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Cheste

Mi buen amigo Raimon Tarín me preguntaba con malicia si tenía alguna opinión sobre el nombre de su pueblo, nombre que nunca me había puesto a estudiar, obligándome con la consulta a hacerlo. Cheste está casi en el centro de gravedad de la Comunidad Valenciana, tal que si colgáramos un mapa de esta región de la iglesia de este pueblo, la figura regional se quedaría horizontal y en reposo.

 

Esto es lo primero que ve un geógrafo. Aparte de eso, que está cerca del último tramo bravo de un Turia, que pronto se transformará en el aluvión de L’Horta. Conocí este límite cuando estudiaba para la construcción de una subestación eléctrica y sus líneas de enlace, en el vecino Vilamarxant de los años noventa.

 

Ese nombre escrito así no es abundante, sino escaso en el territorio, muy escaso; aparte de varios lugares del término del propio Cheste, solo se conoce Chesteira, una aldeíta al Sur de Santiago de Compostela, cerca del Monte do Sisto, pero lugares de sonido parecido y con otras grafías, hay muchos, desde los que contienen el componente “cest, zest” en forma de Cesta, Cesto, Cestero, Zestoa, Zestegi (que nadie sensato puede plantear que sean derivados de una cesta), los que lo tienen con “s”,   Sesta, Sestero, Sestil, Sesto 1),  y otros nombres emparentados, como “Asestadero, Sesteadero, Sestadors, Sestrers…”, tanto que se cuentan por centenares.

 

También se cuentan por centenares los que comienzan o llevan una “x”, como Xesta, Xesteira, Xeitoso, casi todos en Galicia, excepto Gixeste, Guixesti y Matxesta en Bizkaia, Las Exestas en Zamora y el Coll del Baixest en el Priorat de Tarragona, o incluso los de “y”, como el Yeste del Sur de Ciudad Real, al lado de la Vereda de Siles (marcada con puntos), donde hay una acogedora llanadita protegida del viento del Norte por la Peña de la Hiedra.

 

 

O el otro Yeste, el de la aldeíta de la Hoya de Huesca en un remanso del Gállego junto a la cañada que va hacia San Juan de La Peña.

 

Incontables Hiesta, Ieste, Iniesta, Fiesta, Tiesto y múltiples Siesta, como el Pla Siesta en el Maestrat, en un cruce de veredas y coladas (todas señaladas con puntos), para terminar con la aldea y el río Sieste en Boltaña, en cuya intrincada cabecera pasa la Cañada Real de Broto (igualmente con puntos), nombres que añaden más incógnitas al estudiado de Cheste.

 

Menos abundantes las “j y g”, aún se cuelan en un par de curiosos “Majestad”, uno de ellos al occidente de Valladolid, junto a la Cañada de La Plata o de La Vizaña y unas docenas de Gestil, Gestoso, Ingesta; sumados todos ellos alrededor de un millar.

 

Como resumen, los componentes fónicos de Cheste son compartidos por otros muchos lugares que mayormente no  cuajaron en poblaciones, pero que nos traen el recado de que los nombres de esta saga tienen personalidad y se han conservado miles de años fieles a su sonido inicial aunque las vicisitudes culturales y políticas les hayan maquillado con otras letras para encajar mejor en las nuevas modas.

 

Como no podía faltar en Cheste, igual que en otras partes, los hipercultos que han hurgado en su nombre, se van a Grecia o a Arabia a buscar orígenes y ofrecernos cosas cómicas como parto de su preñez cultural, así, unos dicen que como el aceite producido en la zona era muy bueno, los comerciantes helenos les regalaron para nombre “khestés”, una medida de capacidad, un azumbre o cuatro cuartillos; ¡qué más da!, lo importante es no buscar en España, sino irse lejos para que el esfuerzo parezca mayor y el agente que lo dice, un sabio.

 

Otros prefieren lo moro y nos camelan con que los mozos que limpian las mezquitas se llaman “xest”… a ver quien niega esta genial idea…

 

Este tipo de salidas han sido comunes en los últimos cuatro siglos en Etimología y en Toponimia, porque nadie se ha dignado estudiar las lenguas vernáculas de Iberia, que se han bautizado ignorantemente como romances cuando son pre romanas (Portugués, Gallego, Bable, Castellano, Aragonés, Catalán, Valenciano e incluso el Bético) y sobre todo el Vascuence o Euskera, emparentado con el Ibero, lenguas que están cargadas de información.

