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La Benedicta y El Desierto

La Benedicta es una dársena con su muelle que figuraba ya en cartas náuticas del siglo XVIII y que si bien ahora, con la ría “evacuada” y la actividad comercial transferida al puerto exterior, lleva años vacía, fue en épocas muy recurrida, como se ve en esta foto del invierno de 1963 tomada desde la cúspide del Puente Bizkaia.

Su nombre ha desaparecido de la cartografía actual 1:25 y 1:50.000, teniendo que retroceder a una de las ediciones más antiguas (1942, que se aporta a continuación) para encontrar el nombre plasmado en planos de referencia. El retazo que se adjunta, lleva algunas correcciones que se han aplicado para mostrar cómo sería ese entorno del estuario antes de que hace 8.000 años hubiera un cataclismo que deshizo el gran meandro del Nerbión que rodeaba a Barakaldo, cuestión y suceso que considero ligados a la toponimia local.

En este trozo de plano manipulado, se puede ver cómo Barakaldo se unía a la margen derecha por una leve cresta de roca que se ha recreado en color tierra y que fue la que se hundió, dejando al río principal que tomara el cauce que antes era de su afluente Asúa, para acortar (inicialmente, con violencia) tres kilómetros su camino hacia el abra y dejar al meandro sin su principal aporte de agua.

Otros ríos menores que se entregaban al Nerbión en su recorrido por la llanura aluvial de Trápaga, como el Castaños, Granada, Ballonti y Galindo, siguieron su camino por el trazado del antiguo meandro para salir de nuevo a la ría por la zona de Beurco. En la margen derecha, las aguas inundaban lo que ahora es el núcleo urbano de Erandio, llegando hasta el acantilado en la zona de Axpuru, desde donde giraban hacia el N.O..

Frente a esta zona había y aún hay otro istmo muy fino (parecido al que cedió) que terminaba en una especie de cabeza o atalaya más amplia, que llamaban “La Punta”, terreno que pertenecía a Sestao y que también se ha pintado de color tierra.

Siguiendo el camino de las aguas tras bordear esa “cabeza”, se extendía un amplio arenal creado por los depósitos que llevaban las aguas al llegar a las zonas de “baja” energía, tanto por ensancharse la corriente del río, como por el choque con la que llegaba de la refracción del oleaje y de los vientos dominantes, habiendo múltiples indicios de que sufrió grandes cambios a raíz del derrumbamiento de la cresta de Lutxana (“lut an a”, el gran derrumbe), cambios que pudieron durar incluso milenios hasta que la actividad humana estabilizó su configuración definitivamente.

En el extremo N.O. de este plano se puede leer “Muelle de la Benedicta y Dársena de Sestao”, de igual manera que la práctica totalidad del territorio de Barakaldo y una zona considerable de borde de la ría y del interior de Erandio, aún en 1942 se denominan “El Desierto” y “Desierto” respectivamente, nombres también olvidados en la cartografía actual y sobre los que se van a proponer algunas explicaciones distintas a las oficiales.

En cuanto al modelado reciente de la zona, es muy difícil prospectar cómo fue la dinámica de erosiones y rellenos desde que se hundió el crestón, pero es muy probable que el colapso provocara reajustes violentos seguidos de otros cada vez menos conspicuos aunque fueran extensos y tanto lo que hoy se conoce como Barakaldo, como la Playa de La Punta o “Playas de Sestao” y la zona baja de Erandio, permanecieran miles de años buscando la estabilidad definitiva, que solo llegó con las obras masivas de los siglos XIX y XX.

Con el derrumbe, Barakaldo se transformó súbitamente en una suerte de “isla” rodeado completamente por brazos de agua hasta que las zonas de Retuerto, Landáburu y Lutxana occidental se fueron colmatando y facilitando el paso franco hacia la tierra antes accesible; las Playas de Sestao, antes muy exiguas, comenzaron a llenarse con los sedimentos que arrancaba el nuevo régimen de desagüe y que se depositaban en la zona centrípeta. La famosa “Peña del Fraile” quedó en medio de la ría… y otros muchos aspectos aún desconocidos, pudieron intervenir en la asignación de nombres a los lugares. Ver más adelante el Mapa de Tofiño.

En la disciplina de explicar los nombres de lugar que llaman Toponimia, no solo aquí, sino en todas partes se mezclan leyendas, fantasías y retazos históricos cuyo ajuste exige una intuición notable y un sentido crítico ponderado para conseguir que esa Toponimia, que es casi una ciencia, encaje con los procesos sociales y culturales que han intervenido durante milenios en la perpetuación de nombres que unas veces fieles y otras afectados por modas y culturas diferentes a las que los definieron, siguen conservando parte del sentido original.

