Onomástica Toponimia

San Juan de Gastelugatxe

En este breve ensayo que especula sobre el origen del nombre de uno de los peñones más célebres de las costas europeas, voy a apoyar con varios argumentos la tesis de mi hermano Juan Ramón (Jon) que en uno de los capítulos de su obra sobre la toponimia y el engarce de la misma con la geología, con las rocas y concretamente en el que titulaba “Las Rocas del Mar y de la Tierra”, discrepaba con las explicaciones tradicionales de autores bermeanos y de otros lugares que relacionaban “Gaztelugatxe” con un castillo medieval, para proponer que su forma original fue “kat silu ug atx”, algo así como “La peña marina con varios boquetes”.

Por tanto, nada de castillos medievales.

Todos los argumentos de Jon son buenos, por lo que yo insistiré en algunos de ellos y aportaré un material inédito que consiste en la mención de lugares con una geomorfología parecida y con nombres que recuerdan a los del istmo venerado no solo por los bermeanos, sino hasta tiempos recientes, por bizkaínos de cuencas cercanas que desde Arrieta llevaban a sus santos en andas hasta la ermita y añadiré algunas peculiaridades de otras disciplinas y de la toponimia, que es una herramienta de sumo valor para desentrañar diversos secretos del pasado que la epigrafía no puede resolver o dudas que los documentos dejan planteadas para aquéllos que tienen un espíritu crítico o no son propensos a entregarse a los mitos.

Lo primero a decir es que no hay documento alguno que cite la existencia de un castillo, aunque si hay referencias que pudieran ser auténticas, de que ciertos caballeros fieles a doña María López de Haro, se hicieron fuertes en la peña ante el acoso del rey castellano. No obstante esa ausencia, el nombre de la isla ha debido de ser desde los orígenes un componente de peso para que el “mix” de referencia al heroísmo junto con un nombre (“Katsillu”) que sonaba a castillo, forjaran un imaginario castillo guerrero.

Quien conozca la peña y sepa algo del arte de la guerra, comprenderá pronto que no hace falta castillo para que un grupo de militares con sus ballestas, arcos y hondas, con una ventaja de cuarenta metros de altura, con tanto pedrusco como se desee y con un único acceso de apenas una vara de ancho que es dominado desde toda una balconada se defiendan y rechacen a un enemigo de tipo “infantería”, porque las huestes de infantes del siglo XIV podrán asediarlo, pero nunca asaltarlo.

Además, aunque en la peña no hay “patín”, el abastecimiento de alimentos y bebida desde la mar no es un problema porque aún suponiendo que se hubiera improvisado un desproporcionado e imaginario cerco, bermeanos, bakiotarras o armintzarras, podrían escamotear la guardia por medio de lanchas o bateles, que se desenvuelven de maravilla en aguas poco profundas para llevar vituallas a los enrocados que las izarían desde el lado expuesto al mar de forma parecida a como se muestra en la figura 1.

Figura 1. Abasteciendo a los rebeldes

La primera conclusión es que hubiera o no cerco a los rebeldes, el castillo no era necesario; además, la cita de existencia de la ermita y posada desde siglos antes, hace difícil entender la coincidencia de estas dos instituciones con un castillo.

Vayamos a las cuestiones técnicas:

La superficie de la explanada que contiene la ermita, plaza y cobertizo, es de apenas 635 m2, incluyendo el área ocupada por el parapeto o pretil; gran parte de la cual está formada por un relleno de ripio, contenido por un muro seco y tosco de piedra ligeramente tallada, superficie que puede soportar una ligera construcción, pero no los muros de un castillo.

Como se verá en el mapa geológico que se acompaña, la peña cretácica, muestra una discontinuidad vertical en el sentido NE – SO, que deja al Norte las “calizas biostrómicas” y al sur areniscas calcáreas, calcarenitas y margas.

Mapa geológico y localización de “Talaia”

Esto entre otras cosas quiere decir que el material apto para construir un castillo es muy escaso en una peña con apenas un par de cientos de metros cuadrados de “cantera”, lo cual obligaría a tallar sillares en la playa y a subir los sillares ya tallados, desde la rasa costera.

Supuesto este caso, su elevación con animales no sería fácil porque en el último y peor de los tramos, no hay forma de preparar un carrejo para que bueyes o mulos tiren de las poleas… Habría que subir la piedra a mano, lo que limita el tamaño de la mampostería, que no sería digna de castillo alguno.

