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Palacios en el fango.

La toponimia está llena de palacios.

En España, quitando los palacios de verdad, los adscritos a entes, a nobles o a algunas familias destacadas (unos trescientos), los que quedan aún suben de mil que con diversas variantes y localizados en los lugares más extravagantes nos envían un mensaje persistente que dice que esos palacios no son los magníficos edificios de cuentos de hadas que podría inferirse, sino entornos que la incansable actividad humana ha modificado durante milenios, pero que aún tras esas alteraciones, es posible recrear cómo fueron antaño esos lugares, partiendo de sus nombres y del análisis de formas, topografía, hidrografía y edafología.

Los verdaderos amantes de la Etimología tienen que sufrir mucho, porque los maestros llevan centurias viviendo en el sucursalismo, práctica que consiste en asignar orígenes basándose solamente en la cronología con que una voz aparece por primera vez en epigrafías y renegando permanentemente de la Inteligencia y de otras fuentes – como la Toponimia-y de herramientas como la lengua vasca-, que advierten constantemente de que por ese camino los errores son mayúsculos y el negarse a aceptarlo, además de engañarnos, bloquea el avance científico.

Así, los palacios comienzan a ser mencionados en documentos varios en Plena Edad Media, pero es en el Renacimiento cuando a los estudiosos les da por ordenar documentos clásicos y lo más parecido que encuentran al sonido de esos palacios es el “palatium”, palatinado, colina central o monte palatino de Roma (al fondo de la imagen), que durante siglos acogió notables edificios y –sin más- deciden que los palacios vienen de Roma.

La admiración por la grandeza y ruina de Roma es tal que no dudan que la colina Palatina se llamara así porque acogía palacios y a partir de ahí todos los sabios occidentales se copian y asignan a esa circunstancia el nombre de los palacios.

Siempre ha habido voces discordantes que insistían en que “pala” era voz prerromana o en que los palacios fueron desde el principio edificios protegidos por empalizadas y que de ahí podía venir su nombre, pero nadie les otorgó crédito alguno porque la fórmula romana era más elegante y aceptada gustosamente por los cultos.

No es difícil comprobar que “pala” es voz prerromana y en Euskera significa lo llano, plano, lo horizontal y –además-, “zio” es un sufijo usado mucho antaño y aún hogaño, que significa “por causa de…”, “debido a…”, así que ya antes de cualquier trabajo profundo, si de un simple análisis de la topografía de estos lugares, resultara que el entorno fuera llamativamente plano, previamente a cualquier conjetura cultista la simple consulta a expertos para saber si el terreno es natural, si tal llano es un fondo de una laguna, un glacis, la playa de una rambla o el resto fósil de un área de “loess” y no una explanación artificial dice mucho a favor de un origen prehistórico, siendo probable que quienes lo bautizaron hablaran algo cercano al Euskera, porque el nombre genérico antes de otros complementos o correcciones, significaría algo así como “de planicie destacada”.

Ahora no vamos a tratar del Palacio De Congresos, del de La Magdalena ni del de La Zarzuela, sino de los representantes más distinguidos de varias centenas de palacios y nombres aparentemente derivados, que, claramente no son ni han sido viviendas de lujo, sino que su nombre evoca otras condiciones del propio lugar o del entorno, que se van a tratar de aclarar.

Para ello, de la larga lista de casi 1.200 lugares, se van a seleccionar algunos de los más llamativos, como alguno de los veinte “Arroyo Palacios”, “Arroyo de Palacios”, “Cañada de Palacio”, una de las treinta “Casa del Palacio”, uno de los más de cien “El Palacio”, “Ermita de Palacios”, “La Palacia”, “Trespalacios” (uno de los doce), otro de los cincuenta “Los Palacios”, “Palacete”, “Palacio” a secas (uno de los cuarenta), palacios de municipios como Palacios de Benaver, de Riopisuerga, de Fontecha, de Goda, de Jamuz, de la Sierra, de Valduerna, de Rueda, Salvatierra o del Arzobispo, Palacios del Pan”, ó del Sil, incluso el gracioso “Palaciosmil”, arroyo y población…

En las vegas cacereñas del Alagón hay un Arroyo Palacio de unos tres kilómetros de desarrollo que en su tramo medio creó una llanada de decantación (color claro) a la que debe su nombre. No hay palacio ni casa de lujo alguna en un círculo de más de tres leguas en esos descampados.

