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Celtíberos

Introducción.

La voz “Celtiberia” es frecuentemente referida a Hispania a partir de que Tito Livio la mencionara en el 219 a.C. y Valerio Máximo se definiera Celtíbero, surgiendo ya masivamente en las crónicas en relación con la guerra de Numancia y aún cinco siglos después, Polibio asignaba a esa región zonas meridionales como los nacederos del Guadiana y Guadalquivir (Anas y Baetis).

Un periodo muy amplio y referencias mínimas, de poca fiabilidad y recogidas por los invasores; en conjunto pocos argumentos para componer más de un milenio de historia muy “movida”, para elaborar la cual se ha procedido -tan solo- a extrapolar los materiales arqueológicos y a dar por ciertas las citas epigráficas de cronistas, geógrafos y poetas.

En cuanto a los celtas, las menciones a este grupo en Iberia se dan inicialmente en los diálogos de Platón (Timaeus) en el siglo IV a.C., pero son “de pasada” y no hay detalle de la “montaña celta” que se cita, siendo muy vagas para poder establecer referencias sólidas. Y es que en cuanto a datos contrastados no hay casi nada, solo suposiciones aparte de alguna mención más tardía de Poseidonio sobre luchas pretéritas entre celtas e iberos y mucho más tarde, Estrabón, siendo lo único claro que los autores se copiaban continuamente.

Así, si antes se estudiaba en la historia que en el milenio anterior a la Era, hubo “invasiones celtas”, hoy se suavizan las cosas y se plantea que pudo haber migración de gentes pacíficas, no de ejércitos organizados. El caso es que en los últimos siglos ha habido demasiada alegría al plantear grandes movimientos de masas de gentes y bastaba a arqueólogos e historiadores encontrar unas cistas con restos de armas para inventarse el desplazamiento de ejércitos de miles de personas, como si contingentes de ese tamaño con gentes de todas las edades pudieran moverse con facilidad y durante largos periodos por territorios desconocidos en los que no disponían de alimento, caminos seguros, zonas de descanso y ni siquiera un destino claro.

Esa dinámica es inviable, por lo que no cabe duda que en el futuro se irá cambiando la terminología y la magnitud de las descripciones y al final se habrá de llegar a la convicción de que los movimientos masivos en busca de lugares de asentamiento tenían que cumplir algunas condiciones como las siguientes:

  • Debían de tener siempre la idea de un destino o “lugar objetivo” cuya descripción tuvo que haber sido hecha por agentes que lo conocían y que incluso acompañaban a los contingentes.
  • La intendencia es fundamental para cualquier desplazamiento y cuando en este se ven implicados cientos de personas (miles, es imposible), tiene un ámbito previsto de cientos o miles de kilómetros con cruces de montañas y vados de ríos importantes, además de los animales de carga y pesado equipo, es imprescindible que sean acompañados de rebaños que aporten recursos cada día y de los cuales numerosas cabezas se han de destinar al sacrificio.
  • Aunque se eviten los territorios potencialmente enemigos, un contingente así puede sufrir agresiones o robos con cierta frecuencia y también ataques de alimañas, por lo que una parte de los componentes han de llevar armas sin que eso quiera decir que sean soldados.
  • La velocidad correlativa que podía desarrollar uno de estos grupos debía de ser muy baja, quizás una legua diaria, aunque hubiera jornadas en que pudieran hacerse cuatro. En cualquier caso, tendrían condiciones muy severas para impedir la disgregación o la pérdida de cohesión y recursos, pérdida que podía suponer el fracaso de la expedición con tres cuartas partes de bajas y los supervivientes esclavizados.
  • El inicio de los asentamientos sería otra fase muy dura que podía prolongarse varios años hasta conseguir deforestar el entorno, edificar cabañas, establos y silos, buscar pastos y cazaderos, etc. esfuerzos, nunca con la garantía de éxito, porque amenazas debidas al clima, a migraciones de herbívoros, plagas o ataques de grupos merodeadores, eran imposibles de conjurar.
  • Hay un gran desconocimiento sobre los ritmos de toda esta dinámica, pero hay seguridad de que la transición entre el mundo con una economía basada en el pastoreo con gentes “permanentemente en estado de nomadeo” y otro en el que grupos de estos pastores acabaron definitivamente “sedentarios” y dependientes de la agricultura, pudo extenderse tres o más milenios, comprendiendo frecuentes crisis y decisiones de vuelta al estado anterior.

