Euskera Prehistoria Sociedad Toponimia

Viaje a través de Eurasia en cuatro saltos. De Cabo San Vicente a Alemania.

Este ensayo tiene el objetivo de rebasar los bordes de la Euskalherría tradicional para mostrar cómo los nombres de lugar con “aire” eúskaro, se distribuyen por un gran pasillo que recorre Europa y Asia.

Un gran recorrido, porque la distancia entre el cabo de San Vicente en el extremo suroeste de Portugal y el promontorio de Naukan al norte de Kamtchatka, mirando ya a Alaska, supone en línea recta más de 10.700 kilómetros y si se cuentan los infinitos “zig-zag” para conseguir vadear ríos o superar puertos de montaña, la cifra puede llegar a 20.000; media vuelta a la Tierra.

Estos veinte mil y muchos más eran recorridos una y otra vez por nuestros antepasados de los últimos cientos de miles de años de ese periodo conocido como “Cuaternario” en el que se forjó una prolongada civilización que comenzó a declinar cuando las gentes cambiaron el saludable pero incómodo hábito de una vida andante por el insano y placentero de vivir en lugares fijos.

¿Cómo se organizaban y con qué medios se movían los antepasados para realizar semejantes travesías, sobrevivir con optimismo e ir creando el germen de la civilización que vendría después?

Lo primero y más importante es que casi siempre; la mayor parte del tiempo obtenían recursos efímeros del territorio en el que entraban (huevos, frutos, tubérculos, verduras, granos, gusanos, moluscos…), pero la parte principal se obtenía del ganado con el que viajaban: Leche, quesos, sangre, carne fresca o seca, pieles y tendones, cuernos…

Las hembras de rumiantes y équidos eran los animales más valiosos. Eran relativamente dóciles y controlando a sus crías, las madres estaban controladas.

Estos animales eran montados y también arrastraban angarillas.

Ventisqueros (“bisj”) y vadeo de ríos (“ib”), eran junto a gargantas (“ist”) y zonas pantanosas (“paul”) los lugares y acciones que exigían medidas y recursos comunales de esfuerzo, solo comparables a la defensa de niños y animales de los grandes carnívoros, pero no había –en general- impedimentos absolutos para realizar los viajes con los ritmos estacionales previstos.

Ahora los ciudadanos más avanzados practicamos inconscientemente el “footing” urbano diario y los continuos viajes en avión para trabajo o vacaciones, ignorando de donde nos viene el “ansia de movimiento”, clave para la supervivencia de nuestra especie.

A lo largo del gran pasillo que se extiende a ambos lados de esa línea, encontraremos multitud de nombres de lugares, de lagos, ríos y montañas que nos recordarán el sonido del Euskera; también algunas ciudades conservan esas secuencias de sonidos que ahora se empiezan a traducir. Los conservan, porque casi todas las ciudades llevan el nombre del lugar en que se edificaron y esos lugares eran denominados por características locales, muchas de las cuales aún persisten.

Algunos pensamos que está cercano el momento en que máquinas con programas adecuados analizarán millones de nombres y los contrastarán con los parámetros físicos actuales y pretéritos de los lugares para que este trabajo que ahora hacemos artesanal y pacientemente se haga masivamente y se pueda “leer” la prehistoria de Eurasia… pero mientras tanto, los conocimientos y la intuición juegan un papel crucial.

En todo este proceso ha sido clave el descubrimiento de los significados de las partículas elementales del Euskera, de las que ahora mismo ya se dispone de casi mil seiscientas, lista que crece y se mejora continuamente.

Esa presencia de nombres “familiares” se constata en la franja que según parece permaneció “más o menos homogénea” durante varios cientos de miles de años en los que el clima fue adecuado para esa forma de vida nómada en un territorio “abierto” y propenso a los grandes herbazales, aunque cada varios milenios la extensión de los fríos llevara a gran parte de los pasillos a “bajar” a zonas más templadas para después volver a subir.

