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Lago, Galacho, Gallo, Lagarta…

¿Quien conoce algún lago natural?.

Muy pocas personas han visto un lago natural y muchas menos han nadado en él, sintiendo el agua finísima que suelta los cabellos y que parece que no te sustenta, que si dejas de nadar, te hundes.

El motivo es que en nuestro mundo de ahora, apenas quedan los grandes lagos, los lagos-mar; todos los demás los hemos borrado de la piel de la tierra. Nueve mil años de agricultura son los responsables de que las aguas solo se manifiesten en los temporales, el resto del tiempo, represadas en embalses, corriendo-dosificadas- por canales y tuberías o esperando su turno de riego en millones de balsas verdes, sufren una humillación universal que ha borrado del mundo la enorme variedad de formas en que agua y tierra acababan exhibiéndose.

En el mundo anterior a la agricultura, había muchos más contrastes entre el agua y la tierra. Los técnicos inventamos dos conceptos para empezar a clasificarlas: Aguas lénticas y agua lóticas. Una forma cursi de decir aguas estancadas o aguas que corren.

Hoy trataremos las primeras.

Antes había infinidad de tipos de cuerpos de agua quieta como las lagunas; las había someras (las más), también profundas, unas estacionales, otras que aparecían cada varios años, las había permanentes y algunas que solo duraban un mes, las había cercanas a los ríos (algunas eran simples meandros ensanchados o separados y otras estaban lejos de cualquier cauce o eran completamente endorreicas, unas eran de montaña y otras estaban en las desembocaduras de los ríos o detrás de las dunas…

Las había en los cráteres de los volcanes y creadas por las morrenas glaciares, las había que surgían del subsuelo al subir el nivel freático, como sucede aún ahora en La Mancha….

La visión economicista que se da a la pedagogía, lleva a que ignorantes y cultos confundamos embalses con lagos e ignoremos casi todo de la compleja dinámica de unos y otros, así, en Euskadi, en el entorno de Bilbao si se pregunta por un lago, casi todos mencionan “El de La Arboleda”…

Pero este no vale porque es debido a la minería de hace más de un siglo que vació su rubio mineral… Pudiera valer uno alavés, el de Arreo o Añada, pero ¿cuantos lo conocen?. También valdrían las (micro) lagunas de El Prado y Carravalseca en Laguardia, pero poco mas, solo algunos pozos mas, porque mucha gente, muchos comunicadores, llaman lagos a embalses y represas y eso no vale, los lagos han de ser naturales o no son lagos.

La mayor parte de los euskaldunes, aún ahora, tras cuarenta años de “normalización lingüística”, llamamos “lagu, laku” a los lagos, pero lo hacemos con cierto complejo, como si fuera obligado llamarle “aintzira” o “zingira”, nombres oficiales pero sucedáneos del verdadero nombre contundente y descriptivo que originalmente fue “la u”, es decir, agua sujeta y luego “lagu”, porque “la” es la raíz que describe la cohesión y “u” es el agua.

La totalidad de las lenguas latinas, llaman de forma parecida a los lagos: “lac, lacus, lago, llac…”, forma que se cuela también en algunas lenguas germánicas y celtas, como en el Inglés “lake” y en el Escocés “logh”, pero que ya no vuelve a mostrar parentescos ni con el Griego (“limni”) ni con las formas de más allá del Indo y que todas las referencias oficiales hacen derivar del tardío Latín “lacus”, que nada significa.

Es curioso, que el Turco y lenguas emparentadas del Asia occidental y alguna eslava, le llamen “göl, köl, gal…” (sonido gal), como recordando a las regiones de Galia, Galatia y Galitzia, que aún tienen una gran densidad de lagos y a infinidad de lugares de la pequeña geografía española con nombres como galachos, gallos y gallinas.

Los etimologistas “de carrera”, no se molestan mucho porque son gente de consenso y les gusta la vida tranquila, así que cualquiera que sea el fondo en el que alguien busque el origen de la palabra lago, todos, la remitirán a ese mismo recurso, “lacus” en lugar de consultar al Euskera.

La variedad que se mencionaba de cuerpos de agua, conlleva una gran riqueza de nombres, muchos de los cuales se han olvidado y otros permanecen camuflados entre nombres o frases, aparentemente ajenas al agua. Aún pueden verse indicios del agua que hubo en lugares que se llaman galacho, gallina, gallo, gallego, hocino, lago, laguna, lama, lameira, ojo, oso, pozo, paúl, La Guardia, La Cueza, Lagarta, La Concha, Lakuntza, La Cocina, La Cuadra, La Cueva, Lakua… y como forma extrema, La Oca o Laukariz…

En la geografía de España y en la de nuestros vecinos, sus nombres a veces están alterados y hay que aplicar cirugía y disolventes para rescatarlos.