En este esquema no es fácil determinar una dirección de progresión dominante que los historiadores han decidido que fue “de Oriente a Occidente” basándose en motivos ideológicos, pero que posiblemente conoció fases en todas direcciones, incluso hacia el Norte, ocupando tierras en las que se dieran las siguientes condiciones:

  1. Ausencia de población y de visitantes periódicos o limitado número de estos, que aceptaran de buen gusto a los nuevos colonos.
  2. Tierras fértiles y adecuadas para el cultivo.
  3. Clima soportable todo el año.
  4. Agua de fácil acceso.
  5. Ausencia de plagas y epizootias disuasorias.
  6. Comunicaciones garantizadas la mayor parte del año.
  7. Recursos minerales.

En países como España, con un relieve muy marcado y con diferencias de altura (cota) notables en distancias cortas, con barreras naturales imponentes y con irregularidades climáticas frecuentes, casi cuatro quintas partes del territorio quedan fuera de esas condiciones benévolas, por lo que no es de extrañar que gran parte de la población continuara viviendo en las zonas agrestes, basándose sobre todo en la ganadería y apoyándose en la agricultura de fortuna, en la caza, pesca, la obtención de metales para el trueque, el oficio de mensajeros, “djin eta”, jinetes o guías para grupos que quisieran viajar y -finalmente- la actividad mercenaria en ciertas fases de la vida.

Las crónicas conjuntas de esos cinco siglos referidos al principio no nos aportan otra toponimia que la que trascriben los cronistas, denominaciones que suenan extrañas y que se han tratado de interpretarse por el Latín, Godo, Griego y por las dos versiones de Celta, pero nunca se han intentado resolver por el Euskera, siendo tan diversas y disparatadas las propuestas que circulan en Bibliografía, que las que se aportan aquí desde el Euskera, no deberían merecer las críticas que despiertan ni que los eruditos fruncieran el cejo.

En cuanto a los nombres de tribus[1], la mayor parte de la docena y media que hoy se maneja, han sido afectados por las transcripciones  de cronistas y copistas extranjeros y no ha sido hasta que se ha empezado a usar el Euskera como herramienta, que la toponimia vernácula y los nombres de tribus han comenzado a tener sentido, un sentido no exento de un humor ya que algunos de los “apellidos”que a continuación se plantean, recuerdan a los motes hispánicos, tan mordaces y hasta crueles, usados hasta hace tan hace apenas medio siglo.

En esta presentación se van a tratar varios de los nombres de tribus y más adelante se dará  un repaso a los criterios que han usado los investigadores entusiastas de lo celta para justificar que medio centenar de ciudades europeas llevan nombre de raíz celta, cuando tales raíces son eusquéricas netas.

 

Otras versiones para los nombres de Tribus.

Comenzando por los Arévacos, que nos dicen que desde el griego minoico significa “Los dignos de Dios”, visto desde el Euskera, “ara bae ko” sin apenas cambios, tiene un mensaje mucho más definitorio: “Los de las tierras llanas bajas” en base a “ara”, llanura,”bae”, zonas bajas y “ko”, perteneciente y la similitud entre el gentilicio en Castellano de “alaveses”, con  el equivalente en Euskera, “arabako” y el de la tribu. En la imagen, Llanada alavesa

No es menos extravagante lo que se postula para los Astures y Asturias partiendo del Asvéstico “stura”, ancho… ¿Qué tiene Asturias de ancho? Explicado desde el Euskera como “aix (t) ur i”, significa “las altas peñas” de “aitx” peña, “ur”, agudo, “i”, reiterado.

Para los Ausetanos del extremo norde

ste se reclama un supuesto nombre indoeuropeo tal que “ausos”, que significaría “los que toman el sol al amanecer”. En cambio, el Euskera sugiere “aus eta enak”, “los de las fallas y fosas” (posiblemente, La Garrotxa), siendo “aus” las fracturas o fallas, “eta” su abundancia y “ena” un genitivo (pertenencia). Foto de fractura en la Garrotxa.

Los Autrigones son modificados a “allotrigues” para que en Griego se acerque a la idea de extranjería (“alos”), pero aplicando una elemental metátesis “autri-aurti” quedaría en “aurt(i)koenak”, los que mudan su palabra, los que se retractan, algo parecido a la sentencia que aún hoy se usa en el País Vasco de “dos caras” para los cántabros y que suele explicarse en unos medios por las dos efigies de su escudo y en otros por la poca fiabilidad de su palabra.

