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Los gallegos Viajeros

No se los actuales, pero los niños de antes teníamos una idea clarísima sobre la vocación viajera de los gallegos. Mi primer recuerdo sobre esta idea es de un afilador gallego empujando su rueda por las calles adoquinadas con una mano mientras arrimaba la flauta de cañas a sus labios con la otra.

Aita me dijo al oído, “viene andando desde Orense…”. No me pareció lejos ni cerca, pero desde entonces vi afiladores, paragüeros y canteros gallegos cada pocos días y en los lugares más variados. No es extraño que niños, jóvenes y mayores relacionen a los gallegos con el viajar y con la morriña; seguramente por eso secretarios, historiadores y maestros la han tomado con que hubo una repoblación tras la derrota de los árabes en España y que la mayor parte de los contingentes eran gallegos.

No es solo nuestra idea sobre la disposición de los gallegos a viajar, sino la abundancia de topónimos que contienen partes o variantes de ese nombre, las que ayudan un montón a ser propensos a creernos ese cuento de repoblaciones masivas.

Hace años que ojeando el Nomenclátor de los pueblos de España, “aita” y yo decidimos que era mentira, una mentira inocente y culta, pero mentira; una de esas mentiras que frena la investigación, porque crean un “estado” de convicción en la gente que no favorece la inquietud que la búsqueda de la verdad necesita.

Ayer, leyendo una página sobre la repoblación de las Alpujarras con gallegos decidí escribir sobre esa leyenda.

Invito a cualquiera a entrar en esa u otras páginas y a contrastar las afirmaciones que en ellas se citan con la lógica, con la certeza de que será un primer paso que ha de llevar al lector a asentir que algún conde haya traído colonos desde lejos para reactivar labrantíos abandonados (y haya dejado fe escrita de ello), pero que la supuesta corriente repobladora masiva no ha existido en tiempos históricos.

La necesaria brevedad de los ensayos de este blog, obliga a tratar las cuestiones de una forma tan general, que solo en algunas ocasiones permitirá visitas a casos particulares. Por eso habrá situaciones en que los argumentos parezcan superficiales o precipitados, pero el objetivo es el de resumir en unos pocos párrafos una dinámica de miles de años, los cambios que ha sufrido y los motivos que ha tenido el mundo de “La Cultura y el Poder” para inventarse una “historia redonda”.

Se va a comenzar denunciando cómo con unos pocos datos historiográficos aislados se ha horneado una historia épica de invasiones, reconquistas y condes buenos, porque no se puede negar que hay referencias y cartas auténticas como una de Alfonso I y otra de Ramón Berenguer IV que muestran que en el siglo XII hubo nobles que mimaron a familias enteras de colonos para que explotaran sus tierras castellanas, aragonesas o catalanas y que hacia el Sur funcionaron los “repartimientos” en Extremadura y Andalucía, pero esas intervenciones puntuales no tienen nada que ver con las epopeyas que se imagina el autor de la página sobre miles de gallegos marchando a las Alpujarras, camino en el que los contingentes se diezmaban, muriendo por cientos y teniendo que ser auxiliados a cada paso…

Europa se ha fraguado con migraciones, pero no con migraciones militares como las que cuentan de Hunos, Escitas, Vikingos o Francos ni con éxodos para llenar tierras vacías, sino con las idas y venidas a lo largo de todo el Holoceno de grupos de “pastores-cazadores” que recorrían territorios muy amplios sin prisa y con los recursos que precisaban, “siempre acuestas”. La prehistoria reciente ha sido el periodo en que los grupos organizados y las personas aisladas han conocido mejor el territorio, sus características y procesos.

Esos grupos que fueron dejando parte de sus miembros acá y allá al ritmo en que la agricultura se iba haciendo capaz de darles cuanto necesitaban, han seguido nomadeando hasta que las fronteras de los imperios –primero- y el ferrocarril –después-, han hecho casi imposible la supervivencia de tal forma de vida.

La invasión musulmana no despobló las tierras ni echó a los pastores, leñadores ni madereros de los montes, aunque los cristianos que se significaran en la lucha contra el invasor y sus colonos, es lógico que abandonaran tierras y moradas cuando tocaba escapar… Eso pasaba y pasará siempre en los dos sentidos, así, ya en el siglo XVI, hay cartas auténticas que dicen que “… los moriscos vuelven a sus lugares tras haber sido expulsados y lo hacen con la tolerancia y bienvenida de los locales…”.

