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Parentescos y linajes

Es de ley que apenas nos preocupemos de saber de donde proceden las palabras cotidianas, sintiendo más curiosidad por las raras. Esta es la tónica incluso en las voces que manejamos para precisar parentesco o algún tipo de contrato social como cuñado, yerno, nuera, tocayo, sobrino, tío, primo, e incluso hijo, hermano, padre o madre, que –casi siempre- nos las cuentan como procedentes “sin duda” del Latín, por lo que esa seguridad colabora a hacernos perder el interés por buscar.

Tal tendencia se manifiesta también en el Euskera, donde una de las voces que se consideran primigenias, “aita” (padre), es discutida con reiteración porque los estudiosos no la ven en ninguna de las líneas patrimoniales que manejan. No es extraño que la búsqueda racional lleve a frustraciones a los investigadores porque se suele querer trasladar la forma actual de vida con sus valores y peculiaridades a la época en que se crearon las voces a partir de conceptos distintos, época en que ni el objetivo de seguridad ni la supervivencia particular o general ni el modelo de familia tenían mucho que ver con los de ahora (que son los de los últimos tres o cuatro mil años).

Este “aita” que todos quieren relacionar con una línea genética directa (pareja de la madre “ama” y engendrador del sujeto), no se ajusta a la sonoridad, jerarquía y voces derivadas esperadas, quizás porque –como se verá al tratar de “uncle”- su nombre expresa más el de un personaje sabio o experto en el que radica en gran parte la supervivencia del grupo prehistórico, pero que no tiene porque ser un padre biológico.

La mal llamada “Edad de Piedra”, porque de ella quedan poco mas que restos minerales y alguna bolita de oro, descansaba en tres elementos físicos fundamentales, las pieles tratadas para hacer vestidos, recipientes y cubiertas, los tendones y tiras de piel curadas junto con una gran variedad de nudos utilísimos para atar, pescar o sujetar y las lajas de sílex hábilmente talladas, que un maestro podía obtener en gran número de un solo nódulo bien tratado. Estas lajas afiladas como escalpelos eran imprescindibles para desollar una pieza, sajar la planta del pie para extraer un pincho o afilar un arpón; ¡para todo!.

Pero tenían el punto débil de su fragilidad, por lo que un personaje imprescindible era el del tallador de lajas; alguien quizás viejo y con poca energía pero con el don de elegir bien el punto donde se debía golpear la piedra para extraer esa cuchilla que los elementos vigorosos del grupo necesitaban continuamente: “Ai ta”, imposible mayor precisión y brevedad; “ai” es el nombre elemental de la peña que luego daría en “haitz” y “ta” es el golpe que genera un tajo, una esquirla.

“Aita” era la garantía de bienestar del grupo, porque –seguramente- además de saber tallar el sílex, sabría conocer la estructura de las rocas para buscar nódulos o filones allí donde fueran abundantes y conocer en las playas de los ríos a dónde irían a parar las piedras rodadas de ese material.

Cuñado es otra voz importante, una voz de moda desde que algún cómico la hizo viral en televisión. Formas parecidas a cuñado las usan solo las lenguas ibéricas, porque las demás, prefieren variantes complejas como “brother in law, beau frére, fratellu…” que explican que la relación es debida a un acuerdo o ley; no obstante los sabios oficiales quieren que el expresivo cuñado venga de “cognatus” (unido por la sangre), algo que en los cuñados no sucede, cosa absurda y que trata de endosar la torpeza del término a los antiguos en vez de reconocer que esa no es la explicación.

Esta forma de contaminar la Cultura, es una “delincuencia suave” que se practica con una total convicción de la supremacía de sus agentes, pero las consecuencias son infames porque ayudan a triunfar a la mentira.

“Kun” en Euskera es la abreviatura simbólica del sexo y “ato”, el nombre del esparto y de su significado como elemento de enlace y atadura, así que “kun ato” es aquélla persona que por tener relaciones sexuales con tu hermana, merece un grado de parentesco, significando lo que es, “enlazado por el sexo”, no por la sangre.

Estos sabios han decidido también desde hace siglos que el “tío” del Castellano, Gallego y Portugués y los “ziu, zio” de corsos, italianos y malteses vengan del “thios” Griego, pero, ¿porqué no es al revés si hay la misma distancia de aquí a allí y además, ninguna de las lenguas “védicas” (“caca”) usa nada parecido a la forma helena, como no la usan otras lenguas latinas ni la mayor parte de las germánicas o el Esperanto que manejan cosas parecidas a “uncle”?.

¿Uncle digo?; pocas voces están mejor disfrazadas que las variantes de “uncle” que arrasan desde el Catalán al Francés pasando por el Inglés y otras lenguas germánicas y latinas como el Rumano, donde dicen “unchiule”, jurando que todas ellas vienen del Latín “avúnculus” que nadie sabe explicar ni siquiera metiendo por medio al “avus” (abuelo, que también es producto de la sisa).