Los Berones suelen recibir la nacionalidad celta o fráncica a partir de que unas veces se traduce su nombre por “los armados”, otras, “los luminosos”, características difíciles de entender para denominar a una etnia; en cambio, desde el Euskera significaría “Los de fuerte personalidad”, a partir de “beren, beron”, lo suyo y “oia” hábito, tendencia.

En cuanto a los cántabros, se suele echar mano de “cant” que en Celta significa roca, para señalar que este pueblo vivía en un lugar con rocas visibles. Determinación genérica que no se puede negar, pero que el Euskera resuelve con más detalle porque “cant a” es el borde y “bri a” señala una fractura notable, como la que se da a lo largo del borde cantábrico a lo largo de las aristas del anticlinal de sus numerosas “Sierras Llanas”.

De los Carpetanos nadie se arriesga a dar una etimología, que para el Euskera es elemental porque se refiere a gentes que habitan en territorios aluviales como son las abundantes terrazas del Manzanares, Tajuña, Tajo… a partir de “karr be eta”, las zonas de deposición de los arrastres de materiales de la Sierra Central, donde “karr- garr”, son los acarreos y “be” se refiere a las cotas bajas, riberas. Foto del Jarama.

Para los Celtas, aunque este término lleva  tres siglos siendo “moda”, nadie se atreve a dar una explicación definitiva; nadie asegura qué significa la parte delantera del nombre complejo “celt”; unos dicen que “*kiel”, escondidos, otros, “*kel”, calor, otros “*kel”, lanzar, otros que de antropónimos como Celtillus, divagando entra las formas griegas “keltoi-geltoi”, la latina “celtae” otras dudosas como “gala-gali”.

Algunas de estas tienen una coincidencia de significados según el Euskera, ya que la forma primitiva “geltoi” es una calificación tan genérica como certera que significa “los sedentarios”, a partir de “gel” (sonido guel), quietud, espera, estancia y “oi”, hábito, tendencia.

También “celtar” (“seltar”) o “celtoi” coincide en ese significado porque los seles fueron el primer modelo de “tolerancia” sedentaria para grupos antes nómadas, círculos de entre doscientos y cuatrocientos metros de diámetro trazados alrededor de un obelisco central en los que a un grupo responsable se le otorgaba el permiso para explotar la tierra, no permitiéndose contacto entre los diversos seles para que el ganado pudiera circular libremente.

 

Es seguro que antes de trasladarse a montañas y laderas donde están sus únicos vestigios, estos círculos se ensayaron en valles fértiles y tierras bajas, aunque ahí la agricultura posterior fue muy agresiva y desaparecieron sus indicios.

Parcial o totalmente cerrados con vallas tejidas o con setos vivos, que entonces se llamaban “esi”, los pasillos entre ellos se conocían como “esi tarte” (entre cierres), nombre que dio en las “estarta” y “estrada”, voz esta heredada por el Latín y otras lenguas latinas. En la imagen, mapa de Seles del Monasterio de San Miguel en Legazpi y antiguo sel en Oñati ocupado por un rodal distinto al bosque matriz.

Para Contestania y los contestanos tampoco hay explicación y nuestros sabios se van por los cerros de Úbeda buscando nombres propios étnicos, divinos o mágicos para explicar algo que se escapa de sus posibilidades mientras no recurran al Euskera. “Konder a” es la capa de materiales finos que se deposita en las costas de mares tranquilos y sin mareas como el levante español.

La emersión de estas costas ha dado tierras fertilísimas desde Almería hasta el comienzo de Tarragona; “konter ta” ha cambiado ligeramente por sigmatismo a “kontes ta ena”, la zona de llanuras litorales como L’horta de Valencia (en la imagen).

Los Edetanos se han circunscrito al territorio llamado “Edeta” en referencias históricas, entre Teruel y Castellón, entorno de los ríos Mijares y la hoya de Buñol con la Lliria como centro representativo, construida al pie de lo que se supone las ruinas de Edeta, pero nadie aporta explicación alguna a este nombre, que desde el Euskera parece referirse a alguna escisión territorial o social a partir de “ede”, separarse, alejarse. Edetanos, “los escindidos”.

Los Galaicos, nombre que desde hace un par de siglos se ha relacionado con los celtas galos, deriva en realidad del nombre de un gran territorio granítico que ocupa la totalidad de la actual Galicia y partes de Castilla y León, Asturias y Norte de Portugal, terreno que la erosión física y química llenó de infinidad de “lamas” [2]o pequeñas lagunas de escorrentía amén de otros fenómenos lacustres de mayor dimensión (“lagoas”), que grandes obras de drenaje y   milenios de ganadería y agricultura han difuminado.