Repoblaciones hubo, ha habido continuamente, pero no significativas ni masivas, aunque la creencia de las gentes y los catedráticos de que porque hubiera nombres que contuvieran partes como “gallegos, navarros, vasconcillos” y topónimos de aspecto ”vasco”, hubieran sido repobladas con gallegos, vascos o navarros, han prevalecido sobre la razón.

La toponimia es un recurso inmenso y no vale entresacar los nombres que interesa para fortalecer la hipótesis que gusta, dejando el 99% de los topónimos sin analizar.

Aquí se va a explicar que en España hay casi 1.000 nombres de lugar que contienen el corazón “galleg, galeg” del genérico “gallego”, pero de ellos, solo unos pocos corresponden a poblaciones que pudieran haber sido repobladas, habiendo entre ellos muchos que resultan absurdos si se pretende que hagan referencia al gentilicio, aparte de que casi sesenta de ellos están en la propia Galicia…

Veamos algunos de ellos, principalmente hidrónimos:

Hay topónimo y pueblo Aldeagallega en Salamanca, en la ribera del río Zurgén, en un entorno lleno de pozos y albercas, pero también hay un Arroyo de Aldeagallega de apenas 600 metros de desarrollo, que nace en un ojo o pozo.

Además hay numerosos arroyos de Gallegos, de La Gallega, de Gallegas y de Gallegos, de Galleguines y Galleguillos, de Marigallega, de Marigallegas, de Navagallega y Navagallegas, de Pozo Gallego, de Prado Gallego, de Valdegallego y Valdegallegos, de Valdelagallega, del Coto de los Gallegos, de Portillo de los Gallegos y Arroyo Gallego a secas; en total, 47 arroyos.

Pero también hay barrancos, menos, pero llegan a 16 con las mismas variantes de complemento nominal que los arroyos.

Tampoco faltan altos, baldíos, barrios, bordas, cabezas, caideros, cal, callejos, caminos, campos, cañadas, carrales, casas, casillas, cerrillos, cerros, charcas y charcos, chozos, coladas, colláu, cordal, corral, cortal, cortijo, coto, cruz, cuerda, cuesta, cueva, dehesa, dehesilla, embalse, era, escalón, espina, establos, estanque, fuentes (nada menos que 35), granja, haza, herrada, hoja, hoya, hoyón, huerta, huertos, huesa, linar, linillos, llana, loma, lomo, majada, majadico, manantial, marisma, mas, masía, molí, molino, molinos, monte, muela, muiño, pared, pecho, pedazo, peñas, peñón, pico, picón, piedra, pinar, poyo, pozo, prado, prados, presa, proís, puente, punta, quiñón, rambla, rancho, raña, regato, reguero, rincón, rodera, rodillo, senda, serranito, sierra, solana, tabla, tagoror, tajos, tapado, tesos, tierras, toril, umbría, urrieta, vado, val, valle, vallina, vega, venta, vereda, villa, villar…, haciendo al complemento “Gallego, Gallega, etc.”, quizás el más versátil, abundante y ubicuo en nuestro país, porque acompaña a casi ciento veinte tipos de lugares.

Aparte de que pronto mencionaremos unos cuantos nombres absurdos, ¿no es ya bastante argumento el de estos cientos de lugares asignados a variantes del nombre central “gallego” para pensar que no se refieren a hijos que marchan de Galicia?

A ver quien explica si Canto del Gallego, un otero cortado sobre el río Moros en Segovia es un lugar donde un gallego con buena voz cantaba para los pastores o el Arroyo de los Galleguines en la sierra de Córdoba fue un riachuelo descubierto por una familia de gallegos bajitos o el Arroyo de Marigallegas en Salamanca, se lo repartieron dos gallegas llamadas Mari. Ojo, también hay “Gallegones”…

O el Escalón de La Gallega en Toledo y Espantagallegos en el Páramo de Piña en El Cerrato son lugares donde una gallega se tropezó y donde alguien espantaba solo a los gallegos que pasaran…

¿Y la fuente de Jorgallega a casi 1.500 metros de altura en la Sierra de la paramera de Ávila?…

Y no digamos nada de Mata Gallego en una hondonada desecada cerca de Villalón de Campos o de Matagallega en el Arroyo del Fontanón en León, lugares en los que ningún gallego o gallega sensato se atrevería a pasar.

