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Martitegi

Martitegi es un caserío cercano a Markina que vi por casualidad transformado en la cuna de una saga de vascos célebres que se iniciara en la baja Edad Media con un famoso “Martín” que dejó su impronta para siempre en el nombre del lugar.

Así es como lo explicaba en la televisión vasca un galante historiador a un aturdido (y rico) indiano que recién llegado de Argentina era agasajado como el meritorio descendiente del banderizo Martín.

Y así son los paradigmas que airean nuestros hipercultos expertos en letras. Paradigmas aparentemente inocentes, que gustan a todo el mundo y no disgustan a nadie, son como los sorbetes helados que dan entre platos fuertes de los banquetes, copitas que unos saborean y otros no, pero de los que nadie se queja.

Pero esto de los nombres de lugar tiene algunas diferencias que son como los caliches que quedan enterrados bajo el asfalto y que años después de extendido el lustroso pavimento, se hinchan como habones y llegan a reventar desbaratando la uniformidad del andén y poniendo en entredicho el control que se siguió en la obra. Son diferencias que detectamos los que tomamos en serio la Toponimia porque tenemos pruebas múltiples de que la instauración de los nombres no ha sido una cuestión de alegre propaganda o promoción de personalidades, sino de un largo proceso prehistórico de análisis, evaluación y clasificación de los lugares según ciertas características (mayormente físicas).

En realidad, Ciencia es prácticamente eso, clasificar materiales, procesos y fenómenos para extraer leyes y –llegado el caso- señalar parámetros.

Sin embargo, la gente de letras lleva milenios tratando de ver en los nombres de los sitios mensajes de divinidades, santos, caudillos o grandes propietarios e inoculan esa práctica hasta límites ridículos al seleccionar los nombres según sus intereses, crear reglas de evolución fonética y –sobre todo- no estudiar los infinitos nombres restantes con criterio científico e independiente, sino partiendo del punto al que quieren llegar.

Así, el presentador del programa aseguraba al rico indiano que la “n” de Martín se había perdido a lo largo de la historia, pero que el resto del nombre (“tegi”) confirmaba la pertenencia del predio a su egregio antecesor.

No se puede negar que hay alguna referencia a sucesos, personajes o divinidades en la Toponimia, pero esa no es la Ley. Los nombres se han establecido sabiamente en un proceso de “cristalización” que puede comprobarse en un número creciente de lugares según aumentan nuestros conocimientos y sus cambios a través de la diacronía que impone el tiempo, no han sido tantos ni tan violentos como nos aseguran los académicos, siendo en gran número comprobables o “trazables” como ahora se dice.

Hay casos que podrían ceñirse a las bonitas historias que cuentan los letrados; por ejemplo, entre los 1.200 topónimos que he encontrado en España que contienen el morfema “marti”, solo hay uno que llevando la “n” perdida por el nuestro, se completa con “degi”. Es un barranquito cerca de Hernani y –curiosamente- no es un rico caserío con tierras de labor, prados y montes, sino un lugar sin valor aparente, más apropiado para cabras como lo atestigua el cercano “Akerregi”.

Esto no es una excepción, sino lo corriente. Hay cientos de lugares que contienen el morfema “martín”, pero no es fácil de demostrar que se refieran a alguno de los santos llamados Martín, bien sea a los obispos de Tours o Braga, a Martín I o al canónigo San Martino, de los que nadie sabe que tuvieran méritos para llevarse tantos nombres de lugar.

Menos creíble aún es que Santa Martina (que se duda incluso que haya existido) o alguna otra Martina hayan dado para un ciento y medio de topónimos como Rincón, Alto, Arroyo, Balsa, Barranco, Ca, Cabeza, Cal, Can, Canal, Casa, Cerro, Closa, Corral, Cortijo, Cueva, Font, La Font, La, Las, Masía, Nava, Pico, Playa, Santa, Sénia, Sierra, Torre, Val… Martina, de Martina ó de Las Martinas… y de otras variantes graciosas que se dan aquí y en otros infinitos nombres.

Muy al contrario, “marti” (sin ene) es un lexema presente en la Toponimia que se remata con casi todo el surtido de letras del Abecedario y en todos los territorios de España (Martiaberroa, Martiartu, Martibañez, Martico, Martideguidi, Martierreka, Martifarín, Martiherrero, Martija, Martikotenea, Martilandrán, Martillac, Martillandi, Martillo, Martimocho, Martina Rey, Martinamor, Martiñán, Martioda, Martiquinez, Martirene, Martirroyu, Martisku, Martitegi, Martivell, Martixe…), sin una preferencia neta por ninguna de las letras ni regiones.

Vista esta constante, hay que pensar seriamente que “martines y martinas” no son excepción y no hacen referencia a santos, héroes ni personajes famosos o ricos, sino que son nombres preexistentes que la pérdida de la cultura difusa anterior ha permitido “trufar” con homófonos que ahora significan otras cosas.

“Marr di” y su variante “mar ti”, pueden hacer referencia a afloraciones lineales y paralelas de roca o suelos estériles que trazan franjas paralelas muy características, aunque también son posibles variaciones del tipo “rotacismo”, que cambiando la forma “mas ti” por “mar ti”, difuminan el significado vernáculo que puede tomarse como “viñedos” por otro sin referencias disponibles y que al llegar el Cristianismo y culturas militares como los Godos y Almorávides, fueron sustituidos por explicaciones alternativas que la cultura latinista actual ha aceptado con gusto y ha acabado integrando entre sus activos de propaganda “de baja intensidad”.

Como resumen se puede decir que si bien el sufijo “tegi” (tegui) del Euskera, lo mismo se refiere a un lugar en el que abunda algo, como otro en el que hay cierta actividad o se da cierto fenómeno y se puede llegar a asimilar a vivienda, fábrica o entorno de procedencia, hay muy pocos casos en los que la parte previa de topónimos antiguos se refiera a personas: Martitegi no es la casa torre de un aguerrido Martín, sino probablemente un lapiaz calizo entre cuyas rocas se cebaban las ovejas antes de que los pinos de Monterrey se hicieran dueños del paisaje.

Lo siento por el americano que se ha ido con una bonita historia como para colmar la heráldica más ambiciosa.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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