Veamos algunos casos curiosos

Hay cerca de 1.400 sin nombre o cuyo nombre lleva la prótesis “lago” y aunque ya no queden rastros descarados de aquella humedad pretérita, en la mayor parte de ellos se encuentran indicios de haberlo habido. En la alta montaña suelen apreciarse las depresiones que formaron pozos y en tierras bajas, el análisis de la topografía y forma de las parcelas, de los canales y acequias de desagüe y la tonalidad mas o menos verde de la tierra, pueden dar una idea de cómo fue aquel lugar antes de que hachas, arados y azadas lo desfiguraran.

Galachos quedan unos pocos principalmente en Aragón. Sus vecinos saben perfectamente que el nombre tiene que ver con las aguas de antiguos tramos de cauce. En la foto, el Galacho de Alfranca en Zaragoza. Galacho es una metátesis totalmente asimilada de “lagacho”.

Gallos, gallinas, gallegos y todas sus variantes, han seguido el mismo sendero que los galachos y se han consolidado como humedales de distintas categorías, hasta que su coincidencia con estos nombres comunes ha facilitado tanto que se conserven sus designaciones, como que se olvide su origen:

Sea el pueblecito vallisoletano de Pozal de Gallinas en la estepa entre Medina del Campo y Olmedo donde la agricultura milenaria ha borrado todos los rastros naturales… Su nombre parece referirse al balde donde se lleva el pienso para las gallinas, pero eso es absurdo y –sin embargo- en el escudo del municipio figura un abrevadero, seguramente porque poner un pozal como el de la foto, no les pareció digno.

Lugares de este término como Lavajo de la Reguera o Lavajo de la Sal, indican que en algún tiempo hubo encharcamientos puntuales; Las Trampas, también recuerdan que hubo ciénagas y lodazales, el Salgüeral debió de criar densos saucedales y La Alameda implica que hubo un lugar fresco lleno de álamos.

También hay una tierra que se llama Gallegos (y que a mí me suena a pozas) y otra que es Lagartillos, nombre que no me sugiere lagartos pequeños, sino cierto tipo de grupos lagunares…

El pueblo no tiene río ni siquiera se percibe en su entorno indicio alguno de cuenca ni otra elevación aparte del otero de la ermita de Nuestra Señora de la Estrella. Mirando con detalle se pueden distinguir unos pequeños arroyos que confluyen hacia el pueblo, determinando un área endorreica en la que está la clave de todos esos nombres: Gallinas son un tipo de lagunas, Gallegos, otra modalidad de pozos, las trampas son lugares de fango, los sauces y álamos necesitan agua con cierta abundancia y los Lagartillos son una variante de lago-harto (demasía de lagos), indicando todo ello que este lugar agrícola fue en un momento una amplia zona húmeda.

Pero las gallinas, que en forma de laguna llegan hasta lo alto del Pirineo, llegan a llamar así, en singular o plural a más de 300 lugares de nuestra geografía. En la imagen, la Sierra y lagunas de “La Gallina”, a 2.500 metros de altura, nombre debido a los numerosos y célebres ibones del entorno.

Los gallos y derivados se acercan a 900 y los gallineros suman casi 200, en conjunto, con las gallinas, unos 1.500 lugares en los que era frecuente la presencia de charcos y pozos de diversa configuración. Hay dos Lagunas del Gallo en León, otra en Cádiz y la cuarta en la paramera de Teruel, sobre la que se construyó el Embalse del Gallo del río Salor.

Ocín, Hocín, Hocino, con hache o sin ella, con o sin tilde, con “c”, con “z” o con “s”, hay cerca de mil lugares en España, de ellos, 50 son arroyos y 65 barrancos… A quienes manejamos el Euskera con frecuencia nos llaman la atención principalmente los casos con “s”, como Osinaga (actualmente Ojinaga), o con “j”, como el Valle que comienza llamándose “de los Ojines”, cerca de Cistierna, valle que a cuatro kilómetros del nacimiento, cambia su nombre a Valle de los Pozos y antes de desaguar en el Esla, se llama Valle Grande.

Quizás en este vallecito insignificante esté la clave que demuestra que osines y ojines, osos y pozos, osas y pozas, son lo mismo

Es que “osin” es la forma canónica actual de llamar a un pozo natural en Euskera, osinaga equivale a pozazal, bien entendido que la forma primitiva fue “os”, a la que más tarde quedó adosado el afijo “sin”, fiable, duradero, dando “osin”, igual que quedaron las formas “os a”, el pozo, sin más y también “os o”, pozo mayor.