Los amantes de esta disciplina, hurgamos preferentemente en nombres que llaman la atención por la alambicada argumentación con la que historiadores y cronistas los justifican y que a quienes manejamos cientos, miles de topónimos, nos parece casi siempre falsarias.

El muelle y la dársena de La Benedicta en Sestao y los ámbitos “Desierto”, “El Desierto”, por otro, son casos paradigmáticos.

Para La Benedicta no hay solo una explicación “popular” para su nombre, sino dos.

La primera parte de un hecho histórico relativamente reciente (siglo XVIII), que consiste en que un grupo de monjes carmelitas consigue edificar un convento en el extremo del Istmo de La Punta donde ya había una ermita dedicada a San Nicolás de Bari, con la idea de recogerse para orar y a la vez organizar la explotación agrícola de una gran barra de sedimentos, una playa que se extendía casi dos kilómetros hacia el Noroeste, totalizando más de 60 hectáreas entre tierras secas y aguas someras, tierra que se ve “científicamente” representada por primera vez en una carta náutica levantada en 1789 por el brigadier Tofiño.

En esta carta se ven ya referencias a las Playas de Sestao, al Dique de la Benedicta, a El Desierto del convento y a la Venta del Desierto en la margen contraria.

La tradición dice que los frailes acostumbraban a rezar mientras paseaban por el dique y que –además- colocaban por las noches encendiendo una luz en su extremo, de manera que estas dos acciones merecían el calificativo de benditas y de ahí, “La Benedicta”. Obviamente esta es una explicación pueril y con gran carga ideológica, porque ni los nombres se asignan así, ni el Consulado de Bilbao dejaba la seguridad al albur de la voluntad de un farolero, ni el nombre es apropiado ni oportuno.

Hay numerosas citas que relacionan a los frailes con la construcción del dique de borde de la playa y hay argumentos para afirmar que los frailes eran capaces de organizar contingentes de campesinos con sus aperos y carruajes y obreros temporales para trabajar con algún tipo de contrato para el Consulado de Bilbao, ente que ya desde el siglo XVI tenía interés en canalizar la mayor parte posible de la ría para mejorar aspectos comerciales.

Ese tipo de trabajos (“Kin ta” o “en compañía”), exigían una coordinación exquisita, un conocimiento técnico elevado y una compensación que se cree funcionó con otros actores –quizás- antes incluso de que estuviera el convento, pero que es probable que los frailes la desarrollaran bien.

Hay más información sobre el muelle de la margen derecha, que arrancando frente a La Punta, en las canteras de Axpe, consiguió llegar hasta Las Arenas y que en un dibujo realizado por los propios monjes se denomina “Muelle del Consulado”, pero es cabal pensar que algo parecido se hizo en la izquierda, partiendo de la cantera de La Punta, muelle que figura en ese mismo dibujo, pero carece de nombre, en tanto que la lengua de tierra se llama Playa del Desierto en lugar de Playas de Sestao.

Abundando sobre lo anterior respecto al nombre de La Benedicta y entendiendo que la cabecera de un dique es un lugar agradable para pasear, ver pasar barcos y recrearse en su propia obra, no hay –en cambio- correlación sólida en que unos frailes recen (todos ellos lo hacen) y a uno de los lugares de rezo se le llame bendito o bendita, tampoco la hay porque hubiera o no una luz mantenida por bienhechores, porque las embarcaciones locales son manejadas por gente que conoce el territorio “al dedillo” y los barcos extranjeros, son guiados por los prácticos de los puertos. Igualmente, la navegación “interior” y el varar en una playa, no tiene nada que ver con el riesgo de una costa peligrosa, un faro sin luz o la misma temible “Barra de Portugalete”.

Otra fuente más prosaica dice que hay un documento en que se menciona el lugar como “La Venerita”, aparentemente voz relacionada con los veneros o manantiales subterráneos al aflorar tras recorrer ciertos yacimientos minerales, que solían acusar colores, olores o sabores en sus aguas y eran indicadores de posible presencia de menas metalíferas; de ahí la evolución “mena > bena > vena > venero “, ya que “mená-bená” en Euskera es lo auténtico, lo puro. Denominación que en gran cantidad de casos se asignaba al mineral de hierro de mayor ley, al rubio de Somorrostro, así que una vena es un filón y un venero una fuente que lo denuncia, como la de la imagen.

Hay referencias históricas de Estrabón y otros que describen ya hace veinte siglos la existencia de enormes minas de hierro en el entorno de Somorrostro y la lógica dicta que si conocían su extensión es porque los nativos las explotaban y –seguramente- también lo exportaban en pequeñas embarcaciones como se continuó haciendo hasta mediados del XIX cuando el avance técnico hizo menos rentables las ferrerías locales.

