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Malvecino

La primera vez que oí “malvecino”, se refería a un embalsito en construcción al límite de Las Bardenas, entre Navarra y Aragón. El lugar era un secarral antaño solo visitado por pastores, pero que en la segunda mitad del siglo XX, la tecnología agraria modificó profundamente con bancales interminables y canales de aguas verdes.

Sería en la primavera de 1989, cuando recorrí aquéllos parajes, buscando un paso para una gran línea eléctrica que había de enlazar Tudela con Peñaflor en Zaragoza y volví con otra idea de los desiertos y con una libreta llena de anotaciones: Rincón del Bú, Sanchoabarca, La Negra, Malvecino…

Desde entonces me he topado con una veintena de malvecinos, malvecín y hasta malavecina y malavesina (en la imagen, ibón y entorno de Malavesina, en Aiguestortes), tratando de descifrar por varios caminos en qué podría consistir esa mala vecindad.

El primero de ellos no puede ser otro que poner en duda que el adjetivo o adverbio castellano “mal, malo”, proceda del Latín “malus”, cuestión que casi nadie “de primera fila” acepta y que –por tanto-, los lugares llamados Malvecino, Malverde ó Malvestit no se refieren a un vecino indeseable, a un verde descolorido ni a un vagabundo mal vestido.

Esto mismo aplicado al centro de la frase (porque, “malvecino” es una frase), “veci”, “vesi”, “ves”, e incluso “beci”, “bezi”, “besi” y “bechi”, aporta una información riquísima, que sugiere que esos mensajes son familiares y proceden de la combinación de “bae”, parte baja y “eze”, humedad, saturación, que a lo largo de milenios y de la consecuente evolución de las formas de vida y de las reglas sintácticas, ha tomado todas estas formas, siendo especialmente interesante la más corta, “ves”, que aparte de lugares aislados, aparece repetida en una formación geológica singular, una gran planicie de más de cincuenta quilómetros que limitan los barrancos de los ríos Cabriel y Júcar y que llaman “La Manchuela”.

Esta “La Mancha” en miniatura ha tenido que ser antaño un lugar de grandes cambios entre las estaciones húmeda y seca, pasando de ser un lugar con mil lagunas a una estepa árida… en meses.

Otra opción puede ser la de recoger y analizar sentencias toponímicas parecidas, como Mal Año y Malaño, Mal Degollado, Mal Ojo, Mala Erreka, Malabarba, Malagón, Malas Noches, Malcargado, Maldapa, Maleta, Malgrat de Mar, Malmoro, Malpica, Malpuesta ó Malvavisco, apenas una muestra de más de casi seis mil lugares que llevan “mal”, quizás sin que describan algo malo.

Las formas nos arrastran y en cierta manera la educación recibida tiende a modificar nuestras percepciones según la ortografía de los nombres y resulta difícil una “abstracción gráfica” que nos acompañe en un recorrido por nombres de lugar que “sonando muy parecido”, al verlos escritos, provocan cierto empacho… por ejemplo “malv”, “malb”, “malm”, “valm”, “valv”, “valb”, “balm”, “balb”, “balv”, que, siendo todos parientes cercanos, no llegamos a verlos con un mensaje común.

A ver si por partes…

Malva. Para quienes hemos visitado a menudo Valencia y recorrido su Horta y su Puerto y hemos degustado paella en La Pepica, no se puede evitar comenzar con la Playa de la Malvarrosa, como era en este mapa de 1938, cuando el Turia aún salía al mar bordeando la ciudad por el norte, si bien los ingenieros de puertos ya hacía un siglo que habían forzado su último tramo hacia el Sur para aprovechar la antigua ensenada como puerto.

Cualquiera puede encontrar panfletos oficiales de turismo, que explican que el nombre de Malva-Rosa se debe a que un jardinero del cercano Jardín Botánico plantaba geranios malvas a finales del siglo XIX…

Es increíble, pero estas piruetas antropológicas gustan mucho a la gente que quiere ver personajes inmortalizados por cosas irrelevantes y triunfan narcotizándonos con novelas que nos alejan con estas bobadas de una historia real que a veces es verdaderamente interesante.

Por ejemplo, es interesante saber que durante milenios, los ríos mediterráneos como el Turia, han inundado con frecuencia las llanuras litorales con los limos más finos y de ahí se ha ido creando el suelo profundo de lugares como Alboraya o El Cabañal (en el mapa), donde he tenido ocasión de comprobar cómo el agua freática con un fuerte olor orgánico, invadía de vez en cuando las canalizaciones subterráneas e inundaba los Centros de Transformación más cercanos al paseo de la playa, donde solía visitar hace cuarenta años al –quizá- último carpintero de rivera que aún arreglaba barcas albuferencas.

“Mal” es un lexema casi idéntico al original, “bal” y que las academias nos obligan a escribir “val”, morfema concreto que se refería a los limos y fangos oscuros que arrastraban los ríos y las crecidas repartían por la llanura litoral, fangos que secos que incorporados a las tierras, eran un abono integral. “Mal” está en Malvarrosa y en Valencia, que, lamentablemente se escriben con uve.

