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Lugar, sitio, plaza, área, entorno, paraje, villa, quinta, comarca, país, landa…

Variantes del concepto geográfico principal que define el continente exclusivo de ciertas condiciones físicas, bióticas y estéticas, hay pocos lenguajes en los que presente tantas formas como en el Castellano, no siendo convincentes las explicaciones que el academicismo da de sus orígenes, variedad sorprendente y que parece ser prehistórica y llena de matices,

 

Lugar es la forma más popular que los expertos discuten si procede o no del “localis” latino o de otra forma vulgar previa, “lücus”, claro en el bosque, área luminosa por la deforestación mas que un espacio con características previas, destinado a honrar alguna divinidad y que en los primeros registros romances parecía destinarse simultánea e indiferenciadamente a supuestas aldeas nemorales.

 

Voz esta que solo rumanos y catalanes conservan (“loc, lloc”) parecida al Latín, no vuelve a darse entre las lenguas latinas con “l ni ll” salvo en el Francés, cuyos expertos dudan si procede de ese “lücus”,  a través de una forma latina anterior (“stlocus”) derivada de una supuesta raíz indo europea (“stel”) o incluso de una forma escandinava “lyr”…

 

Semejante indefinición e inconsistencia, solo sostenida por la obsesión de querer que sea el Latín la fuente de ideas, criterios y caminos, debe contrastarse con la forma vasca universal “leku”, cuya metátesis apocopada, “luk”, daría una explicación mucho más coherente que un planteamiento tan postizo como el pretender que no existiera concepto de lugar hasta que los grupos humanos comenzaran a limpiar la espesura de un bosque.

 

Algo parecido pasa con ese “sitio” que las autoridades reconocen no saber de donde procede, aunque ante la duda opten por asignarlo a un tiempo del verbo latino “sinere”, básicamente dejar alguna ocupación, liberarse, concepto que nada tiene que ver con un espacio concreto, pero que como aparece con formas cercanas en Gallego, Portugués, Corso y Francés aunque falte en Rumano, Italiano y en el propio Latín, se decide y sentencia latino, cuando el Euskera tiene una forma con cierta coherencia y uso frecuente como “esi tu”, expresión incontestable para definir un entorno cercado, un lugar acotado que abarca desde un corral hasta un coso o una ciudad amurallada.

 

¿Y la plaza?… Mas utilizada como expresión de fortaleza o reducto militar, se nos ordena aceptar que tal nombre procede del latino “platea” que era la forma de llamar a las avenidas, a las calles centrales ya en Griego y los germánicos se pliegan a la idea y dan la misma solución para su voz general para llamar a un lugar en abstracto, “place».

 

¿Cómo es posible que se pretenda imponer la idea urbano-céntrica de que la avenida principal es el paradigma de lugar? ¿Es que en las decenas de milenios previas al nacimiento de las ciudades no había forma de referirse a los lugares escrutados, bien fueran atractivos, indiferentes o dignos de ser evitados?.

 

Plaza es la forma contracta de “pala tza” que en Euskera indica la presencia de varias explanadas o lugares susceptibles de acoger campamentos u otras instalaciones temporales, sin apenas necesidad de preparar el espacio, algo que se daba con frecuencia en las riberas de los ríos cuando estos tenían su régimen no condicionado por presas ni trasvases y se formaban terrazas temporales, lugares ideales para asentamientos efímeros.

 

 

Tampoco la generalísima “área” está libre de pecado, porque la explicación latinista es tan poco evidente que invita –si no obliga- a discrepar, ya que nos dicen que área es una zona seca, árida, tratándole de dar una idea (esa sí, coherente) que la relaciona con un uso intensivo, que pudiera ser el agrícola, el constructivo, etc.

 

Pero es que ahí también está el Euskera al proponer que “har ea” se refiere a una porción “tomada”.

 

Es necesario abstraerse y pensar en una época previa a la actual en que los terrenos no se compraban ni expropiaban, sino que se “tomaban” temporal o definitivamente para ser sometidos a un durísimo proceso de desbroce, quema y limpia, antes de comenzar a usarlos para un objetivo nuevo, la agricultura y una forma diferente de vivir, los asentamientos.

 

La forma “entorno” es muy recurrida en las últimas décadas porque resulta adecuada en análisis y estudios ambientales, pero no se va a entrar en su etimología aunque la raíz “tur-tor”, referencia continua a procesos giratorios tenga reminiscencias de sistemas hidráulicos, de torbellinos y probablemente proceda de “tur”, fuente, dejando su disección para más adelante.

 

Siguiendo con abstracciones, no es menor la necesaria para aceptar que el paraje, ese lugar digno de cuentos y de fábulas, ese sitio que de niños imaginábamos diferente y lleno de atractivos es –por sentencia de los sabios- el lugar donde paraban las diligencias para cambiar el tiro, para que mearan los viajeros y estiraran las entumecidas piernas… ¡Qué desilusión!.

