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Portugalete singular: Jarrilleros

Portugalete singular: Jarrilleros

 

La villa bizkaína de Portugalete tiene una personalidad muy marcada que no solo tiene que ver con una localización y morfología peculiares, sino con una historia de la que hay pocos registros aunque muchos indicios.

 

Casi todos los eruditos de gabinete quieren ver en el nombre de Portugalete huellas de portugueses, galos o galeotes aunque no aciertan a colocar a lusos, franceses ni otras chusmas en el tiempo o en la función. Esta carencia es debida a que la forma tradicional de estudiar el pasado buscando flecos latinos, griegos, celtas, godos o árabes no es la adecuada.

 

Un paseo por la toponimia ibérica nos sorprendería porque solo en la toponimia española hay casi una millar de nombres iguales o muy parecidos (Portugal, Portugaleses, Portugalesas, Portugalejos, Portugalet, Portugalete…).

 

Exactamente “Portugalete”, hay hasta seis y no fueron los romanos ni los celtas, galos ni godos de paso por estos solares quienes los pusieron, sino unos antepasados comunes que conocían el territorio porque lo pisaban, lo reconocían y lo necesitaban.

 

Todo eso sucedió durante milenios, mucho antes de que las tribus se transformaran en pueblos y se sedentarizaran; milenios antes, pero los nombres perduraron soportados por la lengua hablada con mucha más fidelidad que otros nombres que fueron trascritos por cronistas extranjeros y que ahora apenas son reconocibles en epigrafías muy deformadas.

 

Entre los portugaletes tenemos:

 

  • Una aldea en Mondoñedo, Lugo
  • Un monte en Ponte Candelas, Pontevedra
  • Una aldea en Chantada, Orense
  • Un barrio de Muros, Coruña
  • Un barranco en Málaga
  • Un lugar en la ribera del Guadalhorce, Málaga
  • Un lugar en Alozaina, Málaga
  • Portugalet en la serranía de Huelva
  • Portugalejos entre Badajoz y Sevilla (varios mas).

 

Otro día trataremos la etimología de tanto nombre de esta familia, porque hoy toca analizar el porqué de la denominación de “jarrilleros” a los nativos de Portugalete.

 

Este gentilicio es muy conocido en el pequeño ámbito de la ría del Nerbión, aunque un poco más lejos se disipa y los nativos de esta villa se conocen solamente como “portugalujos”.

 

No parece importar a los portugalujos el que tan solo a unos kilómetros se desconozca esa denominación tan arraigada en el ramillete (“erramillete, erramillete, Santurtzi Bilbao y Portugalete”) de pueblos que lo rodean, ya que ellos defienden con ahínco no solo el ser jarrilleros, sino la explicación pintoresca que les enlaza con una mitología reciente.

 

El afán de los más letrados por ofrecer al pueblo una explicación del porqué de de ese y otros apelativos aparentemente emparentados con objetos, lugares o funciones, lleva a estos sabios a precipitarse a lo fácil para dar al pueblo lo que está esperando, algo gracioso y jovial; a seguir las líneas académicas y a “tirar” de la cultura dominante, la que comienza buscando en las lenguas clásicas, para seguir con los romances elaborados, buscando, digo cualquier relación fonológica que resulte familiar para luego preparar una leyenda y satisfacer el hambre superficial de conocimiento del pueblo a sabiendas de que lo que la masa quiere es tan solo una explicación fácil de recordar y que la preocupación por una verdad profunda, a la par que aburrida, puede resultar deprimente.

 

En este proceso, el Euskera suele resultar dolorosamente marginado ante la convicción general de que es una lengua “de andar por casa” y desprotegido por una “academia” que aparte del nombre (zaindu que debería equivaler a proteger), no tiene entre sus objetivos el de buscar cuantos indicios y rastros de nuestra Lengua hay repartidos por infinidad de disciplinas y lugares.

 

Nuestros académicos son meros funcionarios, archiveros que no quieren malearse con novedades que otros criticarían y lo hacen más por ignorancia profunda del tesoro que guardan, que por pereza o intencionalidad maligna.