En la Sierra de La Filera de León, está el Arroyo Palaciello, a lo largo de parte de cuyo recorrido, (franja verde de vegetación) se destacan varios crestones de rocas verticales, siendo probable que en este caso el nombre no estuviera relacionado con un suelo plano, sino que fuera “pal atxi ero”, algo así como “numerosas rocas planas”, como hincadas en el suelo. Ver fotos aéreas.

Arroyo de Palacios se repite en la zona de Melgar de Fernamental en Burgos, al Norte de Ciudad Rodrigo y cerca de Béjar en Salamanca, en las proximidades de Arévalo (pueblo y arroyo de Palaciosrrubios en la imagen) en la llanura abulense que más pozos de regadío cavó en los años setenta… y en todos estos lugares se repite un rosario de depresiones de forma regular y suelo de origen aluvial que contrasta con el entorno áspero, quedando incluso algunas lagunas que no se colmataron totalmente.

En los Llanos de Cáceres, donde los ríos Tamuja y Almonte se unen y la elevación de las aguas por el Embalse de Alcántara impide ver la antigua vega inundada en la que es seguro que habría numerosas playas, hay una notable concentración de “palacios”: Palacio de las Puentes, Fuente de Palacios, Arroyo del Palacito, Palacito de Don Juan, Palacio de Pedro López…, zona áspera de paramera despoblada y frecuentada solo por pastores, no hay indicio alguno de palacio ni construcción destacada, donde –incluso- la llamada Palacio de Pedro López, no es mas que una zahúrda y nadie sensato puede pensar que el conde de Ayala mandara construir un palacio en tal lugar.

La zona muy llana, aún ahora, cuando esa zona extremeña es de las menos pluviosas, está llena de depresiones a lo largo de los casi imperceptibles arroyos, que los ganaderos han recrecido para formar balsas y “alargar” la estancia del ganado durante el estío. La de la imagen tiene casi 100 metros.

Además de arroyos, hay unas cuantas cañadas que tienen Palacio: La Cañada del Palacio en el Norte de Guadalajara, unió en un tiempo las lagunas que aún se distinguen hasta en verano.

La moderna agricultura que recurre a explanaciones y a grandes movimientos de tierra para hacer las parcelas susceptibles de explotación por grandes máquinas y sistemas de riego, ha borrado de los mapas las infinitas cañadas que antes eran lugares “menos aptos” para el cultivo por constituir conexiones hídricas superficiales y conservar muchos meses al año una humedad notable y una vegetación hidrófila con predominio de cañas, juncos y un cortejo denso de herbáceas, pero los nombres han sobrevivido y en no pocas ocasiones se encuentran comunicando lagunas y palacios como en el mapa adjunto.

Cuando el río Jerte supera Plasencia y entra en tierras llanas, vuelve a haber una alta concentración de “palacios” que hoy en día, regulado el río por el Embalse de Plasencia, esquilmadas sus aguas por los dos canales de sus márgenes y labrado hasta el último reducto de tierra, su vega no podría devolver al estado prehistórico para que pudiéramos comprobar que ni la Casa Palacio del Carmen es un palacio del renacimiento, ni otra Casa Palacio (a secas que no se ve en esta cartografía) ni La Casa Palacio de Santa María son palacios abandonados a medio construir ni la flamante Ribera de los Palacios se refiere a una milla de oro llena de palacios de gentes ricas.

Si pudiéramos volver a una primavera húmeda de hace cinco mil años, no veríamos la modesta “salpicadura” de pozas y balsas que aún sobreviven en las parcelas de labor, sino que la ribera izquierda completa sería como un rosario doble de grandes lagunas casi tangentes entre ellas. Ese conjunto de lagunas con sus tierras llanas intermedias eran los palacios y cuando el término “casa” frecuentaba, no se trataba de viviendas, sino de las costras salinas que algunas lagunas dejaban al secarse.