No menos complicado es el acopio y manejo de vigas, morteros y agua para el propio castillo y para los andamios…

Y una vez construido, ¿quien hace un patín sobre margas sin disponer de arcilla abundante?… sin patín no hay agua para una permanencia estable y sin permanencia estable no hay castillo que valga.

Si nos ceñimos a la principal función de los castillos, es decir, el mantener una guarnición que defienda una zona productiva o un paso estratégico y que en caso de apuro acoja a unos cientos de vecinos y animales… En ese entorno que los lugareños definen bien como “lantzar” (prado malo), como “ermu” (páramo) o como “peñón” (de cabras), no hay caseríos de valor (mi madre se crio en Grandene, justo en la divisoria con Bermeo, junto a la Talaia que se cita después y siempre le he oído decir que era un caserío muy pobre) ni hay paso estratégico ni reliquias que defender, así que, ¿para qué un castillo?.

Los esfuerzos para su construcción y mantenimiento desmotivarían a cualquier Jauntxu por rico que fuera.

Puede que los eruditos de toda la vida no se hayan planteado estas reflexiones, porque toda la literatura que trata sobre la peña se debate en explicaciones sobre la función de vigilancia del mar… la lucha contra piratas franceses…

La cuenca visual desde la peña es mucho más pobre que la disfrutada desde el lugar que llamamos “Talaia” en el crestón que separa las cuencas del Estepona y Urdaibai y además esta es visible desde Bermeo, población con puerto majestuoso cancelable con cadenas, en tanto que el Baquio de la época no es el “pequeño Benidorm” de hoy, sino que consistía en tres barrios interiores, desde ninguno de los cuales se veían Matxitxako ni San Juan, siendo mucho más accesible la Talaia que la peña. Ver el Mapa Geológico.

Como resumen, la bella y singular peña tiene potencial para la meditación, el aislamiento y para la inspiración literaria, pero no para la guerra.

El tradicional recurso a la epigrafía está muy sobrevalorado por siglos de endogamia de los que viven de la interpretación del pasado sin someterse a las críticas de otros que teniendo un criterio encontrado, “les dejan hacer”.

Sobrevalorado, porque una mención escrita en un documento original o en una reproducción fiable, se extrapola, se repite una y cien veces, se cita en varias bibliografías y se da por buena –sin mas-, por haber sobrevivido, aunque su continuación, su permanencia en citas repetidas insulte a la razón. Hay una cierta tentación entre la gente de letras, en hacer gestas de sucesos corrientes, de magnificar a unos pocos mientras se olvida completamente a la masa –frecuentemente más inteligente, socarrona y capaz- y su importante papel en el sostenimiento de la población y de los sistemas.

Casi nadie se para a analizar cómo funcionaban los medios productivos, la mesta, la construcción e industria, el comercio o el transporte. Parece que solo hayan existido la Milicia y la Iglesia.

En el mapa actual que se aporta como ejemplo y que se ha editado y repartido como si fuera el facsímil de otro original, se puede ver que esa fiebre por la épica sigue fresca y alimentada actualmente por los filibusteros de la manipulación, ya que tanto el autor como los editores y divulgadores, no han tenido empacho en colocar a Gaztelugatxe como “Castillo de Navarra” y colaborar a un mito que la razón rechaza.

Todo lo dicho hasta ahora no quita nada a la excepcionalidad formal, estética y social que supone la peña, peña que los bermeanos de antes del automóvil comenzábamos a ver antes desde el mar que desde tierra.

¿Porqué?… Porque hay una tradición que viene –por lo menos- desde el inicio “del vapor” y que ha durado hasta que las absurdas leyes europeas han supeditado todo a la inalcanzable “seguridad total” que ha atontado a nuestra sociedad y que consistía en que el primer viaje de cada barco, el del bautizo, se iniciaba en el puerto, con un franciscano y su hisopo de agua bendita, con cuantos niños y mayores quisieran y con las alegres hijas y mujeres de los armadores provistas de galletas y mistela y culminaba tras doblar el cabo de Matxitxako y dar tres vueltas frente a San Juan, rezar un “padrenuestro” y ser rociados barco y asistentes por un fraile tambaleante, cuando el patrón hacía sonar las bocinas y los niños nos entregábamos a devorar “galletas surtidas” e incluso a echar uno o dos tragos de vino rancio…

¿Qué se veía?… Mas o menos lo que se ve en la siguiente foto… Una ermita y una isla con siete grandes agujeros, algunos como cuevas, otros como ventanas y el comentario de los niños que lo veían por primera vez…”Aiba, silloz beterik dau atxa…” (Mira, la peña está llena de agujeros..) y es que nada menos que siete grutas de distinto calibre horadan las calizas que miran al Norte.