 

El caso es que nuestros sabios ven en las “jarrillas” de las que los portugalujos –según dicen- bebían sidra, la explicación al gentilicio “jarrillero”.

 

No importa que el sentido común nos diga que la función de la jarra es la de contener o servir agua, vino o sidra, para lo cual han de tener “pico” y “asa”.

 

No importa que la elaboración de las jarras sea mucho más compleja y delicada que la de vasos y tazas de cerámica (la vajilla habitualmente usada para beber por su economía, ergonomía y facilidad de limpieza).

 

No importa saber que sí que ha habido jarritas (no jarrillas) para beber, pero que eran de plata o estaño y solamente accesibles a los poderosos y que las jarras de madera, los “kaikus” de los pastores, no eran apreciados para la libación por los olores que dejaban de usos anteriores, olores que desvirtuaban la apreciación de las peculiaridades de vinos cervezas o sidras.

 

No importa saber que había formas “colectivas” de beber en porrones de cerámica o vidrio, porque lo que interesa a los promotores de las “jarrillas” es satisfacer una carencia informativa con una leyenda que suene a alegre y mundana. También interesa a estos sabios agradecidos inculcar la “inocente” idea de que los nombres de lugares y de cosas proceden del Latín o del Griego o –como mucho- del Godo, Árabe o Hebreo, pero nunca del Euskera, una “…lengua de huraños endógamos, que nunca pasó de los límites de Huesca a Cantabria y de Aquitania a Larrioja”.

 

Así se inventó (sin que nadie recuerde cuando) eso de que en Portugalete se bebía sidra en jarrillas (también que los naturales de Haro en esa cercana “Larrioja” se conozcan en el entorno cercano como “jarreros” porque a alguien se le ocurrió asegurar que los vecinos iban por las calles con un jarro de bodega en bodega, cuando todo el mundo sabe que el vino se despachaba en pellejos o en cántaras).

 

La feliz idea jarrillera triunfó y a cuantos amigos he preguntado sobre el peculiar gentilicio les sonaba el asunto de los mozos bebiendo sidra en jarrillas y ninguno quería cambiar el mensaje. Por eso es dura la investigación, porque el mito es como el tatuaje, que con la vejez de la piel gana en perspectiva y si alguna vez fue vulgar, con el tiempo parece una obra divina.

 

Pero el escaso kilómetro cuadrado de suelo que pertenece a Portugalete es mucho mas que un pasado de manzanales, tabernas y alegres cuadrillas. Su escudo muestra una nave comercial a vela y eso significa mucho.

 

Hagamos un viaje de seis, ocho o diez siglos atrás.

 

En aquélla época apenas había poblaciones ribereñas del mar. Acaso algunas bien protegidas por murallas como Ondarribi, Getaria o Bermeo o a las que el acceso no era fácil como Pasaia, Orio, Zumaia, Ondarroa, Lekeitio, Plentzia o Portugalete.

 

Sabemos que sí había poblaciones portuarias “rías adentro” como Ernani, Lekeitio, Gernika o Bilbao que ahora son impracticables porque la costa ha emergido más de lo que ha subido el mar.

 

Los historiadores aseguran que era el temor a los ataques de piratas lo que evitaba la proliferación de asentamientos costeros modestos sin capacidad de defensa, lo cual no carece de lógica.

 

Pero, ¿y Portugalete?.

 

Aunque “fundado” en el siglo XIV, no hay quien dude de que siglos atrás ya había una población estable e incluso un casco urbano con varias calles.

 

Portugalete era la única población de entidad en el entorno de la desembocadura porque a la sazón, solo Mamariga era una aldea conocida y citada; Santurtzi era apenas un punto, una “bonita aldea”; Zierbena, lo mismo, Algorta una cañadita con cuatro casas muy pobres, Neguri no existía, Areeta era una gran zona dunar, Lamiako una rosario de lagunas con un río Gobela que lo mismo salía por “Labola”, que por Udondo… y Sestao otra aldeíta mirando hacia tierra adentro.

 

En resumen, Portugalete era un centro urbano, artesanal, comercial y de servicios de referencia para toda esa comarca.

