Construcción y Edificación Euskera Geografía Prehistoria Sociedad Toponimia

“Iri, ili”, ¿pueblo? En la toponimia.

Desde finales del siglo XIX nuestros investigadores en lenguas, epigrafías y toponimia han practicado una suerte de “extrapolación de alto riesgo”, que consiste en que tirando de un solo nombre que citaran Plinio y Ptolomeo (Iliberri, Illiberris), sabios de referencia como Menéndez Pidal, Caro Baroja o Michelena, abrieron una suerte de ley de la multiplicidad para proponer que el “iri-ili” de algunas epigrafías, podía ser una variante del “uri-iri” del Vasco, (pueblo, ciudad) y que por eso parecía ser un componente esencial en muchos nombres de ciudades de la antigua Iberia.

La corriente conocida como “Vasco-Iberismo” estaba en boga y esta no parecía una concesión excesiva, así que así se ha seguido considerando por sucesivas remesas de copistas de este mundo sin reglas de la Toponimia, en tanto que algunos de los críticos nos sorprendemos cada vez que vemos esta simpleza replicada.

En este ensayo trato de decir que no, que ni “iri, uri ni ili” se pueden identificar con poblado o ciudad de entidad en la Toponimia.

Para ello comienzo con un repaso de varios miles de nombres de Toponimia “mayor y menor”, acercándome hasta los mismos para indagar no solo en los soportes epigráficos de algunos de ellos, sino en aspectos físicos, tanto morfologías de la orografía como posibles indicios de edificaciones o infraestructuras, así como características del entorno que los hicieran susceptibles de atraer la formación de asentamientos.

Los nombres analizados en una primera aproximación con esas tres sílabas han sido 7.108 y las búsquedas se han realizado planteando su inicio, su finalización o el contenido en un lugar intermedio de alguna de las tres sílabas planteadas.

Es curioso que en toda la geografía española solo haya aparecido un lugar que comenzara por “Ili”, la voz paradigmática de las referencias históricas. Se trata de Ilintxeta, una crestería en Abodi a casi 1.400 metros de altitud y sin posibilidad alguna de acoger un poblado, ni siquiera una borda o un observatorio.

“Ili” al final, da un resultado mejor, pero de ninguna manera “abundante” si se tiene en cuenta que se están manejando 1.300.000 nombres de lugar. Con esta terminación aparecen 62 que resultan en general bastante atípicos al tener cierto sesgo antropofílico: “Gili, Virgili, y hasta un San Tili; solo uno es lugar habitado, el recoleto pueblecito de Benissili en la sierra alicantina.

Con “ili” en medio el número se multiplica hasta 1.414 por la inclusión de infinitos “Águilillas, Avilillas, Cecilias, Familias, Basilias, Pilillas, Emilias y Emilios… y solo unos pocos (como Azpilicueta, un caserío en Bizkaia, Teibilide, una aldeíta en Lugo o Castiliscar en Huesca) suenan a lugares habitados, pero en ellos, “ili” no es un fonema determinante.

El paso a “iri” no cambia mucho las cosas; aparecen 160 lugares que comienzan así, numerosos de ellos, familiares por ser apellidos vascos (Iriaga, Iriarte, Iribar, Iribarren, Irigoien, Iriondo, Irisarri, Irizar…), pero también los hay en Galicia, comenzando por la famosa Iria Flavia, colocada “por decreto” en Padrón porque allí había una aldeíta llamada Iría y continuando con diversos Irixe, Irixo, Irixoa que definen predios, montes y aldeas, pero ninguna entidad de población notable, bien fuera real ni potencial.

Otros tantos (142) son los que terminan en “iri” y es válido el comentario anterior, predominando los de aire vasco, que a veces tiene el significado de “próximo a…”, pero con la abundancia que antes iba al occidente, ahora cayendo hacia el oriente así: Alciri, Sant Quiri, La Valiri, Liri, Ibiri, Planell de Nyiri, Tuc de Mostiri… y sin población alguna de importancia.

Como sucede con casi todos los morfemas, cuando se sitúan en medio, la abundancia de nombres que los contienen se dispara a la vez que se reduce su sonoridad y reclamo. Así, con “iri” alojado entre otros componentes, se encuentran más de dos mil lugares que van desde entornos y sonoridad gallega como A Eiriña, A Chairiña, A Mazairiña, Airiz… a otros de apariencia vasco-navarra, como Agiri, Airiz, Arkiri, Atxirika… u otros de aire valenciano-catalán, Barranc de Lliriet, Bosc de Cirilo, Cal Guiri, etc. etc.

