Castellano Euskera Geografía Guerra Prehistoria Toponimia

Uncastillo (y casi todos los castillos de la Toponimia)

“Uncastillo” y casi todos los castillos de la toponimia.

Nos dicen que el pueblo aragonés de “Uncastillo”, fue primero “Unum Castrum”.

Y explican los eruditos que sobre la arrogante peña de “Ayllón” (Ver mapa 1) que sirve de centro al pueblo, como si fuera el eje de un tiovivo, tenían los romanos un castro y de ahí el nombre que los maños tradujeron al Aragonés, quedando “Uncastiello”, “Uncastillo”.

Esto es un cuento para bobos o aturdidos, no para alguien decidido a pensar y ser crítico, porque no hay consistencia en la propuesta y los flecos sueltos son muchos.

El primero de ellos, la localización y configuración.

Los castros de los romanos no se construían en rocas de cabras, sino en lugares amplios y bien comunicados, donde sus legiones tenían ventaja (la imagen de la Figura 1 es una idealización de Wikipedia, pero da una idea nítida de la temporalidad que regía estas urbanizaciones).

Figura 1. Castro “semipermanente”.

Había castros de todo tipo de facturas; los había de uso efímero (días), los había con vocación de durar más y los había “permanentes”. Todos los castros tenían en común, que eran entornos de alta densidad de soldados y aparato de guerra, así que si bien todos tenían algunas construcciones defensivas, estas solo tenían el objetivo de entorpecer algo el supuesto asalto de algunos insensatos, hasta que los legionarios se vistieran y cogieran las armas.

Esta táctica está en el polo opuesto de lo que es un castillo, donde una guarnición podía –en la edad media- atrincherarse tras gruesos y altos muros y resistir dos años.

Por eso es imposible confundir ambos conceptos: “Uncastillo” no es “Unum castrum”.

Sin embargo, la historia pasteleada durante la Ilustración, nos cuenta que sobre las plantas de algunos de esos campamentos, los nativos crearon ciudades. La historia “creada” en esa época, ensalza el periodo greco-latino y se plantea un mundo que empezó hace cuatro días, obviando un pasado prehistórico milenario, al basar todas sus tesis únicamente en los documentos escritos por esas culturas mediterráneas o por sus vecinos coetáneos, cuando la historia del mundo tiene unas raíces mucho más profundas.

Hay que ser muy cándido y no tener ni idea de meteorología, geomorfología, de logística e intendencia de guerra y de paz ni de la comarcalidad y sus parámetros, para creerse eso, ya que las necesidades de un batallón “in itínere” nada tienen que ver con las de una ciudad creada con mucho tino y esfuerzo, con un entorno que la nutre y dota para perdurar en un lugar.

Por eso tampoco me creo que “unum castrum”, voz absurda como descriptora existiera alguna vez y diera lugar con el tiempo a “Uncastillo”.

Aplicando opciones que se explican más adelante, apostaría que fue al revés, que había una peña de cabras llamada “Ünk aitz aillo” y que los cronistas romanos tradujeron y aderezaron para darle la absurda traducción latina. Esa voz arcaica significaría más o menos, “La peña vigía por antonomasia”, combinación de “ünk”, lexema raro pero claro relacionado con el carácter fijo, inamovible de algo, “aitz”, peña y “aillo”, expresión del acto de vigilar, disponer de una gran cuenca visual.

Mapa 1. Uncastillo en el noroeste de Zaragoza con sus cuencas visuales.

Y es que todas esas condiciones se daban en Uncastillo: La peña llamada aún hoy en día “Ayllón”, que se ve en la Foto 1, era un minarete natural relativamente accesible en pleno centro de la cuenca del río Riguel con una visión excepcional hacia aguas arriba y abajo, pero que facilitaba igualmente la visión de otras subcuencas que se “radiaban” desde el peñón, como las de “Loschiles”, “Avenar”, “Anas”, “Ajatún”, “Arba” superior e inferior y “Ubio”. Una atalaya impresionante que permitiría hace miles de años observar las evoluciones de los rebaños en migración que transitaban de Sur a Norte y viceversa.

Foto 1. Vista de la Peña Ayllón sobre la que se construyeron torres.

Luego se volverá a hablar de “Ayllón” y sus homófonos, de su importancia y de las alteraciones que ha sufrido.