“Ab” es la raíz más simple de la idea de parentesco en Euskera, punto, igual que “un-una-unatú” es la idea, la plasmación y la acción de guiar, adiestrar , de prepararte para buscar a tu grupo si lo has perdido y “ko-ku” es el pronombre relativo que enlaza “ab un ku” para crear el significado de “el pariente que adiestra”, antiguamente el tío, el hermano de la madre, ya que en las sociedades sin patrimonio inmueble, las sociedades nómadas y ganaderas del Paleolítico y Mesolítico, las mujeres elegían a sus parejas con albedrío muy libre, de manera que de lo que había seguridad era de que el hijo no era del hermano y se consideraba que la educación dada por alguien con parentesco pero que no fuera progenitor, era mejor para el niño y la sociedad.

Así, los latinos tomaron el “ab un ku”, le pusieron su ortografía y le añadieron el diminutivo cariñoso y ya tenían el tío “avúnculus”.

Otras naciones tomaron solo la parte central “unkul” que dio lugar a esas numerosas variantes que hasta el triste Esperanto ha copiado como “onklo”.

Conviene recordar que la forma preferente que ha sobrevivido en Euskera para desinar al tío, es “osaba”, evolución de “uz ab a”, donde “uz” es el albacea, el que regenta el poder sobre alguien y “ab” es el pariente, así que “osaba” equivale al “ab un ku”, porque ambos modelan al niño.

No sería de extrañar que también sobrino que solo usamos en Castellano, Gallego y Portugués, para el que hacen malabarismos y meter en él la hermana “soror” y la desinencia “inus”, mientras casi todos los demás usan variantes de “nepot”, tenga un origen distinto, como lo tiene una de las voces más castizas, “tocayo”.

¿No te fastidia que se empeñan en que una expresión jocosa del pueblo que para los que comparten tu mismo nombre dice “parentesco de casualidad” a partir de “toká”, paradigma de la suerte o coincidencia casual, de “aid”, pariente y el verbo de acción, “djo”, venga de una frase cursi que decían en las bodas patricias romanas: “ubi tu Gaius, ego Gaia” .

Para terminar es oportuno analizar si es plausible que la orden genérica de los “abades” venga desde el Arameo a través del Griego y Latín, como gusta a los académicos para “cerrar” un periplo totalmente definido por ellos; la cosa es que las voces del tipo “abate” para designar a los curas o a los ministros de Dios son comunes en todo el occidente. En la península Ibérica, Portugués, Gallego, Castellano y Vasco le llaman “abade” y solo el Catalán le llama “abat”.

A partir de aquí, hay numerosas variantes en las cuales cambia la coda, pero no el comienzo: Los franceses dicen “abbé”, irlandeses y escoceses, “abb”, siendo los únicos que prescinden de las dentales y ya todos los demás varían desde “abt” hasta “apatti”, pasando por “ abat, abbat, abbate, abbati, abatu, abats, abatas, abade, abbas, abbed, abbot, aboti…”.

Para encontrar formas distintas hay que ir al Griego y alguna lengua eslava (con “igoumenos” y similares) o al Rumano, que tiene algo muy distinto y que suena “staret” con una “s” inapreciable.

La cosa es que la internacional indo europea quiere que el nombre venga del Este y para eso, todos sus miembros explican que todos hemos copiado del Arameo “aba”, padre, primero en el Griego “abba” y luego en el Francés “abbé” y en el viejo Sajón “abbo”.

Nadie da fe de donde procede la parte final, el “de, te”, de la mayor parte de las formas en otros lenguajes y cierran la historia explicando que San Jerónimo el Dacio que sabía además de Latín, Hebreo, Griego y Arameo, así lo aseguraba en alguna epístola.

Aparecen dudas por todas partes, la primera, que en Rumanía precisamente, de donde venía Jerónimo, se usa la forma radicalmente distinta que se acaba de ver. La segunda, que en Griego, la forma de mencionar a sacerdotes o padres podía variar entre “igoumenos, papás ó pátera”, pero no “abba”. La tercera, que es muy raro que los más occidentales tengan formas más completas que las de los orientales de donde se supone que viene la idea…

Nadie ha consultando al Euskera, persuadidos de que es una lengua de un rinconcillo sin proyección en ninguna parte, pero deberían hacerlo porque esta lengua lo explica con nitidez sin cambiar en absoluto nada de lo que exhiben las formas ibéricas occidentales: “Ab a” es la raíz principal con significado de parentesco; “el pariente” y “de” es la idea de divinidad, así que “aba de” nos explica que la persona a quien se denomina así, es “el pariente de Dios”, alguien cercano al Supremo.

Es gracioso, pero los hijos de inmigrantes en Euskalherría hace cuarenta años, tratando de buscar un espacio intermedio entre el “papá” castellano y el “aita” vasco, llamaban “apa” a sus padres y –sin darse cuenta- posiblemente dieron con la forma vasca ancestral que prefirió ceder ante el poderoso “ai ta”, que se acaba de explicar equivalente a “tallador de piedra”.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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