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Herreros y Herreras

Es posible que los vascos tengamos una idea particular sobre los herreros y las herrerías debido a una historia relativamente reciente de “haizeolas” y “urolas”, es decir de los lugares en que se han encontrado indicios de que nuestros antepasados construyeron hornos para fundir y colar hierro “a pie de filón” o para forjar los lingotes cerca de corrientes de agua que movieran sus fuelles y martillos.

Es posible que en otras sierras y tierras llanas hubiera otros modelos, porque la toponimia está llena de herreros y herreras; ¡sí, de herreras!. Lo curioso es que desde la Fragua de Vulcano hasta la imagen o escultura menos conocidas, la profesión de la herrería la desarrollaban forzudos ferrones machos con su mandil de cuero, su mazo y sus tenazas, no habiendo alegorías antiguas a mujeres herreras.

Pero la toponimia parece decir otra cosa.

Desde hace años me han llamado la atención los lugares de la meseta que se llamaban “Herrera” (del duque, de Duero, de Pisuerga, de La Mancha…) o “La Herrera”, especialmente aquéllos que estaban en planicies cuaternarias, en tierras profundas de labor donde no sería fácil encontrar vetas de mineral de hierro a menos de diez o quince leguas.

Puede que no sea un nombre muy evocador, pero si se hurga en él, aparecen muchas curiosidades, por ejemplo, que en España, para ocho nombres de lugar llamados “Herrero”, hay hasta veintisiete que se dicen “Herrera”.

La cosa no cambia si están dotados de artículo, así que, para diecinueve casos con “El Herrero”, hay nada menos que cuarenta y siete, “La Herrera”.

Tampoco cambia si buscamos -según nos dicen los académicos- que fue el proceso, de “f” a “h” y contamos los Ferrero y Ferrera que hay, dándonos respectivamente noventa y cinco y ciento setenta y ocho, llevándonos las cifras-de nuevo- a la aparente contradicción de que en algún tiempo había más ferreras que ferreros

Cuando nos adentramos en nombres de lugar largos y compuestos, las cosas se equilibran e incluso comienzan a ganar los varones; hay más de seiscientos que contienen la voz “herrero” entre sus componentes y quinientas conteniendo “herrera”. Es que la cultura machista dominante ha ido cambiando el género.

Ya con estos datos y casi sin pensar, es natural que el investigador tenga una inquietante sospecha de que ni herreros ni herreras se refieren a afanosos ferrones que funden mineral y forjan rejas, clavos o espadas, así que si el agente está acostumbrado a usar el sentido común y tiene medios para investigar, este es un buen tema para hincarle el diente.

Yo he rescatado esta familia de topónimos de las fichas que abrí en los años setenta, porque una voz castellana antigua y olvidada, me ha recordado que se puede y se debe seguir investigando; la palabra es “herreñal” y me he tropezado con ella releyendo a Covarrubias:

Hace más de cuarenta años que se ha perdido casi por completo la sabiduría de la ganadería extensiva y con ese olvido se han ido utensilios, labores, manejos del suelo, de las plantas y ganados y nos venden aplicaciones monstruosas de la tecnología para el ganado, asegurándonos que son ecológicas y saludables (hace unos años visitando a mi familia sueca, visitamos una “granja modelo” en la que en un entorno musical, las vacas iban entrando en unas celdas de un inmenso tambor que giraba secuencialmente como un tiovivo, les duchaban las ubres, se las secaban con aire caliente antes de enchufarles los succionadores y por el lado opuesto les suministraban sabrosos ”pellets” con cereales, heno y vitaminas.

En cuarenta minutos las vacas iban llegando al punto de partida y salían ordeñadas, desayunadas y peinadas: El avance técnico permite que un operario recién aterrizado con un manual de Control, atienda a diez mil vacas, pero sin tener ni idea de lo que está haciendo. Antes hacían falta quinientos pastores expertos con un gran surtido de conocimientos para hacer esto.

Solo veo ventajas para el Estado y el Capital, no creo que las vacas sean más felices ni que los quinientos pastores transformados en funcionarios o miembros de una cadena de montaje lo sean.

Ya Covarrubias ponía “Erreñal” con hache porque creía que procedía de Farrágine, voz latina relacionada con la comida. Actos como éste, han modificado sistemáticamente cientos de voces, dándoles un aire latino que no es seguro lo tuvieran en un origen, habiendo argumentos para pensar que esta y otras palabras con ortografía “corregida”, fueron prerromanas.

Para entenderlo hay que saber que las modalidades de aprovechamiento de los pastos en el pasado eran muchas y con gran diferencia por cuanto su gestión no solo dependía de la climatología local y la disponibilidad temprana o tardía del recurso o de la insolación, suelo, humedad, régimen de heladas, etc., sino de si el método era de “aprovechamiento a diente” o mediante siega y si esta era ensilada o acumulada en almiares en las cercanías o era transportada pendiente-abajo para consumirla en los valles…

También dependía de que los pastos fueran de génesis natural favorecida por el pacido, estercolado y pisoteo del ganado o si eran sometidas al final del verano al fuego y luego eran sembradas con especies “objetivo” que solían consistir en pratenses, gramíneas y leguminosas, proceso que se puede considerar como el inicio de la agricultura y que daba un producto muy apetecible y completo desde el punto nutricional y de rendimiento. Esta fórmula era la precursora de los “erreñales” que cita Covarrubias y a los que se refería Varrón, ya en época histórica, pero que comenzaron sembrándose en la Prehistoria en áreas no cerradas, pero donde y cuando no había ganado que las diezmara antes de tiempo.

