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San, Santo, Santa, que no son de santidad (ampliado)

San, santo, santa, que no son de santidad.

Si en la toponimia “mayor”, es decir en los nombres de comarcas y de regiones, de pueblos, montes, ríos, playas y lagos se encuentran algunos tan graciosos o sorprendentes que cualquiera pudiera barruntar que pareciendo verdaderos “hagiónimos” no lo son, cuando se llega a hurgar en la toponimia menor, la magnitud de incongruencias, disparates y situaciones cómicas se multiplica como se va a ver más adelante con unas docenas de ejemplos de los más llamativos.

Los ejemplos siempre quedan cortos, pero a mí me gustan porque nos enseñan que no hay imaginación que pueda con la realidad, que siempre aparecen nombres más sorprendentes de los que cualquiera pueda crear voluntariamente.

Antes de jugar con esos ejemplos se ha de comenzar diciendo que si bien las partículas “directamente” relacionadas con un posible significado de santidad son “san, sant, santo y santa”, en toponimia hay otras cercanas como “salta, sanda, sande, sanz, xan…” que también merecen ser estudiadas, porque todas aportan datos que son necesarios para poder plantear una explicación global y coherente sobre lo que la toponimia esconde.

Empecemos con un breve ensayo estadístico, porque en ésta. como otras disciplinas de amplia implantación las conjeturas han de ser tratadas “de lo general a lo particular”; en este ámbito, no vale, no aporta nada el ejercicio de erudición, de extrapolación aplicado a un solo nombre extraído de una moneda, una tésera, una lápida o una crónica.

Primero números grandes, aunque la visión sea nebulosa, rogando a los lectores que no “se salten” las listas de nombres, porque en ellas están más de la mitad de las claves para acercarse a lo que los nombres significaban cuando se implantaron y cómo pudo ser la evolución posterior: Hay en España casi 50.000 lugares que contienen el morfema “san”. Unos lo llevan previo y aislado, otros “fundido” al comienzo, otros engarzado y los hay (hasta un ciento) que terminan con esa coletilla, como Logrosán o los barrancos de  Besan y Susán .

Entre los primeros, los que comienzan con un “San” preliminar y separado, hay alrededor de 450 nombres propios diferentes reconocibles contando como “solo uno” aquéllos en los que es evidente la variación natural o la “mutilación” ideológica o lingüística, por ejemplo, considerando Mamé, Mamés, Mamede y Mamet, como uno solo.

¡Ojo!, pero no todos ellos responden a santos recogidos en el Martirologio ni siquiera en las tradiciones beatas, porque aparte de muchos que parecen obvios (desde San Alejandro hasta San Yago), alrededor de 170, casi la mitad (cuya lista se puede consultar en el Anexo) son nombres como San Boronbón ó San El Rey, es decir son “santos teóricos”, nombres que se proponen como alteraciones de otros reales o que no han podido ser contrastados.

No hay que obviar que se echan en falta en la Toponimia Estatal unos 70 santos populares, como Amadeo, Aurelio, Dámaso, Julio, Leopoldo, Manuel, Pancracio, Sabino, Silvestre, Tomás, Venancio o Zacarías, cuando se encuentran por docenas otros prácticamente desconocidos, pero esto no deja de ser sino una más de las paradojas a explicar.

Cuando el trabajo se hace sobre nombres que llevan “San” al comienzo, pero de forma integrada o compacta, la cuestión se invierte, de forma que de los 636 nombres de lugar detectados, apenas una docena (señalados en negrita en el Anexo) pueden asimilarse a nombres propios de persona o santo, siendo totalmente imposibles de relacionar el 98% restante. Esto obliga a plantear que la partícula “san” integrada al comienzo de los nombres tenga otra significación e incluso, que muchos de los lugares con nombres de santos reales, pudieron ser en origen voces relativamente homófonas que clérigos y fieles forzaron a adaptarlas a los de sus héroes y referentes.