 

La “temible barra de Portugalete”, esa flecha, tómbolo o lengua de tierra tan voluble como rotunda que a finales del siglo XIX fue dominada (más por el vapor que por genialidad humana alguna) y desapareció devanada sobre sí misma, jugó durante siglos dos papeles antagónicos; por un lado provocó naufragios y muerte y por otro fue un elemento clave para la supervivencia y la economía de Portugalete.

 

La barra no solo era conocida por pilotos comerciales y almirantes de las armadas; también los piratas y salteadores la conocían y temían. De ahí que Portugalete haya sido respetado y que haya mantenido una población creciente y una tradición de orgullo.

 

Vayamos ahora a la dinámica de los barcos mercantes desde la Edad Media y pensemos en las maniobras que serían necesarias para uno de estos barcos que –digamos- llegara desde Flandes.

 

El barco avistado sería conminado a anclar en el Abra para las comprobaciones rutinarias: Contenidos, posibles enfermedades, mero trasiego de personas… Para todo este proceso era necesaria la figura de los “atracadores”, tripulaciones de remeros que a la consigna de un apoderado, se acercarían al barco ya anclado por sus medios para discutir aspectos de programa y sitio de atraque, costes, reparaciones, aguada y vituallas, etc.

 

La comunicación por la margen derecha era prácticamente inexistente porque todo lo que hoy es Getxo se hallaba aislado por las marismas del Gobela, así que el punto lógico de referencia, la avanzadilla hacia el mar tanto para el comercio del propio Portugalete, como del Consulado de Bilbao debía de ser Portugalete.

 

En esta villa se tratarían los negocios preliminares y de aquí saldrían en los días siguientes los prácticos que gobernarían los barcos ría-arriba y las tripulaciones de remeros que con hasta seis u ocho traineras remolcarían el barco con la marea “llenante” para atravesar la barra.

 

Hay grabados de comienzos del siglo XVIII como el que se adjunta en la Figura 1, donde se ve perfectamente que la embarcación que trata de cruzar la barra no se fía solo del trapo, sino que ha contratado cuatro traineras de apoyo para evitar cabeceos además de un quinto batel que probablemente lleva  un piloto adicional con sonda al “escandallo” para analizar de forma continua los sedimentos del fondo.

Figura 1. Grabado existente en la Autoridad Portuaria de Bilbao que corresponde al siglo XVIII.

 

Ría adentro se puede adivinar la ensenada que había en la actual  dársena de “La Canilla”, antes de que se rellenara en sucesivas etapas de escombros para “ganar terreno al mar”.

 

La ensenada que se prolongaba hasta la playa de La Benedicta, era el lugar ideal para el fondeo y preparación de la última etapa de navegación, la llegada a Bilbao. El sitio, protegido de los vientos del Noroeste, con una fuente de agua fresca (la proverbial “Canilla” ahora contaminada y enchufada a una alcantarilla) y una población con iglesia, comercios, tabernas, tiendas y  escribanos, debía de ser un hito esperado por las tripulaciones e incluso por algunos viajeros que  no esperarían a Bilbao para desembarcar.

 

En la imagen, tres embarcaciones ancladas bajo la iglesia de Santa María, esperan su turno para ser ayudadas a cruzar la barra hacia el mar.

 

Aquí se forjó el nombre de “jarrilleros” para los portugalujos.

 

Para ello ha sido clave el análisis de referencias y grabados antiguos como el de Pedro Pérez de Castro dibujado hacia mediados del siglo XIX, poco antes de que empezaran los rellenos masivos para recibir al tren. La Figura 2, grabado que muestra el peñón de Portugalete en marea baja ante el cual son patentes en primer plano unas grandes estructuras troncocónicas de mampostería que ahora yacen olvidadas tras ser cubiertas hace ciento cincuenta años bajo el paseo y los muelles portugalujos, cuando el vapor las hizo innecesarias.

 

Tales estructuras no eran otra cosa que “norays”[1] destinados a “dar cabos” a los veleros tras haber arriado el ancla en el punto adecuado, de manera que los barcos quedaran en posición segura con la marea subiendo o bajando y no quedaran “al giro” con los riesgos que eso suponía.

