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La Gomera

Conviene empezar este análisis advirtiendo que el nombre de esta isla es “Lagomera”, donde la partícula “la” no es un artículo que enlace a “gomera” con nada, sino una pieza del nombre completo.

Quienes se dedican a la etimología, dicen tímidamente que es extraño que no habiendo árboles productores de goma en la isla, su territorio reciba ese nombre y –entonces- argumentan que hay una etnia Thamazig llamada “Ghomara” que ocupaban antiguamente el nordeste de Marruecos y que –seguramente- estos bereberes generaron el nombre al aventurarse a navegar a una isla agreste (añado yo, dejando un territorio mucho mejor) y quedarse en ella.

Esta suerte de malabarismos son muy propios de tipos “semicultos” que se adelantan a otros para dejar escritas sus fantasías como versos que riman pero carecen de sentido. Escribo esto, porque por ese mismo motivo, el pueblecito soriano de Gómara habría sido creado por un pastor “ghomara” y su familia o la comarca griega de Gomara por otro primo con su kabila y enseres.

Son atrevimientos basados en creerse que saben más que los demás, cuando lo que ven por sus estrechas mirillas no es sino una mínima porción de un mundo que no funciona así; los territorios en las épocas prehistóricas nunca han reflejado acciones humanas, sino rasgos físicos o de procesos que se manifestaban en ellos.

En un repaso por la geografía española, he seleccionado una veintena de lugares llamados “La Gomera”, en ninguno de los cuales ha habido árboles de la goma ni parientes bereberes asentados. Es una pena que todos estos nombres hayan sido “afeitados” por los altos académicos, por los modestos secretarios municipales o por los cobradores de impuestos y –que en todos ellos- han dejado impresa su voluntad de que el inicio, “La” estuviera apartado del final, “Gomera” o que incluso, hubiera desaparecido.

Esta es una de las varias leyes de “civilización” para los nombres de lugar, que quienes hacemos análisis cruzados hemos de deshacer antes de nada.

Los lugares llamados La Gomera en España, consisten principalmente en arroyos, barrancos, casillas, cortijos, fuentes y peñas, habiendo también algunos nombres “ a pelo”, “La Gomera”, como la isla y algunos cerros cerca de los cuales aparecen lagunas “mínimas”, como esta de Ciudad Real.

Historiadores, adivinos y arqueólogos han asegurado también que los guanches gomeros adoraban a un dios llamado “Orahan” y que tras ser exterminados por los españoles, estos guardaron muchos de los nombres de lugar; “Gomera” sería uno de ellos.

Yo creo que no. Las ideas pueden aparecer instantáneamente como la electricidad estática y producir en un momento la ignición de una masa de metano que vagaba sobre un pantano, mostrando una claridad inmediata que ordena en segundos toda una información previa desordenada…

Estando recientemente en una reunión de Gestores del Patrimonio de la Humanidad, el compañero que se encarga del Parque de Garajonay nos habló de la “Laguna Grande” que se halla a casi 1.300 metros de altura y cómo se aprovecha su fondo plano como base logística para explicar los extraordinarios valores naturales de los agrestes parajes de la isla, de sus crestas, laderas y barrancos.

Quien conozca la fisiografía y litología de esta isla, comprenderá fácilmente que sus condiciones no son adecuadas para la existencia de lagos; no lo son por la permeabilidad de sus rocas fracturadas, por la existencia de numerosos tubos, túneles y conductos subterráneos, por las fuertes pendientes y las efectivas acciones erosivas que superan por mucho a las deposicionales… así y todo, en la parte central de la isla hubo una laguna que ha dejado su nombre y su evidencia.

“Lago, lako” es una de las formas ancestrales de llamar a los lagos endorreicos y el calificador “mer, mera” indica que su presencia era apreciada, estimada, de forma que con “lago-mera” se denominaba la rareza más destacada de la isla, la existencia en las cotas altas de una lagunita que venciendo numerosas condiciones adversas, conseguía retener el agua de las nieblas y de la lluvia.

La civilización agraria en que vivimos prefirió vaciarla para aprovechar el rico suelo de su fondo y ahora que turismo y cultura son negocio, la antigua “laguna apreciada” es el centro de interpretación de los valores del parque central.

La mayor parte de las explicaciones, son tan sencilla…

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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