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La Rábida, ó Larrabia?

Hará unos cuarenta años que Fuenterrabía comenzó a llamarse oficial y apresuradamente “Hondarribi” porque a los que manejaban el Euskera les parecía que la “f” no era sonido vasco, que la rabia empezaba por “erre”, que ”ondar” era –indudablemente- limo o arena e “ibi” es la voz vasca genuina para llamar a los vados; Hondarribi quedaba más apañado.

Y a partir de esas convicciones cambiaron el nombre como si estuvieran cumpliendo un designio divino.

La prisa de los que manejan el poder cambiando las letras de los nombres en registros y carteles, es reo de haber provocado infinidad de desmanes, de haber ayudado a perderse mucha información e incluso de haber perdido para siempre claves importantes, porque esta manía correctora es secular y los pretendidos sabios se han prodigado ahora y siempre como las setas en primavera, escabulléndose y desapareciendo como aquéllas después de un día de gloria.

Pero hay “actos culturales” del poder que dejan inquietud en los pacientes ciudadanos y este de Fuenterrabía no me convenció, así que llevaba media vida alerta cuando supe que en las estribaciones del valle cántabro de Iguña había un arroyo afluente del Besaya que llaman Arroyo de Fuente Rabia. Y se me quedó ese nombre. ¿Sería casualidad?.

Poco después encontré cerca de Riotinto una flamante “Fuente de la Rabia” junto a una de las colas que hace el embalse del río Jarrama y seguí buscando porque ya no creía en las casualidades.

Aunque si fue casualidad que hace unos días me encontrara con otros dos topónimos curiosos (como todos); se trataba –en teoría- de sendas fuentes cercanas entre sí, Fuenterrabiosa y Fuente Rabiosa.

El lugar, un punto alto de una ladera rocosa donde el Río Lunada se entrega al Trueba en los montes de Espinosa de Los Monteros, donde no hay nomenclatura ni indicios de fuente alguna, me llevó a pensar que quizás no todos los lugares llamados fuente sean fuentes (ahora) entre esos aproximadamente veinte mil lugares que llevan ese aviso y entre nombres raros como Fuenloira, Fuenquemada, Fuentarrón, Fuentean, Fuentebureba, Fuentecipérez…, Fuenterrabiosa era difícil de entender… a menos que la “rabia”, “la rábida” y sus variante significaran otra cosa.

Estos cuatro nombres me llevaron a buscar más sobre esa posible relación entre la rabia y ciertos lugares.

Conviene dar un paseo por marismas y estuarios, por sierras perdidas de todo el país, porque la voz “rabia” al principio de una frase con erre simple o doble, en medio, o al final, con y sin acento, con y sin el aparente artículo y las variantes “rábida”, “rábita” y otras formas parentales son muy abundantes y merecen que se discuta la simpleza que figura en cualquier panfleto de turismo, enciclopedia o libro de texto, cuando hablando del Puerto de Palos y de La Rábida, se nos inocula la cepa morisca, queriéndonos convencer de que lo que dio nombre a la ensenada, playa y estero de Huelva, fue un “ribat”1 de los almorávides, un convento-torre de hace mil años, que mutó su nombre por el de “La Rábida” en lugar de analizar con el tesón debido los posibles orígenes autóctonos de cientos de lugares como ese en España, admirándose de la frecuencia con que aparecen, en vez de agarrarse a un mito.

La búsqueda de topónimos españoles que lleven “ribat”, acaba con una cosecha de cuatro casos: Ribatomé, Ribatallada, Ribatejada y Ribatajada, como se ve, variantes de las formas de un ribazo, de la orilla de un río, así que esa explicación de moros frailes tiene que ser un delirio historicista.

En cambio, la abundancia y variedad nominal y tópica de “rabia” en sus diversas presentaciones, apunta hacia un origen prehistórico, a una persistencia prolongada y compartida e invitan a investigar al margen de la ñoña tradición escolástica:

Lugares con nombre que comienzan con “Larrab…”, hay casi un ciento. La mayor parte localizados en el País Vasco, La Rioja y Navarra. Son nombres familiares y con un aire vascoide neto, pero muchos llegan a zonas tan occidentales como León o Salamanca (por ejemplo, el Arroyo de Larrabajo en el río Águeda).

Si se busca como La Rabi…, con acento llano, se encuentran medio centenar de rabias, rabiosas, rabitas y rabitillas, repartidas por todo el país excepto el extremo oriental. Especialmente interesante es un entorno de la costa cantábrica cerca de Comillas, donde La Rabia está presente en la ensenada del Cabo Oyambre, en la playa y ría que hace el Regato de Bichurichas y en la vega que sube hacia el seminario de Comillas, que se llama La Rabia.

