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La Mancha (Canal de la)

No puede extrañar a nadie acostumbrado a leer en diversas fuentes, que cuando se pretende saber algo sobre la historia del Canal de la Mancha, los ingleses se salgan con aquello de que “the channel is the British channel”, es decir, para ellos no hay mancha, solo canal inglés, pero los franceses – mucho más inocentes aunque les llamemos chauvinistas-, se empeñan en mantener “La Manche” en cartas y mapas, creyendo firmemente que “manche” está separada de “la” y que se refiere a una trompa, a una manga o tubo.

Y esa fe ha ejercido efecto en nuestros académicos, profesores, críticos y editores hasta el punto de que todos coinciden en los Diccionarios a la hora de dar por buena tal manga… y no solo en los diccionarios, porque la Wikipedia, esa “actualización diaria” del saber, repite lo mismo sin aparentar duda ni comezón por una bobada semejante.

Y es que es más fácil aceptar que el canal es el canal y punto, que el pasar porque esa manifestación física sea “una manga”.

¿Por cuantas mangas ha pasado usted?. Una manga es un fenómeno discreto y apreciable “a vista”. Una manga es algo generalmente sólido; en la “Manga del Mar Menor”, manga es el pasillo de arena de unos pocos cientos de metros de ancho que en las “golas” se disipa y desaparece, no el mar menor interior…

De casi cincuenta definiciones de “manga” que vienen en los diccionarios principales, solo una se refiere al fenómeno geográfico y no siempre está bien descrita…

Si busca alguien “manga, manche o sleeve” famosas en el mundo, no espere que le salga el canal.

El Canal de La Mancha es cualquier cosa menos una manga, porque con anchuras  generales de varios cientos de kilómetros en sus más de quinientos de desarrollo, solo entre Calais y Dover (alrededor de 40) se estrecha y se ven ambas costas con cierta claridad y al navegar por él, nunca se tiene la sensación de estar “en un estrecho”.

Nosotros tenemos otra idea de lo que significa esa mancha y otras muchas manchas y nombres de lugar parecidos que denominan a regiones enteras, comarcas, llanuras o lugares concretos y discretos en la Europa Sur Occidental.

España es el que más abundancia ostenta y las condiciones fisiográficas y climáticas de su meseta, tienen mucho que ver con esta riqueza: Aparte de la región conocida como La Mancha, hay en España otras 22 “La Mancha” que se refieren a lugares o poblaciones menos importantes; pero si ese valor parece elevado, en la forma “La Manga”, aparecen nada menos que 181.

No es eso todo; existe La Manchada (3), La Manchadera, La Manchadilla, La Manchega, La Manchana, La Mangada, La Mansilla, La Mansa  (4), La Manza, La Manzana (13), La Manzanal, La Manzánez… e infinidad de variantes “menores” que también merecen un análisis.

Pero Francia también tiene más “La Manche” que la del canal; hay toda una comarca en Normandía llamada “La Manche”, existe el “Bois de La Manche”, La Manchette, La Manche a secas o La Mancherie…

Volviendo al canal y a su fisiografía, todo amante de la navegación sabe que este es un canal somero, muy somero, que su fondo apenas llega en las zonas centrales a los ochenta metros y que en las sondas de los barcos, se “leen” con claridad lo que los geógrafos llamamos “paleocauces” de ríos que fueron y que comenzaron a ser cubiertos por las aguas (por última vez) hace unos 17.000 años…

En el esquema adjunto, en el que se han marcado en rojo los bordes costeros actuales, se representa de forma sencilla y en azul, la imagen que proyectaría la hidrografía de aquélla época, marcada sobre las tierras entonces emergentes. La llanura europea, “desaguaba” por este canal hacia el suroeste, no solo los ríos de ambas márgenes, sino las aguas de un gran lago ocasional lo que hizo de ese entorno un área extensa con una inmensa cantidad y variedad de ríos anastomosados, lagunas menores y mayores e incluso lagos y otros fenómenos; una especie de Egipto, pero con otra dinámica: Un dominio de las aguas continentales de gran riqueza y singularidad.

El empeño de los gestores del saber en hacernos creer que todo nuestro conocimiento, todos nuestros recursos y todas nuestras claves arrancan hace dos o tres mil años, tiene un motivo enfermizo, opuesto frontalmente al ejercicio científico, algo relacionado –probablemente- con el temor a perder su hegemonía si se diera oportunidad de explicar las cosas a otros actores o de otra manera. Todo este clúster se empeña en que La Mancha es una manga.

Pero la historia ha de extenderse más allá de los registros escritos para adueñarse de otro ámbito nunca tratado, el de los nombres de lugar. Millones de nombres que no son aleatorios ni disparatados, sino secuencias inteligentes de fonemas –antes lexemas- que pueden haber sufrido alteraciones, amputaciones o adición de prótesis, pero que permiten una reconstrucción cabal y una recuperación de sus significados originales si se analizan desde las disciplinas adecuadas.

Este es el caso de “Lam an txa”, como este nombre de canal, como el nombre de La Mancha española y otros cientos de supervivientes han de ser “diseccionados”.

No se puede retirar “La” como si fuera un apósito, porque su morfema inicial era “lam” y solo como tal tiene sentido, un sentido (con el que se designa a los lagos someros) que  se complementa con “an”, raíz adjetiva que lleva el significado de amplitud, gran tamaño y con “txa”, sufijo abundancial genérico, viniendo a querer decir en su forma compacta, “El gran conjunto de lagunas”.

Invito a quien sienta curiosidad a esperar a una primavera húmeda y –a principios de mayo- ir hasta Villarrubia de los Ojos (ojos son las antiguas surgencias de agua), subir a su pequeña sierra al amanecer y mirar hacia el sureste con las primeras luces: El horizonte muestra cientos de espejos que ocupan una gran parte del espacio; son los infinitos ojos y lagunas que antes de la agricultura, de los drenajes y canalizaciones y del agotamiento de los acuíferos, asomarían anualmente, creando un entorno único de atracción de aves y otra fauna, que nuestros antepasados supieron describir con tal fuerza, que –perdido el significado- aún ahora, después de milenios, su nombre perdura: Lam an txa.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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