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Esquila

No está muy segura la academia cuando plantea como meramente posible la procedencia de este nombre tan castizo desde el alemán “schelle” (brida) que a su vez procedería del (supuesto) Gótico “skilla”.

La verdad es que los supuestos sabios que llenan los diccionarios de banalidades, deberían ser considerados como delincuentes, porque en lugar de reconocer su incompetencia, se regodean en la exhibición de sus inútiles e inoportunos conocimientos. Es como si un piloto supiera que su aguja de marear ha perdido el magnetismo y aún a sabiendas de eso engañara a su tripulación señalándoles un Norte que sabe con certeza que no es.

Porque, ¿quién demonios puede ver alguna relación entre una brida y una esquila?… ¿Es que toda la línea de académicos está compuesta por ignorantes soberbios?.

El límite que muestran los materiales arqueológicos para el pastoreo está hoy en día en Anatolia y ronda los 9.000 años. Es seguro que habrá existido pstoreo mucho antes y los pastores –seguro-, habrán recurrido a cuantos sistemas eran posibles para la geo localización de sus animales.

Desde hace unos 3.000 años, las chapas de latón han servido para hacer sonajeros y todo tipo de esquilas; no en vano, al bronce aún se le llama “iskil” en vasco y la labor de esquileo, no viene del Indo Europeo “ker”, cortar, sino de los agudos filos que aceptaban las láminas de bronce, superiores a los del acero al carbono.

Pero esto va mucho más atrás; mucho antes de que los metales se generalizaran, nuestros antepasados ya recurrían al uso de ciertas piedras con propiedades sonoras muy destacadas, para hacer variadas aplicaciones musicales del tipo de los xilófonos para templos, vivacs, para la caza, pesca o el pastoreo.

Uno de ellos eran las “esk kil”, que significa de forma unívoca, “duro y alargado”.

Las “eskil”, eran piedras de origen ígneo, que hábilmente trabajadas y perforadas, con distintas longitudes y separadas por cuentas, se colgaban por pares mediante cordones de crin a los cuellos del ganado, de manera que ante los movimientos y saltos de los animales, las piedras chocaran entre sí, emitiendo su tono característico.

La ignorancia de arqueólogos e historiadores, hace que fonolitos encontrados en algunas cuevas u otros yacimientos neolíticos, sean calificados como “cuentas de collar”. Ver un ejemplo en el material encontrado en la cueva de “Prailezitz”, Deba y cómo se presentan para que la gente crea que si, que fueron collares.

Queda la duda si el nombre que aún conserva el bronce en algunos dialectos, “iskil”, le fue concedido por emular y superar a las piedras sonoras y de corte en cuanto a esas dos propiedades. En la imagen, antigua hoja de esquilar, que las tijeras tardaron mucho en desplazar.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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