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Marjal, Marchal, La Marchal.

Mi amigo Omar hizo hace unos días un viaje al pasado porque para postre de una comida de verano se zamparon un melón “de los de antes”, de aquéllos que llevaban ( plantita delicada con su tercera hoja) los hortelanos de las barracas en cuanto asomaba la tierra en La Marchal y en mes y medio eran pura ambrosía.

La Marchal llaman aún en Valencia a lo que oficialmente son marjales y Omar quería saber si tan potente y concreta palabra tenía cuna conocida.

Cualquiera que busque en los documentos oficiales puede confiar por una vez que la sentencia más creíble es la oficial española que manifiesta ser “voz de origen desconocido”. Más creíble, porque los fanáticos siempre están dispuestos a transformar una cremallera en botonadura para acercarla a sus deseos; así, ya en el siglo XVII, Sebastián de Covarrubias “dejaba hacer” a su amigo morófilo Diego de Urrea para que se enviscara con las palabras anónimas haciéndolas árabes, como se ve en el extracto adjunto con el marjal.

Pero hoy, tres siglos y medio después, las porfías son idénticas: Los Celtófilos dicen que la voz original es céltica y sonaba “margila”, mientras los nuevos arabófilos dicen que lo correcto no es “meregué” sino “al marcha”, variante de “marajo”, es decir, el prado.

Pero si el lector tiene familiaridad con el inglés y ha tenido ocasión de leer u oír temas de ecología húmeda, seguro que le suenan los “marsh” o pantanos cenagosos que los gurús locales de la lengua juran que son del “old english” “merisc” y que posiblemente vienen del Latzio y su “mariscus”.

En resumen, nada concluyente, nada que aporte algo de coherencia, porque en Árabe a las marismas se les llama “mustanqao”, en las lenguas más próximas al Celta las llaman “boglagh” ó “cors” y los latinos preferían el “palus paludis”, es decir, seguimos igual que cuando Covarrubias.

Yo, confieso avergonzado que tuve mi primer contacto con un marjal con más de cuarenta años, cuando tuvimos que construir una gran subestación eléctrica en Oliva y tuvimos que aprender a toda prisa a contornear los infinitos problemas que surgían…

Técnicamente un marjal es una extensa llanura de inundación que se da preferentemente en áreas costeras de emersión (es decir, en costas que se elevan muy lentamente), donde los depósitos terrígenos continentales no llegan a formar deltas, sino que se extienden en grandes planos de muy poca pendiente, de manera que apresan las aguas continentales de invernada, constituyendo grandes zonas pantanosas someras de agua dulce, que durante los estiajes van perdiendo nivel y en las que al comienzo del verano van asomando islas que nuestros antepasados abordaban desde la prehistoria para hacer algunas plantaciones “de oportunidad” como los melones de la Marchal.

No es casualidad que durante Paleo y Neolítico, nuestros antepasados que se acercaban con sus ganados a la frescura de pastos que brotaban al asomar la tierra, aprovecharan las zonas que emergían antes para estas siembras o plantaciones que daban los frutos antes de que llegara la hora de marcharse a otros territorios; es por eso que la primera relación que parecía lógica para ese potente nombre, era la de “martzel”, que en Euskera equivale a fértil, feraz…

Porque esas islas cubiertas del limo del invierno, eran como trocitos de las tierras de Egipto cuando asomaban de las aguas del Nilo: Soleadas todo el verano, sin plagas establecidas y con el subsuelo empapado, eran lugares ideales para cultivos rápidos como el de los melones o el arroz (que nadie sensato se cree que fuera traído por los árabes).

La certeza de que estas zonas palustres eran visitadas periódicamente, la han aportado los descubrimientos de pasillos de tablones de entre 4 y 6.000 años descubiertos en zonas pantanosas de Gran Bretaña, pero que también existen en Irlanda, cerca de Riga en Latvia, etc.

Visitadas y temporalmente habitadas, cada año se descubren nuevos indicios que muestran que las antiguas civilizaciones no necesitaban estados, ciudades ni grandes y suntuosos edificios para organizarse, conocer y dominar el mundo. Indicios que suponen esfuerzos increíbles y dominio de técnicas olvidadas como la del manejo óptimo de la madera, no solo para determinar los momentos de tala o trasmoche, sino para la elaboración de tablones, postes pilotes…

Los esfuerzos desplegados para llegar al corazón de los marjales, lleva a pensar que su nombre anterior, “martxal”, pudiera estar relacionado con la dificultad que estos biomas (marjales y manglares principalmente) oponen para atravesarlos, erigiéndose en las morfologías superficiales más difíciles de transitar.

En efecto, cualquiera que haya seguido la impresionante historia de Otzi cruzando los Alpes en solitario, tiene que reconocer que el desafío de las feraces zonas húmedas era comparable al frío y los riscos. Por eso, es posible que la voz “marcha”, una de las piedras preciosas que no se han desprendido de su engaste y que figura en numerosas lenguas y jergas militares, pudiera estar relacionada con los marjales a través de la composición “martxa al”, donde “martxa” no es el desplazamiento de un elemento aislado, sino de todo el grupo, ganados incluidos y “al” es la ausencia, la imposibilidad; así “martxa al” nos viene a decir que esas formaciones, esos terrenos, no pueden atravesarse.

No al menos hasta que bajen las aguas cada verano.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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