Hay otra Casa Palacio en el río Cueza de Palencia sin rastro de palacio ni lógica para que allí lo hubiera habido y bajando al Guadiana, donde se le une el Ruecas, vuelve a haber casas y palacios en un lugar antaño frecuentemente inundado, donde a nadie se le ocurriría invertir sus ahorros en un palacio.

Más Casas Palacio hay en Tomelloso, en Benejúzar, en El Mirador, en plena vega de Lorca…

En la casi totalidad de los más de cien “El Palacio” que se pueden encontrar en nuestros mapas se repite la imagen de una tierra muy llana y uno o más arroyos con pozas a lo largo de su trazado, por ejemplo en esta imagen de la vega izquierda del Guadiana entre Mérida y Badajoz.

Entre las casi 10.000 ermitas de España, hay algunas que hacen mención a supuestos palacios como la Ermita Palacios en el plano y fértil valle del río Clarín en Cantabria, donde la vecina advocación a San Miguel nos recuerda a las ranas (“sama igel”, collado de las ranas).

Pero quizás el ejemplo más contundente de cómo la denominación de los lugares se basaba principalmente en la fisiografía y de cómo la intervención humana “desbarata” el trabajo geológico de millones de años, se puede ver en el entorno de la Ermita de la Virgen de los Palacios, localizada en Ainsa, donde los ríos Cinca y Ara se juntan y han depositado ingentes cantidades de aluviones (color crema en el mapa) que el embalse de Mediano tapa parcialmente, pero que aún son perceptibles y donde la voz “palacios” en referencia a llanos aluviales, se ha conservado durante milenios unida a un símbolo venerado.

Los aparentes caprichos llevan a que “palacia” y “palacete” sean también componentes de los nombres de lugar, componentes, que a veces, en lugares de indudable origen vasco, como en “Palaciarán” en Treviño, pero también en La Palacia de Toledo y en Soria, donde como sucede en esta última, quedan vestigios caprichosos como la poza de La Mentirosa, que antiguamente pudo ser “mendi os a”, la poza del borde del monte.

O en la zona del Arroyo Hondo de Chipiona, donde un lugar llamado Palacete (como otra media docena de ellos) está rodeado de charcas en un entorno llano.

Si se aumenta la escala y se recurre a la fotografía aérea, es en todos ellos patente la humedad del suelo.

También hay media docena de “Trespalacios” en España, miento, dos de ellos son “Trespalacio” (sin contar el desaparecido “Trespalacio” de Suances) y están en Asturias, otro está en el Condado de Treviño, el cuarto en Cantabria y los dos restantes en Palencia.

El nombre nada tiene que ver con palacios y mucho menos con que los supuestos edificios estuvieran triplicados, los lugares son o han sido últimamente labrantíos, todos ellos con indicios claros de haber sido tierras de aluvión que solo en épocas recientes se han destinado a algunas edificaciones o a crear polígonos industriales como el de la imagen cercana a Oviedo en el río Caudal.

En esta cartografía no se aprecia, pero en otras escalas no aparece Trespalacio, sino que la zona en que el ferrocarril traza su curva tras superar “La Muela”, es llamada “Traspalacio”. Este tipo de correcciones cultistas son muy frecuentes porque los gestores del Catastro y quienes levantan planos, ven menos absurdo que un lugar se llame “traspalacio” porque se puede postular que alguna vez hubiera uno cerca, en lugar de “trespalacios” que sería una exageración para lugares tan apartados y modestos.

En realidad, el observador puede comprobar que la antigua zona de remanso del río, se llama El Barrial (equivalente hoy en día a “el barrizal”), nombre que apoya la idea de que originalmente el lugar fue un depósito vivo (no consolidado) de aluvión, lo que aún en Euskera actual se dice “terres” con significado de “deslizante”. Así, el nombre original fue con gran probabilidad el conservado en Asturias como “Terres pala zio” (“zona llana y deslizante”) y no Traspalacio ni Trespalacios, como en el resto de los lugares, donde los hipercultos, siempre dispuestos a usar la pluma como una espada, resolvieron la aparente inconsistencia del número, añadiendo una ese… a un nombre absurdo.

En este ensayo no hay espacio para tratar la veintena de Palacios asignados a poblaciones que se citaban al principio, pero merece la pena echarles un vistazo rápido y comprobar cómo todos ellos conservan varias de las señas de identidad de este nombre genérico, como suelos llanos de origen lacustre o fluvial, restos de pozas, lamas y lagunas, a veces numerosas, etc.