Pero el castillo que luego hubo en Uncastillo, es un caso paradigmático de cientos y cientos de “castillos” que se pueden encontrar en nuestra toponimia y también en la de nuestros vecinos, como prueba irrefutable de que en todas estas tierras se habló una lengua única con la que se describía el territorio de forma precisa. Vayamos a la cruda toponimia y comencemos por la española.

El conjunto de fonemas que crea voces del tipo “castillo”, es de los más abundantes en la toponimia, concentrando este nombre un sinfín de interrogantes difíciles de resolver, pero que –como se verá al final del artículo- llevan a negar que el topónimo proceda únicamente de la edificación guerrera que todos imaginamos.

Para ello es necesario manejar muchos datos aunque el volumen y su monotonía reste la gracia conveniente para mantener el interés sobre los razonamientos empleados y las pruebas aportadas.

Es obligado empezar por lo que dan por sentado los eruditos; esto es, que “Castillo” es una variante fonológica de “Castrelum”, es decir, según ellos, un castillo es un castro pequeñito que el vulgo ha ido desfigurando según Castrelum > Castelum > Castellum > Castello >Castillo. Estos mismos eruditos o sus asesores en historia, aseguran que los castillos proceden de la época de la reconquista y que en España hay cerca de 2500 comprobados, sumando los que se hallan en pie, en ruina o de los que hay indicios ciertos.

Muchos de ellos no han trascendido como topónimos.

Un primer repaso por la toponimia española nos aporta 2060 topónimos que contienen la forma neta “…castillo…” en su cuerpo bajo infinidad de variantes.

Los que contienen “…castilla…”, bajan a 273, bien sea de forma neta, “Castilla”, o como Castillar, Castillas, Castillazos…

Si se busca por “…castiello…”, hay unos modestos 107, en las formas El.., Los…, Peña…, Pico…, Río…

Siguiendo con “…castelo…”, sorprende que sean tantos (613) y que todos ellos estén en el huso 29, la franja más occidental de España, principalmente Galicia, donde los moros apenas estuvieron una semana.

Si lo recabado es “…castell…”, se recogen hasta 2382 con las formas de Alto…, Arroyo…, Barranco…, Bosque…, Cabezo…, Can…, Casa…, Castellar…, Castellet…, Castelló…, Es…, localizándose la mayor parte en el huso 31, es decir en la España oriental.

También hay casi un centenar de “…gaztelu…”, como “… Erreka, … Aitz, … Borda, “…pe”, “Peñas…”.

El investigador independiente ha de escamarse obligatoriamente incluso antes de sumarlos, al comprobar que entre tantos miles de nombres no haya alguno que refleje los “pasos intermedios” que los lingüistas aseguran que se produjeron entre “castrelum” y “castillo”.

Sin rebuscar mucho más, sumando, se ha dado con más de 5500 topónimos relacionables con castillo en España y se constata la paradoja de que la mayor parte ni están en Castilla ni están en Jaén, donde los eruditos aseguran que hay más castillos, sino que están en Galicia y en Cataluña. Además suponen más del doble del número total de castillos físicos escrutados y es impensable que todos ellos fueran originalmente castros que se hubieran transformado en castillos y lo es no solo porque la mayor parte de ellos están en lugares donde no procede hacer castillos “clásicos” (no hay entorno agrario, urbano o de paso, que defender), sino porque no hay vestigio alguno de ruinas, accesos ni otros recursos que vigilar.

Para ejemplo, la cumbre denominada “Castillo de Vinuesa” a 2.085 metros de altitud en Soria, donde no tiene sentido hacer un castillo –ni nunca lo hubo- , como se ve en la foto 2 y el Mapa 2, que muestra la topografía que presentan muchos de los “castillos” sin castillo.

Foto 2. Castillo de Vinuesa, a 2085 metros de altitud.

Mapa 2. Configuración del “cerro testigo” denominado “Llano castillo” con numerosos recortes o balcones que en toponimia se llaman “castillos” y que se caracterizan por ofrecer panorámicas excelentes del valle.

Aparte de estos castillos físicos naturales muy evidentes, cuya etimología pudiera proceder de “kas (t) ailo”, donde el primer componente se refiere a una protección artificial, a una edificación aunque sea mínima (“kas”, de casa), tal que un simple chozo que pudiera proteger del viento, lluvia o sol y la segunda, del verbo “ailo”, vigilar, escrutar el espacio, serían lugares de observación de grandes cuencas visuales, no con objetivos bélicos ni medievales, sino venatorios o pastoriles; es decir, para la observación y seguimiento de las evoluciones de los grandes rebaños en libertad. Aparte de estos castillos, digo, se adivina otra variante de “castillo”.