En la imagen, Lagoa de Antela en los años 20, antes de ser desecada.

El proceso ha partido de “la (g) u”, “lagu”, lago, agua retenida para invertirse a ”gal u”,  “ga lü” y “gali”, como en “Las Galias” francesas inicialmente la costa lagunar del Ródano ( La Rhone).

Con los Layetanos algo parecido, como que no hay consenso y no se sale de “laiesken” (pueblo lai), mientras el Euskera explica “lai eta”, como “los surcos” o los valles paralelos, seguramente en referencia a la decena de arroyos que bajaban de la sierra de Collserola hacia el mar en lo que ahora es Barcelona, resultando “lai eta ena”, algo así como “los de los surcos”.

 

Lusitania se resuelve con la fórmula facilona, mágica y antropocéntrica de suponer que hubo un tipo llamado Lus ó Lusis, que forjó esa nación y que de él deriva el nombre. La intervención del Euskera apunta a una posibilidad, a un modelo al que cada vez más estudiosos se adhieren y proponen como alternativa a la humanidad partiendo en oleadas de las llanuras pónticas, para plantear que pudo ser esta zona ibérica del suroeste de Europa donde los humanos comenzaron su expansión consciente.

“Luz eta”, “luzita, son los remotos, los más lejanos, los originales.

Como Ptolomeo citaba unos oretanos germánicos en Hispania, los científicos de oficina se quedaron con la copla y concluyeron que serían celtas. Punto.

Sin embargo, la explicación por el Euskera nos sugiere que los manchegos de esa zona eran más conocidos por edificar con adobe y tapial “ore eta”, los amasadores, sentencia que es coherente con la disponibilidad de barro y paja al tiempo que la piedra es escasa. Caseta manchega de adobe.

Tampoco de los Pelendones de las fuentes del Duero sabe nadie el origen de pueblo ni  nombre que ligeramente retocado a “bae len (d) oiak” viene a decir algo así como “los primeros que habitaron las tierras bajas”, tema que se repite con otras precisiones y que apunta a que antes de labrar las tierras de las riberas, eran pastores y vecinos de las sierras. Recreación de pastor pelendón.

De los “Sedetanos” que suelen ser ubicados en el área de las “Cinco Villas” de Aragón, se dice que el nombre procede de su principal ciudad “Sedeisken”, aún no localizada, aunque algunos apuntan insistentemente a Azaila la asaltada, al otro lado del Ebro. Quien lo analice con el idioma vasco verá que lo más probable es que el nombre se refiera al carácter tozudo de los naturales de esa zona, partiendo de “set eta enak”, modelos de cabezonería de los “maños”, partiendo de “set a” obsesión, cerrazón.

Los sumisos “Turmogos” que suelen ser ubicados en Olmillos de Sasamón, tienen ese nombre que nadie ha podido desentrañar, porque tenían su lugar de reunión en las praderas en las que estaban y aún están las “Fuentes Tamáricas[3]”, cerca de Velilla del Carrión. Estado actual.

La explicación se basa en que “tur mu ko” describe una fuente alternativa, esto es, un manantial que tenía alternancias en su funcionamiento. (“Tur”, fuente, “mu” inestable, cambiante).

En cuanto a los “Vacceos” del valle central del Duero, de hábitos y costumbres comunitarias, tampoco hay otra explicación que la que pudiera derivarse de la abundancia de lodo fino en la cubeta castellana, “bas” es el lodo y “eo” implica la molturación y finura del mismo, frente al barro crudo. En la imagen, cerámica vaccea encontrada en Pintia.

Sigue la tónica con los “Vardulos”, sin explicación celta para tal nombre, por lo que vuelve a poder ser una especie de mote en referencia a la tripa (“barda”) de sus paisanos que se tilda de “floja” (“aul”), aunque no se sabe si lo es por una posible flacidez por pasar hambre o por la flatulencia endémica basada en su alimentación a base de habas y castañas: “bard aul”.

Los vascos no se llaman a sí mismos vascones, sino que usan dos fórmulas alternativas para distinguirse, una respecto a la capacidad de hablar su lengua “euskaldunak” y otra con respecto a su nacimiento, “euskotarrak”, lo que no niega que “baskoak, baskoiak” no sea de genética eúskara con dos posibles significados, uno, “los montaraces” y otro,  “los frugales”, definiciones coherentes con “basoko” ó “baska oi”.

