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Matajudíos

Hace unos años y con motivo de que la prensa de todo el Estado repetía en muchos de sus medios una noticia que enlazaba una aparente Injusticia Histórica con la rápida y ejemplar solución “desde la Democracia” sobre la corrección del nombre del pueblo burgalés de “Castrillo Matajudíos” a “Castrillo Mota de Judíos”, como se ve en la pomposa foto de la portada.

La semana pasada, estando en La Coruña en unas Jornadas sobre Gestión del Patrimonio histórico, salió a colación este caso y prometí al compañero burgalés amante de la Toponimia, que colgaría lo que escribí entonces; en resumen, se trataba de cambiar el nombre del pacífico y minúsculo pueblo con ese nombre, porque ahora, súbitamente, a todo el mundo le parecía un nombre inadecuado, testigo de épocas crueles y despiadadas.

Puestas manos a la masa, rápidamente las fuerzas políticas y culturales buscaron argumentos y método para ello… aunque a algunos que vivimos “sumergidos en la Toponimia”, todo ello nos pareciera un disparate.

Nos pareció un disparate la justificación buscada por historiadores y abrazada con rapidez por las autoridades, de que el Pueblo, el lugar, se llamaba antes “Mota Judíos” y que un secretario prepotente, cambió la Mota por la Mata y cientos, de aturdidos vecinos, comenzaron a llamarle desde entonces “Matajudíos”.

¡Eso no pasa los topónimos, que son unos mojones muy difíciles de mover!

Nos parece un disparate el que creara la idea de que “Matajudíos” fuera un término que se creó durante la Inquisición… y que todo el mundo se lo creyera, aunque para ello hubiera que pensar –poco menos- que nuestros antepasados eran tan insensibles a los supuestos asesinatos, que asumían un nombre acusador.

¡Nada más lejos!

Si en algo se diferencia la antigüedad de la forma de vida actual, es en la enorme coherencia que los nombres de lugares antiguos llevan consigo. Filólogos e historiadores han actuado con precipitación ansiosos de dar respuestas a sus críticos, a la plebe y a los editores de diccionarios y han creado caminos (mejor sendas) facilonas que son cómodas de retener y repetir, pero que no resuelven su encargo; no dan el verdadero significado de sus nombres, sino unos “apaños”; eso si, apaños que se puedan justificar “académicamente” remitiéndose a citas bibliográficas o epigráficas y a leyes fonológicas amañadas para cumplir unos ajustes predichos; es decir, siguiendo lo “académicamente correcto” pero haciendo una descarada exhibición de lo que ya algunos llamamos “el abandono de la ciencia”.

Estas “interpretaciones chungas” las han hecho ya desde hace tiempo, no solo personajes irrelevantes como periodistas especializados o profesores y catedráticos de institutos o de universidades, sino tipos de primera fila como Menéndez Pidal, Joan Corominas o Adrados. Es la ley “que manda” en el mundo de la Etimología y Toponimia, un ámbito que esos profesionales definen siempre como “resbaladizo”, cuando no hay tal sustento resbaladizo, sino que las bases a las que recurren estos “especialistas” no son las adecuadas.

Una gran parte de la toponimia Española no está expresa en el actual español sino en la lengua que se hablaba en el suroeste de Europa hace varios miles de años y que luego dio lugar al Vascuence o Euskera por un lado y aportó infinitas raíces y contenidos lexémicos a los llamados Romances (Castellano, Portugués, Bable, Gallego, Catalán, Valenciano… e incluso al Rumano, al Latín y a las lenguas germánicas). Esto quiere decir que el Castellano no es adecuado para interpretar esos nombres; que el aparente significado, generalmente nada tiene que ver con su origen. “Matajudíos” es la interpretación con la grafía moderna, de un sonido original muy parecido, que en signos fonéticos internacionales se escribiría tal como “mæðɑːdʒjuːðiːoːs“ y que como se verá más adelante, a través de milenios se ha decantado –con preferencia- por la forma “dura”, “Matajudíos”, en la que lo más relevante es la palatalización de la primera “ð”, pero que también hay numerosos topónimos con otras “formas cercanas” típicas.

Sin una inmersión en esa lengua neolítica el suelo no es que sea resbaladizo, es que se mueve como una montaña rusa: No es posible el mínimo análisis.

Y es que un análisis que busque respuestas y que no se conforme con el cumplimiento de la ortodoxia académica del momento, NO PUEDE INICIARSE CON UNA SOLA VOZ; ha de comenzar con un repaso a todo aquello que nos de pistas. Ha de ir de lo GENERAL a lo PARTICULAR; hay que buscar numerosos indicios parecidos.