Vamos a iniciar este viaje en cuatro saltos, pero antes es imprescindible pedir al lector que se desprenda de esa idea narcotizante que nos inoculan en la escuela y en el cine, en los comercios, en la tele y en las ferias, idea que hoy mismo he oído en la radio, donde un periodista afirmaba con gran convicción que la ilusión por viajar nos la introdujeron los griegos hace 2.500 años.

¡Vamos!, que hasta la Odisea el ser humano era como un limaco que conocía su huerto y punto.

Quitarse esa idea es imprescindible, porque lo que aquí se plantea es que los humanos han sido viajeros radicales e intérpretes principales de este mundo nuestro, entre unas cien y mil veces más de tiempo que esos ridículos dos mil quinientos años.

Solo las condiciones especiales de los territorios (selvas húmedas, manglares, taigas…) han reducido el ámbito de la deambulación, un ejercicio saludable y tan lleno de novedades como las mejores películas de “3D” de hoy en día.

Abandonada esa idea, solo dos cosas más; una conocer mínimamente las partículas sobre las que se edifica la lengua “Eúskara” y olvidarnos de la creencia muy extendida de que solo es Euskera aquello que suena fuerte, con muchas kas, erres, ues y txes…, lo que nunca tiene efes ni empieza por erre… El Euskera arcaico que a partir de ahora llamaremos “Eukele”, era mucho más que eso; en esa época eran tan frecuentes los morfemas fuertes como los suaves tales que “sel, gan, ara, lar, san, mun, os…” y otros cientos que encontraremos al cruzar las llanuras europeas, los Urales y Siberia.

En este viaje vamos a dejar aparte toda la aventura que corresponde a la Macaronesia (Grupo de archipiélagos atlánticos como las Islas Salvajes, Cabo Verde, Canarias, Azores, Madeira e incluso otros del Atlántico Norte) y también la franja africana entre Mauritania y Somalia, que serán objeto de otro Ensayo, para centrarnos en la “línea blanca sobre la bola del mundo”, de la cual recorreremos el primer tramo entre el Cabo San Vicente y la frontera alemana, buscando nombres que nos recuerden a otros de aquí cerca.

Vamos a empezar el recorrido en el extremo Suroccidental de Europa, el Cabo San Vicente y vamos a dirigirnos siempre hacia el Oriente y el Norte para llegar en treinta años de andanza al extremo Nororiental de este inmenso territorio; tan largo como el que se extiende entre Alaska y la Tierra del Fuego en la América occidental, pero mucho más amigable y llevadero.

El Cabo San Vicente (“¿dos contrafuertes”?, “bi send”) es un balcón formidable al Atlántico, la plataforma de una antigua rasa litoral, elevada ahora casi cien metros sobre el mar, que muestra dos brazos de roca que se abren como las pinzas de un bogavante y que tienen una ensenada en medio, formación que se repite en muchos “Vicen…, Bizaen…” de la toponimia, desde el cántabro Vicente de “Labarquera” al Bizancio de Turquía y hasta la Bizerta de Túnez, Bizbizja en Malta, Bizeneuille, Bizonnes, Vincelles, los casi cien Vincennes de Francia (donde se inventan una ene para acercarlo a la idea de “vencer”, vincere) como los Vicenza, Vincenzo, Vincent, Vicenti de Italia, los Vicentes y las docenas de Sant Vicente en fuentes, ríos y quintas o los Vicentinhos de Portugal; por supuesto, los casi 1.300 Vicente, Vicenta, Vicentes, Vicenti, Vicentón, Vicenç, Vicenzo, Vicentejo, Vicentón, Vicentico, Vicentillo, Marivicenta…de España.

Seguiremos encontrando “vicentes” en nuestro camino y los encontraremos en países que nunca han oído hablar de San Vicente el mártir maño. Llegamos al norte de España de un salto, para buscar nombres en Francia, Italia, Suiza y Alemania.

Cabo San Vicente, Portugal, Cala Sant Vicent, Ibiza y laguna de Bizerta en Túnez, con su boca –ahora- cerrada por la manga y las salinas.

Hace ocho mil años, el tránsito desde el Norte y Oeste de España hacia las llanuras de Francia, era más cómodo en el último ciento de millas (“milla” es la expresión de la distancia recorrida por un adulto tras mil pasos dobles; unos 1.500 metros) si se hacía por el pasillo costero al pie de los acantilados, como se muestra en el dibujo adjunto, porque el mar estaba entre 10 y 20 metros más abajo que hoy.

