solo una casualidad y la romanía quizás se corresponda con alguna otra condición que describa tantos lugares dedicados a Román, bien sean con la santidad por delante o sin ella.

Vaya por delante que la guarrería no está en absoluto bien explicada en los manuales de etimología del Castellano, donde los sabios del tema se despachan con descaro asegurando que este adjetivo tan arraigado como general, viene de una onomatopeya del sonido “guarrr…” que según ellos emiten los cochinos.

Cualquier persona de la zona vascoparlante de cierta edad (anterior al “Batúa”) sabe que la forma canónica de la suciedad en Euskera, es “ugar” y los adjetivos y verbos consecuentes han arrastrado esta forma, que el castellano ha metastizado a “guar” como tercera o cuarta forma de llamar a los cerdos y por extensión a las personas sucias.

Pero el “Guar…” de la toponimia, el de los pastores, cazadores, caravaneros y montaraces, no tiene porqué seguir la trayectoria del guarro urbano, no siendo probable que tantos “Guar…” como hay, hayan sido previamente “Ugar…”, aunque en el caso de este Guarromán de Jaén, pudiera parecerlo.

Vaya por delante la explicación de un topónimo vasco muy repetido, “Ugarte”, en el que no hay duda que el lugar descrito siempre corresponde a una zona de colmatación en la que confluyen varios ríos (literalmente, “u- (g) arte”, es decir, entorno húmedo.

En el caso de ese valle en el que están Guarromán, La Carolina y Las Navas de Tolosa, los indicios de una colonización reciente no están solo en las calles de estos pueblos paralelepipédicos como cualquier ensanche, sino en la configuración de las parcelas agrarias que son el exponente más antiguo que conozco de una racionalización extrema en la organización de labrantíos, caminos y drenajes en algo que se puede llamar precursor de lo que a finales del siglo XX sería la “Concentración Parcelaria” que desfiguró media España y mandó a dos tercios de los agricultores a los barrios periféricos de las grandes ciudades.

El caso es que Guarromán se edificó en un verdadero dédalo, en una especie de delta interior en el que más de media docena de arroyos (La Parrilla, Tamujo, Pantarrilla, Los Cuellos, Altico, Las Pilas…) se concentraban para integrarse en el río Guadiel, siendo tan fuerte su carácter, que ni la trama urbana ni las obras para cuadricular la agricultura han podido borrar esa característica.

Si fuera esta condición de hidrografía singular la que hubiera dado nombre a la zona milenios antes de que los colonizadores “ilustrados” llegaran a ese remoto valle, el nombre podría proceder de un previo “Ua arro ban”, donde “ua” es una forma simbólica de llamar a los arroyos (agua), “arro” son las cuencas, las áreas de recepción y “ban” es la raíz verbal que trae la idea de unificación, viniendo a decir –en conjunto-, “concentración de vertientes”.

Es relativamente frecuente que nombres de lugar e incluso voces coloquiales que comienzan con una “U” más o menos gutural, acaban decantando en “Gu” (el mismo “wadi, guadi”, fue originalmente “u a di”, ó, “las aguas”) y el “ban” final, pasar a “man”.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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