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Valencia

Al oír Valencia, todo el mundo piensa en la Valencia del Turia, la de las naranjas, de limones, del amor…, pero la geografía española está llena de otras Valencia, Valenciana, Valenciano, Valenzuela, Valenza, Valenzana, Valentí, Valentín y Valencines, Navalencia, Valentías, Valentejo, Valenceja, Balenaga, Balentziaga, Balenyá, Balentejo, Palencia, Palenque, Palenciana, Palenciano, Palenzuela, Plensa, Plentzia, Vallencina, Vallençana, Vallenatos, Ballent, Baieneta…

Entre ellos, algún lugar modesto como Palenciabide (camino de Palencia) con claro acento vasco, una veguita señalada con la flecha roja en uno de los numerosos ríos Oka del mundo, poco antes de afluir al río Zaia, donde la llanada de Vitoria, (antiguo fondo de un lago terciario) comienza por el noroeste con el Aeropuerto de Foronda una zona en la que cualquier aficionado sentenciaría “al momento” que aquello huele a pantano y que es una idea precursora de lo que se va a postular aquí, que los nombres del tipo “valencia” son hidrónimos que designan antiguas zonas de deposición, compuestas por “bael», la denominación de los fangos que se generan en las ciénagas y el adverbio “entz”, completamente, lleno… y otras desinencias.

En un recorrido con breves descripciones, se va a pasar por algunos de los casi 1.100 nombres de la “familia de valencia” que hay en España, para que el lector compruebe que su presencia es generosa aquí, pero también se tocarán Portugal, Francia e Italia, donde las leyes que dan nombres a los lugares han sido las mismas y en el caso de Valencia, nada tienen que ver con el valor ni con fortalezas ni campamentos de legionarios.

La antigua aldea orensana de A Valenza (que se llama igual que la Valenza italiana del Piamonte), caserío que en los años cuarenta apenas ocupaba media hectárea y trabajaba la hermosa vega aluvial que se formaba en el humedal formado en la confluencia de los ríos Barbadas y Santa Olaia a escasos tres kilómetros del centro histórico, es ahora un moderno “banlieu” de cuarenta hectáreas que ha borrado totalmente los indicios de aquel tremedal que ya nadie recuerda.

El “Alto de Valencia” está sobre la Playa que el río Esla forma al entregarse al embalse de Riaño, haciendo referencia al depósito de arenas y limo a sus pies.

Con el nombre de Valencia y diferentes articulaciones, hay varios arroyos; Un Arroyo de Valencia en Zafra, otro de igual nombre en Cádiz. El “Arroyo Valencia” está en Membrio, Cáceres, que junto al arroyo Realito, forma un pantano ahora recrecido.

Barro Valencia es el nombre de una finca húmeda cerca de Almendralejo.

Canto Valenciano en el Maestrazgo, es un estrecho lomo que se alza sobre Los Hocinos, desfiladero donde varios arroyos dejan una zona aluvial en medio de un secarral.

Vega Valencia, junto al lugar llamado La Valencia, están en las montañas asturianas del Parque de Redes y es otra mancha aluvial fértil y cultivada, rodeada de riscos pelados y prados que se agostan en verano.

El Embalse del Borbollón, cubre desde hace setenta años una vega llamada Valencia que ya se hubiera olvidado de no ser porque el monte de su ladera norte se llama Encinas de Valencia.

En la montaña de Huesca, a 2.100 metros de altura, en una fractura de la Sierra de Alano, hay una llanurita de deposición de unas 60 hectáreas que se llama Llano de Santa Ana, a la que vierte aguas y arrastres un barranco que se llama Faja de los Valencianos y que preside el Puntal de Valencia; aquí, Santa Ana recuerda a “sand ena”, el arenal.

En Tomelloso, en un entorno manchego completamente cuajado de viñas de secano, hay un lugar llamado Hoya de Valencia, que consiste en unas 90 hectáreas de tierra fresca con huertos, fondo de una antigua lama endorreica.

Sin salir de La Mancha, en Tarazona hay un caso parecido, donde entre viñas de riguroso secano hay varias Hoyas (Hoya de Valgómez, de Garfas, de Setas, de Tebar, de la Balsica…) que son lugares con parcelas de labrantío, lo que indica sustrato de suelo de aluvión; una de ellas, es Hoya de Valencia.

Al sur de la capital de Albacete, entre lomas ásperas, hay un arroyo que antes de desaguar en la Rambla de Canales, crea una superficie agrícola de unas 30 hectáreas que trabaja la aldea de Berro y que se llama Huerta Valencia.