Esta facilidad “quitaba” clientes a los caminos que bajan de la meseta siguiendo varios ríos cantábricos y a una veintena de pasos a través de los Pirineos (imagen siguiente) que eran más difíciles y arriesgados tanto para los animales como para los contingentes humanos.

Ya en Francia, el tránsito hacia el Norte por Akitania (“Lugar de garrapatas de cabra”, “ak itan i”) era –además de por los molestos parásitos chupadores- difícil por los densos matorrales y pantanos y por la ausencia de pastos herbáceos, por lo que algunos grupos seguían las playas y línea de dunas, donde el único problema era conseguir un agua para beber, agua que escaseaba hasta llegar al río Garona.

Aita conoció algunos pastores landeses hace más de 80 años y me habló de cómo se liberaban de la humedad y de las garrapatas gracias a sus zancos, sobre los cuales se desenvolvían con gran dominio, tanto que incluso tejían calcetines mientras vigilaban el rebaño.

No se debe de tomar como una broma el que “posiblemente” Aquitania signifique lugar de garrapatas, porque un parámetro derivado de estos insectos, la “Enfermedad de Lime”, se muestra aun actualmente hoy en día, con mucha más presencia en lo que fue Aquitania, que en el resto de Francia.

Los que no subían Garona arriba y optaban por costear hasta La Rochelle y la Isla de Re, se encontraban de nuevo con los grandes pastizales de la llanura francesa; no en balde sus nombres hablan de eso y no de rocas, porque esa zona del país es una inmensa llanura de deposición y no hay indicio alguno da las rocas masivas que cualquiera podría pensar que es lo que indica ese nombre tan sonoro de “La Rochelle” que parece decir “El Roquedo”.

No es así, porque el nombre vernáculo era “Lar os ele”, donde “lar” es la denominación genérica de los pastizales de diente, “os” los pozos u ojos que emergen del suelo y “ele”, “ene”, es la idea de contenido estable, significando “los pastizales con pozos”, modelo físico que aún hoy, después de milenios de agricultura que ha desfigurado las formas naturales, se ven con abundancia entre los campos de cultivo, otrora grandes prados. Así se ve en la foto de Google Earth.

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En el entorno de La Rochelle, inmensos cuadros de hasta diez hectáreas, muestran una agricultura intensiva que no ha conseguido erradicar los numerosos pozos y surgencias de agua

La alteración del lenguaje vernáculo no ha sido contundente, pero si persistente desde que los pobladores olvidaron los significados primitivos; así, la cercana “Ille de Re”, nombre ridículo donde los haya, muestra la amputación del nombre original, “Larre”, topónimo muy  abundante en Aragón, Navarra y La Rioja y que significa sencillamente “El Prado”, para dejarlo en “Re”, al haber creído los eruditos que el inicio era el artículo definido “la”.

Así que cuando el nivel del mar subió y la antigua “Larre” se transformó en isla, la colaboración de los académicos añadió “ille” a la “Re” que sobrevivió, para quedar para siempre en “Ille de Re”.

No acaban ahí las curiosidades, porque hay que buscar con ahínco para encontrar alguna roca en un mar de arenas y limo… La roca está en la minúscula isla de “Aix” de apenas dos kilómetros, que en su borde sur exhibe la única peña de la comarca; de ahí el nombre de “Aix”, equivalente al “Aitx” del Euskera (ahora “haitz”) con el significado liso de “peña”: “Isla de la Peña”.

En la imagen superior, Isla de “Re” en la bahía de La Rochelle y a la derecha, abajo, la minúscula Ile d’Aix que se ve ampliada en la última imagen.

Pero el caso de La Rochelle no es único; un poco más al Norte tenemos nuevos casos, La Roche Sur Yon (aún quedan 10 pozos grandes en la ciudad) y Beaulieu Sur La Roche y todo el mundo espera encontrar esas rocas y… Nada; tierras llanas y fértiles, que antes fueron pastizales.