Se trata del castillo ligero, ese que ha quedado representado por los “castillos de naipes”, por los castilletes de minería, los castillos de observación forestal o los que soportaban los “heliostatos” de comunicación militar durante gran parte del siglo XIX; incluso los “castellets” catalanes formados por grupos de personas bien entrenadas o el “castillaje” naval; todos ellos promovidos por la función primordial de “ver un poco más allá” de lo que se divisa desde el suelo o desde una cubierta o para otros fines auxiliares.

Quien haya estudiado la dinámica animal en las grandes planicies herbáceas, sabe que tanto los animales “presa”, como los “predadores”, recurren a subirse en pequeños promontorios (nidos de hormigas, hinchamientos del suelo, acumulamientos de tierra…) para ganar unos metros de altura y poder divisar un territorio mucho mayor que el visible desde el suelo.

Los humanos han copiado y mejorado esa táctica y desde muy antiguo han creado tinglados a base de palos enlazados formando estructuras para subirse y mirar a lo lejos: “kas til” o lo que es lo mismo, “construcción temblorosa”, ya que “kas”, sigue siendo la construcción destinada a acoger a alguien y “til” es la raíz que define el temblor, la oscilación, resultando un nombre obvio para unas empalizadas elementales, de troncos anudados que oscilarían alarmantemente al subirse en ellas.

El castillo por antonomasia, el castillo resultante, el medieval, se nutría de todas estas funciones, añadiendo otras como la dificultad para ser expugnado, gracias a su localización, construcción y capacidad de conservar agua, alimentos duraderos y combustible.

Pero, ¡ojo!, porque tampoco son moco de pavo los topónimos españoles que contienen el morfema “castr”, casi todos variantes de castro, castrelo, castrillo…, paquete que llega a los 3705 y que si fueran expresión de verdaderos castros militares, sumados a los castillos y a otras variantes cercanas, nos darían la impresionante cifra de casi diez mil construcciones.

Es evidente que ni castros ni castillos se refieren “por defecto” a construcciones sólidas; otra cosa es una de las hipótesis que se viene a plantear aquí, la de que en muchos de los lugares destacados por sus condiciones de atalayas, se llegaron a construir refugios, torres y hasta castillos y por eso el nombre vernáculo y el resultante se confundieron con el paso de los años y la desaparición y el olvido de las principales prácticas económicas ancestrales, la caza y el pastoreo.

El fenómeno no es solo español; si se extiende la búsqueda a Francia (donde no hubo reconquista), aunque la base de datos toponímicos disponible sea solo una décima parte de la española, se localizan hasta 471 topónimos que contienen “…cast…”, una décima parte de los cuales hacen referencia a castañares, pero el resto a castillos, no a los “chateaus” que se esperaba encontrar: “Entrecasteaux, Castellane, Castell, Castel, Castel dels Moros…”

Con la forma “…castr…” solo se encuentran 25 en una “Galia” que debiera haber tenido infinitos.

Un paseo por Italia, lo mismo; nos da hasta 1100 que poseen “…cast…” y hasta 81 que muestran “…castr…”.

Yendo a Portugal, se repite la proporción, 287 con “…cast…” y solo 31 con “…castr…”, precisamente donde más castros se esperaba encontrar.

Es que en la toponimia suroccidental europea hay infinidad de lugares que se llaman algo parecido a “castillo”, “castel”, “castell”, “castro” o “castrillo” y no soportan ni han soportado castillo ni torre alguna.

Además, entre tantísima abundancia de nombres, no pueden faltar denominaciones curiosas que llevan el castillo delante o detrás, como Dicastillo, Carcastillo o hasta 30 “Trascastillo” e infinitos “alto, cabeza, cabezo, canchal, canto, casa, casas, cejos, cerro, llano, loma, morro, peña, pico, punta, riscos…”del castillo”.

La existencia de varios “Trascastillo”, donde el lugar se encuentra allende un cerro o pico sobresaliente que se ve desde un poblado y que hoy no se se llama castillo, pero que pudiera haberse llamado así en la antigüedad, sugiere que aparte de los cortados de los cerros, los cotorros, picos y crestones aislados también pudieron ser llamados así. Ver los mapas 3 y 4.

Mapas 3 y 4. Tras Castillo, Trascastillo

Como no podía ser de otra manera, también hay versión vasquizada, como “Bikastillo” en Aralar coincidiendo con dos “pliegues” y “Trescastillo” en Palencia, donde no se coordina el número con la forma… o el “gaztelu” mencionado, variante sonorizada del “castillo”.