Entre los nombres curiosos que llevan “san” sin posible acercamiento a un hagiónimo reconocido podríamos destacar San Apoyo, San Basculín, San Bolín, San Cebollón, San Ciruelo, San El Rey, San Frailes, San Gorrín, San Redondo, San Sabinar, San Sobre o San Zaborín…

“Santa” es otra forma frecuente que integra los nombres de lugar, encontrándose –contra lo que pudiera pensar cualquiera- con menos frecuencia al principio que en medio del topónimo; así, de los 10.500 lugares que la llevan, solo una tercera parte comienzan de esa forma y una vigésima parte terminan con “santa” (por ejemplo, Rambla Santa, Isla Santa y Marismas de La Santa…). Con “Santo” sucede algo parecido, pero, curiosamente, en mucha menor proporción (unos 2.700 en total, pero con mayor predilección de la partícula, por irse al final, como Arroyo Cardisanto, Cantera de Pozosanto ó Ermida do Bispo Santo…).

Algunos nombres de lugar son tan graciosos que llevando “Santa” como precursor, muestran evidencia de que no hay santidad por medio. Se pueden destacar: Santa Bella, Santa Bola, Santa Centolla, Santa Chulita, Santa Maña, Santa Sirga, Santa Soria, Santa Todosea, Santa Caramaru o Santallamar para los varones, Santo Cardo, Santo Cebolloso, Santo Ciervo, Santo Garrote o Santo Roto…

Las explicaciones de “expertos” en Toponimia y Etimología suelen partir de la presunción de que los ignorantes paisanos pierden con el tiempo la noción de que el nombre del sitio llevaba implícita la idea de santidad junto a la de un nombre propio y van mutando los nombres hasta hacerlos irreconocibles. Cada vez más investigadores no solo negamos esto, sino que otorgamos más credibilidad, más estabilidad a los nombres conservados por tradición oral que a aquéllos que solo se registran en documentos.

A la hora de plantear teorías, es imprescindible considerar que hay numerosos topónimos en los que aparece solamente una de las dos partes que habitualmente integran el nombre, a saber, el adjetivo y el nombre propio. Así, en una primera búsqueda, se han encontrado en España hasta 29 lugares que se llaman “San” a secas; también sucede algo parecido con “Santa”, que se encuentra en –al menos- dos lugares (Navarra y Valencia), con “Santo” que ofrece hasta ocho localizaciones, con “Sante”, en diez sitios, “Sande” que se multiplica hasta casi veinte, e incluso un caso de “Sants”.

Importante, porque paralelamente existen nombres de lugar que son –aparentemente- nombres propios sin aderezo alguno; se puede comprobar que hay una población “María” en Almería (ver mapa), un Miguel, dos Juan, Antón, Pedro y Felipe, tres Carlos, pero hasta treinta y cuatro Martín…

Lo de la abundancia de Martín no es casualidad porque la forma San Martín presenta ¡338 casos! (sin contar los 140 de San Martiño ni los tres o cuatro de Chamartín), obligando a preguntarnos, ¿Qué tiene Martín para ser tan abundante?; ¿Qué tiene el joven húngaro que fue soldado y obispo de Tours para ser tan venerado?… ¡Nada aparte de que partió su capa para dar la mitad a un pobre y según su único biógrafo, con esa acción, un día de perros se tornó en veraniego, a partir de lo cual siempre esperamos en Noviembre “el veranillo de san Martín”!

Es casi seguro que esa veneración que en Francia e Italia supera incluso la de España y Portugal, es debida a que los nombres originales de los lugares que ahora se dicen con la advocación del santo, en su día fueron “tsa marti in”, más o menos, “uvadales extensos”, una fruta nativa de estos países circunmediterráneos, que los emocionados catequistas transformaron en “San Martines”. Así se entiende que el refrán portugués relacione la onomástica con el vino joven: “No dia de S. Martinho, vai à adega e prova o vino”.

La forma actual de la viña en Euskera, “mahasti”, concuerda con el planteamiento de una forma general “marti” previa que se ciñe a las zonas en que la vid prospera, forma que quedó fosilizada en la geografía, mientras en el lenguaje, la “r” mutaba a “s”.

Es el momento oportuno para negar uno de los mitos que nos enseñan en la escuela y que dice que los romanos trajeron el cultivo de la vid a España. Eso es radicalmente falso; en fósiles del Alto Aragón se han encontrado semillas de “Vitis Silvestris” de más de 30.000 años.