Si en lugar de escribir Malva y Rosa en esa secuencia y ortografía y con el guion con que se presenta, lo hacemos como Mal y Barrosa, por separado, surge la explicación del preciso topónimo que nos dice que esa zona “centrífuga” del Turia, estaba compuesta por barro oscuro, la mejor tierra existente. Hay que irse a Badajoz, a la Tierra de Barros para encontrar un topónimo semejante: Barro Valencia.

En España hay cientos de malvas con distintas formas: Malva, Malvar, Malvat, Malvarrolla, Malvasía, Malvacío, Malvavisco, Malvayores, Malvariego, Malvarrica, Malvaloca… y ninguna de ellas se refiere a las variedades de flor que surgen en bordes ricos en basura y nitrógeno, sino en zonas bajas en las que se concentran limos.

Malba. La inquisición lingüística que sufrimos, ha dejado en apenas tres o cuatro nombres absurdos los que han resistido con esta forma: Malbazar, un monte agreste cerca del embalse de Añarbe, que nada tiene de bazar, Malbarrio, un paraje en Navarra, donde no hay barrio alguno, Malbueno, pura contradicción en Guadarrama… y Malburgo en Pontevedra, una aldea que no tiene –en absoluto- mala pinta.

Malma. Hay una veintena larga de lugares con esta pieza, de los cuales el más gracioso es El Malmango, cerca de la Laguna de Valdemediana, en Soria, pero es más gráfico Malmasín, monte cerca de Bilbao que lleva el nombre de los forzados meandros del Río Nervión, antaño feraces huertas inundables, que en 1983 reclamaron su humedad perdida con seis metros de inundación.

Malvecinos hay docenas. Poco antes de entregarse el río Voltoya al Eresma en Coca, recibe por la izquierda un arroyo de unos seis kilómetros que llaman De Malvecino. La zona, de natural es esteparia, pero está cuajada de hidrónimos como Gallegos, Los Gallineros, Lavafuentes, Las Mohedas, Las Bragas, Hontanilla, El Chorrillo… y hay numerosos indicios de balsas y pozos.

Cerca de Talayuela, hay otro Arroyo Malvecino que entra en el Tietar por la derecha. Hay tramos en que le llaman Malavecina. El entorno aluvial con indicios de islas y salobrales, se ha transformado en agrario intensivo, pero muestra numerosas balsas que sugieren ser adaptaciones de otras pretéritas que quedan como testigos donde la tierra no se ha removido.

En las tierras remotas de Andévalo en Huelva, cerca del Cerro Gibraltar, hay un barranco de dos brazos y ambos se llaman Malvecino. La zona es de dehesa y se ve que en estos barrancos se han mejorado las condiciones hidráulicas de charcas que se formaban ocasionalmente y ahora aguantan unos meses más.

Llegando al primero que conocí, ahora se trata de un embalse de regulación de regadío, pero se sigue llamando así al arroyo original desfigurado por las tablas de cultivo que se pierde entre canales, pero que a pesar del paisaje ortogonal, no se han desdibujado las antiguas balsas naturales, aunque no tengan la presencia atractiva de otras que estando a un par de kilómetros, no han sido tocadas por los “bulldozers”, como las de La Cruceta del mapa siguiente, posiblemente alteración de “laku tzeta”, conjunto de lagunas.

Al Oeste madrileño, en Navalagamella, hay un cerro insignificante que se llama Malvecino, sin embargo, el arroyo que lo circunda, carece de nombre aunque parece mejor acreedor que el propio cerro a ese nombre por los indicios de antiguos lechos de charcas que se adivinan.

La Fuente de Malvecino cerca de la Sierra de Aracena, es en realidad un complejo de dos pozos que surgen bajo el Risco Jurado. Otra vez en Huelva, pero hacia levante, hay otra fuente que parece discordar el número porque se llama Malvecinos. En este caso, el “os” final puede indicar que también había un pozo estable.

Cerca de Vilalba, la capital de la “Terra Chá” y húmeda de Lugo, hay una aldea llamada Malvecín.

Malvecino es una tierra de labor ribereña del río Carrión que en orto foto muestra señales claras de paleo cauces, pero que a partir de la construcción de los embalses de Camporredondo y Compuerto, se ve que ha dejado de ser lavada por las crecidas.

También es Malvecino, un erial en Alcazarén, secarral que aún con fotos de estiaje, muestra pozos en su periferia, o la ribera de un arroyo en La Moraña, donde la presencia de agua (certificada por hidrónimos como Pozanco, Palencianas, Prado Valle…) ha permitido crear una urbanización cuajada de piscinas.

Seguramente, el Malvecino más conocido será el de Alcalá de Henares generalmente atribuido al monte cónico que se erige al otro lado de la antigua Isla del Colegio, humedal que desde que el Henares se represa en los embalses de Beleña, Alcorlo, Pálmaces y Atence, ha perdido aquélla condición de “inundar” temporalmente esta zona de meandros que se aprecia muy bien en una cartografía de 1877.