Y la Muela Gallegosa en Albarracín, donde en lo alto de una muela áspera hay una depresión cultivada que indica que allí hubo una laguna…

Para ir terminando, recordar que además del “Río Gallego”, sin acento en la Sierra de Baza, hay un río Gállego que atraviesa medio Aragón y que genera más de cuarenta topónimos asociados…

Decíamos que la voz central era “Gallego”, pero el repaso a las listas de topónimos nos obliga contar con precisión, porque si “Gallego”, “Gallegos” y “Los Gallegos se repite en 104 ocasiones, “Gallega”, “La Gallega” y “Las Gallegas” lo hacen hasta en en 77, así que quienes defienden que la toponimia refleja a los gallegos migrantes, puede asegurar que las mujeres eran tan conspicuas como los varones…

Para quienes porfiamos que no, que no es a los gallegos ambulantes a quienes se refieren esos nombres, la raíz “gall” (y sus variantes “gali”, “gay”, “gal”, “gañ”, “bal”, “val”) hace referencia a un fenómeno hidrográfico casi totalmente desaparecido por las agresivas prácticas agrarias de milenios, pero que aún pueden rastrearse en el Ebro, Zadorra o Guadalquivir, concretamente los “Paleo Cauces” que en Aragón son conocidos como “galachos” y que antes eran frecuentes no solo en los grandes ríos, sino incluso en arroyos. Fotos de Julisbol y Alfranca en Zaragoza.

Estos “gall” que a veces ocupaban grandes extensiones casi permanentemente inundadas, eran calificados con nombres tan variados como el surtido del que se han dado algunos ejemplos, pero que también han virado hacia “gallos”, “gallinas” y “gallineros” y –no pocas veces- hacia “galia”, “galias” y “galianas”.

Obviamente, otros fenómenos hidrográficos de aguas lénticas (pozas, ojos, nacederos, fuentes, gándaras…) también han usado esta sonora apelación.

No debiera extrañarnos que “Las Galias”, nombre con el que Francia ha sido conocido en tiempos antiguos, procediera principalmente de las enormes extensiones de lagunas someras que se extendían en la desembocadura del Ródano (realmente, Larrone, ó La Rhune como ellos le llaman).

La parte final de los topónimos más frecuentes, Gallego y Gallega, es decir, “ego” y “ega”, son dos precisiones muy concretas, la primera se refiere a una situación duradera, estable, es decir a una zona inundada casi permanentemente y la segunda a un entorno propicio, con vocación de estar anegado. A pesar de los cambios superficiales en el Cuaternario, para expertos en fotografía aérea, en suelos, en vegetación y en palinología, no es difícil detectar esas zonas si se dispone de buena cartografía y fotografía y si se realizan unos transectos por el campo.

En resumen, es posible que algunos de los mil nombres de esta estirpe si que se refieran a gallegos y gallegas migrantes o famosos –sin más-, apenas una docena: Gallegos de Altamiros, de Argañán, de Grespes, de Curueña, de Hornija, de Huebra, de San Vicente, de Sobrinos, de Solmirón, del Campo, del Pan y del Río. Los otros, todos los demás son descriptores del terreno que tienen un profundo mensaje entre sus letras.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

4 Comments

  • Interesantisimo artículo sobre una partícula hídrica que merece mucho estudio: Ríos «gallo»en Iberia hay multitud y bien desperdigados , a bote pronto
    hay en Teruel, en Guadalajara y en Galicia.

    Asociada con re como sufijo (repetición) encontramos varios interesantes «regalos» hídricos: regalo y (regal), zonas encharcadas con varios ejemplos en el topográfico, en vegas de ríos que me recuerda al nombre de un lugar asociado al río Queiles de Tarazona:
    Repolo (erre polo), depósito fluvial doble. Hablando de depósitos de arenas: san gallo y sant gal que se apuntan en este blog.

    Regalar también es en la zona de Aragón y Soria la acción de derretirse la nieve (o un helado). Erre que erre, vuelta a lo líquido con su manía de empapar.

    El gal y el gallo también aparecen en la península itálica.

    Para estudiar son también los parajes «Gargallo» que también hay varios y podrían apuntar a zona encharcada en el alto.

    Por último, innumerables galeras, en donde el sufijo era supongo pueda significar integridad más que temporalidad. Seguro que el Maestro Goitia nos cuenta algo sobre la embarcación que hoy suena a castigo que lleva este nombre.
    Agur Javier, agradecido al empezar y al terminar. Saludos en general.

  • galleggiare en italiano significa flotar.

    Si gall significa agua mas o menos en estado de reposo, gall + giú (encima) podría representar esa idea.

    • El tema de la simetría «LA-GO», «GA-LO», es sugerente, Italia se merece un largo y profundo estudio desde Las Galias (desembocadura de La Rhonne) hasta Campania y Calabria.

      Está muy bien que apuntemos cuantas ideas aparezcan; sin ellas no hay avance.

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