Aparte de los contrastes apoyados por la Botánica, la Agricultura o la Selvicultura, hay muchos casos en que la Fisiografía o la simple Geografía pueden ayudar de forma cabal; Santaoalla en Orense, aldea famosa por el asesinato de un holandés hace unos años, es el paradigma clarísimo de una hoya enorme en el terreno, un corte de forma de circo en las rocas, que sin duda llevó a la denominación original de “xanta oia”. Quien esté acostumbrado e “leer” las curvas de nivel de los mapas, verá inmediatamente que esta aldea orensana está en la ladera soleada de un hoyo  que es el signo más notable del entorno. Ver Mapa.

 

El cambio desde esa posible denominación original hasta el actual, es “mínimo”; apenas un poco de cosmética para que parezca que la versión gallega de la mártir catalana Santa Eulalia- Santa Olalla, es la que originó ese nombre.

Siguiendo con fisiografía, “santa”, “salta” es un precursor de algunos tipos de cortes abruptos del terreno y “oia, oña”, vale para cualquier escala, siendo tanto la huella de un pie, una simple pisada en el suelo, como una olla, un agujero en una roca, donde nuestros antepasados hacían hervir el agua con piedras rusientes con un agujerito para retirarlas con un palo, como las de la foto (soapstones) o un gran circo de desprendimiento o erosión como el orensano.

Para enconar más la discusión sobre nombres simples/nombres compuestos, algunos números más; si se toma el binomio Luis / San Luis, se encuentran casi 350 lugares con Luis sin adjetivo, contra casi 100 con San Luis; pero, ¿Es lógico pensar que un santo reciente, un Jesuita canonizado en el siglo XVIII del que no se conocen hechos llamativos haya podido dejar tantos nombres en un país vecino? ¿No será que había numerosos lugares llamados Saluis o algo parecido y en los censos y ordenaciones territoriales de esa época se “corrigieron” a las formas actuales?.

Esto mismo se puede aplicar a Esteban / San Esteban, Juan / San Juan, Pedro/ San pedro, Marta / Santa Marta, María / Santa María, etc. etc. con parecidos resultados.

Doy por hecho que nadie pueda creer que estos nombres entren a formar parte de los datos de la hagionimia, pero es que a quienes hemos visto cientos, miles de lugares que contienen en su descripción Pedro, Juan, María, Martín, Miguel, Cristo, Francisco, Vicente, Ana, Marina, Esteban, Francisco, Dios, Luis, Ramón, Clara, Pablo, Fernando, Jesús, Felipe…, más de un tercio de los mismos nos parecen anteriores a la cristiandad.

Luego, cuando los esforzados curas y frailes dispusieron del Martirologio para contar las hazañas de los santos famosos, convencerían a los paisanos para estos pequeños cambios.

Volviendo a los datos, tampoco hay que pasar de largo algunos casos en que “ele y ene” se intercambian y en vez de santos tenemos saltos: Saltacabras, Saltacarnero, Saltagatos, Saltaelcardo (un erial llano en Cáceres), Saltacapas, Saltacharquillos…, también Salto de la Cabra, Salto de la China (en Caniles, Almería), Salto de La Rata en un remoto “malpaís” de Málaga, Salto de los Órganos o el curioso lugar “Salto y Carta”, cerca de Écija.

No se puede negar que veinte siglos de cristiandad hayan salpicado de nombres de personajes admirados las geografías de toda Europa, pero aunque aún solo estamos analizando las capas superficiales del barniz que cubre  algo tan antiguo como la toponimia, cada vez hay más indicios de que los santos del libro se han colocado sobre lugares cuyos nombres previos recordaban a los de los mártires.

Es difícil de asumir que Jesús el Salvador tenga mucha menos presencia que San Lorenzo el de la parrilla o que Santa Clara tenga casi tantos lugares como su amado Francisco (mucho más famoso) o que San Pedro gane por goleada a San Pablo (doce veces más)… o que solo haya un caso con el contenido neto de “Espíritu”, pero sorpresas aparte, a partir de la potencia estadística que se va acumulando, ya se están trazando algunas sombras que permiten asignar algunos nombres a ciertos fenómenos o agentes; por ejemplo, los “Esteban” están relacionados con estanques y retenciones de agua.

