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Obelisco

Obelisco
Piedra larga tallada de una pieza que se coloca enhiesta para señalar un lugar.
Ya Esteban Covarrubias decía a finales del siglo XVII que su nombre procedía del Griego “obelisco”, asador y los sabios actuales no han sabido sacar más jugo al hollejo ya exprimido, por lo que siguen repitiendo lo que el ministro dijo.
Se referían al “obelias” griego, al espeto o espetón, a un pincho plano de madera para asar en la playa, un pincho que recuerda a una espada de juguete en el que se clavan miles de sardinas cada mañana de verano en la Costa del Sol para ser asadas por la brasa de leña de olivo.

Como los pinchos de madera se parecían a los obeliscos egipcios, los primeros griegos que llegaron a Alejandría y vieron grandes agujas de piedra, llamaron como a los pinchos de asar a esas maravillas de la arquitectura y de las obras civiles y los sabios ya no se preocuparon más.
Esta es la teoría que se repite en todas partes. Obelisco de Cleopatra en la orilla del puerto antes de ser trasladado a Nueva York “en un canuto”.

Pero hay muchos cabos sueltos en esa explicación apoyada en la cultura clásica y en la referencia griega exclusivamente y aunque haya cierto parecido “desde lejos” entre los obeliscos egipcios y los espetos de playa, el primero de esos cabos es que los antiguos no confundían figuras geométricas planas con otras que tuvieran volumen; además, apenas usaban los tropos salvo en la literatura.
También eran muy meticulosos con la funcionalidad a la hora de denominar, por lo que denominaciones parecidas implicaban funcionalidades semejantes.
Pero el cabo más importante es que la Europa montañosa e incluso la llana estaba tan plagada de menhires, mojones, seles, cruceiros, “falos” (faros) y otros hitos referenciales esbeltos elaborados a partir de rocas “fáciles” de tallar que cualquier pastor había visto o incluso había colaborado a tallar o implantar alguno, por lo que los obeliscos egipcios, la única novedad que aportaban era su tamaño desmedido y el acabado primoroso de su talla, productos ambos, de una cultura agro-urbana y no pastoril.

Quien haya visitado canteras sabe de sobra que algunas rocas presentan diaclasas, grietas de decompresión, retracción u otros fenómenos casi inapreciables a la vista, pero que los canteros saben encontrar y agrandar mediante cuñas para sacar prismas enteros…
Los grupos humanos han sabido encontrar, explotar y caracterizar estos yacimientos y en muchos casos, no solo se ha determinado de donde procedían lápidas, hitos y mojones, sino que se han encontrado obeliscos y otras piezas colosales abandonados “a medio tallar” en canteras con indicios claros de cientos de otras extracciones con más éxito.

La cuestión es que grandes piedras prismáticas estilizadas más o menos bien talladas, se han usado para señalización y –posiblemente- para otros objetivos desde tiempos paleolíticos y las gentes de aquéllas épocas han sabido localizar las canteras, trabajar el material, transportarlo y erigirlo, habiendo cientos de ejemplos aún de pie y probablemente muchos otros tumbados y ocultos, siendo evidente que si los construían, los conocían y les eran útiles, debían de tener nombre.
Aquí es donde el Euskera se muestra otra vez como el apoyo a una interpretación sugerente, aunque actualmente su nombre “harri-xut” difiera mucho del universal.
Pero pensemos que si el nombre vasco para las canteras es “obi” y si la raíz adjetival “liz” se refiere a la condición de planicidad, “obi liz” está caracterizando un yacimiento en el que se pueden dar planos de diaclasa o de irregularidades durante la deposición, la metamorfización o la litificación de los materiales y obtenerse prismas con relativa facilidad…
El sufijo “ko” indicando pertenencia, correspondencia, completa “obi liz ko” con el significado de “lo de la cantera plana”.
La fuerte componente comercial de los últimos siglos , ha desdibujado la tendencia a la autosuficiencia que llevaba a que nuestros antepasados valoraran mucho la información inherente a los sucesos y a las circunstancias, por lo que en un obelisco, por ejemplo, era más importante saber cómo se había obtenido la pieza, que el contenido de su propaganda.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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