Vuelve a haber La Rabia en el istmo que forman al juntarse los ríos Orio y Esba en Asturias; aguas arriba del mismo río Orio hay una nueva La Rabia… Subiendo a la meseta, en pleno Cerrato hay La Rabia con su aprisco y todo, en las serranías entre Málaga y Sevilla, La Rabia aparece en una ladera montaraz que cruzan la Colada de los Gredales y la Cañada Real que va al valle de Los Corbones, también en la costa de Vélez Málaga y como variedad, cerca de Navia en Asturias hay “Las Rabias”, pudiéndose continuar aún con la búsqueda de lugares de nombre parecido que han sido tragados por las urbanizaciones masivas de las últimas décadas y con el asfalto, se han olvidado los nombres o bien han quedado como recuerdo en carteles de calles o plazas.

Si se busca un acento tónico, como La Rábi…, llegan un cuarto de ciento más, descubriéndose un surtido de Rábidas y Rábitas que se concentran en varios entornos (Ciudad Rodrigo, Norte de Huelva, Palos de Moguer, Arcos de la Frontera, Tolox, Laguna de Fuente de Piedra, Zona de Cantimpalos, Jaén, Costa de Granada, Almería, Albarracín…).

La forma sorda, “La Ráp…”, también tiene representación en una veintena de lugares que en este caso llegan a lo más oriental: El Tossal de La Rápita en Alicante, Fuente de La Rápita en Murcia, cerca de Catadau en Valencia, donde se aprecia la Cañada Real Castellana, Elche, Segorbe, en la Sierra de Espadán (Castellón), donde se ve la Vereda del Pinar y llegando hasta lo que era el Marxal de Almenara, al borde mismo del mar.

 

 

 

Si se prescinde del aparente artículo y se buscan nombres que lleven “…rrabia”, se encuentran otro medio centenar que son muy sugerentes por esa terminación: Atarrabia, Berrabia, Juntarrabia, La Zurrabi, Paparrabia, Garrabia… que recuerdan mucho a una ausente Fuenterrabía que sacaron nuestros académicos de los Atlas y a otros nombres de lugar y apellidos comunes como Larrabide, tan cercanos a “La Rábida”, que es difícil entender cómo generaciones de estudiosos han podido pasar por alto semejante riqueza de datos.

Estos dos o tres cientos de lugares dispersos por todo el Estado no son fruto de la casualidad sino expresiones concretas de algo que nuestros antepasados manejaban como información de interés y que ni historiadores ni geógrafos o cronistas siquiera imaginan, una herencia de un pasado muy largo y estable en el que la ganadería de largo recorrido era el pilar más importante de la economía y –como tal-, tenía su ciencia, su jerga, sus infraestructuras y sus leyes consuetudinarias que aún podríamos investigar y podrían enseñarnos mucho de cómo cuidar este mundo que la gestión infame del último siglo está desequilibrando.

Yo dedico mucho tiempo a recorrer mapas y atlas toponímicos, paso cientos de nombres nuevos cada día y busco lo que la cultura oficial dice de ellos, siendo posible que se de con claves para avanzar un poco en cualesquiera de los nombres rumiados.

Quizás Atarrabia (“tarrabía”) junto a Pamplona, con su “tar” inicial que suele estar relacionado con estrechuras y el “abi a” final que es expresión del inicio de algo, pudiera referirse al cambio radical de régimen de los ríos Ulzama y Arga o quizás otro de los casi trescientos lugares con nombres parecidos, puedan traer un mensaje que ayude a entender lo que significaron en su día esos golpes de voz para los pastores nómadas, aunque ahora apenas nos suenen o nos huelan a Euskera.

De momento, la evidencia está con “larr” como sustantivo y su significado indudable de pastizal genérico o indiferenciado. La otra parte, “abi”, pudiera estar relacionada con los cuarteles de concentración e inicio de la migración estacional; un lugar donde se unirían algunos grupos de pastores para marchar hacia los destinos, aprovechando una gestión más efectiva al crear una especie de “kin ta”3, esto es, trabajo comunitario para resolver con holgura los numerosos problemas que pueden surgir en el trayecto.

Así, “larr abi a” significaría “el pastizal de arranque”. Sabemos poco de la antropología de los pastores, pero la localización predominantemente periférica de estos lugares o su posición en algunos que forman fondos de saco interiores, avalaría. Algo parecido a lo que hacen algunos antílopes salvajes en el Serengueti cuando se reúnen espontáneamente para migrar en grandes tropeles.

1)Esta forma no se encuentra en el Árabe clásico ni en el Rifeño y tampoco en el Bereber, así que en escritos chungos suele citarse como “Andalusí” para marear al lector.

2)Apelativo clarísimo del pastoralismo que dice “camino de los pastizales”

3)Las “Quintas” romanas, sistema agrario consistente en equipos de personas especializadas para un trabajo eficaz, tomaron su nombre del Euskera “kin”, compañía y “ta”, acción, efectividad; no tienen relación alguna con quintas partes como se asegura en los ambientes cultos.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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