Agricultura Etimología Sociedad

Quinta, quinto.

Aunque en Latín solo exista la voz “quintanae” para denominar a una de las calles ó vías “normalizadas” en los campamentos militares, nuestros académicos y otros ilustrados adheridos a esa casta, quieren a toda costa que las quintas españolas y lusitanas, esas “rusticum praedium” de la lengua del Latzio, tengan que ver con el adjetivo numeral “quintus, quinta, quintum” de los conquistadores, voz emparentada con el “zinco” y que significa “una quinta parte”.

En este ensayo no se tratan en absoluto las etimologías posteriores a la colonización americana, donde la quinta ha sido profusa, variada y caprichosamente trasplantada, sino a los orígenes prerromanos de toda una familia de voces, tratando de buscar algo “más allá” de las simplonas y pueriles explicaciones que se prodigan en la literatura oficial que se sustenta en el arte de “copiar y citar”.

Estos sabios de gabinete nos explican el significado de tal voz, aduciendo que la fórmula universal de arrendamiento, consistía en que el colono pagaba al propietario una quinta parte de la especie producida.

Esta explicación presupone un mundo totalmente organizado con su sistema catastral, con sus registros de propiedad y sus contables, con autoridades para hacer cumplir los compromisos… en fin, un estado en toda regla. Estos sabios no gustan de enlodarse en disquisiciones previas a la historia documentada. Para ellos todo empieza en el 600 A.C. y a partir de ahí explican lo inexplicable, cuando a algunos nos parece que las “kintas” vienen de mucho más lejos.

La erudición resulta desastrosa –de nuevo- cuando pretende analizar el mundo real; así, al plantear que el arrendatario pagaba ese quinto, obvia todo el complejo problema agrario, en cuyo mundo, una renta periódica está íntegramente relacionada con el estado y potencial de la finca; así, si la finca es de suelo de alta productividad, fácil de trabajar y dispone de agua y red de riego, de infraestructuras y buenas conexiones con el exterior, la renta puede llegar al 50%, es decir, a la mitad de lo producido valorizable; en cambio, si son necesarias grandes talas, rozas y enmiendas, si hacen falta drenajes, si carece de silos o almacenes, si las fuentes son lejanas, etc., o incluso si es vulnerable a los ataques de herbívoros silvestres, si el clima o los meteoros ocasionales no garantizan cierta producción estable, la renta puede ser de tan solo un 5%, es decir, la vigésima parte…

Por eso es oportuno el refrán que dice “en todas partes cuecen habas…” y que aplicado al mundo antiguo o al actual, sugiere que la lógica ha de estar siempre presente cuando se trata de negocios; si no fuera así, casi todos fracasarían inmediatamente, lo que hace obligado el recurso permanente y continuado a la proporcionalidad tanto en los negocios como en la aplicación de la justicia…

No es admisible manejar “quinta” como la expresión de una renta normalizada, como si lo que se alquila fuesen carruajes, arados o cañones.

Dicho esto, conviene dar un repaso por la toponimia española, donde los lugares con nombres iguales o ligeramente distintos a “quinta”, se acercan a 2.000

A Quinta, La Quinta, Las Quintas, Quinta, Quintana, Quintanar, Quintanares, Quintanilla, Quintanal, Quintanals, Quintaló… y otras veinte variantes se prodigan por montes, fuentes, cerros, caminos, valles… e incluso se encuentra nombres graciosos como “Mariquintana”.

No faltan variantes (pasan de un ciento) en las que la “k” original se ha tornado en “z” y han quedado con formas del tipo “La Cinta”. Una de ellas, “Zintausaga”, se ha empeñado incluso en desafiar a la academia y conservar la zeta.

O la “k”, como en “Arteskinta”.

Ahora llega la abstracción. Pongámonos en el Mesolítico, cuando los contingentes humanos vacilan sobre si seguir con la forma suprema de vida orgullosa, “el nomadeo” u optar por engrosar la nueva casta de los miserables “keltoi” ( celtas, propensos al sedentarismo)…

Aceptemos que un (o una) líder considera que tal o cual valle es apto para quedarse… ¿Podría él solo iniciar semejante transformación del medio?. ¿Sería capaz de abatir árboles, luchar contra la maleza, conservar sus valiosas semillas, construir una o más chozas, criar algunos animales domésticos y defenderlos de los predadores?. ¿Sería capaz de promover una familia?.

No; para semejante desafío es necesario un contingente humano capaz de acometer tareas con un grado de especialización destacado; hacen falta hombres y mujeres que manejen a los animales de tiro y producción, que sepan labrar la tierra, que traten semillas y cosechas con mimo, que se dediquen a la intendencia dependiente del exterior… Es necesario un grupo social coordinado y jerarquizado que sea capaz de mantener en funcionamiento un sistema de producción y consumo casi “endogámico”, en cuyo comienzo, solo algunos excedentes son externalizados…

¡Ese conjunto es “kin ta”!. “Kin” es una raíz a caballo entre conjunción y adverbio de modo, que significa o representa el hecho de compartir algo, de participar en algo. “Kin” es quien te acompaña en un viaje, en un proceso o en un objetivo y la adición del pluralizador “ta”, lo transforma en algo así como una “cooperativa”.

En el comienzo de la agricultura, aún no había estructuras de estado que pudieran garantizar esa “estabilidad” que nuestros ilusos académicos dan por sentada, ni había autoridad ni organización imperial alguna, porque esos inventos tardaron mucho en llegar. Mientras tanto, una “Kin ta” no era un ejido por el cual un labrador pagaba una renta al rico de la comarca, sino un experimento; “el experimento” que transformó el mundo libre en otra modalidad distinta que tras tres o cuatro milenios acabaría dando esta sociedad nuestra que llamamos “de los servicios”, pero que –en realidad- sigue siendo una sociedad “de kintas”.

El quinto, ese quinto desaparecido de nuestras conversaciones diarias; el quinto al que rapaban el pelo y tallaban dos sargentos en una ceremonia rutinaria, también ese quinto tiene una historia distinta a la que nos cuentan.

Lo dejamos para otro día.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

1 Comment

  • Fantástico, Javier. La de vueltas que le he tenido que dar al topónimo de Jabalquinto en Jaén en la total oscuridad…. casi que me haces ver la luz…

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