Algo parecido sucede con los Paúles, que siempre coinciden con turberas, tierras podridas o áreas de frecuente encharcamiento, muy parecido a las zonas que llevan el complemento “Monja”, aunque aún no se ha conseguido diferenciar la dinámica hídrica de unos y otras.

O los Migueles, lleven “san” o no, que son lagunas someras muy afectadas por la agricultura (Migueláñez, Miguelibáñez, Miguelestéban, Miguelturra,…)… o las María… y Martín…, que coinciden con predominio de la vid… o las Ana… donde hay alta probabilidad de junqueras… Mapa de Miguel  Estéban.

O lo relacionado con arenales y con las variantes “Santa…, Sanda…, Sande…, Sanse…” que son múltiples en España, pero también en Portugal (Santarem, ver abajo vista del estuario del Tajo y sus arenales) o en el París de “la Francia”, donde el barrio de Saint Denis, (en realidad “Sand eli s”, significando montones de arena) y que se construyó sobre los inmensos arenales que el perezoso río “La Beuvronne” arrastraba hasta el Sena, dejándolos como un auténtico delta fluvial (ver hacia 1.700, esta zona “chic” llena de huertos o “jardins potagers”).

O los más conocidos y cercanos de “Sandebastián” (San Sebastián) y “Sandandel” (Santander), verdaderos arenales, que significarían respectivamente, “Obstrucción de arena” y “Circundado de arena”, como lo atestiguan sus playas:

El caso es que los mismos nombres llegan a lugares modestos; el caserío en el que vivo, en Barrika, Bizkaia, se halla en un paraje casi homónimo: “Sandeliz” y las calcarenitas que componen su litología, tienen más de “sand” que de “limestone”, siendo su significado el mismo que el del barrio parisino.

 

Algunos se preguntarán si el “sand” inglés tiene algo que ver con esto, aunque los sesudos académicos británicos resuelven el tema diciendo que “sand” viene del “Antiguo Saxón”. Punto.

En resumen: Esto es un avance de lo que los numerosos indicios invitan a plantear, pero el estudio profundo de las partículas que aparentan indicar santidad, exige un trabajo mucho más extenso e intenso; hay que buscar voces similares en otras geografías cercanas y en otras lenguas europeas y hay que plantear claramente las pautas para diferenciar la novela de la prehistoria.

Continuará.

 

 

ANEXO

 

Nombres de lugar que comienzan con San, de forma separada, como San Albín y que se muestran sin esa partícula para una lectura más fácil: Albín, Anda, Apoyo, Aventí, Bainto, Bascuana, Basculín, Batán, Bauló, Bederi, Bendecido, Bertián, Bieito, Billán, Blasuerrea, Bol, Bolín, Boronbón, Borondón, Botero, Breixo, Bresme, Bresmes, Bruniés, Cabrás, Callén, Calvario, Capravo, Carapás, Cebollón, Cervián, Chelamón, Chicón, Chil, Cidre, Cirianes, Ciruelo, Clis, Colmado, Colmede, Coronado, Cosmade, Cosmede, Crabás, Cremenzo, Crimenzo, Cribales, Cristobalejo, Cristobo, Cristofol, Cristol, Cristovo, Criz, Cucao, Daina, Darve, Dediegos, Delasheras, De Río, Diumenge, Dován, El Rey, Farré, Fertús, Fins, Fiz, Fliz, Forcaria, Formenio, Frailes, Frechoso, Fruchos, Garbás, García, Genís, Giraldillo, Glorio, Gorrín, Granil, Gurrumián, Iturri, Jero, Jolao, Juanadas, Juanero, Juanín, Jurdón, Listar, Lorién, Margoin, Mayor, Medel, Mederi, Mediano, Medir, Melián, Melorge, Mexu, Mitiel, Moral, Morales, Muñoz, Muriel, Nomedio, Otero, Pabilés, Palay, Pantaión, Parciel, Pedrico, Pedrillo, Pedrín, Pedruco, Pelegrín, Pernucio, Petario, Piri, Piro, Playu, Polo, Pul, Quiles, Quintán, Quirce, Quiri, Quitez, Rebordín, Redondo, Renedo, Romanito, Romarás, Roquedo, Royal, Sabinar, Salva, Segre, Seixao, Serván, Sobre, Solo, Tili, Tico, Tisu, Torcado, Torcariz, Torcate, Torcaz, Totis, Tragentón, Tuste, Urbez, Valdiri, Velián, Verdera, Vicién, Xes, Xiago, Xiao, Xian, Xurxo, Zabornín, Zadornil…

