Caza y Pesca Prehistoria Toponimia

Pamplona, Iruña

Cualquier colegial te dirá que Pamplona se llama así porque… “la fundó un general romano llamado Pompeyo unas décadas después de la muerte de Cristo”. También te dirá que el poblado que había antes allí se llamaba Iruña y que era de rudos vascones difíciles de doblegar.Por supuesto, yo también lo supe cuando apenas tenía diez años, aunque nunca me convenció.

Me parecía “precipitado” aquello de que llegara un Coronel o un General de un ejército conquistador, reuniera a unos cuantos nativos traidores y les dijera que iba a cambiar el nombre de su aldea…

Luego el general se marcharía para siempre y el nombre tendrían que usarlo los vecinos… ¿Así, sin más ni mas? ¿Y si no les gustaba o les parecía largo o difícil?

Es verdad que Estrabón habló de Pamplona llamándola “Pópelon”, pero lo hizo antes de que naciera Pompeyo…. Decía que era una ciudad grande y –no sabemos si de broma o de veras- la llamaba también “Pompeio polis”. ¡Quizás no fuera nada más que un juego de palabras… que ha trascendido!.

La primera referencia española que he encontrado para esta explicación está en el Diccionario de Covarrubias de 1611, donde dice ser la antigua Pópelon, luego Pompeiopolis por haber sido reedificada por Pompeio; desde entonces, los sabios españoles se han roto la cabeza para descubrir con mil movimientos adelante y atrás, la ruta que ha podido seguir el nombre de Pompeyo para llegar a Pamplona y de sus cavilaciones ha salido un parto como el de los montes: Pompejopolis, Pampeiopolis, Pampelo, Pampelona, Pampilona, Pampalona, Pampelone, Pampeluna, Pampelune, Pampilo, Pamplon, Pamplona, Pompelo o Pompilone… Ahí es ná, a casi un nombre nuevo cada ciento cincuenta años.

Estas componendas con tanto esparadrapo nunca me han convencido a la corta e incluso me han incomodado –a la larga-, incomodo que acaba provocándome unas ganas insuperables de saber, de investigar.

Quienes disfrutamos recorriendo la toponimia ibérica, solemos empezar cualquier análisis, buscando si hay o no aquí o en cualquier parte del mundo un nombre de pueblo o de monte, de predio , de río o de mar que suene o se escriba igual.

¿Y Pamplona?

¡Pues si que hay!. Al menos hay tres Pamplonas en España con todas las letras, con el sonido íntegro idéntico.

Una es el pueblecito navarro de “Salinas de Pamplona” acostado contra un cerrito y mojado en el río “Elortz, apenas a siete kilómetros de Pamplona y los otros son dos modestos predios localizados en Aragón; uno en tierra en Épila a la orilla del Jalón, que se llama exactamente igual, Pamplona con todas sus letras y otro que se dice “Dehesa de Pamplona” unas docenas de kilómetros hacia el Este, cerca de Muel.

¿Llegarían estas humildes ladera de secano a ese nombre tan pomposo tras un recorrido como el de “Pompeiópolis, Pampelune…”?

¿Y, aparte de nombres iguales, hay otros parecidos, e incluso muy parecidos?

Pues también los hay: Pampalona (sierra y obaga). Pamplana, Pampana, Momblona, Camplona, Pampliega, Piplona (La) y muchas Pelonas y Doblonas…. También Cimplona y muchas otras variantes; en total unos sesenta sin contar Portugal, Marruecos ni el Sur de Francia.

En la lejana Zamora, en el valle del Esla, abunda la denominación ora Camplona, ora Canploma para diversas tierras de “pan llevar”. La zona es rica en afloramientos de agua, lo que indica la existencia de un acuífero somero.

En la parte de Teruel que entrega sus aguas a las cuencas mediterráneas, en lugar de hacerlo a través del Ebro, en un interfluvio entre barrancos cercanos al río Guadalope, queda una mínima expresión de lo que un día fue un humedal colgado entre barrancos (La Hoya). Aún queda lo que llaman “una balsica” de apenas 25 metros; le llaman “Balsa Pamplonica”.

En tierras palentinas, entre el Pisuerga y el Carrión, en un glacis cuajado de ríos que bajan de la sierra y que apenas se separan quinientos metros uno de otro, está una tierra que se llama Valdecimplona. No destaca mas que por eso, por ser una especie de terraza entre ríos y por tener el agua a mano.

