Toponimia

Villalaín y Bisjueces

Estos dos pueblecitos se encuentran en Las Merindades de Castilla y León en la ruta que une Villarcayo con Burgos a través del Puerto de La Mazorra (Lamatz orr a) y la imaginería romántica ha creado para ellos una historia preciosa al estilo de las gestas nacionalistas más fantásticas de Europa.

La leyenda comienza con la epigrafía de una losa encontrada en Cigüenza, cerca de Villarcayo, en la que se lee que ahí yacía Nuño Rasura, conde y juez castellano. La losa pudo estar en una iglesia desaparecida, pero todo el mundo da por bueno que el conde de Astúlez, dio con sus huesos en esa zona.

Según conjeturas obtenidas del Cantar de Mío Cid y otras referencias posteriores, Laín Calvo, otro de los jueces rebeldes castellanos del siglo IX, casó con una hija de Nuño y ambos tenían por hábito recibir consultas y resolver pleitos o demandas en un paraje de Bisjueces cercano también a Villalaín, denominado “Fuente Zapata”, aunque actualmente figura en cartografía como “Fuente Onzapata” (ver mapa al final).

Todo este entorno queda incluido en menos de una legua cuadrada, de manera que era una zona familiar para cualquier vecino o viajero y los poetas tejieron una bonita leyenda de desafíos, valor y ejemplaridad, y cuando en los siglos XV y XVI llegó la plata en grandes cantidades, algún promotor desconocido reconstruyó la antigua ermita románica de Bisjueces, dotando a la nueva obra de un gran pórtico plateresco en el que sentó a media altura a los dos jueces en hornacinas como las destinadas a los santos más meritorios, certificando así que el nombre del lugar se correspondía con la alegoría.

Los que trabajamos con Toponimia, tenemos ocasión de conocer muchas historias legendarias que se tejen en base a similitudes de la fonología de los lugares, pero disfrutando con ellas, no solemos creerlas. La verdad no siempre es fácil de desentrañar, pero lo habitual es que los nombres de lugar sean antiquísimos (seis, ocho o más milenios son normales) y cuando se trabaja con miles, con millones de nombres, el panorama se ve muy distinto a lo que nos cuentan historiadores, cronistas o juglares que se ceban en uno solo de ellos.

Hay que decir en primer lugar, que los nombres de lugar se repiten una y otra vez en territorios a veces lejanos y si esto es una verdad relativamente fácil de entender, es mucho más evidente que los morfemas (generalmente lexemas) que los forman, se repiten con mucha más frecuencia; es decir, los nombres de lugares (y por extensión, de ciudades), se componen de partículas con significados concretos y unívocos, que generalmente se refieren a condiciones fisiográficas, a componentes de suelo y subsuelo, a procesos de la superficie o hídricos, a condiciones de paso o a vegetación y que definen muy bien un entorno.

Al decir esto, se entiende que se obvia la grafía y hay que ir al sonido, jugando con las letras que han podido ser capricho de una época, de la calentura de un secretario o de una revisión académica.

Si comenzamos con Bisjueces, cualquier hablante de Castellano ve “jueces” en su composición y es comprensible que tenga propensión a creer lo que el academicismo nos cuenta, es decir, que los nombres de lugar hacen honor a gestas de hombres y mujeres, de reyes y amazonas, de batallas y de sucesos pretéritos.

No es así.

Un repaso por la toponimia española nos muestra docenas de jueces con “ce” como Los Jueces en el Cerrato, Marra de los Jueces en las montañas de Zamora, Corrales de los Jueces cerca de Villafruela, Peña de los cuatro Jueces en Asturias…

Muchos más aparecen en singular, es decir, con “zeta”, como El Ajuez en el Alto Palancia (ver imagen), Juan Juez en Tembleque; cañada, casa, camino, casilla, cortijo, fuente, hoya, huerta, lagar, masía, mesa, paridera, prado, rincón, río, venta,… del Juez; también, El Juez, Juan Juez, Mata el Juez, Naranjuez, Pijuez…o en versión femenina, Riba La Juez, Sojueza, etc.

Para quien se haya dado cuenta de se me pasaba el célebre Aranjuez, he de decir que este nombre no es único, que hay un Aranxuez en La Coruña e incluso casi un gemelo de nuestro Bisjueces, “Monte Vixueses” en Orense.

Ni que decir tiene que hay infinidad de lugares con nombres parecidos en los que ese lexema aparece como “jues”, “jueq”, “yuez”, “suez”, “hues”, “cues”…
Esto quiere decir que para quien estudia los nombres de lugar de forma sistémica, las alegrías historicistas no son válidas; los nombres no tienen mil o mil doscientos años ni están relacionados con aventuras y hay que estudiar muy profunda y extensamente para llegar a desentrañar sus significados.