De ese par de miles largo, casi todos son lugares remotos y agrestes; solamente unas docenas de ellos, como Ciria en Soria, donde el relieve compuesto de surcos es la característica más notable y Ciriza en Navarra, recostada en “la peña”, Gabiría en Gipúzkoa y varios Guitiriz en Galicia, Hiriberri a secas e Hiriberri Aezkoa en Navarra, Chirivel en Almería, Ciria en Soria, varios Ibiriku en Navarra pueden llamarse poblaciones y aún en muchas de ellas (como en la Xirivella del bajo Turia), el tejido urbano antiguo, es muy escaso, apenas perceptible.

“Uri”, más frecuente en territorios occidentales y en el Euskera “no académico”, suele designar preferentemente a un determinado “tejido urbano”, algo así como el “poblado” del Castellano que no incluiría zonas urbanas como parques, mercados abiertos o feriales, aunque a veces se use como equivalente a “población”. Su análisis de frecuencia y características de lugares con esa partícula en cualquier posición, no suponen diferencias apreciables con respecto a las dos formas previas recién consideradas.

En la geografía española, en la Toponimia total, macro y micro, ese morfema aparece en casi 3.000 nombres de lugar.

Lo hace al principio en hasta 160 lugares como Uría, Uriaga, Uriau, Uriarte, Uribide, Urillana…, casi todos con “aire vasco” hasta el punto de que cuesta encontrar alguno que no lo tenga (Urials, Uribalsa, Uriés…). Entre ellos hay caseríos, bordas y otros edificios, pero son raros los núcleos de población y no hay poblaciones mayores ni ciudades.

“Uri” al final es más frecuente, encontrándose hasta 302 casos como Achuri, Atauri, Cihuri, Maruri, Neguri, Peruri… en los que se da también la sensación anterior, siendo difícil encontrar una veintena con nombre que no suene a vasco, Borda de Clauri, Ca l’Esturi, Campo Jesuri, Playa de Gulpiyuri, Racó del Sauri….

Muchos de estos lugares: Arazuri, Atauri, Bajauri, Basauri, Etxauri, Herramélluri, Imiruri, Maruri, Ochánduri, Ollauri, Urturi, Zeánuri…, son entidades de población de cierto tamaño o están incluidas en connurbaciones como Atxuri en Bilbao o Neguri en Getxo, pero casi todas ellas tienen réplicas en zonas rurales o no humanizadas; por ejemplo, Bajauri, Urturi y Ubécuri, muy cercanos entre sí en una depresión en Áraba son aldeas o pequeños núcleos rurales, pero La Busturia, Urturi, Cirbiri o Larrauri en su proximidad, son simples lugares.

En los otros 2.500 lugares en que “uri” está en medio, se ha disipado el aire vasco: Anduriña, Asturias, Turiello, Zurianco, Muriel, Murias, Purión, Biniduri, Buriecho, Mauricios, Castromurio, Lourido, Escurial, La Injuria, Murillo (varios), Louriño, Ouriz, Turienzo…, pero sigue sin cambiar la tónica y las poblaciones son escasas.

Ante la constante humanística que maneja como un axioma que la gente –imitando la tendencia reciente- ansiaba antiguamente llegar o vivir en la ciudad, tengo una decena de razones para postular que no, que los asentamientos durante muchos milenios se limitaron a lugares con pozos, silos, entradas a desfiladeros o vados de garantía y que desde la más remota antigüedad fue casi siempre el nombre del lugar el que bautizó a la futura población.

Nombres que se asignaban en función de características físicas, paisajísticas, de comunicación o de sucesos acaecidos, siendo rarísimo que tuvieran que ver con cuestiones coyunturales como personajes célebres, dioses o santos.

En el caso de “ili, iri, uri”, medio siglo de análisis riguroso de Toponimia a mis espaldas y cientos de miles de nombres escrutados, trabajando principalmente con el Euskera que es una herramienta adecuada, prácticamente la única de que se dispone, aún no se ha dado con la sintonía fina que permita leer estos nombres con garantía, no habiéndome permitido llegar a un significado único que debería de ser lo coherente

Pero rechazada la extrapolación, que en un proceso objetivo de análisis no puede tener lugar y practicados cientos de aproximaciones, no se ha encontrado condición física alguna que esté invariablemente presente en todos los casos, aunque hay una sensación que se refuerza últimamente que relaciona la presencia múltiple de surcos en la corteza terrestre (Ver mapas de Irisarri e Irui).

La forma canónica actual para los surcos, es “ildo”, aunque “irri”, relacionada con la arruga y con la sonrisa, es también aplicada por quienes dominan la lengua, ambas formas muy cercanas a las tres que se han analizado. En la investigación de voces antiguas es necesario abstraerse continuamente, por lo que no es válido imaginarse un poblado como las ciudades griegas o como Jericó; antes, durante milenios de vida móvil, los poblados temporales solían protegerse con una “corta” o surco, con cuyo material se elevaba una mota o resalto.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.