La quema de los restos de la vegetación acababa con gran parte de las semillas locales y abría la oportunidad para las de siembra, que disponían de una ceniza para ayudar a la germinación y primer desarrollo y luego tenían menos competencia.

“Erré” es la forma genérica de llamar al acto de incendiar en Euskera, “eñ, ein” es la actividad o intervención y “ale” es el grano, la simiente, en conjunto, “erre eñ ale” y su apócope “erreñal” es voz perdida por el Euskera pero que el Castellano ha conservado y que muestra una forma de gestión que a lo largo de los siglos ha cambiado la quema por el arado, pero que esencialmente es lo mismo.

Al buscar en la cartografía Erren (Herren) y sus variantes como Herrenes, Herrera, se comprueba que los lugares son siempre zonas de transición entre labrantíos y monte, no dándose en las zonas francas de cultivo, donde ya se aplicaba la agricultura intensiva. Además está la ortografía; a excepción de dos o tres puntos en la sierra de Aralar y otro en los montes de Ávila, donde aparecen “Errenaga” y “Errenes de la Sala” sin hache, en el resto del país ha llegado la nefasta influencia de la cultura para enmendar nombres sin previamente saber qué es lo que significan.

En Errenaga, se aprecian los cercados a que han quedado reducidos antiguos erreñales más amplios y en el Sur de Madrid, al Este del núcleo de Cenicientos, se puede leer “Herren del Pradillo”, que posiblemente dio con sus cenizas de temporada, nombre al asentamiento precursor del pueblo actual.

Aquí, en Euskadi, siglos después, nuestra inerte academia sigue haciendo lo mismo, siendo una de sus últimas hazañas la de quitar la terminación “ana” a Sopelana, dejándola como “Sopela”. Hazaña, porque ni siquiera tienen argumentos cabales para explicar porqué lo hacen.

Si retornamos a los herreros y herreras, se comprueba enseguida que la mayor parte de las lenguas no han considerado que una mujer fuera ferrona y aunque en algunas latinas (“ferrer-ferrera” en Catalán, “ferreiro-ferreira” en Gallego y Portugués, “fabbro-fabbra” en Corso…) se podrían usar las formas feminizantes habituales, en otras, no, (“forgeron” en Catalán, “maniscalco” en Italiano, “faber ferrarius” en latín ó “fierar” en Rumano).

Pero aún así. Aunque en Castellano pueda usarse “herrera”, la gente lo tomará como la mujer del herrero, no como Therese la sueca, una ferrona famosa en las redes.

Se volverá a tratar este tema, centrándolo en el topónimo La Herrera .

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

4 Comments

  • Buen día
    Sorprendente hilo del que tirando se pueden caer algunos trajes…

    Tras leer me pongo a pensar y a buscar en la toponimia de Soria, por ser mi territorio conocido y cercano y en Herreros, junto al embalse de la Cuerda del pozo está el cerro de la herradura. Herraduras por toda España encuentro y con la perspectiva del erre+ algo, intento erre+adur+a, adur como fortuna, suerte, baba incontrolada.

    Miro y miro y la mayoría de las herraduras halladas (a veces cerros,
    a veces laderones y a veces terrenos más o menos llanos), la mayoría digo , están cerca de arroyos o rios. Quizá err+ad+ura. Quemas junto al agua.
    Quizá una gran suerte sea tener el agua cerca cuando se hace fuego. Quizá estos terrenos eran especialmente adecuados (babosos) para la siembra de las herbáceas forrajeras.

    Por cierto que la palabra Suerte siempre me ha llamado la atención como topónimo. «Suertes de leñas» asociadas al uso del comunal, que en el pueblo soriano donde vivo se usaban para el carboneo.
    ¿Podria ser Su+err+te lugar para quemar con el fuego?

    Agur, maestro Xabi y saludos gente

  • Si, si, la máquina no para.
    Herradura, radura y rades entran en juego por doquier pero con alta frecuencia en Larrioxa y aledaños. Aún encima (como dicen en Tarazona) radura es calvicie en italiano. En cualquier caso un panorama boscoso en el que se van abriendo los claros del bosque sea por fuego o por corta. El cuaderno siempre en llamas!!

  • Si, si, la máquina no para.
    Herradura, radura y rades entran en juego por doquier pero con alta frecuencia en Larrioxa y aledaños. Aún encima (como dicen en Tarazona) radura es calvicie en italiano.

    Y luego el paraje enorme y majestuoso de la Herrería en el Escorial…

    En cualquier caso un panorama boscoso en el que se van abriendo los claros del bosque sea por fuego o por corta. El cuaderno siempre en llamas!!

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