Cerca de Arnedo hay un barranco muy ramificado que llaman “De la Abeja” y que recorre montes áridos repoblados de pino carrasco. Uno de sus tramos tranquilos ahora seco, se llama Juncal de Valencia; señal de que alguna vez hubo humedad y juncos.

En la Alpujarra oriental, las zonas llamadas Valencina y La Valenciana, son las primeras tierras extensas y profundas que dan al Río Tolox sus arroyos de montaña antes de llegar a las amplias vegas bajas ya en Almería.

La Mangada de las Valencianas cerca de Alburquerque, es un lugar con numerosos arroyos, balsas y otras manifestaciones hídricas.

Huerta de Valdecarábanos, cerca de Ocaña, es una población al margen del Arroyo de La Madre, un cauce saturado de sedimentos y con zonas pantanosas cuya parte central se llama Valencia.

Valencia es también una zona lagunar cerca de Lillo.

Valencia de Alcántara que ha sido portuguesa y española y que está en el extremo occidental de Cáceres, es objeto de discusión porque un sector culto quiere que su nombre proceda de una de las “Valentia” romana que aseguran significaba poder, vigor nombre que alternando con “Legio” usaban para llamar a campamentos de legionarios, pero que otros sitúan lejos de ahí.

La ciudad está edificada entre los regatos Pege y Caparrosa; ambos creaban las zonas frescas de El Arenal y La Luengo, contraste húmedo en un entorno muy seco, que posiblemente dió nombre al asentamiento.

Valencia de Don Juan en León, la gran vega donde el Esla se estrecha constreñido por el cerrito y castillo de Coyança, otero solitario en una gran llanura aluvial (“goi antza”, aspecto, aire altivo ) que dio nombre a cerro, castillo y pueblo ya milenios antes de los asentamientos agrarios, fue primero Valencia a secas en referencia al remanso y al enorme depósito de gravas, arenas y limos que se generaba aguas arriba de cerro y vado, vado que luego fue puente y que ha dado nombre a Los Espadañales, al Juncal, al Valle de los Juncales…

Y al entorno envolvente, Valencia, vega que al arruinarse el castillo quedó como nombre del próspero pueblo y que los políticos del momento fueron adornando con nombres de ocasión… “Valencia de Campos, de Don Juan, conde de Portugal…” En la imagen, cerro de Coyança.

Valencia de La Encomienda, en Salamanca es un trozo de tierra repleto de pozas y con abundante presencia de agua.

En Valencia de las Torres, Badajoz, hay que analizar la forma de las parcelas agrarias para entender que el Arroyo del Riscal junto con el de La Gallinera, que cruzan el pueblo, son los responsables de la forma curva de las piezas de tierra que orlan sus trazados. En Valencia de Mombuey, en cambio, hay que buscar en la cercana Vega del Trampí, casi en Portugal, las sesenta hectáreas de tierra depositada por aguas de escorrentía.

Valencia do Sil en León, tiene amplios placeres sedimentarios en A Reza, O Souto, A Veiga…

En Valenzuela, entre Córdoba y Jaén, todo el conjunto de los arroyos de Los Terreros, Saladillo, del Vaquillero, Carrasco y Algarve, forman un conjunto endorreico de más de 2.500 hectáreas que se ha ido rellenando durante milenios.

Aparte de la principal Valencia, la del Turia, la que dicen fue fundada por los romanos como Valencia de los Edetanos y ciudad que destruyera Sertorio, sea o no cierto lo que las crónicas políticas dicen, es seguro que milenios antes ya se llamaba con su primer nombre porque no en balde es el lugar más representativo de la dinámica erosivo-depositiva de la costa levantina, donde los arrastres de innumerables torrentes y de unos pocos ríos, han creado una formidable llanura litoral con vocación de manglar, que la laboriosidad de los valencianos ha transformado en “horta”, una huerta donde el suelo tiene metros de profundidad como en esta plantación de cebollas en Alboraia que viene desde hace milenios soportando tres cosechas al año: ¡Esto es “bal entz i a”!, “los suelos de limo”.

