Etimología Geografía Geología Onomástica Religión Toponimia

San, Santo, Santa, que no son de santidad

Si en la toponimia “mayor”, es decir en los nombres de comarcas y de regiones, de pueblos, montes y ríos, playas y lagos se encuentran nombres cómicos o sorprendentes que cualquiera puede adivinar que pareciendo verdaderos “hagiónimos” no lo son, cuando se llega a hurgar en la toponimia menor, la magnitud de incongruencias, disparates y situaciones cómicas se multiplica como se va a ver a continuación con unas docenas de ejemplos de los más graciosos.

Los ejemplos siempre quedan cortos, pero a mí me gustan porque nos enseñan que no hay imaginación que pueda con la realidad, que siempre aparecen nombres más sorprendentes de lo que cualquiera pueda crear voluntariamente; valgan Santa Afra, Santa Bella, Santa Bola, Santa Centolla, Santa Chulita, Santa Maña, Santa Sirga, Santa Soria, Santa Todosea, Santa Caramaru o Santallamar para las mujeres virtuosas y Santo Cardo, Santo Cebolloso, Santo Ciervo, Santo Garrote o Santo Roto para ellos…

Con “san” solamente, San Apoyo, San Bol, San Cabrás, San Colmado, San Frailes, San Iturri, San Martín Zar, San Pedrín, San Polo, San Zaborín o la versión burgo-alavesa de San Zadornil…

Tampoco hay que pasar de largo algunos casos en que “ele y ene” se intercambian y en vez de santos tenemos saltos: Saltacabras, Saltacarnero, Saltagatos, Saltaelcardo (un erial llano en Cáceres), Saltacapas, Saltacharquillos…, pero también Salto de la Cabra, Salto de la China (en Caniles, Almería), Salto de La Rata en un remoto “malpaís” de Málaga, Salto de los Órganos o el curioso lugar “Salto y Carta”, cerca de Écija, cualquiera de los cuales podía encontrarse como santa o santo.

Doy por hecho que nadie pueda creer que estos nombres entren a formar parte de los datos de la hagionimia, pero es que a quienes hemos visto cientos, miles de lugares que contienen en su nombre Pedro, Juan, María, Martín, Miguel, Cristo, Francisco, Vicente, Ana, Marina, Esteban, Francisco, Dios, Luis, Ramón, Clara, Pablo, Fernando, Jesús, Felipe…, más de un tercio de los mismos nos parecen anteriores a la cristiandad y a que los esforzados curas y frailes dispusieran del Martirologio para contar las hazañas de los santos famosos, pero también de los modestos como Adrián, Enrique, Camilo, Javier, Rufo, Tirso, Sebastián o Irene, que teniendo menos presencia, aún la tienen ¡y bien distribuida!.

El caso es que el morfema “san” es de los más frecuentes en la toponimia, llegando a casi 15.000 los nombres de lugar que en España comienzan por “san”, aunque son muchos más los que lo llevan en posiciones centrales.

Variantes que comienzan con “santa”, son casi 3.600 y lugares con “santo”, la nada despreciable cantidad de 534 e incluso las variantes “salta” y “salto” citadas, ayudan a entender un mundo épico y vivaz que pasó para dar protagonismo a otro que olvidando lo previo, vistió a los nombres con otros ropajes que disimulan antiguos significados.

No se puede negar que veinte siglos de cristiandad hayan salpicado de nombres de personajes admirados las geografías de toda Europa, pero aunque aún solo estamos analizando las capas superficiales del barniz que cubre algo tan antiguo como la toponimia, cada vez hay más indicios de que los santos del libro se han colocado sobre lugares cuyos nombres previos recordaban a los de los mártires.

Es difícil de asumir que Jesús el Salvador tenga mucha menos presencia que San Lorenzo el de la parrilla o que Santa Clara tenga casi tantos lugares como su amado Francisco (mucho más famoso) o que San Pedro gane por goleada a San Pablo (doce veces más)… o que solo haya un caso con el contenido neto de “Espíritu”, pero sorpresas aparte, a partir de la potencia estadística que se va acumulando, ya se están trazando algunas sombras que permiten asignar algunos nombres a ciertos fenómenos o agentes; por ejemplo, los “Esteban” están relacionados con estanques y retenciones de agua.

Algo parecido sucede con los Paúles, que siempre coinciden con turberas, tierras podridas o áreas de frecuente encharcamiento, muy parecido a las zonas que llevan el complemento “Monja”, aunque aún no se ha conseguido diferenciar la dinámica de unos y otras.
O los Migueles, lleven “san” o no, que son lagunas someras muy afectadas por la agricultura (Migueláñez, Miguelibáñez…)… o las María… y Martín…, que coinciden con predominio de la vid… o las Ana… donde hay alta probabilidad de junqueras…

Pero quizás sea lo relacionado con arenales y con las variantes “Santa…, Sanda…, Sande…” que son múltiples en España, pero también en Portugal (Santarem, ver abajo vista del estuario del Tajo y sus arenales) o en el París de “la Francia”, donde el barrio chic de Saint Denis, (en realidad Sandenis) se construyó sobre los inmensos arenales que el perezoso río “La Beuvronne” arrastraba hasta el Sena, dejándolos como un auténtico delta fluvial (ver cartografía medieval de París).

 

 

El caso es que los casos llegan a lugares modestos; el caserío en el que vivo, en Barrika, Bizkaia, se halla en un paraje casi homónimo: “Sandeliz” y las calcarenitas que componen su litología, tienen más de “sand” que de “limestone”.

Algunos se preguntarán si el “sand” inglés tiene algo que ver con esto, aunque los sesudos académicos británicos resuelven el tema diciendo que “sand” viene del “Antiguo Saxón”. Punto.

Pero los arenales son persistentes y si se buscan, pronto se da con ellos. Echemos un vistazo a las inmensas playas de Santander y de la bahía de Santoña, las mayores del Cantábrico.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.