Toponimia

Numancia

Nombre enigmático que aprendíamos los párvulos antes aún de saber lo que era un país o una sociedad.

Numancia era el paradigma de la resistencia y heroicidad de un pueblo entero para no entregarse a los invasores, aguantando más de un año de asedio por un ejército que venía de África, de humillar a Cartago.

Todo lo que sabemos de Numancia se sabe a partir de documentos romanos en los que se denomina “Numantia” y no hay una sola epigrafía ibérica o celtibérica que refleje su nombre y pueda asegurarse que –en efecto- era una ciudad celtibérica según la citan las crónicas romanas.

Los epigrafistas se aferran a la única grafía que “huele” a Numancia (si la primera “u” fuera una “m”) y en la que la transcripción sugiere que dice “nouantikum”, texto aparecido en un trozo de cuenco desenterrado en uno de los campamentos de asedio a Numancia con cuya disculpa arrancan los etimólogos, unos quieren que su significado sea a través de “noma-numa”, pastos y otros, de “uma-umere”, humedad; soluciones ambas cómicas (por genéricas e indefinidas) para denominar a un lugar y por ende a una ciudad.

Hay que comenzar diciendo que durante largos siglos era totalmente desconocida la localización de Numancia, apuntándose a un área enorme que abarcaba desde Tarragona a Zamora. Finalmente, hacia 1860, la localización de evidencias múltiples, tanto de la ciudad como del asedio, la fijó en Garray (Soria), concretamente en el Cerro de la Muela, donde se continúa excavando aunque con poco éxito “productivo”.

Numancia nos ha hecho desesperar a cuantos aficionados a la Toponimia hemos sido los que hemos querido entrar en sus secretos. Yo estimaría en seis u ocho las veces que a lo largo de un cuarto de siglo he tratado de arrancar algún sentido a su sonido.

El caso es que entre los cientos de miles de topónimos de España y teniendo en cuenta que la denominación de Numancia como lugar es del siglo XIX (reciente) y que la otra Numancia, la de La Sagra, antes llamada “Azaña”, recibió el nuevo nombre por acuerdo de sus vecinos para dar un desdén al presidente de la nación a mediados de los años treinta; solo hay un lugar (en realidad un entorno) que tiene esa “rara” combinación, “num”; la parroquia coruñesa de “Numide”. Ni uno mas.

Esta condición, esta rareza, ya apunta a una posible atipicidad, casi a una irregularidad en el nombre de la ciudad-modelo ibérica o celtibérica, atipicidad que se trata de aclarar en los párrafos siguientes.

Los aficionados a la toponimia “masiva”, advertimos con frecuencia a otros grupos que estudian los posibles significados de los nombres tomándolos de uno en uno y basándose preferentemente en epigrafías, que ese método es inadecuado desde el comienzo; que la toponimia masiva  de nombres pertenecientes al sustrato vernáculo, nos muestra de forma inequívoca que de igual manera que algunas secuencias (lexemas) se repiten con pautas indudables, hay otros que nunca aparecen.

“Num” es uno de ellos.

La aplicación de leyes habituales como las sustituciones “n > l”, “o>u”, “m>b”, fracasa con este morfema, lo que hace pensar que nunca fue un lexema, es decir, que no existió.

La única opción que se ve plausible es que los invasores aplicaran una “micro metátesis” y que el sonido inicial fuera “Mun”.

Parece mentira, pero una simple alteración del orden de las consonantes, dispara la producción de topónimos que con esta form llega a ser de nada menos que 1974 que comienzan por “Mun…”; desde la simple Muna a Muncada, Mundo, Munduate, Munera, Munegro, Munei, Muniarán, Munguía, Muniellos, Muno, Muntada, Munuera, Munxelló…, pero también varios cientos con la consonante hermana, “ñ”: “Muñatones, Muñiz, Muñohierro…, como se explica más adelante.

¿Qué es lo que pudo pasar a los cronistas latinos para alterar un sonido poco familiar para ellos y hacerlo reconocible?.

Sencillamente que mutaron el bárbaro “mun” por el refinado “num” que les recordaba a sus “númenes”, a sus deidades y a los poderes mágicos asociados a ellas. Así, “Munaandia” se transformó para siempre en “Numantia” y por Numancia se conoció en lo sucesivo todo cuanto al respecto se escribía en la correspondencia oficial y en los comentarios de los latinos.

¿Hay argumentos para pensar que Munandia tuviera sentido, que significara algo?

¡Si!.

Los “cerros testigo”, a veces llamados “muela”, son un elemento morfológico muy frecuente en la cuenca del Duero en cotas medias, digamos entre los 700 y los 900 metros de altitud, pero no lo son tanto en el entorno de Soria, donde se llega a los 1.100 metros de altitud.

Así, el “Alto de La Muela”, un cerro con más de diez hectáreas de suelo plano que se eleva más de cien metros respecto del cauce del Duero y lo hace por cuestas muy abruptas, era hace tres mil años un lugar ideal para que las élites locales de militares, magos, comerciantes, profesionales y artistas edificaran una ciudad inexpugnable para las fuerzas que entonces se organizaban en España, lugar de mercado y ceremonias al que campesinos, pastores y viajantes aportaran sus productos y servicios y en el que habría una relativa concentración de riquezas y personalidades.

Pero un lugar que –si bien- no permitió a los romanos “asaltar” sus murallas como se hiciera en otras ciudades, fue considerado como objetivo irrenunciable y acabaron con su resistencia mediante un cerco atroz y persistente; un asedio que acabó llevando a los cercados al suicidio y a la destrucción de cuanto pudieron quemar o esconder.

“Muna” es la raíz euskérika relacionada con el abombamiento de la superficie, en la práctica la denominación de una colina, un cerro como el que forma en Garray el “Alto de la Muela”, conocido así desde tiempo inmemorial y que en otros lugares de la cuenca del Duero, quizá hubiera recibido un nombre particular, pero aquí, en la alta Soria donde no hay tantos cerros, se le denominó –simplemente- “La Gran Colina”, ya que la parte final, “andia”, no plantea dudas.

Tampoco sería extraño que la “ñ” muy ibérica por mucho que se ignore en las transcripciones, hubiera estado presente en “muña”, forma que suele aparecer como “complemento” de “muna”, cuando las paredes, las cuestas, son tan verticales en su tramo superior, que forman auténticas “muelas” (como es el caso).

Que la ciudad edificada en la “Colina grande” recibiera este nombre de lugar, no es en absoluto extraño, es una de las leyes generales de la Toponimia.

El horror de las primeras décadas y el abandono de los siglos posteriores, ayudó a que el páramo de la Colina Grande volviera a cubrirse con la vegetación típica de estos lugares cacuminales que solo han sido visitados por pastores y cazadores y que no han sido válidos para la agricultura hasta que los grandes tractores han introducido sus rejas para rasgar las costras calizas y arrancar unas cosechas irregulares.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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