Los viejos nos contestaban que llevaba así miles de años y que no se iba a derrumbar.

Pero el caso es que esta imagen aparte de no ser espectacular, es muy rara de ver. Las postales sepia de los años 20, las de color forzado de los cincuenta, las holográficas de los noventa e incluso Internet; ¡todo Internet! Repiten la cara bonita de la peña, la cara Sur con su camino en zigzag, con su arco sobre la playa, con su silueta contra el horizonte… y con apenas uno o dos de los túneles que asoman por la derecha (la izquierda en esta foto).

Esa es la imagen de consumo y basándose en ella no hay investigador que no haya navegado al Norte de la Peña, que pueda imaginar su contraportada.

Más aún; si tenemos en cuenta que hay certeza de que algunos topónimos bizkaínos –como Lutxana- , tienen 8.000 años y si consideramos que entonces el mar estaba entre 10 y 20 metros más bajo que hoy, la imagen de la peña sería más peraltada, con lo que las cavernas parecerían más altas y el conjunto se parecería más al de la Figura 2.

Figura 2. Recreación de la Peña hace 8.000 años

Ahora demos un paseo por la toponimia de lugares relativamente cercanos como Cataluña, Soria o Burgos.

¿Quien no ha practicado senderismo por Orbaneja del Castillo?; ¿quién no sabe que no hay castillo en Orbaneja?; ¿quién no se ha fijado en la crestería caliza que bordea el otro margen del Ebro?. Veamos la foto. El farallón hoy casi formado exclusivamente por columnas, hace miles de años exhibía varias “ventanas” como la que aún queda en el centro.

Casi con seguridad el nombre de esa crestería era algo así como “kat sillo”, donde “kat, kad”, es la expresión euskérika de algo múltiple, algo que se repite secuencialmente como los eslabones en una cadena y “sillo”, del mismo origen que los antiguos silos para los cereales y el heno, significa oquedad, así que “kat sillo” equivale a decir “conjunto de huecos”, lo que los antiguos habitantes veían y “apellido” que caracterizaba a una de las varias Orbanejas que ya entonces existían.

El paso de “katsillo” a “castillo” no supone ningún problema para el secretario de turno o para el cobrador de rentas que está deseando de corregir a los patanes y pastores de la zona que se empeñan en mantener el nombre antiguo.

Otro “kat” célebre es el que lleva Catalunya en su primera sílaba y que muchos consideramos que es el nombre con que los habitantes primitivos designaban al fenómeno estético más notable de esa región, la sierra de Monserrat.

La tesis es que ese macizo cuyo nombre actual es relativamente reciente y significa “montaña en sierra”, antes se llamó “kata lun ña”, donde “kata” se refiere a la repetición, a la cadencia con que se suceden los torreones, “lun” indica su color oscuro y “ña” expresa las formas prismáticas, de muelas.

Otro lugar importante es Calatañazor. La sospecha de que su nombre original fuera “Kataranazor”, como aún lo dicen muchos locales y que se hubiera conseguido alterar el comienzo por la prepotencia de los secretarios o interventores que lo asignaban al Árabe, la apoya el hecho de que todo un entorno se llama así y bien pudiera ser por la espectacularidad de los farallones rocosos cuya magnitud solo se aprecia desde la vega.

Como en los otros casos, “kata” es la reiteración de una forma, concretamente la de las “az or” (como las islas Azores), peñas altas de la vega o valle “aran”. Elementos con suficiente carácter como para denominar a una pequeña comarca ahora más famosa por las sabinas o por la belleza del castillo de su pueblo central.

La Toponimia aporta una riqueza de argumentos infinita, que combinada con las casi 1.600 raíces recuperadas para el Euskera, obliga a revisar todo un “cuerpo cultural” que han trabajado durante siglos unos agentes más preocupados de sentar una supuesta hegemonía del Latín, que de buscar la auténtica verdad.

Así, se puede afirmar casi con seguridad que el castillo de Gaztelugatx nunca ha existido y que ese nombre arranca de la peculiaridad de las oquedades de la parte caliza de la peña que mira al mar, parte que pocos académicos han observado y considerado como digna de imponer un nombre: “Kat sillu”.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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