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Toponimia de Síntesis

La Toponimia ha de llegar a ser una Ciencia Formal tarde o temprano, porque ciencia es la mera actividad humana para clasificar fenómenos, sucesos o elementos y habiendo infinidad de indicios que apuntan a que los nombres de lugar han sido y son asignados por atributos de los mismos y bautizados según lenguas que hablaban quienes vivían o pasaban por esos lugares (lenguas que se cree que en una época prehistórica fueron muy estables y extensas y en otras cambiaron con diferentes ritmos), no es imposible seguir sus rastros y clasificarlos.

Por proximidad, por conocimiento y por oportunidad, se ha trabajado inicialmente con la Toponimia Española, pero por lo que aparece en los nombres de lugar mas allá de este ámbito, se tiene una fundada sospecha de que los mecanismos son semejantes a los detectados en Iberia.

La Toponimia sigue ciertas reglas, algunas estrictas, otras flexibles que conviene tener presente siempre que se vaya a realizar una incursión sobre uno o varios nombres o sobre uno o varios ámbitos. Veamos algunas de ellas.

Una, muy evidente que se percibe con nitidez antes de concluir el primer año de estudio y análisis es que “LOS NOMBRES SE REPITEN”; muy pocos son únicos, la singularidad es rara.

Otra es que si bien hay nombres recientes (Villanueva, Sagasti, Fuenmayor…) la mayor parte de los nombres son muy antiguos; prehistóricos. Por eso se ha de poner una especial atención ante nombres que parecen indicar una cosa, porque casi nunca es lo que parece; ni Caravaca se refiere a un mote, ni Cerro del Obispo (hay quince lugares llamados así) es un montículo al que subían los obispos a orar.

El “actualismo” es otra norma, mejor ley de la Toponimia, que ha funcionado siempre y que viene a decir que para llegar a resultados idénticos, a una “convergencia nominal” (especialmente en nombres de varias sílabas), origen y proceso han de ser similares; esto es, los nombres iguales no son casualidades extrañas.

Los ejemplos nunca son suficientes para quien quiere una explicación definitiva, pero ayudan a entender los procesos; sea ejemplo un topónimo muy conocido y estudiado, como Barcelona y trabajemos sobre él para que –a través de su análisis- se lleguen a determinar los componentes que lo sintetizan, lo cual determina otra norma que es la de que los nombres de lugar se componen de lexemas enlazados, a veces fundidos:

Aunque la Toponimia no sea aún ciencia, hay una gran actividad erudita sobre esta materia y en el ámbito español son las tesis greco latinas y árabes las que dominan el ambiente en cantidad, aun habiendo frecuentes incursiones al Griego y a referencias fenicias, cartaginesas, etc. En el caso de Barcelona, aunque hay infinidad de opiniones y propuestas, las más repetidas hacen mención al “hecho arqueológico” de que hubo un par de monedas de plata -de las cuales una está perdida- en las que en el reverso se leería “barkeno” si los caracteres ibéricos que se representan a continuación estuvieran correctamente trascritos.

Las moneditas de plata tienen el peso de los dracmas y se les asigna el siglo tercero antes de Cristo, coincidiendo con la primera invasión masiva romana. No se disponen de datos sobre el lugar ni el contexto de aparición, pero la tradición las asigna a una ceca de Montjuich, por lo que inmediatamente los eruditos se pusieron a elucubrar y a aplicar sus plantillas al nuevo letrero, concluyendo que la moneda se refería a un patricio llamado Barkeno que tenía una gran Villa agropecuaria que se convirtió en ciudad.

No se ha podido encontrar referencia alguna de esa gran finca, pero si se han encontrado restos de una cabaña del alto neolítico (7.500 años) en el casco viejo con restos de trigo, cebada, espelta y guisantes, tampoco nadie ha comprobado si realmente existió ese personaje, pero la historia es opulenta y grandiosa y “gusta” más ese cuento que el explicar que unos iberos pobretones y nómadas paraban por allí de vez en cuando y que el asentamiento en una de las riberas de la docena de torrentes que bajaban de la Sierra de Collserola tardó cientos o miles de años en consolidarse como poblado.

A partir de esta inscripción, los delirios identitarios han relacionado ciudad y moneda y los sabios han pasteleado con las cinco letras para asegurar mayoritariamente que el proceso evolutivo “abreviado” ha sido: Barkeno, Barcino, Barcinona, Barcelona.

Pero como es de imaginar, semejante caso abre una gran oportunidad a diversos estudiosos, cada uno de los cuales aportamos una o varias soluciones a este nombre final que espera una “deconstrucción” definitiva que convenza a todos.

No solo en este caso, sino en muchos otros, la aplicación de una lógica diferente a la greco latina y el recurso al Euskera arcaico permiten el tránsito desde un caso particular a una generalización en varios pasos:

Barcelona no es un nombre aislado ni único, sino que es un topónimo relativamente abundante, cuestión que anula completamente la teoría latinista de relacionar nombre de lugar y personaje famoso al ser imposible que los otros lugares hayan llegado a tener tales nombres de igual manera que se propone para Barcelona.

Los nombres de lugar se implantan en 99 de cada 100 casos por atributos del entorno, no en honor ni recuerdo de personajes reales o míticos.

Además, la ley del “actualismo” que interviene permanentemente, obligaría a que otros lugares llamados de forma parecida a Barcelona, se hubieran formado en forma y tiempo similares, esto es, los Barkenos gestionando villas hubieran sido legión en lugares como los que se citan a continuación.

Francia; un paseo “somero” por el país vecino nos dice que hay una Barcelonne “a secas”, otra Barcelonne de Gers en el Suroeste, una Barcelonnette en Alpes, otra comuna llamada Barcillonnette… y hasta 33 localidades que comienzan su nombre por “barse…”.