Llegado a este punto es conveniente replantear si esa decena de millar de castillos no se referirán a formas o configuraciones locales arcaicas en vez de la idea de castillos medievales para frenar al moro que nos inculcan…, porque muchos de ellos denominan a lugares que los locales suelen llamar “balcones”; zonas extremas de esos cerros testigo que tanto abundan en las cubetas de los tres grandes ríos españoles, Ebro, Duero y Tajo y en los infinitos oteros gallegos y catalanes.

Volviendo al comienzo, la parte inicial, el “arranque” de “Uncastillo, proyecta aún más dudas que su parte central porque es muy escasa en la toponimia.

Hay topónimos que contienen el morfema “unc” y sus variantes (“unk, ung, unqu, inc, hinc…”) y que han llevado a nuestros antecesores –casi sin excepción- a identificar con el carácter unitario de algo.

No es así.

Hay nombres curiosos y graciosos como el “Arroyo de la Uncosa”, “Uncasón”, “Uncadero”, “Uncarejo”, “Uncedo”, “Unalcón”, “Ungatón”, los picos de “Unquera” y “Unguía”…

Los hay con hache como “Hungrillo” (que también existe como “Ungrillo”) y toda la larga serie de los “Hinca…” y los hay en femenino: “Una Mala”, “Unanoria”, “Unavieja”, “Unastrés”, “Unafría”… que parecen señalar unidades, pero que el simple recurso comparativo a la toponimia y onomástica vasca tradicional con sus “Unbe, Undiano, Undurraga, Unciti…” invita a olvidar ese arranque y estudiar en profundidad su significado menos aparente.

Todas esas formas pueden ser variantes del lexema vasco arcaico “ünk” que hace referencia a la inmovilidad, al carácter monolítico, arraigado y destacado de algo notable; generalmente formaciones pétreas. Es el criterio que se ha usado al comienzo.

Finalmente, la forma “ailo, ahillo, ahíllo, ayllo…”, que se mencionaba antes de pasada y que está relacionada con el carácter de prominencia de los lugares, es decir con su visibilidad a y desde cuencas amplias (lo que llamamos los cartógrafos “Intervisibilidad”), recoge un centenar de sitios, sospechándose que muchos de los topónimos que terminan en “…illo”, entre ellos, miles de castillos, son formas muy alteradas del original “ailo”, acercándose a los 18.000 los topónimos con esa terminación, material que se está empezando a estudiar ahora y que se confía en que guardan interesantes novedades.

Aunque esas variantes “ailo”, “ahillo”, “ahíllo”, “aguillo”.. son frecuentes, la forma “Ayllón” es más familiar por haber una sierra notable entre Guadalajara, Madrid y Segovia que la lleva.

A mi me resultó reconfortante el descubrimiento casual del pico “Ahíllo” circulando durante unas vacaciones por la carretera A-316 en Jaén (ver la foto 3 obtenida desde esa carretera). Su morfología ya advierte de un potencial que resulta soberbio, ya que el paso desde el valle medio del Guadalquivir (zona de Priego de Córdoba) hacia el norte, a través del valle del Jándula y de Sierra Morena para acceder a la depresión del Guadiana se domina desde esta atalaya.

Mapas 5. Pico Ahíllo

Su vista desde el Oeste; desde la carretera A-316 que es la ruta natural de comunicación ganadera y pedestre entre las cuencas mencionadas, es mucho más impresionante que desde el Sur, ya que se muestra como un verdadero cono que domina los horizontes en todas direcciones, constituyendo un observatorio imposible de superar. No es de extrañar que sea uno de los cien picos más prominentes de España. Foto 3.

Foto 3. Pico Ahíllo. Foto propia.

Pero esta forma sonora, trasciende las fronteras de España y también se encuentra en la Saboya francesa, donde el monte Aillón repite la forma y función de los ibéricos en el pico que se ve en la foto 4, en una zona que llaman “Les Aílles”.

Foto 4. Monte Aillón en Savoya, Francia

El lector coincidirá conmigo en que hay suficientes indicios entre los nombres de lugar para seguir estudiando y para que previo tirón de orejas a los académicos y a sus acólitos que quieren ver en todas partes herencias romanas, busquemos en otros yacimientos gigantescos que están llenos de una información que está esperando a ser contrastada con varias ramas del conocimiento y a mostrarnos un mundo prehistórico distinto, rico, sabio, coherente y evocador.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.