Francia es amplia y rica, llena de ríos campiñas y colinas que se repiten aquí y allá, pero no hay muchos roquedos.

Así tenemos casos de la Francia central como Borgoña y Dordoña, donde el “oña” final de sus nombres evocan los cortes de macizos rocosos como en los de Uña, Oña, Orduña o Santoña del otro lado del Pirineo, pero que aquí son menos frecuentes.

La Roca cortada de Gageac dominando el Río Dordoña, nombre que los especialistas no aciertan a asignar, pero que puede estar relacionado con la actividad sísmica ancestral y la fractura que se ve en la foto.

Es muy frecuente que la influencia cultista (especialmente en Cataluña y Francia), altere la grafía de nombres de lugar que terminan en “…ach”, retirándoles la hache para darles un toque “local”, con lo que desfiguran la fonología original y dificultan cualquier traducción posterior.

Así, la roca “Gageac”, pudo muy bien haber sido la roca “gaze ach” y ahora nadie lo recuerda (ni lo quisiera recordar), porque si bien la roca es considerada hoy en día como el escenario de un paisaje idílico con sus casas medievales, sus castillos y gabarras llenas de turistas y la gente comiendo a mediodía, hace ocho o diez mil años, con el Dordoña sin represar, es posible que a los viajeros, la roca, les pareciera “sosa” y eso es lo que podría haber significado “gaze atx”, porque aparte de su monumentalidad y el toque urbano, las formas son anodinas.

Marchando hacia las suaves ondulaciones cuajadas de viñedos de Borgoña, surgen las moles pétreas que ha dado el nombre a la comarca, terminadas en su “ña” característica.

Si giramos al Este y continuamos hacia Saboya, antes veremos el Ródano, río que los franceses llaman acertadamente La Rhone y que, naciendo en Suiza, rodea por el Norte Saboya para luego seguir hacia el Mediterráneo por tierras más tendidas donde antiguamente formaba una formidable extensión de lagunas y albuferas (origen verdadero de la Galia, que está relacionada con esas lagunas y no con el gallo imaginario de los galos).

“Larrr onae” (La Rhone)[1], el buen pastizal debió ser todo el pasillo de cientos de kilómetros desde el glaciar donde nace hasta el lugar donde una gran brecha debida al plegamiento alpino creó un gran lago al que llegan docenas de arroyos por sus lados. Los desprendimientos de tierra son frecuentes, pero en uno de estos arroyos debió haber un desprendimiento mayor de tierras que dio lugar al nombre de  Lausane, para nosotros,  “Luxane”, como nuestra “Lutxana”, que significa lo mismo.

No sería de extrañar que el nombre de Saboya (o Savoie) como escriben los franceses, no procediera como creen ellos de “sapin”, abetos, a través de una caprichosa transformación desde “Sapauidia” (monte de habetos), primero, porque en un entorno de semejantes formas geológicas, la cubierta vegetal carece de valor descriptivo y, segundo, porque es fácil que su primer nombre hiciera mención a la notable hinchazón de la corteza terrestre, que los antiguos sabían distinguir y habrían llamado “Sabao i a”, algo parecido a “Las preñeces”, en referencia a los varios macizos que “hinchan” la corteza tierra para formar los Alpes.

Esta Saboia no es muy diferente a nuestra Sabollera (Alto Urgel), Sierra Cebollera (Soria-Logroño) o docenas de Saboya y Savoia en España.

Pero estábamos acercándonos al Ródano con intención de ver el lago de Aix les Bains y al llegar a su orilla occidental se nos presenta una cresta magnífica que conocen bien los aficionados al ciclismo porque en ella, está el puerto más conocido del “Tour de France”, el “Col du Chat”, nombre que repiten seriamente todos los vecinos…

¿Puerto del gato?… ¡Si, así se llama desde antiguamente! Ellos no saben por qué, pero los eruditos de La Sorbona lo han resuelto estudiando cuidadosamente las rocas de la coronación y han decidido que el viejo nombre “Atx at” no puede referirse a otra cosa que a un gato y la justificación está en las puntiagudas rocas de la cumbre, que (maravíllese usted), ¡son como los dientes de un gato!.