Volviendo a los hocinos, pero, ¿sabe alguien qué es un hocino?.

El Espasa nos dice que un diminutivo de hoz y que la hoz procede del Latin “falx, falcis” y que la forma curva de este instrumento es la que ha dado nombre a las profundas gargantas de algunos ríos, que presentan curvas cerradas…

Para los antiguos, las curvas de los ríos eran algo irrelevante, lo que caracterizaba a esos tramos de río cuando cruzaban masas calizas o graníticas, era la abundancia de “marmitas de gigante”, esas hoyas perfectas que excavan los bolos de piedra que giran con la corriente al encontrar algún obstáculo.

En el mapa siguiente se muestra la Garganta de los Hocinos en el Ebro a su paso por las Merindades, donde tanto el tramo recto de más de tres kilómetros como sus transiciones, descartan cualquier forma curva del tipo de la hoz; se llama “De los Hocinos”, porque el cauce, desde hace cien años cubierto por las aguas de una presa que se hizo para dar energía a una fábrica de sacos, oculta docenas de marmitas que solo hay ocasión de apreciar en las raras ocasiones que se abren los desagües de fondo.

 

La lógica de los etimologistas para asegurar que las hoces de los ríos se llaman así porque se parecen a las hoces de los campesinos, es absurda. Mucho antes de que los cereales se segaran a hoz, los ríos tenían hocinos (pozos redondos).

En cuanto al nombre de esa herramienta, es muy sospechoso que sea solo el Castellano, el romance que más se resiste a los cambios, el que la nombra sin “f” inicial, lo que hace pensar que los demás nombres, “fouce, foice, faucille, falce, falcem, falx…” pudieron proceder de “hos, hosk” con hache aspirada que es el diente de pedernal saliente (“oska”) que se introducía en una hendidura de la madera para hacer cuchillos y hoces y que era más general el paso de “h” a “f”, que viceversa.

Pero además de esos lugares que ya sabemos que contienen hidrónimos, hay nombres que ocultan su pasado; por ejemplo, todo un valle de Palencia que se llama La Cueza con un arroyo de La Cueza que va al río Carrión, arroyo totalmente canalizado para evitar sus devaneos y que en sesenta kilómetros de trayecto, baja apenas 300 metros, pero que su nombre es casi idéntico al pueblo de Lakuntza en Navarra. Ambos significan “Multitud de lagos”.

Su valle está plagado de hidrónimos como Las Huelgas, Sotopalacios, Los Lagamos, El Pantano, La Abadía (“laba di a”, el lavajar), La Muñeca (“lama un eka”, sitio favorable a las lamas), la Poza, Laguna París, de Juncal, Capilla… y destaca el pueblito de Lagartos, “lago art os”, entorno de pozos y lagos, donde aún se puede percibir la diferencia entre las tierras de fondo de lagunas y la de las cuestas y páramos.

Ni que decir tiene que infinidad de lagartos y lagarteras, no reciben el nombre de esos reptiles verdes, sino de la abundancia de pequeños lagos en épocas anteriores a la agricultura.

La Cua, La Cuarta y La Cuadra, incluso La Cuesta y la Cuasta, coinciden a veces con antiguas zonas lacustres, como sucede en el pequeño delta de la desembocadura del Ter, donde las lagunas han desaparecido…menos en el campo de golf y La Cua denuncia el antiguo cauce del río (El Ter Vell), la zona pantanosa y la abundancia de ranas (Sant Miquel).

Pero también hay La Cueva donde no hay cuevas sino docenas de llanadas o La Cuaz, como esta pared en el río Mijares que cierra el antiguo lago por el norte, tal como dice su nombre, “Laku atz”, el fondo del lago.

En el mismo centro de Vitoria tenemos Lakua (el lago) y muy pocos babazorros tienen conciencia de que ese topónimo solo es la última fase de un gran lago terciario que ocupó toda la llanada.

Lacua, que a veces se altera a Lacoa y a La Oca y se dan lugares como un entorno del río Zadorra que usa el nombre genérico de La Oca por la abundancia de barras y retenciones en el mismo, o La Ocalla en Salvatierra, donde había un laguito ahora recrecido. O Laukariz, en Munguía, alteración de Lakuariz.

No se tocan aquí los varios La Guardia, entre los que destaca el de Áraba que ya se ha tratado en Eukele.

Quedan infinidad de casos graciosos como lugares con aspecto de antiguos lagos que se llaman La Gorriona, La Cocina, La Corona… y hasta La Concha.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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