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Manganeses de la Polvorosa

Sería a mediados de los años ochenta, avanzado el otoño cuando de camino a la cabecera del río Tera para realizar un estudio ambiental sobre la presa que se estaba construyendo en Valparaíso, crucé el Órbigo de madrugada por Santa Cristina de la Polvorosa y comentando la rareza del nombre con el práctico que me acompañaba me espetó que en esa zona “de la polvorosa” entre el Órbigo y Tera, el pueblo más curioso era Manganeses y que lo era porque allí se descubrió el manganeso.

Aguanté como pude la risa para no contrariarlo, pero desde entonces ha rondado por mi cabeza el porqué de los nombres de dos comarcas cercanas (Polvorosa y Lampreana) y de algunos pueblos como uno de los Manganeses que recorrí a la vuelta escrutando montes y regadíos y cruzando estos por pistas blancas del Iryda recién entregadas sin ver señal alguna de minería en ninguno de los ámbitos.

Si uno atiende a los cronistas que escriben desde las capitales castellanas y leonesas o a los deanes que lo hicieron desde las bibliotecas de catedrales de otras poblaciones importantes pero que nunca se han acercado a las tierras sueltas del Órbigo ni se han descalzado y remangado para abrir la compuerta de un canal o para ayudar a sacar un carro embarrado, ha de prepararse para oír historias de condes y de repoblaciones, de escaramuzas y/o grandes batallas con los moros y hasta de gestas inéditas pero que han dejado su nombre en los carteles.

La realidad es que lo primero fueron los nombres de los sitios y salvo casos contados, hasta las batallas respetaron el nombre de los predios en que se enfrentaron los ejércitos, así que todo eso es casi siempre un adorno gratuito para los nombres que perduran por estar bien plantados no ya desde hace siglos, sino desde hace milenios, muchos milenios.

Para los dos Manganeses que hay en la zona, la explicación preferente es la misma: “Se repobló con gente procedente de Magán (Toledo), que en la Edad Media era una población importante cuyo nombre es de origen Iraní y está relacionado con una cofradía de Monjes-Soldados llamados Maganes, que tenían un castillo en esa zona toledana, que de ellos tomó el nombre…”

Y es posible que la gente se lo crea, porque la otra opción, la que dice que se repoblaron con gente desahuciada de un lugar llamado “Manganes” de Mansilla de la Mulas, tiene menos glamour, además de “arrastrar” de nuevo la duda del nombre que quieren que venga de Toledo.

Estas fantasías son lo corriente no solo en España sino en todo el occidente europeo que ha perdido totalmente las raíces de su pasado y anda desde hace unos siglos buscando con afán sus orígenes fuera de sus fronteras (Grecia, Fenicia, Roma, Cartago, Irán…) o en etnias noveladas (Escitas, Celtas, Godos, Vándalos, Árabes…) cuando casi todas las respuestas están en casa.

No hay vestigios físicos de castillo alguno en el Magán de Toledo, pero podían haber buscado colonos en el Magán de Pontevedra, alguna familia de pastores en otro Magán en los Altos de Cabrejas, Cuenca… También hay Maganes en Asturias y derivados en una veintena de lugares, así que sin rastro fiable del castillo ni de los supuestos caballeros armados, no es difícil encontrar de donde le vino el nombre a esa población toledana.

Lo que si hay a una legua del centro del pueblo, es una sierrita que apenas destaca 160 metros sobre el llano toledano, pero que parece mucho mayor, sierra que se llama Monte Magán (ver imagen de Google) y cuyas laderas han acogido desde tiempos inmemoriales canteras de carbonato magnésico y de greda, de donde viene su nombre “mea gan” o lo que es lo mismo, “el alto de la mina”, nombre que adquirió la población por ser la tal sierrita lo más llamativo del entorno.

Para llegar al verdadero significado de esos dos “manganeses” de las riberas del Órbigo es necesario abstraerse y viajar a épocas anteriores a los asentamientos permanentes y recrear con ayuda de hidrogeólogos y geógrafos experimentados en dinámica de arrastres hidrológicos, de ingenieros civiles y de expertos en botánica, cómo sería el cauce amplio de este río antes de que se talaran todos sus bosques de ribera, antes de que hubiera una sola presa para retener el agua ni de que se comenzaran a aplicar las durísimas tareas de milenios que han convertido a un río “explosivo” en una cuadrícula infinita de parcelas, acequias, sangraderos y caminos.

Antes de ponerse a buscar “maganes”, los cronistas deberían haber comprobado qué frecuentes son las “mangas” en la ribera del Órbigo; hay Manga en Altobar de la Encomienda, Manga Ancha en Cebrones, La Manga en Veguellina de Órbigo, Las Arramangas en San Román, Mangarranes en Oteruelo, Las Mangas en Coomonte…

Porque el secreto no está en “magas”, sino en la dinámica de las riberas y en las “mangas”, mangas que a veces (más de 500 en España) han conservado esa “g” poco gutural y otras veces se han transformado en “mancas y mancos” (casi 200, por ejemplo, en Las Medianas hay un lugar llamado “El Manco”), en “manchas” (unas 60), en “mansas” (unas 110), en “manjas” (unas 20) e incluso en “manhas”, con una quincena de ejemplos disponibles.

