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Miribilla

Miribilla

Seguro que fuera del entorno de Bilbao no suena este nombre, pero su tradición es sólida y a pesar de infinitas tentativas para modificarlo, sigue conociéndose así un lugar que ha sido en lo físico completamente alterado hasta el punto de que ya no queda rasgo alguno de su morfología, geología ni del contenido vegetal de su suelo, por lo que al faltar estos datos hay una elevada probabilidad de que los intentos de descubrir su etimología sean vanos.

No obstante esa dificultad, el intentarlo puede resultar un ejercicio conveniente para desentumecer nuestra tendencia a asumir los nombres tal como nos los presentan.

Miribilla, era un entorno físico y un “coto minero” que comprendía varios caseríos y las minas de San Luis, Malaespera y Abandonada y que ocupaba el primer “descansillo” de la subida desde Bilbao, desde el mismo vado y posterior puente de San Antón hacia el monte Pagasarri (contracción de “pago zar i”, el hayedo de hayas viejas).

Con la advocación a San Adrián y a la memoria de tal santo turco (aunque yo lo dudo) se debió de erigir la ermita original que era intermedia a la de San Roque ya en lo alto y a los que desconfiamos de lo oficial, nos lleva a pensar que en el entorno debieron existir simas o cuevas en la caliza meteorizada y rellena de mineral de hierro y otros suelos más ácidos, porque ese nombre (Aterri an, abrigo, cornisa grande), siempre suele estar ligado a ese fenómeno cárstico.

En el lugar de la ermita se edificó una iglesia en los años 60 y ya casi nadie recuerda -ni es fácil encontrar- referencias de aquélla, porque si en un tiempo hubo devoción, los setenta años largos en que la minería destripó las entrañas de la tierra, el barrio parecía más un paisaje lunar que el frondoso castañar que se presume hubo antes.

Ahora, las enormes bóvedas que soportan sobre sí una nueva ciudad, van a ser objeto de visita cultural y de ocio, tanto por su espectacularidad, como por la historia y prehistoria que atesoran.

Cuando alguien se preocupa por cuestiones de la etimología de los nombres, muy frecuentemente se ve “conducido” por lo que yo llamo “La Internacional de la Memez (IM)”; un cuerpo de mediocres cuya misión más importante es la de buscar lo que otros opinaron… y datarlo, hacerlo fecha y dato para que otros lo den por bueno y nada cambie.

Así, aunque todo el mundo diga “Miribilla”, aunque Miribilla sea la voz que ha pasado de abuelos a nietos, la ortodoxa erudición dice que no, que el nombre era Miravilla, porque desde este barrio se miraba la hermosura de las siete calles y porque tal o cual escritor o cronista u obispo se sentaba aquí para ver su “botxo” y así lo dejó dicho.

Miembros de la IM se dedican a ortogonalizar todo lo que creen que está torcido en el Estado y a cambiar bes por uves, eñes por nis, separar artículos de nombres que lo llevaban pegado, poner o quitar haches o introducir cambios integrales cuando los conceptos eran erróneos. Así, en cuantas ocasiones tienen para salir a la ventana, dicen que “el pueblo inculto y vulgar que no entendía la profundidad del sentido de Miravilla, lo trocó a Miribilla por pura ignorancia”.

No se porqué, pero me parece que ese nombre fue muy anterior al siglo XIV en que a un noble se le ocurrió hacer de Bilbau una villa.

El caso es que puestos a buscar topónimos parecidos, solo he encontrado dos auténticas “Miravilla” a secas. Las dos están en León y ninguna de ellas está frente o sobre villa alguna, aunque una sea un cerro. También hay varios arroyos, todos en león y Asturias llamados Miravilla.

Más aún, reconociendo que hay muchos “Miravalles” entre los casi mil topónimos que empiezan por “Mira…” y que sería posible que un lugar prominente se llamara así porque desde él se podría mirar a su valle, es raro, muy raro que no haya un solo “Miravalle” y en cambio sí la forma en plural, cuando la observación de varios valles desde un punto está reservada solo a altos prominentes.

En cambio, la existencia de “topónimos ridículos” como Miraculos, Miracales, Mirabueyes, Miraflor, Miraflores, Mirafrailes, Miragallos, Miraliebres, Miralobos, Miralpeix, Miralpiz, Miramundillo, Miramundo a los Bravos, Mirasivienes o Mira y Vete, sugieren que no estamos traduciendo bien; que ni el “mira” es de mirar, ni el “vete” sugiere que te vayas. Se sospecha que el verbo mirar, no se origina en el latino “mirare” (sorprenderse, tan distinto del auténtico mirar latino, “quaerere”…) ni el “mira…” de la toponimia tiene en muchos de los casos (lógicamente, no en los miradores y miraderos) nada que ver con la observación, sino con la presencia de castañares.

El castaño, árbol otrora dominante que formaba montes mixtos en Bizkaia, desapareció súbitamente tras la gran epidemia de “tinta” de principio del siglo XX y hoy las castañas llegan desde Rumanía y ya casi nadie recuerda las extensas masas Bizkaínas formando rodales o cintas en gran parte del Señorío.

Precisamente, el término “rodal”, profusamente utilizado en los ambientes forestales españoles para denominar a conjuntos monoespecíficos de algún tipo de árbol, con formas que tienden al círculo, se cree que equivale a la forma vasca “billa”.

Así, “Mi ir i billa” se referiría al “rodal de altos castaños” que posiblemente marcaba con su perímetro, un suelo distinto al calizo dominante, un suelo que se había acidificado y se había hecho adecuado para estos árboles; un suelo que podía coincidir con la zona de mineralización del óxido y carbonato de hierro.

En la fotografía del Blog “Tierras de Burgos”, se muestra un rodal relicto de castaños en el pueblo de San Zadornil (Santo inexistente en el Martirologio) que comparte el suelo con pino silvestre de repoblación. La epidemia citada y las alteraciones agrícolas, forestales y mineras, han hecho que los rodales naturales antes abundantísimos, sean ahora muy raros.

Se ha ido su memoria y se han olvidado las castañas, las varas y la hermosa madera de sus troncos, pero algún día será posible recuperar la imagen de los lugares de vocación castañera guiándose de topónimos que sí hacen mención algunas veces a la cubierta vegetal y comprobando si quedan indicios de su polen en capas profundas del suelo que antes fueron pozos.

Así como la forma “Mira…” en la toponimia es muy abundante, las formas con las otras vocales son escasísimas; apenas una o dos docenas, pero si que hay algunos “Miri…” con personalidad, como Miriu Redondo, Plan de Miri, Miriturri, Mirindilla, Miria del Pico, Miriki…, todos ellos en zonas antaño muy castañeras.

Como resumen se puede decir que no es cierto que el lugar se llamara Miravilla; que es mucho más probable que siempre haya sido Miribilla y que se seguirá investigando para encontrar alguna otra referencia física; quizás una docena de granos de polen en una grieta inexplorada.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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