Nombres de lugar que comienzan por San…, de forma integrada y que –como en el caso anterior- han sido privados de ese comienzo, si bien se grafían con Mayúscula para una discriminación más fácil: A, Abarra, Aborracho, Abresa, Abria, Buega, Aconejas, Adorcí, Afrailes, Agonte, Ahuecos, Aloba, Amede, Amedes, Amedio, Amies, Amil, Amis, Amosquitos, Ana, Andía, Andore, Antona, Apradillos,Ares, Arus, Ata, Atria, Ahuja, Auja, Avastre, Barzelaia, Cabrás, Calagua, Can, Cedelo, Cedelos, Cedo, cenas, Cerro, Cesolo, Cha, Chabarca, Chagorda, Chal, Chalvaro, Chamora, Chandreu, Chardimes, Chardines, Charnal, Charredonda, Chazurra, Che, Checero, Ched, Chelo, Chi, Chibarba, Chibuey, Chicorto, Chibrián, Chigomez, Chigómez, Chil, Chillámez, Chils, Chimorro, Chin, Chinarro, Chinigo, Chipuza, Chipirón, Chiri, Chiricones, Chirricones, Chisnal, Chivalindo, Chivida, Chiz, Cho (Con Sancho, las siguientes variantes integradas o separadas, Barón, Buey, Calvo, Carro, Del Rey, García, Gil, Jimeno, Llop, López, Malo, Martín, Mingo, Narro, Pérez, Reja, Rey, Rubeldo, Urriaga, Velasco, Viejo…Araña, Bueno, Dorema, Fruela, Gómez, Gordo, Izquierdo, Malo, Mingo, On, Noble, Nuño, Pedro, Rché, Rnal, Rranes, Rreja, Rro, Rroyo, Rruyo, Te, Tello, Tuerto, Viejo, Yerto…), Chuela, Chuelo, Chús, Chutengo, Cibrián, Cibrón, Cides, Cido, Cierva, Ciller, Cilzabal, Collar, Colomar, Cortes, Covade, Cristobo, Ctipetri, Ctispiritus, Cueiros, Cuerno, Da, Dajo, Dalio, Dalla, Damendi, Damias, Damil, Damiro, Dan, Daña, Dar, De, Decillo, Deiros, Deliz, Delle, Deón, Depedro, Derás, Deriana, Derricanto, Des, Di, Dial, Dian, Dianar, Dianes, Dias, Dibusti, Diche, Dicielu, Dies, Digüelas, Dikaurre, Dike, Dikebarri, Dillanas, Din, Dinas, Dinegui, Diniere, Dinés, Diniés, Dino, Dionis, Diosa, Dis, Ditri, Dizuría, Do, Doaín, Doia, Dolfe, Domil, Donal, Don, Doñana, Doval, Dovala, Dra, Drenzo, Drexo, Drexón, Dripol, Dueria, Dulces, Dulfe, Durieta, Duya, Duza, Duzelai, Egrio, Eja, El, Esáez, Esteba, Estillo, Fandina, Felices, Felismo, Fins, Fitoiro, Foga, Formar, Fuentes, ga, Gabrán, Gamello, García, Garrén, Gartesa, Gas, Gato, Gazo, Gil, Glo, Gonera, Goneres, Goñedo, Gorroya, Gorza, Gorzo, Gosta, gra, Gradal, Graderas, Gradero, Gramilanos, Gre