En este sentido, lo obvio es saber si “Matajudíos” es una singularidad…o si no lo es tanto.

Un primer recorrido por las Bases de Datos del Instituto Geográfico Nacional nos dice que aparte del Matajudíos de Castrillo, ¡HAY OTROS 6 MATAJUDÍOS “ a secas” y tres más como arroyo, reguera y regato; total, diez matajudíos!

Primera conclusión: Matajudíos no es un accidente ni un error de escribano, sino un nombre relativamente frecuente, preciso y precioso.

Un segundo recorrido recomienda revisar analíticamente, es decir separando en partes y recurriendo a los cambios más frecuentes, los componentes fonológicos “básicos” de “Matajudíos”; “mata”, “taju”, “judi”, “dios”.

Topónimos que comiencen por “Mata”, he encontrado nada menos que 2.058. El más abundante es Matamoros con 60 y le siguen Matabueyes con 26, Matanza con 24, Matalobos con 20, Matahijos con 19, Matapuerca y Matasanos con 15, Matahombres con 10 Matacán con 5 y así con infinitos: Águila, Alondra, Ciega, Ciervos, Arenales, Asno y Asnos, Borrica, Cabalos (si, Cabalos), Cabras, Cabrones, Cura, Curilla, Cucaracha, El Saxo, Gallegos, Juancho, Gitanos, Lagartos, Las Monjas, Reina, Bichos, Borrachas, Peones, Piojos, Pollas, Pollinos, Pulgas, Santo, Berciana, Conejo, Diablos, El Gallo, Gañanes, Gente, La Muela, León, Cristianos, Cuñados, El Mozo, Iglesia, Judaica, Lascañas, Martín, Martino, Maridos, Moriscos, Mujeres, Nietos, Mataró, Matarrey, Rodrigo, Romera, Sapos, Siete, Sietes, Pobres, Pez…

¿Puede ser alguien tan bobo que pueda creer que se mataran moros o judíos en grupo y para cometer ese crimen los llevaran a cierto lugar… y lo mismo con monjas, nietos, cuñados, peces o peones?… No digamos nada de matar al Rey, a la Iglesia, matar diablos, arenales o cañas…

Segunda conclusión: Simplemente, “Mata”, no está relacionado con “Matar” (verbo de origen no latino sino Euskériko).
Hay evidencias de que en muchas ocasiones “mata” se refiere a características de la cubierta vegetal y se encuentra también en las formas “Maza” (Mazaleón, Mazalcones, Mazapuerros, Mazavieja…), “Masa”, (Masaperal, Masaciega, Masavieja…), “Maja”, (Buey, Cabras, Hurones, Lacabra, Lasno, Conejo, Marcos, Martín, Reina, Sancho…) e incluso como “Maxa”, (Maxais, Maxal, Maxalcaire…) y no digamos nada de “Maja”, ya que nos iríamos a varios miles de nombres, (Majafrades, Majahurones, Majaloba, Majavieja…)

Igualmente, nombres de lugar que contienen “Judío” ó “Judíos” hay numerosos; en una primera revisión he encontrado 504. Hay muchos arroyos barrancos y cañadas del o de los judíos, pero también hay cerros, hoyos y casas. Hay “Judí”, “Judío”, “Judía”, “Judíos”, “Judías”, “Judaicos”… hay de todo; hay “Lomo Judío” y “Lomojudío”, hay “Mediojudío” “Ojo Judío” y “Palo Judío”… En Europa, independientemente de focos de antisemitismo, la imagen del judío típico, ha estado más ligada al ámbito urbano que al rural, pero aquí prácticamente todos los nombres extraídos de la cartografía corresponden a lugares muy agrestes.

Siguiendo la búsqueda, topónimos en los que “iud” toma parte del nombre integral, también son abundantes. Los “viudos”, “viudas”, “viudes” son legión, no siendo raros los que llevan “b” o “m” y variantes como “Labiudi”, “Miudas”, “Miudes”, “Miudeilos”, “Villaviudas”, etc. etc., todos ellos sugiriendo el mismo origen que “jud”.

Finalmente, nombres que contienen partículas de fonética parecida como “Yud”, no son muy abundantes, pero se puede encontrar una docena, desde la conocida Calatayud a Cantayuda, Ayuda, Ayudén, Yudinas o Yudego.

Tercera conclusión: Hay serias dudas de que los “judíos” de la toponimia se refieran a personas de esta raza o confesión, sino que más bien sean un complemento de las piezas principales del nombre, del topónimo, que generalmente es una frase, a veces una oración.