“La Benedicta” es un nombre atípico y escaso; tanto, que en toda España solo hay otro lugar, un remoto saladar en Teruel que se llama “Casilla de la Benedicta”. También hay una cumbre pedregosa en la Sierra de Santa Eufemia, Orense, lindando con Portugal, que le falta la “c” y se llama “Tapada de la Benedita”, pero ninguna de ellas tiene argumentos que hagan a estos remotos lugares dignos de veneración.

Nombres parecidos hay algunos más como el Barranco de La Venedilla en Teruel, La Beneda en Cantabria, Nava la Beneita, en Zamora (una depresión con yacimientos de caolín), La Benedictina ó Torrent ca la Beneta, pero no hay una correlación sólida entre ellos más allá de que todos se refieren a entornos fluviales o hídricos.

El alto grado de intervención en toda la “margen izquierda” y en la propia Punta y Playas de Sestao que se puede apreciar en la imagen de Google Earth, hace inviable una prospección masiva que indagara si en el borde rocoso de La Punta pudieran haber asomado veneros ferruginosos.

Siendo lo anterior posible, también lo es que a partir de la Baja Edad Media, la inminente colmatación del entorno del río Galindo, donde antes se trasegaban las venas de hierro desde carros de bueyes procedentes de las minas cercanas a embarcaciones ligeras para exportar a toda la fachada atlántica del golfo, con el tiempo, las chalupas y pataches pasaran progresivamente a varar en el borde exterior de la Playa de Sestao, ya en el Nerbión, donde se estaba consolidando el dique y desde donde partirían con las pleamares o con los vientos adecuados, quedando para el futuro el nombre de “benera eta” o actividad con el mineral, nombre que no es extraño que los frailes “acercaran” a su interés: Benedicta.

Esta forma de carga de chalupas, lanchas, pataches o gabarras, no debe extrañarnos, porque el trasiego de graneles (arenas, gravas, lastres…) se realizaba hasta hace ciento veinte años, tal como se muestra en la siguiente imagen con el Monte Serantes de fondo, varando las embarcaciones con la bajante de marea, llenándolas a través de tablones y levando anclas en la siguiente marea.

No es menos sugerente el nombre de ”El Desierto, Desierto”, que se repite en ambas márgenes, pero especialmente en Barakaldo, donde (ver plano de 1942) ocupa la casi totalidad del municipio.

Los entusiastas de la fe en la documentación, abrazan sin dudar el que en Conventos y Monasterios de “retiro”, se usara con profusión el complemento de “Desierto” copiado desde épocas anteriores a la historia, cuando –antes incluso de organizarse en órdenes-, los eremitas se iban a lugares extremos para evitar el contacto con el mundo, para asegurar que no solo el Desierto que se cita para Sestao, sino el de Erandio, se originan, uno en el convento y otro en que había un barquero que unía ambas márgenes.

Estas son explicaciones “de parte”, que se saltan las leyes naturales y suelen querer “agrandar” aspectos humanísticos (por encima de esas leyes consuetudinarias que los bautizan) para acercarlos a sus intereses, así, ni el caso de los carmelitas es el de ocupación de una zona desierta (ya había una ermita y se cultivaban las tierras secas), ni hay explicación para la gran zona de El Desierto de Barakaldo, separada de La Punta por el río Galindo.

Desde el análisis morfo y económico, cabe plantear una hipótesis diferente y que consiste en acudir al trastorno que se produjo en el entorno del bajo Nervión a raíz del gran hundimiento de Lutxana.

Se desconoce si en esa época había algún tipo de actividad sedentaria (tipo agrícola) en toda la ribera, pero es seguro que actividades recurrentes como la pesca en las marismas, el marisqueo y la caza habían de ser muy intensas. El cambio radical, instantáneo del fondo y forma del cauce, provocando un salto de metros, tuvo que provocar durante las carreras de marea, grandes arrastres con turbulencia, depósitos de fango, etc. principalmente aguas-abajo del derrumbe.

El aislamiento total de Barakaldo, los arranques de la ribera en Altzaga (Erandio) y el crecimiento de La Punta se transformaron durante años, quizás muchos, en entornos de difícil acceso a pie, lo que en Euskera se suele conocer como “deserritu”, es decir, destruirse el “erri” o lugar de destino, de actividad o de cita.

La contundencia de un suceso así, es suficiente para remover toponimia antigua e imponer una nueva relacionada con el caso. Con el paso de siglos y milenios, el suceso se olvida, el nombre deja de tener vigor y entonces se sustituye por otro común, en este caso, “desierto”, que se le parece mucho.

El efecto homogeneizador que ejercitan los sectores cultos, suele tender siempre a acercar los nombres a algunos que tengan importancia en su dinámica, así, “veneraeta” y “deserritu”, se transformaron en Benedicta y Desierto, dos alternativas que daban fuerza a la Orden y al Catolicismo.

 

[1] Es posible que el origen de desierto, que se atribuye al verbo “deserere”, huir, sea en realidad un plagio del vasco “deserritu”.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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