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Manzana

Manzanas

Fruta popular, eterna y mítica, cuyo nombre del Castellano no se acierta a relacionar.

No habiendo nada similar al morfema “manz” en cercanías ni en lejanía, los sabios hurgan y tuercen, doblan y especulan con que no hay otra opción que el Latín y si San Isidoro proponía hace 1.600 años que su nombre venía de “Malum Marianum”, es decir, de un tal “Marius” que cultivaba esa fruta, milenio y medio después, el genio catalán de turno, vuelve a la trocha y quiere que el origen sea “Mala Mattiana”, a partir de otro tal “Caius Matius” anterior a Cristo, que escribía sobre el campo y dejó su nombre en la fruta, que luego fue tomando una “n” y mutando hasta la “manzana” actual (que nadie comparte).

A medio camino, el padre Covarrubias, hace tres siglos, la escribía “mançana” y repetía la historia de su admirado Isidoro, explicando que “mariana”, era “casi mattiana”, como en algún escrito dijera Plinio.

Es increíble que las obsesiones humanistas de tipos que manejan historietas que no se las creería un párvulo, lleguen a penetrar en círculos académicos y sean referentes de nuestras guías sobre algo tan importante como los orígenes de las voces, de la semántica, de la significación de las cosas.

La banalización secular de esta disciplina ha hecho que personas que en un examen cabal de inteligencia, resultarían oligofrénicos, hayan dejado sus improntas en libros de consulta, como las moscas dejan sus cagadas en una lupa y miramos a los sellos a través de la hez.

Demos un paseo por las cercanías antes de irnos a Azerbaiján.

Si el nombre griego, “milo”, apenas se puede considerar repetido en el Corso, “melo”, en el Italiano “mela” y en el Latín “malum”, la forma “maça, mazá”, solo se encuentra en Gallego y Portugués (probables apócopes de manzana) y las variantes de “poma”, apenas en el Francés “pomme” como primera acepción, optando las germánicas y védicas, por variantes de “apela-appel” y las eslavas y bálticas por parientes de “abolu-iablo”.

¿Qué nos queda?…

El recurso a la propuesta actual obtenida con el refrendo del análisis genético (ADN) a partir de las ideas románticas de Karl Friedrich von Ledebour, que explorando el Altai, descubrió unas manzanas estupendas que bautizó como “Malus sieversii”.

De esta circunstancia y del hecho de que una gran ciudad de Kazajistán se denomina “Alma ty”, nombre que en el idioma local puede interpretarse como “lleno de manzanas”, la internacional científica mundial ha determinado que las manzanas proceden de Kazajistán. Punto.

Es cierto que en Kazajo a la manzana se le llama “alma”, pero también aparece ese rastro en el Uzbeco “olma”, en el Turco “elma”, en el Mongol, “alm”, Azerí , Húngaro y Kirguís, “alma”….

Y si buscamos lugares que se llamen “Alma…”, sin salir de España acabo de toparme con 299; entre ellos “Almacelles, Almacera, Almaceta, Almachada, Almacín, Almadén, Almadic, Almaens, Alamagrao, Almagraz, Almaján, Almajus, Almachares, Almansa, Almanza, Almás, Almayor. Almazul…

Desde aquí hasta Kazajistán, me pueden surgir un millar.

¿Quiere esto decir algo?

¡Si!, que la precipitación por buscar etimologías a las voces a partir de las referencias epigráficas y limitándose a los crisoles latino, griego y védico, es un bodrio; un montaje de palillos que no aguanta una brisa. Más grave es que generaciones de responsables del análisis de la lengua, bendigan lo previo y despejen cualquier intento modesto de intervenir en un proceso tan necesitado de frescura.

En este caso, cualquier persona que conozca algo de la ecología de los frutales de pepita y especialmente de aquéllos con un espectro de tolerancia “amplio” como el manzano, sabe que su expansión a través de espacios mas o menos tolerables, es imposible de frenar; es decir, que si la manzana nació en Altai en el Cenozoico, es solo cosa de tiempo que llegue a Portugal, a Escocia o a las llanuras de China.

La genética puede ayudar, pero no determinar si antes hubo manzanas en otro lugar y ya no las hay o no existe el lugar.

Obviamente, durante todo el Cuaternario, nuestros antepasados han corrido Eurasia en todas direcciones y han llevado consigo semillas, parásitos y novedades en todas direcciones.

Pretender que las manzanas proceden de una ciudad es un delirio humanístico que reproduce aquel que dice que las avellanas tienen su origen en la ciudad italiana de Abella, los pergaminos en Pérgamo o la lona en Olonne.

La manzana se maneja con una decena de nombres de genética regional, pero lo que aquí tratamos de “reconstruir” es de donde llega el nombre castellano “manzana”

Y al final llega la propuesta de este investigador, que cree (no puede asegurarlo) que este nombre que ha desplazado a otros más sencillos, tiene un componente sociológico importante, enraizado con el poder “maléfico” de la manzana, como objeto de engaño para inducir el mal.

Llegando al Euskera, existe la fórmula “maltz” que traslada la idea de engaño, insidia, provocación… Esta voz básica, complementada con la desinencia de correspondencia o genética “ena”, da “maltzaena”, esto es, “la que engaña”.

La mutación de “l x n” es corriente en el Euskera actual y lo fue en la antigüedad, por lo que es factible la evolución de “maltzaena” a “manzana”, voz que el Castellano recogió mucho antes de que Isidoro s asomara a las calles para ver qué hablaba el pueblo y que por el poder de los mitos y cuentos, desplazó a otras locales.

Esto es anecdótico; lo he presentido muy pocas veces.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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