Dos muy diferentes pueden ser el Palacios de la Sierra de Burgos que se edificó apoyándose en “El Lomo”, pero rodeado de llanuras aluviales dejadas por el río Arlanza cuando a partir de Vilviestre del Pinar la sierra comienza a allanarse. Hoy en día se han edificado para uso urbano o industrial, zonas que antes se inundaban cada pocos años, pero el recuerdo de sus prados encharcados en los años sesenta, hace fácil recrear aquellas vegas húmedas en las que el agua aguantaba hasta mediado Junio.

Otro ejemplo muy diferente se da en el llamado “Páramo de Horcajo”, en Palacios del Alcor (Palencia), donde la extrema planicie de un suelo ahora seco y que en su día fue una laguna endorreica, en la que no se ve una sola línea de nivel, contiene numerosos hidrónimos como “La Palacina”, Fuente Palacio, el “Hoyo de la Vaca”, en realidad, “laba ka”, o lavajo menor, “La Lama” ó “Las Casillas” (saladar).

Habrá que dejar para otra ocasión las formas “palau” y “pazo” que son igual de frecuentes en los entornos de vegas llanas en que se habla Catalán o Gallego, la primera de cuyas formas si merece un comentario, puesto que en este caso el Catalán ha conservado mejor la forma inicial “pala u” con significado de “agua plana, agua somera”, siendo muy numeroso el topónimo redundante, “Pla, Plans de Palau”.

Como resumen se puede asegurar que con excepción de los neo topónimos en los que “palacio” se refiere con certeza a edificaciones suntuosas, unas cuatro quintas partes de los palacios, pazos, palau y derivados que se encuentran en la toponimia son prehistóricos y describen una situación de las aguas superficiales y su modelado, que se repetía en numerosos lugares y consistía en aguas someras generalmente estacionales que formaban lamas, lavajos, lagunas, pozas, ensanchamientos de ríos y arroyos y amplias zonas de vegas anastomosadas, formaciones todas ellas, que cualquier aficionado puede descubrir.

Esta curiosidad no se agota en España sino que en Francia, la topografía más suave, si bien no genera tanta abundancia, hay casos notables tanto en la forma oficial, “palais” como en otras variantes tales que “palass…”, “palazz…”, en Portugal como “palaço…”, “palácios”, “palhais… e incluso en Italia con “palazzo”, “palazzina”, “palazzon”, donde sucede lo mismo, que no siempre son edificios soberbios sino simples lugares modelados por el agua.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

2 Comments

  • Para reafirmar la interpretación que
    has realizado comentar que Fernando González Bernáldez, catedrático ecólogo, fallecido en 1992, trabajó ampliamente en la ecología de humedales y pastizales.
    En uno de sus libros, ya descatalogado, titulado «los paisajes del agua, terminología popular
    de los humedales», define los topónimos de raíz Palud, Palus que el observa en la geografía de la Península Ibérica como terreno aluvial, encharcado e inundable.
    Lo cual viene a confirmar que desde 2 disciplinas distintas, la toponimia a través de la lengua vasca y la del naturismo representada por Bernáldez , se ha llegado a similar conclusión.
    Se puede observar como está todo interrelación a do y como el ibérico, el euskera, es una herramienta de gran utilidad para la ciencia e investigación.
    Gracias por tus aportaciones Jabi, ánimo y un saludo desde Pucela.

    • Fernando perteneció a una generación de naturalistas que fue derrotada por el consumismo. Con él y otros botánicos aprendí a leer los vegetales y sus asociaciones, a admirarme de los sistemas complejos y de su estabilidad y a lamentar continuamente la agricultura que practicamos, la desastrosa política forestal que tenemos o lo que sufren los árboles urbanos cerrados entre pavimentos herméticos.
      Por cierto, he encontrado unos documentos que presenté hace una década en un grupo que luchaba contra el fuego y ante nuestra gente de Castilla y León con idea de aprovechar los restos vegetales para generar energía y rebajar los riesgos de fuego. Veré cómo los puedo colgar en Eukele.

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