La otra componente del nombre, “bis, vis, viz, izk, iz …”, es igualmente abundante en la toponimia. Hay casi un ciento de nombres con “bis”, como Bisuju en Asturias, más de cuatrocientos con “vis”, entre ellos innumerables Visu o Visueira, casi cincuenta con “viz”, Vizús en La Coruña, Vizcaya en Navarra (casi en Huesca), más de trescientos con “izk” y miles con otras grafías más “ortodoxas”.

La primera conclusión es que no hay motivo justificado para pensar que la parte “jueces” del nombre de este y de otros muchos lugares, ciudades o parajes remotos se refiera a personas que imparten justicia.

En la Toponimia, “juez” en las varias formas citadas arriba, suele coincidir con crestones como el paradigmático de la figura siguiente que corresponde a una zona remota del Alto Palancia o a acantilados y bordes de mesetas abruptos en los que aparecen frecuentemente yesos (alguezares, algüezares).

Dejando por un momento Bisjueces, para analizar Villalaín, casi todo el mundo cree que tal nombre se debe a la villa que edificó un tal Laín, concretamente el juez de la rebeldía contra Ordoño.

Para confirmarlo, hay quienes aseguran que el nombre castellano Laín, es una variante de San Latuín que fue obispo de la ciudad de Sées en Normandia, mientras otros creen que es ibérico y que originalmente era “Laynus”. Ninguno de estos ha consultado el Euskera, donde “lain”, adjetivo, de uso antroponímico, sin quitar ni poner nada, equivale a “capaz, hábil, competente”, por lo que es un mote muy recurrido, que puede quedar en apellido de forma natural.

Lain es también un afijo comparativo y –en ocasiones- denomina a la hijuela o a una parcela que se otorga a alguien.
Esta partícula, bien en forma átona o tónica, es muy abundante en la toponimia, de manera que en España aparecen 118 lugares que la contienen sin acento y 85 con él.

Uno de ellos es otro Villalaín que es una aldehuela que se encuentra en un lugar remoto de Asturias, en el vértice que se comparte con Lugo y León y no creo que nadie pueda postular que Laín Calvo u otro Laín fueran allí a fundar otra villa (de dos casas).

Laín, como nombre, es, por tanto algo muy corriente en época histórica y no hay motivos para pensar que antes no lo fuera en alguna de sus formas potenciales para designar al territorio.

Planteada la multiplicidad de casos parecidos, es oportuno tratar de sugerir algún posible significado “físico” que conjugando variantes de “bis” y “jues”, sea válido para Bisjueces.

En Euskera, “bis, bisu” es la forma en que se denomina a los ventisqueros, zonas en que el viento acumula grandes cantidades de nieve aunque las nevadas no sean copiosas.

Por otra parte, se ha dicho que “juez, yuez” se asigna a formas del terreno parecidas a cuchillos, alargadas y estrechas.

Según este postulado, es posible que Bisjueces hiciera mención al espinazo al norte del cual se asienta el pueblo, espinazo que antes de ser horadado por la inmensa cantera que abrió el camino por Villalaín, era recorrido por el camino (en amarillo) para pasar de la cuenca del Nela a la del Ebro.

En toponimia de territorios con relieve acentuado, es muy frecuente el término “bizk” con el significado de loma alargada y no es rara la transformación de este lexema en “bisj”, con lo que la parte inicial del nombre del pueblo podría referirse a la loma de San Miguel que se prolonga hasta el “Mojón Alto” de la Sierra de La Tesla y que se ha señalado con una flecha en el mapa inicial y que en el siguiente se ve cómo a la altura de Bisjueces se proyecta como un púlpito sobre el poblado de Incinillas; en este caso el significado sería parecido: “El espolón de la loma”.

Villalaín, escrito con uve, nos empuja a creer que es una villa derivada de la “villa” latina con la que se denominaba a las casas de campo y ayudaba a confirmar las propuestas cultistas, pero no es así, porque la propia villa latina, no es sino un “arrastre” de la “bil a” del Euskera, con la que se indica el hecho de la concentración de algo, generalmente edificios, casetas o estancias, cuando es mucho más probable que su nombre vernáculo, “bil a lain” sea de época agraria, es decir, moderno y esté relacionado con la concentración de parcelas procedentes de rozas, un proceso que llevaría en los siguientes milenios a la agricultura que ahora conocemos.

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Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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