El que existan variedad de topónimos con varios fonemas idénticos, es una señal inequívoca de que esos sonidos eran familiares para los usuarios, que no les parecían extraños y que eran fáciles de pronunciar y recordar.

Pero más allá de la identidad plena, hay otros rangos de proximidad que también conviene investigar.

En este caso, los más llamativos son los del tipo “ambrona” y los parecidos a “pelona”. La sustitución bidireccional de “r x l” es muy frecuente y aplicada de forma ininterrumpida por diversos grupos culturales y étnicos. También es muy corriente la contracción – metátesis, “pel, pelo” a “plo”, de manera que topónimos como “Ambrona y Pelona”, muy frecuentes y que nos resultan familiares por lo del hambre y el pelo, han de añadirse al grupo de las Pamplonas, Momblonas, Camplonas y Pamplanas.

El cerro y sierra de La Pelona, son dos accidentes geográficos mínimos pero perceptibles en la llanura toledana que están rodeados de tierras también llamadas “Pelonas”. Algunas de estas “pelonas” tienen un rasgo claro que coincide con una voz euskérika ya en desuso: “anbel”, que se usaba para nombrar a ciertos puntos “especiales” del terreno, donde una tabla o llanada superior se cortaba bruscamente y “sin avisar”, propiedad que se aprovechaba por los antiguos nómadas para cazar en forma “social” o para eliminar a ciertos animales mediante su acoso y despeñado.

No es difícil la evolución desde “anbel” (despeñadero) a “be-anbel” (bajo el despeñadero), “ba-ampel” al someterse a la academia española a la “m” antes de “b” y por metátesis “bample”, “pample”, hasta “pample-ona” y “pamplona” al recibir el distintivo “ona”, buena, destacada.

Basta cruzar el estrecho y superar Tánger hacia el sur, para que aparezca el majestuoso “Cabo Espartel”, también conocido en la antigüedad como “Monte Ampelusía” y echar un vistazo a su vertiente Norte que muestra (foto 1) una prolongada cresta formada en el hundimiento de un anticlinal, que constituye un larguísimo despeñadero, “anbel-lusía” (de “luz”, largo).

Foto 1. Imagen de principios del siglo XX en que se ve el relieve y el corte

Foto 1. Imagen de principios del siglo XX en que se ve el relieve y el corte

Si nos vamos a Francia, al departamento de Isére, veremos que hay un recorrido pedreste, uno de esas rutas que hacen cientos de caminantes cada día para disfrutar del paisaje, que pasa, se detiene y recrea en una especie de balcón soberbio que se llama “ambel” y que consta de una llanura cacuminal y un cantil abrupto como el de Ampelusía.

Foto 2. Paseantes disfrutando de las vistas en Ambel

Foto 2. Paseantes disfrutando de las vistas en Ambel

Este tipo de rasgos, cuando coincidían con otros propensos para la presencia de rebaños salvajes, eran aprovechados por los merodeadores ocasionales, no solo en África y Eurasia, sino incluso en los Estados Unidos, donde eran conocidos como “buffalo cliff over” para cazar por medio del despeñado de rebaños enteros. Foto 3.

Foto 3. Recreación de un “buffalo cliff over” en el medio oeste americano

Foto 3. Recreación de un “buffalo cliff over” en el medio oeste americano

Con cierta dosis de curiosidad no satisfecha, se ha de descartar (a priori) que Pamplona venga de Pompeio y se ha de apuntar a un posible significado “funcional” en la lengua prerromana tal como sucede en la mayor parte de los demás topónimos.

Para acercarse a un significado lógico, hay que buscar en lo posible características singulares que aún sean perceptibles.

Tras el “lifting” aplicado a “anbel”, lo indicado es hacer un rastreo intensivo de la morfología, litología, procesos superficiales, hidrografía y señales bióticas que pudieran existir –digamos- en uno o dos kilómetros cuadrados alrededor de la localización central del topónimo raíz.

Si fuera posible también es conveniente investigar la cota del río Arga y sus oscilaciones en los últimos miles de años, la presencia de ciertos pólenes en los barros y fondos de charcas, posibles hueseras o desholladeros, los indicios de industrias líticas o de asentamientos, en fin, todo lo que pueda ayudar a crear una imagen diacrónica, espacial, funcional y social de un entorno que se presume muy rico y lleno de indicios.