No importa que en Gipúzkoa, como sucede en este entorno del río Urola entre Azkoitia y Azpeitiacon amplias playas entre se escriba “Balentziaga”, que es esencialmente lo mismo y un tramo río abajo el lugar (famoso por el nacimiento de san Ignacio y la construcción de una basílica) que dicen Loiola 1 venga a significar algo parecido, ya que “lo i” es la acumulación de polvo que queda cuando el limo se seca…

Hay otros muchos lugares con parentesco como el Plá de Balenyá en Barcelona, una cubeta de mil hectáreas al pie del Montseny, rellena por los acarreos de pequeños arroyos que procedentes de ese macizo, del Serrat de la Juana y de Los Güells, han acumulado millones de toneladas de finos que han quedado presos por el estrecho de Centelles.

Terminemos con Palencia y Plentzia, lugares conocidos por muchos, que también son primos de Valencia.
Aunque hay una Palencia de Negrilla en Salamanca y es un lugar con indicios de suelos de origen hídrico, no se va a insistir en que ese color “encaja” con el “bael” del comienzo de su nombre, porque la otra Palencia, la capital situada entre los páramos de Cascabotijas y Magaz que humillan al flamante Río Carrión y su séquito de arroyos, canales y acequias obligándoles a replegarse de forma exagerada si querían salir al Pisuerga, con lo que la formación de grandes remansos cuando los caudales eran grandes, la suelta de depósitos y la creación de juncales y ciénagas aguas arriba de la capital era una constante.

Pero más al Norte, en las zonas de Becerril, Paredes y Fuentes de Navas, en tiempos pasados se formaban en los años húmedos áreas lagunares de miles de hectáreas que podían llegar a ser comparables a la Albufera valenciana y que han sido sometidas durante cientos de años a drenajes y otras labores con el objeto de ser desecadas y explotadas en cultivo, así que no es extraño que el nombre de Palencia se relacionara con los humedales y se hiciera extensivo a gran parte de la provincia. En la imagen, Laguna de Fuentes.

La Plentzia de Bizkaia es un caso parecido, solo que el “nivel de base” lo pone el Mar Cantábrico y sus incansables mareas. En Plentzia, el Butrón que es un río mucho menos peraltado que otros cercanos, ya suelta gran parte de sus sedimentos en las llanuras intermedias de Mungía y Gatika, así que al llegar al mar, lleva básicamente finos, lo que hace que en la ría de Plentzia afloren los fangos con cierta facilidad y se lleguen a ver trazas de erosión en fango como la de la foto adjunta.

O que se encuentren al nivel de carrera de mareas nombres como “Junquera” o “El Abanico”, en realidad, “laban eiko”, zona resbaladiza por mor de sus finos fangos.

En el extranjero, solo un par de ejemplos: En Francia, está la ciudad de Valenciennes al Norte, pero también hay varias Valence-…, Valencay, Valencín, Valencins, Valencize, Valenti, Valentigny, además de cientos de topónimos modestos.

La primera de ellas, casi en Bélgica (que se parece mucho a Belchite) y que está “adosada” al Escalda, río cuyo nombre indica ser una corriente de márgenes volubles, fue temporalmente española, ya se llamaba así en el siglo VII. La imagen de los muelles comerciales totalmente tablestacados hablan de un río perezoso y lleno de meandros, transformado en canal y de que –antes de que lo encorsetaran- debió de tener amplias márgenes con playas extensas y limosas, de las que queda como recuerdo, un estanque que puede verse en el mapa adjunto.

En Italia, es famosa la Valenza piamontina donde el Po que tiene urgencia por descargar los sólidos que trae de las montañas, se ensancha y deja amplísimas barras de sedimentos que en el mapa adjunto, ocupan tres kilómetros, mitad en Piamonte, mitad en Lombardía…

Pero también hay numerosos Valentino, Valentano, Valentina, Valentini, Valenzano donde los hipercultos quieren ver rastros de Valentines y Valentinas santos o heróicos, pero lo que hay son señales insistentes de lugares que han sido e incluso siguen siendo áreas donde aguas y tierra se disputan el dominio.

Para terminar, en Portugal también tenemos Valentino, Valenza y varias Valença: Valença a secas, una modesta Valença do Douro, Valença do Minho, donde no es la preciosa fortaleza del primer plano de la imagen, una ciudadela comparable a la de Pamplona de la “época artillera” la que le ha dado el nombre, sino los arenales, la terraza que se ve aguas arriba de la ciudad.

Todas estas Valencias encuentran la explicación de su nombre al borde de los ríos, no en imaginarios cuarteles militares formadas por tipos valientes.

1 Loiola es la ferrería u otra construcción que se edificó cerca del arenal de ese recodo del río.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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