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Somorrostro y otros Somos.

Hace unos días, estudiando el pasado físico de Santander, pude comprobar que elementos naturales singulares y destacados del pasado pueden resultar fagocitados por el avance demoledor del urbanismo hasta el punto de que en unos siglos el olvido de su existencia y significado sea total.

 

El Santander original, las dos pequeñas pueblas con las que arrancó el crecimiento urbano en plena época medieval, se constituyeron en sendos promontorios separados por una modesta ría en la que se construyó un puente, ría que se rellenó ya entonces para conseguir suelo y de la cual ya no queda ningún recuerdo. Los promontorios eran el meridional o Somorrostro y el septentrional, un tramo de la loma de San Roque. La ría olvidada se llamaba Becedo, mientras puente y promontorio meridional se han perpetuado en dos calles casi anónimas que se pueden ver en el trozo de callejero santanderino adjunto.

Así, con estos datos he podido entender la preciosa imagen medieval del puerto de Santander con su grúa de tambor y su puente que antes no podía situar.

 

Esto quiere decir que la fiebre transformadora de los humanos ha estado siempre presente y si en el Medievo los rellenos se hacían a mano y con carros de bueyes, es porque aún no disponíamos del vapor, del diésel o de los kilovatios eléctricos aplicados a máquinas cuyo trabajo podrá ser beneficioso o perjudicial en función de la inteligencia y codicia de quienes nos gobiernen.

 

Aparte del Somorrostro Bizkaíno que ya citara Plinio el Viejo, creía haber oído de otro Somorrostro en uno de mis viajes a Segovia y ahora me he decidido a buscar los que aún quedan, encontrando el primero en Campezo, comprobando que el de Segovia sigue allí, dando con otro cerca de Azpeitia y  comprobando que al Bizkaíno hay que buscarlo como Valle; en total, cinco con el desaparecido de Santander.

 

Ninguno de ellos es una próspera ciudad, sino lugares colgados en escarpadas laderas, así que todos ellos tienen los mismos componentes y sus nombres se han conservado íntegros en un mar de Somos, El Somo, Somolinos, Somontes, Somosaguas, Somosanchos, Somontes, Somortos, Somocuevas, Somosierras, Somorrubios, Somorredondos, Somovillas, Somorcín, Somokurtzío, Somozas, Rostros, El Rostro, Puñonrrostro, Rostrillo, Rostricaballo, Rostralbo, Rostreta, Rostrollano, Rostroancho y hasta Santorrostrillo, no pudiendo ser que unas palabras tan “curiosas” hayan surgido en lugares tan dispares por casualidad.

 

Sus componentes, “somo” y “rostro” o variaciones de los mismos, aparecen solos o en esas combinaciones (más frecuente Rostro que Somo) en cientos de lugares no solo en España, sino en Portugal (Ponta do Rostro, Rostro de Cao, Rostos…), en Italia  (La Rosta, Rostra…) o en Francia  (Haut Somont, Castelo di Rostino, Rosteig, Rostellec, Rostrenen…) y seguramente en muchos otros países, con lo que hay material abundante para la investigación.

 

Para comenzar, pregunté a varios vecinos si sabían lo que significaba “Somo”, una voz muy frecuente en Cantabria. Los jóvenes lo desconocían, pero todos los de cierta edad me dijeron que era una elevación, pero no supieron distinguir la diferencia con “Cueto”, otra voz frecuente en la zona con la que se llama a los oteros.

 

La explicación oficial es determinante para Somo que se asegura procede del Latín “summum”, cumbre, aunque otras veces se segrega el “So” inicial para pasar a significar “zona baja”, como en varios somontes, somontanos, somontines, etc.

 

Entendida esa reminiscencia cultural, la comprobación “allí mismo” de los lugares más cercanos como el núcleo original de Somo, la Punta de Somogo o el alto de Somovilla (26, 40 y 50 metros de cota respectivamente), están superados por alturas notablemente mayores, obliga a discriminar “so” de “somo” y también de un posible “somor”, aunque tres ejemplos no crean ley cuando el número de “somos” puede ser superior a 300 en España, pero si invita a buscar  las condiciones de lugares conocidos como Somosierra, concretamente dos de ellas, una en la montaña palentina y otra en la cordillera central:

 

En la primera, Somosierra es el nombre de una ladera por donde se abre paso la carretera que ahí tiene su punto más alto, 1.100 metros, cuando la cumbre es de más de 1.700; esto es, Somosierra  esta 800 metros más abajo que la cumbre.

 

Lo mismo sucede en la Somosierra madrileña por donde pasan la antigua N-1 y la autovía A-1, consistiendo en un entorno bajo (1.445 m.) de la sierra, que hacia el suroeste (Guadarrama) y hacia el Nordeste (Ayllón), tiene alturas superiores a los 2.000 metros, quedando claro que en este caso “somo” indica, como “so”, una altura menor.

 

En cuanto a Rostro, que también es frecuente en la toponimia española, lo oficial es que tanto el caso de la toponimia como el de la cara o faz, se hagan derivar del “rostrum” latino, el pico de las aves. No importa que solo catalanes (“rostre”) y castellanos lo usen además de sus otras formas comunes (cara, faz, faç…) y que no lo use ninguna otra lengua ni que no se entienda que tiene que ver un pico de con la cara de una persona.

 

Ante esa incongruencia, se ha considerado la posibilidad de que “rostro” fuera una variante de una forma imperativa arcaica en la que se pidiera a la persona en cuestión, que se quitara el cabello de la cara, es decir, algo así como “peina o aparta el cabello para mostrar la cara”, en resumen, cara sin pelos que la cubran y que tendría la forma “orrost oro”, literalmente, péinate completamente.

 

Esto es más fácil de entender en la toponimia, cuando “somorrostro” se divide según “somor” y “orrost”, donde la primera parte es una evolución de “txomor-somor” que significa algo así como desmembrado, desmoronado…  y “orrost”, arrastrado, peinado pendiente abajo.

 

Este “txomor”, toma en la zona asturiana la forma “chomba” que se ha conservado para llamar a las cumbres alargadas y con piedra superficial fracturada con formas regulares, como en esta “Chomba”.

 

En la toponimia, los cuatro “somorrostro” coinciden en ser montañas mas o menos destacadas, pero que su cima está desgranada y la ladera llamada así, muestra indicios de arrastres, reptaciones o peinados, aunque las alteraciones de la cubierta edáfica y vegetal, dificultan una sentencia segura de las morfologías antiguas y estas condiciones se repiten en infinitos lugares.

 

Corolario: Hay que seguir buscando.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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