Italia anda parecida, pues también tiene una Barcellona indiferenciada y otra Barcellona Pozzo di Gatto en Sicilia, además de diversas Barche, Barchessone, Barchessa, etc. que nos recuerdan a la nuestra.

En Portugal tan solo hay varios Barcelos villa y Barcelinhos, feligresía de uno de ellos, así como algún Barcel, Casal dos Barcelos y Pico de Barcelos…

En España, hay varios topónimos en los que Barcelona complementa a diversos accidentes geográficos, hay un Barranco de Barcelona en Tudela, Navarra, una Casilla Barcelona en un remoto lugar de Córdoba, un Cerro Barcelona en Boadilla, Madrid, un lugar llamado La Barcelona en León, otro La Barcelona, en Castellón; un Mas de Barcelona en Bujaraloz, Zaragoza, otro Mas de Barcelona en Teruel. Morra de Barcelona está en Murcia y en las Rías Bajas pontevedresas hay una Punta Barcelona, así como una Umbría de Barcelona en Zaragoza.

Hay muchos más nombres “parecidos”, que en buena lógica hubieran tenido que tener un origen común: Monte, Barcelemundo al sur de Álava, una Barcellina y varios Barcelón en Asturias, un Barcelonés en Carabaña, Madrid. Aparte de la conocida Barceloneta en la propia Barcelona, hay otra en Palafrugell, Girona, un Arroyo Barcelón en Asturias y otro Barcelongo en Zaragoza.

Si se contabilizan los menos parecidos, se puede llegar a casi doscientos que comienzan por “Barce…” y por “Barci…”, pudiéndose buscar incluso otros muchos que lleven la “s” en lugar de la “c”; uno de ellos el Caserío del Cabo Matxitxako llamado Barsillones, donde nació mi madre hace cien años.

Pero no es menos compartida la coda o final del nombre, encontrándose más de 400 nombres de lugar que terminan con “…lona”: Anglona, Arcillona, Escalona, Pamplona, Miguelona, Mogollona, Motilona, Pelona, Valona, Badalona, Guilona, Llona, Fontalona, Camplona, Carrilona, Isabelona, Jalona, Melona, Tía Chillona, Tartalona, Carlona, Dormilona, Cevellona, Cervellona, Cebollona, Cagalona, Nalona, Castañalona, La Helona, La Majillona, La Migallona, La Molona, La Polona, La Regalona, La Saulona, La Vasillona, Realona, Parrillona, Zamplona…

Esto quiere decir que los mimbres con que se creó Barcelona son usados para otros muchos nombres de lugar, que son voces de una cultura muy anterior a la actual y que un número tan elevado no se puede explicar con la bonita historia de la villa romana.

Barcelona se ha usado como ejemplo para explicar que los topónimos se componen de “piezas”, que el manejo de miles de nombres ayuda de manera progresiva a reconocer tanto leyes como irregularidades fonológicas y de encaje y conformación de los lexemas que los forman. Aparte de un conocimiento profundo y extenso de las “Raíces Euskérikas”, es necesario desarrollar una especie de “intuición” que ayude a reponer sonidos que se han perdido, a retirar apósitos añadidos durante siglos, a corregir acentos o a denunciar que partículas que se creían artículos u otros elementos auxiliares, no lo son.

Es un ejercicio que aún está en sus primeros pasos, pero que avanza rápido gracias a los sistemas de comunicación actuales, que ya ha permitido hacer traducciones que aportan informaciones corroboradas por otras disciplinas científicas y que permite asegurar que está próximo el día en que se pueda “leer” la Toponimia mediante la identificación de sus componentes, la propuesta de la “deconstrucción” más coherente y –finalmente- la aproximación al significado que gentes anteriores a la Historia dieron a cada sitio.

La disección de un nombre no es única, por lo que ahora mismo es necesaria una cierta dosis de “arte”. La propia Barcelona se puede dividir como mínimo según tres secuencias: “Be arz elo (n) a”, “Bar zel ona” o como “Barze el ona”

Según la primera significaría “El pedregal impracticable de abajo”. Y podría referirse a una playa de gravas gruesas o “grao” inadecuada para varar embarcaciones.

Según la siguiente, “El buen sel de la barra o ribera”. Tampoco es un disparate, porque se tiene sospechas de que los “seles”, antiguos grandes círculos de terreno que alguna autoridad asignaba a personajes o grupos para constituirse en los primeros ensayos de agricultura combinada con ganadería y de los que solo quedan muestras en áreas montañosas, comenzaron a ejecutarse en las zonas aluviales de los ríos. De ahí vendría la voz “arancel” que nadie acierta a explicar y que se referiría a los tributos o aportaciones a entregar quienes explotaran los fértiles “seles” de las llanuras aluviales (en Euskera, “aran”).

O “El buen huerto consolidado” con la tercera opción, “bartze”, “baratze” es un huerto clásico cercano a una fuente de agua, “el” indica su consolidación y estabilidad y “ona”, de sobra conocido es el adjetivo calificador de excelencia.

Barcelona no es un topónimo contundente como otros en que las condiciones físicas son extraordinarias y en los que es relativamente sencillo apostar por una traducción prevalente. La mayor parte de los nombres de lugar tampoco lo son, por lo que lo mas frecuente en tanto no se avance en la comprensión de los valores y sistemas prehistóricos para llamar a los lugares, a los fenómenos y a los objetos y de su evolución diacrónica, serán obligados los tanteos y las propuestas guiadas siempre por características del territorio y su dinámica que bien puedan ser hoy similares a las de hace milenios o bien nuestro conocimiento de la geología, ecología, hidrología, clima, antropología, etc. pueda plantearnos.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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