 

Paraje, paratge, que solo se usa en Castellano y Catalán tiene que ser algo con mas personalidad  que una posta, una venta con cuadras y un pozo como la de la foto. Y seguramente lo es y está de alguna manera relacionado con el paraíso ideal a partir de “bara axe” con el significado de huerto o jardín elegante o primoroso, un espacio cuidado para conseguir la armonía de plantas, aves, insectos y agua, remedando un retazo de Naturaleza ideal.

 

Tampoco la “villa” está exenta de controversia, porque los profesionales insisten en que villa es voz latina originada en una propuesta de engendro indo europeo tal que “weik” que lo mismo lo viran a esa “u-v” que al “oikos” griego, el hogar de los helenos, pero que se encuentra en casi todas las lenguas europeas e incluso en algunas védicas, en el Turco, Húngaro y en las celtas…

 

Pero, ¿puede alguien coincidir en que todos estos idiomas han partido de “weik” para llegar a sucedáneos de “villam”?; ¿todos igual y sincronizados?…

 

¿No será que la forma “bil a”, concentración, acumulación en Euskera ha sido la semilla que ha dado todas las villas?. Es coherente que las concentraciones de chozas o de simples vivacs que elegían –sin duda- lugares inmejorables se nombraran de forma genérica aunque luego llevaran un apellido que se tomó de la Toponimia.

 

La quinta no es algo rematadamente distinto. Nos dicen que las granjas se llamaban así porque los colonos pagaban con una quinta parte de los productos obtenidos. Y nos lo creemos porque en el fondo nos dan igual las explicaciones eruditas. Pero a los estudiosos críticos no nos puede convencer una simpleza como esa que asigna de forma universal una contraprestación rígida como pocas que no considera las infinitas situaciones que puede representar una finca a ser explotada y si se razona un poco, la tesis se derrumba.

 

“Kin” es la conjunción del Euskera a efectos de asociaciones de personas, de manera que “kin ta” es una agrupación organizada y plural de personas que se complementan para diversas labores, haciendo posible una actividad articulada y compleja como la agropecuaria destinada no solo a la supervivencia, sino al comercio.

 

Igual de improvisada es la explicación sobre la “comarca”, que –saltándose su verdadera significación que tiene que ver con el complemento entre las características físicas y climáticas de un territorio y de la personalidad de sus gentes-, nuestros sabios quieren hacerla derivar de un híbrido entre la “marka” germánica que se refiere a una frontera arbitraria y el “com” latino de concentración, para dar a entender que es el lugar en que coinciden varias fronteras.

 

Eso ni es ni ha sido así nunca, porque las comarcas o son geográficas o “no son” y la mejor definición para una comarca es la que “la cierra” por las divisorias de aguas que comparte con las cuencas cercanas. Ese lugar geométrico que recoge las aguas de lluvia es un verdadero modelo funcional en el que agua, energía, luz, nutrientes, accesos, etc. conviven de forma más armoniosa que en ningún otro modelo. “Goi marka”, compuesto por “go i”, las cimas, las cumbreras y “marr ka”, secuencia de trazos o señales define una cuenca hidrográfica cuyas características suelen ser homogéneas en la escala de los afluentes medios y muchas de las cuales aún persisten al llegar a escalas mayores.

 

Si llegamos al “país” que comparten (mas o menos) todas las lenguas latinas menos el propio Latín y el Rumano (“patriam” y “tara”), podemos quedarnos con la boca abierta al escuchar que procede de “pagus”, habitante de una aldea y de su derivada “pagensis”.

 

Esta es la tónica de los humanistas que quieren que sea el factor humano y no lo físico quien determina la designación de territorios cuando es este último lo que predomina de forma aplastante. En el caso del país, hay que retrotraerse al Neolítico menos reciente, cuando los grupos humanos acompañaban al ganado en sus migraciones estacionales, un ganado que no había que atizar porque seguía su vocación al dirigirse a los cuarteles de estancia prolongada. “Ba isí” ( de “ba”, marcha, e “isí”, empeño), podía ser la determinación con que los animales seguían la ruta.

 

Algo parecido al “herri” actual, que no solo es la tierra firme, sino el destino al que un grupo se dirige.

 

Finalmente, “land, landa” es una voz casi común en toda la Europa germánica y que los teutones se apropian asegurando que el Vasco la tomó del “Galo”  (por no decir Gascón) “landa” y este del  mismo nombre céltico, con significado de “país, territorio”. Pero la realidad no se basa en conjeturas ni responde a apaños, porque su origen es euskériko, inicialmente “laun ta” a partir de “laun”, llanura y “ta”, extensivo, general, para referirse a grandes extensiones planas con un desagüe deficiente y que solían permanecer largos periodos encharcadas, siendo un tipo de entorno poco sano y de difícil trayecto, cuyo paradigma son “Las Landas” del suroeste francés, lugar tan extenso como insano por la abundancia de garrapatas (enfermedad de Lime) y que solo eran frecuentadas por aguerridos pastores provistos de zancos.

 

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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