Las mangas eran un fenómeno natural que ya no existe en los ríos intervenidos y consistía en “paquetes” alargados de gravas intercaladas entre otras masas de zahorras y otras formaciones densas, que drenaban algunas zonas totalmente encharcadas, “ayudando” al cauce principal a conducir las aguas hacia su destino, sin ser perceptible la corriente. “Manga an eze”, aparte del sustantivo denominador “manga”, lleva dos adjetivos, “an”, grande y “eze”, empapada, saturada.

Alteramos tanto el medio natural de las riberas que se ha perdido la inmensa variedad de procesos que había antes y que han quedado fosilizados en los verdaderos hidrónimos de la Geografía, no las simplezas de “fuentes, lagos o manantiales”, sino una hermosa colección que además de las citadas, el Órbigo recoge casi completa: La Mina, Monjas, La Barca, La Abadía, El Gallo, Gallegos, La Gallega, Palacios, La Huelga, Las Huelgas y La Huerga, Iglesia…, donde ni “Lamina” es una antigua mina al lado del cauce, sino una poza somera ni la “igel esi a” ni el “bala zio” eran un templo ni un casoplón, sino un cerco para ranas y un cenagal…

Nuestros antepasados pusieron bien los nombres, pero milenios de agricultura han desfigurado el país aunque no han conseguido erradicar unos nombres que estamos aprendiendo a descifrar.

Así, tanto el Manganeses de la Polvorosa, como el de Lampreana debían su nombre a la existencia de acuíferos alargados que conducían mansamente el agua bajo la superficie.

En el primer caso, el valle del Órbigo que llega a tener más de quince kilómetros de anchura, se estrecha en Manganeses hasta cuatrocientos metros. Es probable que en épocas antiguas, el cauce ocupara doscientos y los otros doscientos fueran una “manga”.

En el otro Manganeses, la cartografía actual muestra a poniente una laguna, que solo hace 80 años ocupaba otro tramo en el Norte (ver cartografía de 1941) y –seguro- que antes rodearía prácticamente lo que fue el núcleo inicial del pueblo, pero han ido desecándose a un ritmo inferior al de las zonas con menor vocación, que han desaparecido, porque esta comarca que se dice de La Lampreana, estuvo antaño cuajada de lagunas que ahora solo quedan en la toponimia y en el recuerdo de algunos pastores. “Lam”, el mismo “lam-lab” de los lavajos y de las láminas de agua era el nombre de una de las formas lagunares semi-permanentes, “perre” significa denso, apretado, “an”, grande y la “a” final es articular, así que el nombre venía a decir “Área grande y densa de lagunas”.

La explicación culta para la comarca vecina de La Polvorosa es pueril; ¿No nos dicen que viene del Latín “pulvis” porque había mucho polvo?. ¿Habrán oído estos sabios hablar del “Dust Bowl”?.

Cuando nuestros antepasados pusieron el nombre a estas tierras aquí no había polvo sino inmensos bosques-galería con manchas de pastizales en las zonas bajas y extensos rebollares en los interfluvios. “Pol” es a veces una evolución desde “bol” (como el arrebol) y éste, de “gol”, rojizo, “boro” es la denominación de las tierras altas o interfluvios y “osa” puede referirse, bien a una idea de totalidad o a la existencia de charcas cacuminales, discriminación que exigiría un estudio de detalle. “Polvorosa”, “las tierras altas rojas”.

El polvo vino después como en la imagen de los años 40 en USA, donde las prácticas agrarias despiadadas unidas a un episodio de sequías hizo inhabitable el Medio Oeste.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

2 Comments

  • Aupa Javi!

    Gracias por como lo explicas. Para un alma de ingeniero agradezco como te centras en explicar el ‘mecanismo’ de las palabras.

    Lo que cuentas me sugiere la posibilidad de la evolución de Lam-ga–>Man-ga (sin lámina) para llamar a las ‘mangas’ que mencionas… Tiene sentido????

    Un abrazo maestro!

    PM.

    • Claro que tiene sentido y es lo que hay que hacer, ensayar, ensayar hasta que los resultados den coherencia en varios casos. Ten en cuenta que estamos en una fase inicial y que manejamos expresiones que a lo mejor alternan con otras 10.000 años más jóvenes por lo que nuestro trabajo ahora se parece un poco a la artillería que barre zonas… la infantería llegará después.

      Por cierto, los sabios dicen que «artillería» debe su nombre a un tal «Tillary» (francés, por supuesto) que creó el arte de bombardear… «har tira» equivale a lanzar piedras, cosa que aún en el siglo XVI se hacía con los morteros y algunos cañones y que no se abandonó hasta que las granadas fueron «comerciales».

      Saludos

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