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Segontia, Sigüenza.

Antes de que la pandemia del Covid 19 dejara los hoteles vacíos, pasamos una tarde de viernes por Sigüenza y se nos ocurrió dormir en el Parador que hay en lo alto del pueblo. La sonrisa del empleado de recepción ya nos dio a entender que no había habitaciones. Amablemente nos sugirió ir a una posada del pueblo.

Allí me enteré que estábamos en una de las Segontias que citaba el Itinerario de Antonino y que otros cronistas aseguraban que había sido asaltada y conquistada por los romanos tras un asedio no tan célebre como el de Numancia. Según los historiadores recientes, esta Segontia eta celtíbera, término que tras años usándose, hay sectores que afirman que fue precipitado lo de proponer que celtas e iberos se fundieran, mejor, se alearan.

Buscando parientes, en Francia hay Segonne, Segonzac y Segonzat y en Italia, Resegone, Segonzano y Segonzone, que no es mucho, pero en España, revisados los andurriales mas remotos, hay poco más; apenas algún Segon, Segona, Segondo y Segonera, en total, una docena con igual comienzo y solo tres lugares cuya terminación es en “ontia”, una roca costera acantilada en la Asturias Occidental (Punta Afontia), donde los romanos no estuvieron mucho tiempo, un monte calizo que llaman Lapontia en lo más “remoto de Amoroto” en Bizkaia y un barranco a casi 2.000 metros de cota en la Sierra de La Demanda (Esporontia), pero ni rastro de otras Segontia.

Con cualquier cosa que aparece escrita en epigrafías o documentos romanos, los eruditos –antes filo romanos y ahora indoeuropeos- se desviven para dar con significados grandiosos, a ser posible relacionados con batallas o conquistas, así, relacionan una voz celta “seg”, con triunfo o victoria y como en la pacífica Sigüenza no constan triunfos sobre nadie, lo resuelven diciendo que es la “cabeza de una comarca”.

Otros pensamos que los cronistas romanos escribían lo que les parecía respecto de los sonidos tan poco familiares que les cantaban al oído los arévacos y otros rudos nativos.

¡Vamos, que escribieron Segontia y una vez escrita así, así se perpetuó en sus documentos que no tenían necesidad alguna de ser fieles al sonido vernáculo!. Esto pasó una y mil veces y lo más probable es que los eruditos locales, admiradores del Imperio sean los que se empecinan en mantener algo que solo fue así en los documentos.

¿Argumentos?

La Toponimia es como los personalísimos aparejos de ladrillos que parten de varias formas y tamaños de piezas, que luego se van combinando con secuencias magistrales que siguen unas pautas que crean una sólida armonía. Piezas y secuencias definen los complejos aparejos y hasta el mayor lego nota enseguida cuando algo no está ejecutado por un maestro.

Así es la Toponimia y Segontia parece un ladrillo mal colocado.

En cambio, el nombre actual, Sigüenza, no es tan raro. He dedicado varios días a buscar nombres de lugar que tuvieran sus “piezas” u otras muy parecidas y he encontrado hasta 328 lugares que terminan en “enza”.
Si la terminación era en “inza”, aparecían 49, con “ensa” eran 40, con “ce” cerillada, “ença”, 24, con “entza”, (casi todas en Euskadi) 5, con “encha”, 15 y con “encia”, que se ve que era la terminación preferida, 472.

En total más de 900.

Haciendo lo mismo con el comienzo, “sigü” trae hasta 50, “sigu”, 22 y “cigü”, unos 178 entre los que hay muchas cigüeñas que no son aves, por ejemplo, las de Tenerife, “cigu”, medio ciento, “zigu”, una muestra mínima; incluso “sigo”, lo tenemos aquí mismo en Basigo de Baquio. Hay hasta “zikuñaga”, corregido recientemente a Zikuinaga por esa aversión de los académicos vascos a la eñe, donde el río Urumea traza una ese apretada ese, nombre que me sonaba al de una papelera célebre de los años cuarenta.

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O el Arroyo de la Cigüeñuela en el Norte de Córdoba, que en sus más de cuarenta kilómetros, muestra una gran cantidad de zonas sigmoideas profundas como esta de la desembocadura en el Río Guadalmez.

Juntando ambas fórmulas hay más de 1.100 lugares llenos de mensajes que usan combinaciones de las piezas de “Sigüenza”.

No puede haber duda de que no es probable que todas ellas hayan seguido el camino propuesto por los sabios de gabinete para Segontia, mudándose a otras formas y desapareciendo las parecidas a la que copian de los papiros romanos. Lo lógico es que se hayan conservado durante milenios las secuencias de sonidos con una pocas variaciones entre las consonantes “z, s, ç, tz, ch, ci….” y las vocales “i, e”, constatando que la inercia de los nombres de lugar desafía a las veleidades que proponen los filólogos, más preocupados de no salirse del guion, que de buscar respuesta a incógnitas.

La disponibilidad inmediata que ofrece Internet para acceder en minutos a cartografías históricas y temáticas, a bases de datos, libros, documentos, diccionarios y actas de muchos siglos de antigüedad y también a lo que han se ha escrito sobre Toponimia y Onomástica sobre muchos lugares, invita a cambiar las metodologías tradicionales que daban excesiva importancia a documentos claramente fantásticos o afectados por la cultura dominante y en su lugar, revisar numerosos lugares con nombres parecidos o que contienen partes o secuencias que denotan familiaridad con el nombre analizado y contrastar el conjunto con la colección que se dispone de raíces vascas arcaicas, ya que la Toponimia antigua suele contener indicios de haber sido planteada en esa lengua.

En este caso se parte de dos raíces con mucha personalidad y un complemento adjetival: “zig”, que se refiere a una forma geométrica en forma de gancho, “u” que es un aumentativo genérico y “entza” que suele referirse al estado de compleción, a algo que se da intensamente en el lugar.

A continuación se han destacado sobre un mapa de la Sigüenza actual, los cauces de tres ríos que confluyen en los alrededores de la “rampa” del morro en que se edificó uno de los primeros asentamientos, en cuya cima –según se cuenta- los recaudadores musulmanes construyeron la fortaleza que fue tomada por el obispo Bernardo, llamándose desde entonces Castillo de los Obispos 1), imagen que suele tomarse desde la propia rampa y plaza, por ser mas espectacular que la tomada del barranco que la bordea y que aquí muestra un estado cercano a la ruina tras la guerra civil.

En Sigüenza, el río Henares que acaba de nacer en la Sierra de La Ministra, pasa como tangente al morro de la ciudad, pero la “proa” de este accidente es marcada por el Este por la sima por la que discurre el Arroyo formado por otros dos, Lucio y del Vado, sima desproporcionada para la pequeña cuenca de estos drenajes. Por el Oeste, menos aparatoso es el Arroyo Valdemerina, pero en conjunto, este sistema fluvial traza una repetición de curvas en torno al morro (sobreimpresas en el mapa adjunto), que responde a “sigu entza”, abundancia de curvas.

El contraste con otros topónimos parecidos llevará un tiempo considerable, pero se confía en que confirmará el dominio de las grandes formas de la corteza en muchos de ellos.

 

[1] Reconociendo el poder religioso-militar que han tenido muchos obispos, la forma “obi iz pu” en el medio, puede significar “sima, zanja peligrosa”, por lo que zonas con alta densidad de esta forma, pueden no referirse al poder episcopal.

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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