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Minaya, !Mi hermano!

Dicen que Roi Díaz de Vivar llamaba Minaya a uno de sus alféreces predilectos, Alvar Fáñez y que tal mote era una mezcla de Castellano y Vasco: “Mi”, mío, del uno y “anaia”, hermano del otro; también dicen que el pueblo en cuestión, Minaya, lleva su nombre por don Álvaro, pero no aciertan a explicar el porqué.

La fantasías de los humanistas son innumerables y lo que mas nos choca a los racionalistas es que el pueblo las acepta encantado, como si le gustara mas el mito que la verdad.

Pero aquí se quería hablar otro posible significado del Minaya de Albacete, un típico pueblo manchego que está al norte de la provincia, en una de esas redondeadas incursiones que hace la frontera de Albacete en Toledo y en sus otros vecinos.

Minaya parece no tener nada excepcional y reconozco que en mis numerosos viajes por la N 301 desde Madrid por La Roda, hacia Albacete y Murcia, nunca se me ocurrió dejar la pequeña desviación que se hizo cuando el “Plan Redia” y que pasaba rozando la trasera de los barracones y mucho menos cuando ya se inauguró la autovía y se pasaba “de largo”.

Pero la singularidad no está en el pueblo sino en el cinturón de curiosas parcelas que lo rodean especialmente por el Sur. En las parcelas y también en los meritorios “cubillos” que adornan con sus pequeñas cumbres como puntas de obús todo el alfoz de Minaya.

Construcciones parecidas las hay en toda España, en el Maestrazgo, en Aragón, en Castilla y León, en Extremadura… Estos cubos, cubillos, chozos, majanos o casillas, son alardes de ingeniería, arquitectura, economía y belleza, que promovía el colono correspondiente que ayudaba durante una temporada al maestro que solo traía con él uno o dos martillos como el de la siguiente figura y un cordel de lino. Martillos hechos por el herrero de algún pueblo en los que se nota la hechura a base de “pudelado”.

Los cubillos cumplían una doble misión; por un lado, concentraban y aprovechaban la piedra que el arado sacaba en cada vuelta y por otro, eran la protección inmediata del viento frío del Norte o del sol implacable del mediodía para el labrador o pastor y muchas veces la vivienda temporal, la cuadra y el almacén de toda la familia. Su nombre, “ku obo” es prehistórico y está compuesto de la raíz sustantiva “ku”, que indica punta, vértice (el “ku” del cucurucho, de la cucaña y del cuerno) y “obo”, con el significado de circular. Con esta forma de construir, se lograba una bóveda de dos curvaturas que asentaba con el peso propio y –si la maestría era buena- con un poco de barro conseguía un notable monolitismo y un servicio asegurado… de siglos.

Pero, ¿Piedra en La Mancha?… Si, la hay aquí y allá, pero lo normal es que escasee. El paisaje general antes y después de Minaya es el de tierras llanas sin apenas roca, como corresponde a esta inmensa cubeta de sedimentos. Es un paisaje de grandes parcelas rectangulares y de grandes alineaciones rectas, pero en un círculo de unos dos kilómetros de radio en torno a Minaya, las parcelas son caprichosamente curvilíneas y sus límites se consolidan con trabajosas motas de piedra que antaño con curvas cerradísimas, hogaño van ampliando sus radios con los nuevos aportes, porque los tractores necesitan más espacio que las mulas para girar…

Todo este conjunto de formas, de prácticas y de edificios que forma un tesoro antropológico y naturalístico, está en grave peligro de desaparecer por esta moda irracional de la globalización.

Los sabios oficiales que han tirado del Cantar de Mío Cid para explicar Minaya, quizás no saben que España está llena de nombres parecidos como Minacaya, Minaina, Minajera, Minarria, Minaur, Minayas, Cuarto de los Minayas, Los Minayas, Encinasola de las Minayas, Casa de los Minayas, Minayeros, Menajo, Menaya… y antes de irse a los comics a buscar soluciones, hay que batir la leche para que cuaje la mantequilla.

Empezando por detrás, la Menaya que hay en Alaurín está en zona urbanizada y ya es difícil leer sus características, pero tenemos varias Minayas, una cuesta pedregosa entre dos terrazas en el Cerrato, Los Minayas, Cuarto y Casa de los Minayas, una zona de tierra de labor entre Munera y Minaya con numerosas islas de piedra o “perdidos” precursores de las parcelas y cubos de Minaya (en la foto siguiente); también en Salamanca, en tierras de Ledesma, hay un berrocal que se llama Encinasola de las Minayas… En todos estos lugares se da la presencia de roca no muy sólida en superficie, roca que admite su extracción para uso constructivo o para mejorar las tierras al retirarla.

La idea me vino porque en el límite Sur en que las parcelas pasan de curvas a rectas, en los planos topográficos viene un lugar llamado “Charcos de los Muchachos”, pero aunque ese nombre es muy sugerente en su segunda parte, ya no quedan en la zona los charcos que anuncia la primera, charcos que quizá hace solo cuarenta años, cuando las “bombas de lápiz” comenzaron a sorber las aguas subterráneas desde 10, 30, 70 y hasta 130 metros, la revalorización repentina de unas tierras pobres por secas animó a sus propietarios a allanarlas a paso de “ripper” para que las ruedas de los “pivots” pudieran trazar esos círculos verdes que denotan el riego, aún algunas primaveras asomarían con agua o, cuanto menos un poco de verdor..

La sugerencia consiste en que “motz atx os” significa “pozo de las rocas cortadas”, pero no he conseguido encontrar mas que unos montículos de piedra que –quizás- el “bulldozer” arrastró hasta ese punto cuando preparaba la tierra para regar.

Fallada la primera pista, las raras hileras curvas de piedras me hicieron cavilar durante meses hasta llegar a plantear que el nombre original del entorno fuera “Men aia” y siendo las vocales “e” e “i” muy propensas a su intercambio, no es extraño que olvidado el idioma primitivo, la forma “minaya” resultara más sonora y atractiva. “Men” indica abundancia, frecuencia, presencia constante y “aia” es una de las formas que adquiere el nombre vasco de la roca incluso en el país vasco actual (por ejemplo, las famosas Peñas de Aia).

Así Menaya era ese pequeño entorno circular en la nava entre los altos Munera y la Atalaya de Cañavate, donde había numerosos afloramientos de roca que los locales aprovecharon con gran eficacia durante milenios.

Lo del alférez del Cid es una bonita historia que con un poco de labia podrán colarla también en otros lugares.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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