Si se trabaja con sílabas internas, por ejemplo, “taju” como si fueran componentes, no resulta absurda la búsqueda, ya que surgen casi 200 nombres como “Matajuría”, “Tajuya”, “Tajuderos”, “Tajuho”… Incluso “taxu” tiene representación en “Mostaxu”, “El Estaxu” o “Lastaxu”.

Si recurrimos a la cola del topónimo, es decir, a “dios”, la abundancia es sorprendente; “dios” está en todas partes con 410 nombres; hay desde “Ahidios” hasta “Ordios”, pasando por “Dios”, “Remedios”, Gambadios”, “Tildios”, “Dios Chico”, Los Dioses”…

Cuarta conclusión: La toponimia ibérica es riquísima como variadísima es la fisiografía, los paisajes y los ambientes de la península y en las infinitas combinaciones sonoras de sus nombres de lugar, son muy habituales los lexemas “mata”, “taju”, “judi” y “dios”.

En resumen y tras un repaso de nivel “general”, se puede decir que “Matajudíos” es un topónimo genuino en España, que todos sus morfemas son habituales, que guardan un orden coherente y que por lo tanto encaja perfectamente en la sonoridad de la toponimia ibérica (Portugal también tiene numerosos nombres como “Mataladrôes”, “Lobos”, “Mouros”, “Mourisca”, “Porca”, “Câes”, etc..). Llegado aquí, aún antes de avanzar la posible significación del nombre “Matajudíos”, se puede afirmar que el nombre no está significativamente alterado, que su origen puede ser tres o cuatro mil años anterior a la Santa Inquisición, que su significado no es el aparente, y que no significa que en ese entorno se mataran judíos.

Todo apunta a que tradicionalmente los eruditos dedicados a la Toponimia y Etimología, han hecho un servicio deficiente a la verdad y a la ciencia y esto ha sucedido en otras épocas y sucede ahora con mucha frecuencia en los medios académicos, más preocupados de seguir un método de fácil justificación, que concuerde con todo lo anterior que de buscar una verdad difícil, incómoda y generalmente no fácil de admitir por una sociedad que busca explicaciones desde la lengua actual.
Quizás lo grave es que metidos ellos en esa liturgia y convencidos de que nunca se dará con el significado de nombres tan intrincados, ni siquiera son conscientes del daño que causan a la verdadera investigación.

Entrando en el tema social, aunque el tema toponímico es reciente, el “problema” surgido de “Matajudíos” como apellido no parece nuevo, porque ya se desató un escándalo notable hace unos años, cuando un joven colombiano que se apellidaba “Matajudíos” fue acusado en Argentina –poco menos- que de apologeta de los pogromos.

No tardaron en salir eruditos de serie para actuar tanto como defensores que como fiscales; los unos diciendo que de “mata…”, nada, que era “mota…” y los otros, que sí, que se mataron judíos a cientos en la zona de Castrogeriz.
“Mota” también existe en la toponimia, pero apenas hay casos (tan solo 5) con este inicio de frase, dado su significado (dique) y la morfología de las frases en Euskera, tiende a estar al final y nadie en el mundo rural confundiría una mota con un mata.

En cuanto al significado original, aunque es conveniente un examen físico del lugar (fisiografía, hidrología, geología, edafología, procesos…) y de los de nombre igual o parecido, se puede avanzar que es algo parecido a “Pozo de los viñedos apreciados”, donde “Maða” es viñedo, “ðud”, apreciado, de valor social, la “i” es un pluralizador y “Os” es pozo.

Toda la rivera del río Odra es (mejor, era) propensa a la presencia de “ojos”, “balsas”, “pozas” y “lamas” y muy cerca del propio pueblo hay una fuente (Ubierna) que ha sobrevivido a la intensa modificación agraria de las tierras circundantes.
Quizás sorprenda a los eruditos que se hable de viñas a finales del Neolítico, cuando la “cultura” actual nos dice que el cultivo de la uva lo trajeron los romanos… Aparte de los descubrimientos arqueológicos que han mostrado certeza respecto a la existencia de “vitis silvestris” en diversas localizaciones españolas y de Marruecos durante todo el Cuaternario, la inmersión en el Proto Euskera, lo deja clarísimo: Los topónimos relativos a las viñas, son de los más abundantes.

La decisión del pueblo burgalés queriendo expiar sus culpas pasadas y por tanto, resolver el problema consultando a sus sesenta vecinos para que se decanten por la “o” o la “a”, nos parece un derecho, pero también un ejemplo más de ese “abandono de la ciencia” al que antes nos referíamos y un recurso a los chamanes, a los caciques y al mito, por lo que nuestro consejo es que no se cambie un nombre que ha sido transmitido de forma admirable durante cientos de generaciones.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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