Figura 2. En primer término, “cubo” colosal de mampostería con su escalera periférica para acceso de los bateles con el cabo para “hacerlo firme” y sujetar las naves por el lado de tierra.

 

Precursores de los muelles portuarios, estas obras que hoy en día tienen su equivalente en lo que los Ingenieros Civiles llamamos “duques de alba”, requerían un esfuerzo cooperativo importante para ser construidas, conservadas y utilizadas, lo que permite asegurar que Portugalete (como única población con suficiente entidad en la zona) debía de tener equipos para todo este proceso.

 

¿Por qué jarrilleros?

 

“Jarri” es un verbo euskériko multisemántico que hoy se usa principalmente como “colocar”, pero que en tiempos tuvo su significación más cercana a “afianzar”, “fijar”, “asegurar” y esto es a lo que se dedicaban principalmente los portugalujos, a recibir los barcos que procedían de la mar, atenderlos durante su ancorada en el Abra, remolcarlos a través de la barra hasta la ensenada de Portugalete y –allí- afianzarlos hasta la siguiente marea.

 

Figura 3. Los “duques de alba” son una especie de islas artificiales que existen en muchos grandes puertos y sirven para “dar cabos” a los barcos y para mantenerlos amarrados fuera de los muelles o para ayudar a las maniobras. A ellos acceden los “amarradores” figura portuaria que no ha desparecido en milenios de la historia de la navegación.

 

Esta última función, la de amarrado de los barcos, requería aquí mucha profesionalidad, porque a las condiciones habituales de corrientes, tripulaciones cansadas, barcos pesados, fondos con arrecifes, etc. se podían añadir el viento, la lluvia, la prisa, otros barcos maniobrando, etc.

 

Cualquiera que haya navegado a vela se hará enseguida cargo de la precisión, fortaleza y templanza que deberían poseer aquéllas tripulaciones de servicio para afianzar un barco tras otro sin permitir cualquier fallo que podría llevar a la pérdida de barco, carga y hasta vidas.

 

Estos hombres eran los “jarri eillak”, en Euskera, los que ejecutan el amarre, de “jarrí”, afianzar, amarrar y “eilla”, participio del verbo hacer.

 

No puede caber dudas de que esta profesión ofrecería notables espectáculos y que la población seguiría las evoluciones de las tripulaciones tanto en cada maniobra de cruce de barra y amarre bajo Santa María, que  a la salida de los barcos hacia la mar, cuando la operación era inversa: Esperar el momento de vaciado de la ría, coordinar el desamarre con la tripulación del barco e –incluso- remolcar “a brazo” si el viento no era propicio o había encalmada.

 

Una profesión que no ha desaparecido del todo con la irrupción hace ya ciento cincuenta años del vapor y luego de los motores, porque los barcos aún siguen necesitando ser amarrados, si bien las maniobras actuales de los “amarradores” carezcan de aquélla épica de los “jarrillas” de hace varios siglos (Figura 4) y lo que nos cuentan en las ferias marinas más avanzadas del mundo es que en pocos años los barcos navegarán sin tripulación y se sujetarán a los muelles mediante unas grandes ventosas de vacío.

 

Ya no harán falta amarradores y su recuerdo solo quedará en las novelas, pero mientras haya entusiastas que rebusquen en el Euskera, se seguirán desvelando incógnitas que los académicos han desvirtuado con su habitual ligereza, fruto de una soberbia tradicional.

 

 

 

Figura 4. Amarradores de Portugalete. Embarcación de servicio y oficiales dando un cabo.

[1] Noray lo escriben con “y” para darle aire nórdico, pero su etimología  es vasca, “norá aidj”, literalmente “a donde amarrar”.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

2 Comments

  • Estimado Javier:
    «duque de Alba» lo utilizan especialmente los holandeses. Se refieren a unos postes verticales hincados en playas de poca profundidad a los que el citado duque ataba a sus enemigos ahogándolos con la pleamar. Saludos

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