Rocas del Col du Chat, con el lago de Aix les Bains al fondo

Por insólito que parezca a alguien mentalmente equilibrado que los antiguos se fijaran en los dientes de un gato, una marta o una comadreja para llamar a un relieve del terreno, los sabios lo resolvieron sin pestañear.

¡Pues no, señores académicos!; el nombre original era el correcto, “Atx at”, ¡el puerto de la peña!: Breve y certero, de “atx”, peña y “at” puerto, collado.

Uno de los topónimos característicos de la Francia caliza es, precisamente el “Aix” que mencionábamos antes, bien al principio o al final de los nombres, una variante de “Ax, atx”, que se refiere siempre a una masa rocosa emergente de la masa verde. Farallón rocoso que forma el horizonte de Aix les Bains.

 

 

De Saboya a Chamonix y al Plateau d’Ambel, es este último lugar el que merece un análisis detallado.

Cerca del cabo Espartel en Marruecos, hay un Ampelusía que junto al “Be ampel ona” de Pamplona, forman una trilogía de lugares ideales para despeñar rebaños enteros de reses, una forma de caza que puede parecer salvaje, pero era efectiva y de poco riesgo para nuestros antepasados.

Ampel, Ambel son esos “balcones” que rematan algunos prados de altura y donde un ataque coordinado por docenas de cazadores hacía que algunos animales cayeran por el cantil y fueran rematados al pie del cortado, donde esperaban dispuestos para del degüello los que no estaban acosando a los rebaños.

La foto muestra con claridad el cortado con el perfil ideal para despeñar al ganado.

 

Siguiendo al Norte, el río Mosela que alterna su nombre con los de Rin y Mosa, apenas es una sombra de lo que fue cuando con el nivel del mar muy bajo y su cauce discurría por el centro de lo que ahora llamamos “Canal de La Mancha”, que hace 15.000 años era una zona plagada de grandes lagos “Lam an txa”. Desde entonces no ha parado de subir el nivel del mar y muchas de las tierras bajas que corrían nuestros antepasados ahora son parte del fondo marino del canal.

Ahora totalmente domado por docenas de exclusas, hace miles de años tampoco debió ser un río violento, ya que su pendiente es ligera y su trazado plagado de meandros. Nombres parecidos a Mosela, los hay desde Málaga hasta La Coruña, Huesca o Lérida pasando por Valencia y también “Musela” en Bizkaia, junto al meandro de El Abanico en el río Butrón; no obstante esta presencia, los sabios galos y teutones quieren que tal nombre venga del Latín aunque no sepan qué disculpa poner.

Seguramente viene de muy atrás y puede que esté relacionado con el “Mos cat ela”, un vino más famoso –si cabe- que el “Mosela”, ya que las laderas que lo orlan han estado siempre cuajadas de viñedos.

Fin del primer trayecto.

[1] Es bueno saber que Francia también está repleta de nombres de lugar con la forma “La R…   ”, relacionados con antiguos pastizales como La Rochelle, La Rade, La Recherche, La Recheuse, La Raie, La Ramasse, La Reppe, La Rippe, La Riviere, La Ronde, La Roquette, La Route, La Romaine, La Rolande, La Reine, La Redonne, La Ravoire, La Reole, La Rocamarie, La Richardaise, La Riche, La Rochette, La Romagne, La Romieu, La Roquebrussanne, La Rose, La Roviere, La Rochere, La Ruelle, La Rousse, La Rode, La Raho, La Robine, La Rey, La Rove, La Reille, La Recoude, La Raie, La Rama, La Ramaz, La Rimella, La Regasse, La Reynaude, La Roque, La Ranconiere, La Ramette, La Rena, La Repentance, La Ramee, La Ribereta, La Rouchefourcade, La Rabateliere, La Rabotiere, La Racaudiere, La Racherie, La Racineuse, La Rafinie, La rafigue, La Rague, La Raganne, La Raille, La Rainie, La Rallerie, La Rance… y así hasta 733

Sobre el autor

Javier Goitia Blanco

Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas. Geógrafo. Máster en Cuaternario.

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