 

La aproximación a Cheste sugiere varias curiosidades.

 

Así como por el Sur, el límite municipal está en parte marcado por el Barranco Grande y por formas regulares, hacia el Noroeste se crea una especie de pasillo alargado que es conocido como “La Manga de Cheste” un estrechamiento que enlaza con la Sierra de los Bosques, estribación de la “Sierra Mayor” de Las Cabrillas, como se ve en la imagen de portada.

Aparte de esa peculiaridad que apunta a condicionantes logísticos, Cheste es conocido por la calidad de sus vinos y aceite, porque tuvo tren desde antes de que los Bizkaínos tuviéramos “Puente Colgante”, por las rocas de Los Cuchillos (en la foto de arriba) devoradas por los “roqueros” escaladores y la fuente y (ahora) balsa de La Safa, que algunos le ven origen sefardí, pero que otros la vemos como un elemento estructural importante para el razonamiento de este ensayo sobre los grandes movimientos de rebaños.

 

 

 

El territorio de Cheste cuenta con varios tramos de vías pecuarias, La Cañada Tarín (¿antecesor de Raimon?), la Cañada Fría, La Castellana, que en 1951 aún estaba íntegra…, tramos que han sobrevivido a la intensa agricultura local después de siglos de haber desaparecido la ganadería itinerante, actividad que quienes hemos trazado y recorrido grandes líneas eléctricas, sabemos de la inmensa red viaria y de lugares de asistencia a los rebaños como descansaderos, abrevaderos, corrales, sesteaderos, dehesas, etc. que la componían y a la que no se ha dedicado el esfuerzo investigador que merece.

 

Esta densidad de tramos en Cheste, es mucho más locuaz si se combina con la voz vasca “sietza” (2), descanso, parada, retención, alto en el camino y la abstracción nos lleva a recorrer los más de mil nombres referidos arriba y escritos con distinta grafía, pero que todos ellos apuntan a la siesta, voz que la hipercultura se empeña en hacer proceder de la “hora sexta” del Latín, de un Latín que la llama “meridiato” y que ni el propio Italiano (pisolino) la llama de forma parecida a como lo hacen el Portugués, Gallego, Castellano, Francés y Euskera (“sesta, siesta sieste”).

 

¡Empeños en llenar la tripa de la morcilla con cebollas enteras, sin picar ¡, empeños en querer hacer que una lengua sintética sea la madre de otras de las cuales ella se ha surtido.

 

Aquí el planteamiento es que durante milenios, la economía principal ibérica ha sido la derivada del nomadismo siguiendo y ampliando las rutas tradicionales de bóvidos y otros rumiantes y acomodándose a sus ritmos, uno de los cuales era el sesteo, la necesidad de parar las caminatas alrededor del medio día para relajarse, abrevar, amamantar a los recentales, rumiar con tranquilidad y volver al camino.

 

Lo más probable es que de esa “sietza” saliera la siesta y no de una clepsidra, de un gnom o de la esfera de un reloj urbano o de palacio.

 

Siesta para la que había lugares especiales en los que además de protección de los elementos había espacio adecuado, agua, quizás algo de sombra y otras condiciones que ni siquiera podemos imaginar tan alejados como estamos de una vida que se adaptaba al medio y a los ritmos circadianos de los animales.

 

Así, hay argumentos para pensar que Cheste antes de ser una villa rica y compacta, antes de cultivar olivo, vid y cereales, antes de correr motos, fue un lugar especial donde los ganados que venían o se dirigían a la sierra , tenían un cuartel estratégico en torno a esa fuente de La Safa, punto de concentración de varias cañadas.

 

La evolución “sietza – sieztae – seste – cheste”, especialmente la primera metátesis inicial de dos consonantes, no es tan rara como puede parecer.

 

No sería extraño que el nombre tuviera varios miles de años, como lo tienen los otros casi mil lugares a que se ha hecho referencia.

 

1) Nos recuerda al Sesto San Giovanni de la Lombardía.

2) Es posible que “sietza” sea la contracción y sonorización de “txi etza”, de “txi”, pequeño, breve y “etza”, madre del verbo echar, tumbarse, pequeña tumbada, pequeño recueste.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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