Esta ronda termina con los “Vettones” y su orgulloso atavismo pastoril que se plasma en los toros o verracos de gran tamaño que avisan de una ordenación territorial quizás más avanzada que la de las ciudades estado. Su denominación puede leerse desde el Euskera como “los que duermen en el suelo”, aforismo parece apuntar a esa profesión y vocación que se despieza en  “bae (t) oiak”, camas en el suelo, la forma estoica de perpetuar la tradición pastoril a diferencia de los ciudadanos que duermen en camas elevadas.

Pero si las denominaciones sociales no son celtas, tampoco lo son los nombres de ciudades, montañas, ríos o lugares destacados de sus geografías, casi todos ellos explicables por el Euskera con más coherencia que las erráticas explicaciones que llenan cualquier documento europeo, donde el mínimo parecido de una sílaba a un dios, a una simple característica física a un parónimo o a aspectos míticos da pie a los obsesivos celtómanos para asignar el nombre del lugar a la nebulosa celta.

No se puede dejar de citar que entre finales del siglo XIX y los albores del XX, los académicos españoles “al alimón” con algunos alemanes, decidieron que los antiguos nombres que figuraban en registros romanos y que terminaban en “briga”, se hallaban todos hacia el Norte y el Oeste de una suerte de diagonal que se podía trazar entre Irún, Soria y Ayamonte, como se muestra en el mapa siguiente, modelo que ha servido a los siguientes para dar por hecho que a la izquierda y arriba de esa línea era el ámbito Celta, dejando la otra mitad para Iberos, Tartésicos y Celtíberos, así que toda la “producción” académica desde entonces se ha rendido a ese planteamiento y nadie lo ha denunciado por su alegría ni por presentar numerosas fricciones orográficas, hidrográficas ni de circuitos comerciales o pecuarios.

 

Pero el patrón de distribución cambia totalmente si la toponimia se extrae de las bases de datos actuales, donde en lugar de una veintena, se encuentran cientos de lugares con esa terminación (briga), que ya ocupan todo el territorio nacional, anulando la pretensión de los académicos y de los seguidores de todo un siglo de segregar el país entre “zona briga” y “zona sin briga”, como se ve en el mapa siguiente:

Distribución que aún gana en uniformidad si se incluyen terminaciones con parentesco como “brega”, “brica” y otras originadas en metástasis que dieron “gabri”, “cabri” y otras infinitas curiosidades que aparecen cuando las muestras estudiadas llegan a una dimensión suficiente.

Este vicio de pretender que una muestra reducida favorezca una tendencia que apoye las propias pretensiones era muy recurrida por Ramón Menéndez Pidal, quien inoculó en una generación de legos posteriores ideas como que terminaciones como “ena” y “ano” estaban relacionadas con fincas o quintas de legionarios jubilados para cuyos nombres buscaban afanosamente hasta que uno les encajara en la población o lugar que querían asignar a tal afortunado.

Así, RMP en su obra Toponimia Prerromana de España, inserta el siguiente mapa juntando unas decenas de lugares terminados en “en-ena”, promoviendo la idea de que derivan de antropónimos, cuando este mapa no aguanta el mínimo análisis al mostrar en sus manchas regiones de lo más dispares, en muchas de las cuales (serranías y desiertos) no cabe la idea de heredad que conserve el nombre.

Además, cuando esos lugares se amplían con las bases de datos actuales y se obtienen más de 5.200 que terminan en “ena”, 2.000 que lo hacen en “en” ó casi 8.000 en “ano”, el mapa se llena de tal manera que hay que reconocer que las desinencias no tenían el significado patronímico que publicaba el sabio, excepto en el caso de “ena” de la micro toponimia de los caseríos vascos y navarros de los últimos siglos.

Conclusión, Latín, Griego, Avéstico (Persia), Indoeuropeo, mitología y todos cuantos recursos se han aplicado no consiguen una fracción de la coherencia que aporta el análisis apoyado por el Euskera arcaico.

 

[1] Arévacos, Astures, Ausetanos, Autrigones, Berones, Cántabros, Carpetanos, Celtas, Contestanos, Edetanos, Galaicos, Layetanos, Lusitanos, Pelendones, Sedetanos, Vaceos, Várdulos, Betones y Vascones.

[2] Más de 200 “A Lama…”, más de 100 “As Lamas”, más de 390 “Lama…” y varios cientos de nombres compuestos como “Rego da Lama”.

[3] Fuentes intermitentes muy renombradas en la antigüedad.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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