Se postula como en otros casos, que el nombre no correspondía inicialmente al monte, sino a esta zona ribereña.

En la estepa toledana al sur de Torrijos, hay un punto de riego aislado con “pivot”, justo en el predio llamado Malvecino, indicando que a pocos metros bajo el suelo, hay agua. A un paso, los nombres de Las Pozancas, Las Trampas y El Fontarrón, confirman que alguna vez hubo agua aún más cerca de la superficie.

Entre Cáceres y Badajoz, una ribera llamada Malvecino ha quedado sumergida en el embalse de Ayuela, algo parecido a lo sucedido con el Embalse de Vicario en el Guadiana, al Norte de Ciudad Real, donde un curiosos entorno de riberas y de modestas manifestaciones volcánicas (alguna de ellas de hasta 500 metros de diámetro, como la Laguna Romaní y varios pozos en la margen izquierda y la ribera de la derecha, conservan el apelativo general de “malvecino”.…

Si nos vamos al ámbito internacional, puede desatarse la risa al comprobar cómo la vecina Francia, un lugar llano y propenso como pocos a manifestaciones acuáticas “menores”, como lagunas pozas y meandros perdidos, ha adaptado a su sintaxis casi un centenar de lugares repartiéndolos entre “buenos y malos vecinos”, así en un repaso rápido tenemos Beauvoisin, Bonvoisin, Bois de Malvoisin, Bonne Voisine, Mauvoisin, Mevoisins y hasta Quincy Voisins…. La academia francesa ha traducido los “malvecinos” originales como los de aquí, a sus equivalentes gramaticalmente correctos como han hecho en lugares que se llamaban “obispo”, (como aquí) pasándolos a “l’ebeque”: En todas partes cuecen habas.

Y el tercer camino no puede ser otro que recorrer física o virtualmente esos lugares para ver si de uno u otro se puede sacar alguna pista que nos enlace con un pasado que no podemos juzgar ignorante ni superficial. Lo que se ha mostrado aquí puede no ser suficiente para quien no crea en absoluto que la toponimia sea muy antigua ni que esté llena de mensajes, pero la información está hoy en día al alcance de cualquiera y no es difícil comprobar que debió de existir una civilización estable y sabia que no se corresponde con las tristes imágenes que nos presenta la Antropología.

Como resumen, Malvecino (en sus varias formas) es una descripción de entornos cercanos a los ríos, donde la decantación aportaba aluviones finos y oscuros, nombre que a veces se han trasladado a montes cercanos que actuaban como referencia y que en muchos casos, milenios de agricultura y obras no han conseguido hacer desaparecer todas las pistas.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

4 Comments

  • Pues en Alcalá, a la zona junto al río Henares, frente al Malvecino, se le llama El Val, que quizás debería ser el Bal. De hecho es conocida por su ermita, de la virgen del Val.

    También, hablando de topónimos relacionados, muy cerquita tenemos la dehesa de la Barca.

    Yo sigo teniendo dudas en este caso concreto de Alcalá, si este Malvecino no está más relacionado con sus escarpadas laderas, de las que doy fe.

    Un abrazo maestro!
    PM.

    • Pues sí, Paco, en este «arte» nuestro, la duda es permanente y solo en muy raras ocasiones hay certeza. Para aumentar la posibilidad de cercanía a la verdad, suelo recurrir a analizar muchos casos, ya que nos faltan muchos argumentos que el tiempo ha disuelto. Muchos «mal» están en zonas que no hay duda de que son de decantación (posible ensordecimiento parcial de «B»), en cambio otras están adheridas a fuertes rampas cuyo origen es «ald», variante de «alt», pero a veces se pierde la dental, quedando «al».

      Según esto, unos «malvecinos» pudieran relacionarse con «bal» y con «bes» y otros, con «mald» (por ejemplo, la fuente de «Maldeojos» que está en el talón de una gran cuesta en Burgi, Navarra).

      Javier

      Pudiera ser que la preferencia de los usuarios fuera de la «b-v» sobre la «d-t», así que han quedado muy pocos de esta última forma (Valdecina, Valdecinta, Valdecinarros, Valdecinarco, Valteresa, Valterejo, Valteína, Valtejado, Valterreña…

      • Gracias Javier,

        Y entiendo también que una combinación de ambos: que una ‘Mald’, ladera/monte escarpado se alce sobre un ‘bes’, que podría ser este caso concreto.

        Un abrazo!

        PM

        • Todo esto es posible, así que en tanto que esta técnica nuestra se convierta en Ciencia, hay que contrastar cada caso con lo que aporta la estadística, es decir, la posibilidad de dividir los casos entre Normalidad/Rareza.

          «Mald»,»malt» e incluso «mal» suelen coincidir con planos inclinados, con faldas, en tanto que las formas cónicas como el Malvecino de Alcalá, suelen preferir nombres «en U», como Gurugú, Urgull, Burgoa…

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