En un entorno intensamente modificado desde hace al menos dos mil años, eso es –obviamente- difícil pero no tiene porqué ser imposible.

Imagino que muchos de nosotros hemos recorrido Pamplona y su muralla Norte en las vísperas de San Fermín, habremos mirado a lo lejos y al valle desde el mirador del Caballo Blanco y desde el baluarte de Guadalupe. Seguro que incluso habremos meditado sobre el arraigo tan fuerte de la costumbre de correr toros y llevarlos hasta la plaza. Los más imaginativos habrán colgado sus piernas en el vacío mirando el forzado meandro del Arga que se extiende cuarenta metros más abajo y habrán evocado la construcción del soberbio muro que se adivina fue adosado contra un acantilado, cuyo trazado se ha sugerido en amarillo bordeando “La Muela” de Pamplona sobre la figura del mapa adjunto.

Figura 1. Mapa actual.

Figura 1. Mapa actual.

Ya en tiempos históricos se ejecutó una muralla inexpugnable, pero ¿quién impide pensar que cuatro, cinco o diez mil años antes se corrieran manadas de vacas salvajes acosadas con fuego, piedras y lanzas hasta hacer que se despeñaran cantil abajo?.

¿Y que –de tiempo en tiempo- se juntaran en humeantes campamentos en la playa bajo “El Redín” (aún se llama “playas” a varias zonas de la cuesta) varias tribus viajeras para darse un festín de carne fresca, casar a sus jóvenes y contarse las peripecias de los últimos años?.

Me atrevería a apostar que de ahí arranca la tradición (repotenciada) de San Fermín.

Pamplona; su casco viejo que a la sazón sería una preciosa atalaya verde cuajada de pastizales y al fondo, al norte el barranco, parece entorno inmejorable para la “caza social”: Un despeñadero ideal.

No es difícil realizar algunos sondeos y reconstruir con gran precisión cómo sería ese relieve hace diez mil años.

Vista de la colina o muela de Iruña desde el Noroeste. La erección de la muralla y la construcción urbana no han podido enmascarar la potente morfología que hizo atractivo este lugar.

Pero aún hay otros detalles que se escapan.

Pamplona no es Pamplona sin Iruña (o Irunea, como se han empeñado en rebautizarla ahora los académicos para diferenciarla de otras Iruñas).

Iruña es un topónimo mucho menos alterado que Pamplona; tan poco, que se puede decir que está intacto.

Las tentaciones antropófilas de nuestros académicos les llevan a ver la obra del hombre por doquier. Tienen una propensión como magnética a ver referencias a ciudades y pueblos por todas partes. Allá donde haya un “Iri”, “Uri” o “Iru”, se concluye que hubo una urbe; por lo tanto, “Iruñea” ¿Qué mejor significado que buena ciudad?…

Nada más distante a esa moda es lo que comienza a aportar el análisis de la fonética con los nuevos morfemas del Paleo Euskera o Eukele: Los asentamientos, las construcciones y edificaciones eran bautizadas con los nombres consolidados del terreno; heredaban su designación de lo que mejor caracterizara al sitio en que se erigían. No hay indicio alguno ni de nombre genérico como “Ciudad bella” o “Rica” o “Segura” ni de tal o cual benefactor; nada de ese tipo.

El caso de Iruña no es diferente.

Su significación está inequívocamente relacionada con la morfología de esa colina que ahora se llama “El Redín” y sus tres caras que miraban al Este, Norte y Oeste.

Su significado no puede ser más sencillo y transparente: “Triple Muela”, de “iru”, tres y “ña”, corte, muela, es decir, una colina con acantilados en tres caras; el frontal, como la proa de un barco sería el paradigma de los despeñaderos; abajo, las tribus provistas de cortantes lajas de sílex de Urbasa, mirarían con ansiedad a la carne que vendría del cielo.

Cuando llegó Pompeio a la colina de Iruña y miró hacia la vega y las tierras al pié de este mirador, hacia Pamplona (Be-ampleona, Pamplona), ya habían pasado milenios desde que esos lugares habían escrito sus primeras historias y habían grabado sus nombres en el imaginario popular para siempre.

A Pompeio le debió impresionar el sitio y sus tradiciones y no es de extrañar que sus lugartenientes le hicieran chistes con su nombre y el que aquellos vascones salvajes daban a su ciudad y entorno.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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