Parda, Grevilano, Gredal, Greña, Grera, Greras, Grerón, Gría, Grices, Griella, Grinyol, Griñal, Griñeira, Griño, Gris, Groiz, Groniz, Guate, Güeño, Güero, Güesa, Guibel, Guijolfro, Guijuelas, Guin, Guina, Guinal, Guinesa, Guino, Guiñal, Guiñanos, Guiñas, Guiñeda, Guiñedo, Guiñeira, Guiño, Guito, Gujal, Gujas, Gujera, Guñido, Gordonea, Gurti, Gurtibarri, Gusín, Iars, Icuso, Illas, In, Iña, Iñans, Isabela, Ito, Iturri, Joy, Juaca, Juandegui, Juanejo, Juanera, Juanes, Juaniero, juanilla, Juanín, Juaniturri, Jurge, Jurgi, Lobao, Lomé, Lúcar, Mamede, Martí, Martinu, Martiño, Mendolalla, Miguelaldea, Mil, Miro, Moral, Moralejos, Moriano, Omedio, Onar, One, Paulo, Pedrillas, Perau, Picoz, Quelín, Quince, Riella, Sa, Sabel, Samendi, Sasulo, Seras, Serurlo, Set, Sibarra, Sibarri, Siellas, Sierte, Sinenea, Sirasol, Siturri, Soaín, Soane, Sobre, Sol, Solo, Somaín, Somendi, Son, Soné, Songua, Sor, Soro, Suena, Sueta, Suralde, Surás, Surdin, Tatis, Tauvenia, Taya, Tayana, Tcebria, Tdiré, Te, Tecia, Tecilde, Tecilla, Ted, Tegi, Teiro, Teles, Telices. Teco, Telos, Telvira, Teniza, Terga, terna, Tés, Tesmasses, Testevo, Ti, Tipetri, Tia, Tiadrián, Tiago, Tiagos, Tiagoso, Tiagozar, Tiagu, Tiaguillo, Tiaguiño, Tiama, Tián, Tianes, Tiañes, Tiao, Tiarevallo, Tiau, Tiavedra, Tibanes, Tibaña, Tibañez, Tibanillas, Tich, Tiche, Ticho, Ticlori, Tidad, Tidero, Tidrián, Tidueña, Tiellos, Tiene, Tiescuadro, Tiesteban, Tif, Tifoga, Tiga, Tigaldis, Tigosa, Tigoso, Tigoeiro, Tiján, Tijar, Tilgares, Tilla, Tillán, Tillana, Tillandi, Tillanos, Tillo, Timia, Tín, Tinea, Tinés, Tinos, Tío, Tiorxo, Tipetre, Tipetri, Tiponce, Tipres, Tiquilez, Tiquito, Tira, Tirraya, Tirso, Tis, Tisarratu, Tísimo, Tiso, Tisofolla, Tisquelas, Tisteban, Titisi, Titomas, Tiurde, Tiurxo, Tiuste, Tix, Tixas, Tiyán, Tiyo, Tiz, Tizabal, Tizelai, Tizoro, Tjoan, To, Toalla, Tobaja, Tobina, Tobortón, Tochillo, Tocildes, Tocina, Tocoba, Togurucla, Toiño, Tojo, Tolaja, Tolaje, Tolaria, Tolaya, Tolea, Tolín, Tolinos, Tolis, Toluño, Tomadero, Tomé, Tomera, Tomil, Tones, Tonje, Toña, Toñuca, Toñuela, Topetar, Topitar, Toportilla, Toral, Torales, Torcal, Torcaria, Torcate, Torcaz, Torens, Torgamo, Torgo, Torico, Torman, Toro, Tortijano, Tos, Toseso, Tosma, Totis, Totiso, Toufa, Toufe, Toval, Tovenia, Toveña, Toya, Toyo, Paus, Tpedor, Pere, Tponç, Trabán, Tre, Treita, Tresvales, Trokai, Tros, Ts, Tsuies, Tualde, Tuarán, Tubian, Tuchanu, Tumotz, Tune, Tuqueto, Turban, Turbiz, Turce, Turde, Turdejo, Turens, Turco, Turnino, Turuna, Turtxo, Tusquera, Tuste, Tutis, Tutxo, Tutxu, Tuy, Tuyan, Tuyano, Tuyanu, Tuzelai, Tzuarte, U, Ua, Uzu, Velians, Vino, Vitul, Xenxo, Xeo, Xes, Xiau, Villao, Xiño, Xis, Xumil, Xuryo, Za, Zadornin, Zet, Zo, Zoiz, Zol, Zules, Zurni, Zornil, Zurgi.

 

 

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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